agricultura
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La agricultura, la silvicultura y el uso del suelo responden directamente de 18% aproximadamente de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Ampliando el análisis a la cadena agroalimentaria –incluyendo refrigeración, procesamiento, envase, embalaje y logística– el valor se eleva a 25%. Por otro lado, de acuerdo con la Universidad de Cornell, el calentamiento global habría reducido la productividad de la agricultura global en 21% desde los años sesenta, con lo cual, el sector contribuye al calentamiento global, lo que, a su vez, afecta su propio desempeño, debilitando así –más aún- la seguridad alimentaria.

A partir de la denominada “revolución verde” en la agricultura, entre 1950 y 1960, se incrementaron agresivamente los rendimientos agrícolas buscando una abundancia global de alimentos. Este movimiento se basó en procesos de tecnificación y mejoramiento genético. Logrando, por ejemplo, cereales que duplicaron su productividad por hectárea. No obstante, el proceso implicó también una elevada carga de agroquímicos y prácticas que degradan los suelos, las que en las siguientes décadas han configurado el modelo tecnológico hoy llamado “convencional”.

La FAO sostiene que entre las décadas de los sesenta a los noventa, la fuente principal de crecimiento de la producción de cultivos se debió a mejoras de rendimientos –a lo que se atribuiría 78% aproximadamente de estos resultados a nivel mundial–, mientras que 7% vino de la mayor intensidad de los cultivos, y tan sólo 15% a la expansión de áreas sembradas.

En América Latina sí pesó la expansión de áreas hasta 46% en ese periodo, por la mayor “disponibilidad” de áreas, puesta así entre comillas, ya que probablemente esto incluye zonas que no debieron ser deforestadas, o que, a falta de una zonificación económica-ecológica, fueron puestas bajo explotación agrícola o pecuaria sin una planificación adecuada. Aun así, el crecimiento de la producción global se ha dado fundamentalmente por mejoras técnicas.

Justamente ese modelo de producción, que elevó los rendimientos vertiginosamente, es el que hoy se ve afectado por el cambio climático, y a su vez contribuye a agravarlo. No obstante, tanto el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, como la FAO, entre otros, destacan en un reciente informe que este es el único sector, que de reconvertirse para incrementar la captura de CO2, puede llegar a ser carbono negativo al 2050, con una estimación de 3,4 GtCO2e/año.

Como parte de las soluciones, la “revolución” actual, propone un mix de tecnología y sostenibilidad. Un estudio de la Universidad de Cornell  estima que la aplicación de tecnología agrícola adicional podría dar lugar a más de 13 mil millones de toneladas métricas de emisiones netas negativas anuales de GEI. No obstante, para alcanzar estas cifras, el cambio hacia una agricultura más sostenible debería darse a gran escala.

Una señal clara de que las AgTech crecen en su desarrollo y aplicación es que, de mantenerse la tendencia, el tamaño de este mercado pasaría de los 9 mil millones de dólares del 2020 a 22,5 mil millones de dólares en 2025, aun cuando, no todas sus soluciones están orientadas a la reducción de GEI u otros objetivos de sostenibilidad, muchas de ellas sí lo hacen directa o indirectamente. Al brindar mayor precisión a las operaciones, en buena medida estas aplicaciones reducen el uso de insumos. Por poner un sólo ejemplo, a través del uso de sensores de humedad para un riego de precisión se optimiza el uso de agua y energía y se favorece la eficiencia de la fotosíntesis, reduciendo así la huella de carbono de un campo.

No obstante, estas tecnologías y las prácticas recomendadas por los entes de investigación e innovación están aún lejos de los pequeños productores, que generan 70% de los alimentos globales, por lo tanto, urge intensificar las capacidades y cobertura de la extensión agropecuaria hacia ese segmento, así como el financiamiento de las innovaciones y su implementación. CAF -banco de desarrollo de América Latina y el Caribe- cuenta con proyectos cofinanciados con el Fondo Verde para el Clima (GCF por su siglas en inglés) que aportarán en este sentido, uno directamente para agricultura climáticamente inteligente en Colombia, y el que está dirigido a proyectos de energía y uso de suelos con instituciones financieras locales y Pymes de Chile, Ecuador, Panamá y Perú.

Finalmente, para los agricultores el pasar a ser carbono negativos puede también significar oportunidades de financiamiento a través del mercado voluntario de créditos de carbono, el cual, por supuesto tiene aún una curva de aprendizaje en desarrollo en este sector, pero existen ya una serie de proyectos que están capitalizando su transición a un modelo de producción más sostenible.

Por Nelson Larrea, ejecutivo principal de la Dirección de Programación de Sector Privado de CAF.

Visiones del desarrollo es una sección promovida por CAF -banco de desarrollo de América Latina y el Caribe- que analiza los principales temas del desarrollo de la región. Los artículos que contiene se publican simultáneamente en los principales medios de América Latina.


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