Foto Juan Barreto / AFP

Por ANDREA RONDÓN GARCÍA

El insilio es vivir en tu país pero no del modo que habías planeado. Que esta vida no es la que escogiste, que fue impuesta de muchas maneras. Para mí, tener la consciencia de esto, que poco a poco va desgarrando tu alma, llega en un momento determinado en la vida y es distinto para cada quien. Pero que llegue en un momento de tu vida no significa que previamente no tuviste red flags que lo advirtieran.

Tuve la certeza que mi vida cambiaría en el año 1998 cuando Chávez ganó la elección presidencial. Pero por supuesto no tenía idea del alcance de este cambio.

Los primeros años corresponden a los años del asombro ante la arremetida contra todo lo que era conocido hasta ese entonces. Al principio no fue acompañado de actos violentos pero sí con un discurso que buscó polarizar a todo un país. Los años de los red flags para mí son los que van de 2007 al 2014.

Estaba en mis treinta años, acabando de terminar una especialización; ingresando al doctorado y a una firma de abogados, justo la que buscaba desde hace años porque me permitiría aprender, crecer y ser reconocida en Derecho Corporativo.

Se trata de algo en lo que siempre insistí desde el tercer año de la carrera, que lo mío era el Derecho Privado, específicamente el Derecho Mercantil, pero hasta ese momento había sido pasante en una ONG de derechos humanos y abogada relatora del Tribunal Supremo de Justicia. La especialización también estaba alejada del Derecho Privado.

Pero ingresando a esta firma de abogados, por fin tendría esa posibilidad. Como a todo en mi vida profesional y académica, hice un verdadero análisis de este sitio. La mayoría de los socios eran profesores universitarios reconocidos; el área fuerte de esta firma era justamente la que quería; buenas referencias del lugar; en fin, parecía un buen sitio para el siguiente paso en mi vida profesional. La vida personal también la planificaba de este modo.

Suena un plan bastante cerebral y estructurado si me preguntan, de alguien que vive en Europa o incluso algún país de América Latina como Chile. Pero no de alguien que vive en Venezuela. Luego de muchos años comprendí mi error, porque no es posible planificar de este modo en este contexto.

Los años finales de la primera década del siglo XXI son ajetreados. Tenía que ganar mi propio espacio en la firma y eso suponía muchas horas fuera de casa e incluso sacrificando un poco las clases del doctorado.

Son años ajetreados porque aunque está Chávez en el poder las firmas de abogados tenían mucho trabajo gracias al régimen de control de cambio, de control de precios y otras tantas medidas. Claramente sabía que esto era pan para hoy y hambre para mañana, pero silenciaba esta consciencia un rato porque de lo contrario sería imposible trabajar, estudiar o vivir. Esto es un primer red flag.

Silenciar esta consciencia trae consigo consecuencias como no dormir; no controlar el peso; irritabilidad con los seres más cercanos. Tiempo después comprendí —a esto es a lo que llamaban introspección cuando leía sobre esto y no entendía— que no puedes pretender silenciar esa consciencia sin consecuencias, porque funcionarás como en automático, pero en tu mundo interior te vas desgarrando.

En las noches, al llegar a casa, en las conversaciones con mi esposo en ese momento, le contaba con emoción la adrenalina del despacho ese día; cómo se lleva el Derecho Mercantil al siguiente paso con la planificación patrimonial; las jurisdicciones de baja imposición fiscal; las compañías off-shores; las estructuras menos costosas, etc. Mi esposo reconocía que disfrutaba de todo esto, de hecho le hubiera gustado que así fuera pero en otro contexto. Sin embargo, me recordaba constantemente que todo eso es justamente para evitar las terribles sanciones del control de cambio. De hecho, al irse agravando poco a poco la situación, por ejemplo con las prohibiciones de las permutas y la persecución a las sociedades de corretaje, me decía: “deberías escribir sobre esto; tienes el know how; conoces todo desde el principio y hasta dónde está afectando a las empresas desde adentro”.

No es que no pasara por mi cabeza hacerlo. Tal vez no sabía cómo enfocarlo o no tenía la confianza en mí como para llevarlo a cabo, o simplemente sólo quería ser abogada de despacho y profesora universitaria, con consciencia de lo que estaba pasando sin que ello se tradujese en un escrito o artículo. Mis artículos eran dogmáticos, académicos, rigurosos, no eran denuncias. Este fue otro red flag.

Pretender llevar una vida más o menos normal es peor y lo intuía. Una idea que me asaltaba constantemente era si esta forma de llevar mi vida era una especie de complicidad. La tesis de la banalidad del mal de Arendt me retumbaba en la cabeza. Comencé a leer a Arendt en el año 2003, sin tener realmente claro a quien leía o lo que leía. En mis veinte había leído el Diario de Ana Frank y me impactó tanto que mis siguientes lecturas a lo largo de los años estuvieron vinculadas con los estragos de la Segunda Guerra Mundial. Era inevitable entonces no leer a Arendt.

