Alex Romero era conocido por su entrega, antes del lamentable episodio de Puerto La Cruz / Archivo

Alex Romero cometió un acto muy grave, merece ser castigado y seguramente recibirá una suspensión importante.

La falta en que Romero incurrió la semana pasada no tiene justificación. El propio pelotero lo admitió. Dos días después de haber golpeado un par de veces con el bate al receptor Gabriel Lino, dio la cara, no ofreció excusas, pidió perdón y se dirigió a Lino, a su familia, a Caribes, a todos los equipos de nuestra pelota y a los aficionados en general.

Lo que pasó desató las pasiones. Era de esperarse, porque fue un espectáculo violento y lamentable, cargado de espectacularidad. No solamente hubo aficionados que pidieron su expulsión de por vida, también gente de beisbol exigió su extrañamiento para siempre.

Justo unos días atrás pasó algo semejante en México, cuando un bateador molesto con un pelotazo le tiró el bate al lanzador, con todas sus fuerzas. Y los casos así son más, incluyendo el célebre episodio que el legendario Juan Marichal protagonizó en los años 60, en las Grandes Ligas, cuando le dio un batazo ex profeso en la cabeza al catcher John Roseboro y generó una tángana memorable.

Romero no es un caso único, ni las injusticias que vivimos en Venezuela son óbice para incurrir en esa conducta. Los antecedentes internacionales lo demuestran. Pero está bien que haya estado tan contrito y haya decidido seguir el camino que empezó a recorrer desde que dio la cara ante los medios de comunicación.

La LVBP creó su reglamento de disciplina para evitar cosas así, o al menos para poder sancionarlas duramente, si ocurrieran. ¿Es suficientemente fuerte la pena máxima de 20 juegos fuera, cuando agredir a un umpire con menos violencia puede llegar a merecer hasta 60 encuentros de suspensión? ¿Valdrá la pena añadir categorías adicionales a la norma, para que quede escrito y sea ejemplo y advertencia en el futuro?

El episodio permitió dejar una reflexión sobre los bolazos intencionales y la manera de luchar contra ellos. Ciertamente hubo un error arbitral, al no expulsar a quienes, ya existiendo la advertencia a las bancas, hicieron lanzamientos que casi impactan a bateadores, incluyendo al propio Romero. Eso que pasó en Puerto La Cruz fue tan violento, escaló de tal modo, que explotó cuando la tensión se hizo irresistible.

Es verdad que los pelotazos adrede son una venganza injusta, especialmente cuando le recriminamos a un bateador que use el madero para desquitarse. Ambos objetos contundentes pueden hacer daño, mucho. Pero también lo es el hecho de que las refriegas extremas y los actos descontrolados se habían reducido casi a cero, últimamente, en nuestro circuito.

En esa reducción posiblemente tenga mucho que ver la profesionalización de los umpires, encabezada por Miguel Hernández, y la existencia misma de un Código de Ética.

También es reconfortante que el suceso se acerque a su final y que el propio Romero haya tenido la grandeza de asumir su error y pedir perdón en los términos en que lo hizo.

Es una lástima, porque se trata quizás del próximo miembro del club de los 1.000 hits, un profesional hasta ahora respetado por su entrega y su habilidad en el terreno. Escuchando sus palabras, algo pareciera quedar claro: nadie sabe mejor que él todo lo que perdió en esa aciaga noche.