José*, un venezolano de 30 años de edad, se encuentra recluido en el piso siete del Hospital Universitario de Maracaibo, donde también están hospitalizados una docena de pacientes, que al igual que él, dieron positivos para el nuevo coronavirus.

Una envoltura plástica transparente, con sus bordes sujetados con cinta adhesiva marrón, limita el paso de enfermos, médicos y enfermeros en la entrada del pasillo.

José a tiene a penas dos días recluidos y en lo único que piensa es en su familia. “Hasta a mi perro y a mis dos loros los quiero ver. Los extraño a todos”, dijo en una entrevista para la Voz de América.

Acudió al médico a la emergencia del hospital luego de pasara tres días con dolores de huesos y cabeza, fiebre y molestias en el nervio óptico. Una primera prueba rápida resultó negativa. Supo los resultados de otra, la PCR, a las 6:00 de la tarde del domingo pasado, cuando las autoridades sanitarias le avisaron en una llamada que una ambulancia lo buscaría en su hogar. Su familia no se contagió, afirma.

No tengo idea de dónde me contagié. Soy meticuloso con la limpieza”.

Con pocas horas recluidos en el Hospital Universitario, José compartió un video grabado la mañana del martes en el séptimo piso del hospital. En él, tres contagiados exigen a gritos que les den sus comidas y un mejor trato.

A la 1:16 pm, ni él ni sus compañeros de pasillo han recibido el desayuno. En el centro de salud, prohíben a sus familiares entregarles alimentos.

Luego de sus reclamos, las autoridades permitieron que sus familiares les entreguen recipientes de comida. “Si es por parte del hospital, no estuviera ni bebiendo agua. Aquí no nos dan ni agua fría. Siento que nos han tratado miserablemente”, se queja.

Asegura que desde que llegó no lo han visitado enfermeros ni médicos. Tiene una única sábana para recubrir su cama. Tampoco ha habido agua potable en su piso.

“Esto es miseria total. Me he sentido un leproso. Lo veo (la hospitalización en Maracaibo) como: te tiran, ‘morite ahí’, a ver si aguantáis los 14 días’”, opina.

El miércoles, José amaneció aún asintomático. Sigue preocupado por la falta de atención médica constante a los pacientes positivos por covid-19 en su piso.

Asegura que ni un solo enfermero cruza la puerta de su habitación hasta el mediodía. Solo un médico, experto en urología, ha chequeado a los pacientes de su piso, precisa.

“No hay buen trato, ni cuidado”, escribe en su red social. “Esto es el olvido para nosotros. El piso siete se volvió como donde está la escoria”, prosigue.

Los días anteriores, de ingestas a deshoras y de absorción de fármacos fuertes como la cloroquina, le han afectado el estómago, asegura. La espera es “desesperante”, señala.

Está preocupado, confiesa. Voceros del hospital acusaron a un grupo de pacientes, él entre ellos, de azuzar las protestas por mejores condiciones en su piso.

La noche del miércoles y la mañana del jueves fue particularmente estresante para José y los residentes del piso siete del Hospital Universitario, pues recluyeron a nuevos pacientes. Uno de ellos, una mujer entrada en edad, según José, falleció a las 10:00 pm. Pasadas 12 horas, su cuerpo seguía en el cuarto.

Junto a José y su compañera de cuarto, una señora de 50 y tantos años de edad, recluyeron a un hombre con síntomas de neumonía. A ambos, les preocupa un eventual contagio.

“No he podido dormir bien. Esto es un martirio. Se me disparó la tensión. Me dio angustia, yo estoy sano”, se explica José.

La valentía del hombre de de hace dos días, que había indicado que podían revelar su identidad para esta publicación, desapareció. Pide reservar su nombre. “No quiero más problemas de los que estoy pasando aquí”, argumenta.

La comida del hospital llega, pero con el retraso habitual: cuatro arepas, un pollo “sin gusto”, arroz con frijoles amarillo.

Admite que la atención sanitaria mejoró en comparación con los días anteriores.

“Vinieron más médicos, hay enfermeras más constantemente. Nos examinaron a cada uno. Hay todavía algunas fallas. No todo puede ser perfecto”, apunta.

(*) José es un nombre ficticio que se usó para proteger la identidad del paciente por temor a represalias de parte del régimen


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