Me permito citar las líneas que más recordaré de su libro Eichmann en Jerusalén, que en su momento terminé de leer llorando —en esa época casi nunca lo hacía—:

“Peor todavía, Eichmann tampoco constituía un caso de anormal odio hacia los judíos, ni un fanático antisemita, sino que, al contrario, le asistían muchas ‘razones de carácter privado’ para no odiarles (…)” (Arendt, Hannah, Eichmann en Jerusalén, DeBolsillo, Barcelona, 2010, p. 46).

Mi primera sorpresa: ¿el acusado era entonces un “tipo normal”?

“También comprendo que el subtítulo de la presente obra puede dar lugar a una auténtica controversia, ya que cuando hablo de la banalidad del mal lo hago solamente a un nivel estrictamente objetivo, y me limito a señalar un fenómeno que, en el curso del juicio, resultó evidente. Eichmann no era un Yago ni era un Macbeth, y nada pudo estar más lejos de sus intenciones que ‘resultar un villano’, al decir de Ricardo III (…). Para expresarlo en palabras más llanas, podemos decir que Eichmann, sencillamente, no supo jamás lo que se hacía” (ibídem, pp. 417-418).

Lo siguiente fue lo que para mí terminó de sacudirme y dejaría a Arendt para siempre en mis reflexiones de cualquier tipo, académicas, profesionales y personales:

“No, Eichmann no era estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión —que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez— fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como ‘banalidad’, e incluso parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común (…)

En realidad, una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana” (ibídem, p. 418).

Arendt sería en diversas oportunidades con el resto de sus obras una constante cita en mis trabajos. También estaría presente en mis reflexiones aunque para aquella época pensaba que sus tesis derivadas del informe del juicio a Eichmann estaban muy lejos de mí. Cuando intentaba silenciar mi consciencia me decía: “bueno, Andrea, no seas intensa, esto no es el holocausto”.

Viendo esta forma de llevar mi vida, me pregunto cómo no vi que algo no andaba. Mi psicóloga y mi esposo sabían que algunas madrugadas lloraba sin control. Algunas veces no dormía porque me asfixiaba la incertidumbre. A veces me preguntaba cuánto durará el cliente X si ya lo han llamado varias veces a una entrevista con el Ministro o han cerrado varios de sus locales porque no vende según el “precio justo”. Aunque no era fanática de Gabriel García Márquez constantemente me acordaba del título de uno de sus libros: Crónica de una muerte anunciada.

Tal vez no sería cómplice, pero me parece que el celo con el que pretendía cumplir mi plan de vida (estudios, carrera, matrimonio) era una forma desesperada (aunque en ese momento no se sintiera así) por preservar lo que quería para mí pero que ya era imposible en la Venezuela de 1998 y los años siguientes.

Son pocas cosas las que me distraían de esa crónica de una muerte anunciada, una de ellas, las clases del doctorado e ir escribiendo poco a poco la tesis. No lo sabría en ese momento pero las lecturas y amistades que haría en el doctorado serían las herramientas que más tarde me permitirían transformar mis escritos dogmáticos, académicos y rigurosos en algo más que eso.

Mi día a día en el mundo de los despachos de abogados fue contrarrestado por así decirlo con las lecturas del Doctorado, especialmente las lecturas de filosofía y de literatura.

Podría decir que el daño de las lecturas de las regulaciones que hacía durante el día iba aminorando con las lecturas de La banalidad del mal de Hanna Arendt (una de mis constantes); El extranjero y El hombre rebelde de Albert Camus; Derecho, Legislación y Libertad de Ludwig von Mises; Identidad de Milan Kundera; Un mundo feliz de Aldous Huxley; Fahrenheit 451 de Ray Bradbury; Nuestros años verde olivo de Roberto Ampuero.

He leído en muchos autores que han tenido una vida difícil que el arte se convirtió en su refugio. Respetando las diferencias, podría decirse que algo similar me ha ocurrido. No escribo ni hago arte, pero sí he encontrado en él un refugio. Siempre fui amante de la literatura. Pero ahora ese amor iba teniendo un propósito, uno mayor que el dotar de contenido y profundidad una tesis doctoral.

Una telenovela que me marcó en mi infancia fue Estefanía. De niña no comprendía ni la mitad de lo que allí se decía, pero algo que nunca olvido era la frase que dijo una de las actrices: la dictadura siempre toca a tu puerta (o algo similar). Agradezco que en mi casa no tuvieran reparo en exponerme a mi corta edad a este tipo de programas. Recuerdo también Buenos días con Sofía Imber y Carlos Rangel. Esto era muy típico de mi papá. Creo que este tipo de exposiciones a tan temprana edad ayudaron  a que tuviera consciencia de lo que viviría en el país después y fuera más difícil silenciar esta consciencia.

