Nadie nos quiere, hay que decirlo. Los malos compatriotas, que los hay y son muchos, se han encargado de crearnos una mala fama que será bien difícil de quitarnos.

En Ecuador y Perú, por ejemplo, nos tienen tirria. No entro a analizar si tienen o no razón en la xenofobia que manifiestan, pero sin duda que han recibido a lo peorcito que se ha ido de nuestra tierra. Las últimas oleadas han llevado, a la par de gente trabajadora y necesitada, gran parte de la escoria que aquí ya no tenía cómo vivir porque ya no les quedaba nada por robar.

El caso del venezolano descuartizado en Lima, que además entró ilegal, grafica lo que digo. Esos escándalos, cada vez más comunes en la prensa de los países del continente, nos dejan muy mal parados. Somos ladrones, mendigos, ilegales, narcotraficantes y vividores. Los casos se multiplican y superan a aquellos que dan muestras de querer aportar algo bueno, por lo menos en notoriedad.

Exportamos miseria, la que se ha exacerbado con el chavismo, que no es solo material sino mental. Muchos venezolanos se han ido porque ya las dádivas que recibían de unos malos gobernantes no les parecen suficientes. Y agarraron sus macundales esperando que las cosas fuesen más fáciles. Y no lo son porque para emigrar es necesario mentalizarse, obligarse a trabajar, y eso no lo han hecho.

A los miles de extraordinarios profesionales y mejores personas se han sumado ladrones, hampones de alta y baja alcurnia, narcotraficantes y gente de muy dudosa reputación. Algunos llevan dinero, pero son delincuentes igual, y van con sus malas mañas.

Ese tipo de personalidades, que abundaron en la historia reciente, se fortalecieron a la sombra del chavismo, y muchos de ellos han salido del país con la impronta de paladines de la justicia y ejemplo a seguir.

Se fue mucha basura y ningún país tiene el deber de cargar con ella. No es su obligación. Tampoco nosotros debemos excusarlos porque no hay disculpa posible.