La sociedad venezolana se conmueve a diario por los hechos violentos que empañan sus calles, pero más aún cuando el propio autor exhibe el suceso a través de las redes sociales: las armas que usa, el tiempo de ejecución y su rostro.

Criminólogos y psicólogos sociales caracterizan el acto como “el efecto contagio de los crímenes” , una cultura importada en los que figuran países como México, Colombia y Brasil, donde los agresores conforman organizaciones delictivas y el mensaje que difunden es claro: venganza. A diferencia de los delincuentes en Venezuela, ellos no exponen su rostro.

Expertos consultados refieren que el incremento de los asesinatos grabados y promovidos en las redes obedece a una cultura delictiva importada –producto del efecto contagio–, pero con alto grado de perversión, sadismo y burla hacia la institución que rige en materia de seguridad.

Magally Huggins Castañeda, psicóloga social y criminóloga, refiere que el objetivo del criminal venezolano es “seguir agrediendo y humillando a la víctima, incluso después de muerta. El agresor quiere transmitir quién es el que manda, quién tiene el poder del territorio y sabe además que no será capturado. Esto es a lo que llamamos la violencia 2.0”.

Huggins recordó el caso de una mujer zuliana que fue asesinada en 2018: “Llegaron seis hombres armados a la casa de una mujer en el estado de Zulia, la obligaron a ir con ellos a una habitación y allí le descargaron una lluvia de balas mientras grababan el asesinato. El video se viralizó en las redes sociales. La víctima era Rosa del Carmen Castillo, de 35 años de edad. Su madre y su hija presenciaron el crimen”.

La psicóloga explicó que la crueldad de los ejecutores se incrementa “y puede llegar a ser tan extrema como la de aquel muchacho de 19 años de edad al que descuartizaron vivo con un machete. El video fue grabado y también difundido. El hecho fue atribuido a  una banda criminal de Ocumare del Tuy, estado Miranda. Al joven lo mataron en una zona boscosa en agosto de 2018”.

En cuanto al perfil de quién o quiénes ejecutan el crimen y lo exhiben, Huggins indicó que “son hombres que encajan en el perfil del sociópata: ausencia de culpa, no diferencian entre lo ético y lo no ético, el bien del mal y no sienten empatía por nadie. Para ellos el uso de las redes produce un efecto de desinhibición, sensación de impunidad que lo hace invisible ante el sistema, a pesar de que ellos mismos difunden su crueldad; son narcisistas y exhibicionistas, sienten fascinación por compartir el hecho”.

 

“No hay intención de rastrearlos, porque el Estado es permisivo”

Carlos Morín, abogado penalista, indicó que el Estado y las instituciones que rigen la materia de seguridad “no se han preocupado en rastrear a los delincuentes, a pesar de que existen tecnologías que permiten ubicar los teléfonos celulares y descifrar los códigos para determinar de dónde fue enviado el video”.

A su juicio, el Estado perdió su capacidad para resolver los niveles de violencia: “Esto es una demostración de la vulnerabilidad de los organismos de seguridad para atacar células delictivas y refleja, además, que es tolerable”.

“Hay una desnaturalización social y la falta de aplicación de las leyes, por lo que impera la impunidad”, subrayó.

“El delito nace de las propias instituciones, en las que no hay mística de trabajo porque los salarios de los policías son de hambre, porque el delincuente está mejor armado y solo un cambio de gobierno podría presentar proyectos que levanten al país desde los valores y un Estado que controle con la ley”, recalcó.