La Andrea con ese intento de vida académica, profesional y personal planificada se preguntaba cuándo la dictadura tocaría a su puerta, pero la Andrea lectora de Arendt, Camus, Mises, Kundera y Ampuero sabía que ya había tocado su puerta.

Al terminar el doctorado y al divorciarme desaparecieron las excusas y protecciones para seguir silenciando mi consciencia. En la soledad de mi casa, solamente acompañada por mi huskie, ya me atrevía a pensar y decir en voz alta que esta no era una dictadura tradicional muy propia del siglo XX. No, ya no veremos un régimen político que deshumaniza a los ciudadanos de un país hasta convertirlos en un Eichmann, veremos otra cosa revestida de legalidad. Esto último también sería doloroso, porque yo era una abogada ejerciendo en ese contexto.

En dictaduras de este corte, o, como algunos llaman, neo-dictaduras (regímenes de origen democrático devenidos en autoritarios y totalitarios), la bota militar no llega al cuello de manera rápida e inmediata. Lo hace lentamente. La carta de racionamiento será sustituida por la escasez generada por el control de cambio y el control de precios. La prohibición de salida del país es sustituida por las ridículas y costosas dificultades para obtener un pasaporte.

Esta lentitud impide que te des cuenta inmediatamente de tus verdaderas circunstancias. Sin embargo, esta consciencia siempre llega. A algunos les llega antes que a otros, pero llega.

Los red flags me estarían diciendo que la vida que quise tener ya no la tendría, que la vida que hoy tengo fue impuesta en muchos sentidos. Aunque se insista en seguir adelante y “funcionando” no cabe duda de que algo muere dentro de uno.

Al dejar de silenciar esta consciencia, la Andrea con ese intento de vida académica, profesional y personal planificada desapareció. La Andrea que insistía en preservar sus artículos dogmáticos, académicos y rigurosos ahora escribe sobre las violaciones sistemáticas a la propiedad como crímenes de lesa humanidad. Lo que una vez estudié con tanto amor y pasión, el Derecho, ahora me permitía darle voz a mi consciencia.

Esto último no fue fácil, de hecho todavía no lo es. Este artículo es la continuación de otro que escribí sobre el insilio y el exilio. En este punto retomo ambos temas. Entiendo que los que emigran sufran una crisis de identidad por así decirlo. Su entorno familiar, de amistad, profesional y académico cambia por completo. Pero esto no es exclusivo del que se va. El que se queda también lo sufre porque su país cada vez se desdibuja más. No están los familiares y los amigos porque migraron; el trabajo no es igual porque destruyeron el Derecho; dar clases tampoco es igual porque, nuevamente, destruyeron el Derecho. Entonces, para el año 2014, año en el que me definía como abogada, profesora y esposa, fue el año en que todas esas etiquetas las perdí de algún modo.

¿Cómo te recompones luego de este “terremoto”? Mi respuesta inmediata es muy biológica, respira y “funciona”. Sigo ejerciendo en mi país, pero quiero pensar que hago más que asambleas de accionistas. Sigo dando clases en mi país, pero quiero pensar que no me limito solamente a advertir entre el deber ser y el ser.

Podría decirse que hoy queda muy poco de la Andrea de esos años y va quedando una que trata de seguir “funcionando” en esta vida pero con consciencia, sin intención de silenciarla. Una que asumió el dolor.

La Andrea que va quedando se da cuenta de que el dolor es algo curioso. En mis constantes pensamientos me digo: “Nunca pensaste que tenías esas partes de tu cuerpo hasta que empezaron a doler. Nunca pensaste que tenías (o no pensaste en ella) alma hasta que te empezó a doler. El cuerpo y el alma duelen. Pensando y escribiendo sobre esos años y mi vida hoy, me doy cuenta de que el alma duele y el alma muere también”.

Que tenga consciencia y no la silencie me dice que no soy cómplice. Pero la consciencia no trae tranquilidad. Creo que ninguno de los venezolanos, aquí o afuera, que pasamos por un proceso similar a este (estoy completamente segura de que no estoy sola en esto) tendrá nunca tranquilidad y nos tocará aprender a vivir con ello.


* Estas líneas son el resultado de los ejercicios en el Taller de Literatura Autobiográfica impartido por el profesor Ricardo Ramírez Requena y es la continuación de otro ejercicio previamente publicado en Papel Literario (https://www.elnacional.com/papel-literario/insilio-y-exilio-formas-de-muerte-del-alma/).


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