Coronavirus
IQUITOS, PERU - APRIL 27: (Photo by Getty Images/Getty Images)

Aterrado de ver cómo el nuevo coronavirus empeoraba la salud de su esposa, Faustino López, un jardinero de 68 años de edad, decaía emocionalmente al permanecer solo en la casa donde compartió con Angélica Berrocal por 45 años.

Familiares de la pareja cuentan que este matrimonio había llegado a este momento de su vida sin mayores contratiempos de salud y con dos hijos y 11 nietos sanos. Pero el covid-19 cambió las cosas en la familia y acabó con la tranquilidad que habían disfrutado por décadas, reseñó la agencia AP.

Días después de que su esposa estuviese internada, Faustino también sintió fiebre y escalofríos. Además, sintió la alteración del gusto y el olfato, por lo que le hicieron la prueba y dio positivo al covid-19.

Se acercó hasta un albergue estatal donde se recuperan casi 2.000 enfermos del virus. No fue aceptado porque no había sido referido desde un hospital y retornó a su casa. La madrugada del 5 de mayo bebió ácido muriático y se ahorcó con un cable de electricidad.

El cuerpo permaneció varias horas en la sala de su casa sin que nadie quisiera tocarlo. Entonces llegaron Jhoan Faneite y su hijo adoptivo Luis Zerpa, dos venezolanos que trabajan en la funeraria Piedrangel, a la que el gobierno de la ciudad contrató para extraer de las casas los cadáveres de personas infectadas con el virus para luego incinerarlos.

Perú es el primer país de Latinoamérica en decretar una cuarentena total el 15 de marzo, tiene más de 104.000 infectados y 3.000 muertos. El miércoles ocupó el lugar 12 en el mundo en número de diagnósticos confirmados, por encima de China continental y debajo de India.

Habitantes de ese país están muriendo por cientos en sus hogares, por lo general en zonas próximas a los mercados de alimentos que se han vuelto los focos de contaminación más peligrosos. Y la labor de recoger los cuerpos recae en personas como Jhoan Faneite, de 35 años, y Luis Zerpa, de 21, que abandonaron Venezuela hace dos años para huir de la crisis económica.

“Todos los días me encomiendo a Dios para no contaminarme”, dijo Faneite, que trabajó como electricista en Venezuela antes de emigrar a Perú, donde hasta el mes pasado había unos 865.000 migrantes venezolanos.

De lunes a domingo, incluso de noche y madrugada, los junta cadáveres conducen coches fúnebres a través de los barrios ricos pegados al Pacífico, pero también se internan entre colinas apretujadas de barriadas donde el virus golpea con fuerza, ataviados todos con trajes de protección y caretas.

De esta manera llegaron a la casa de Faustino a recoger su cuerpo. Una semana después, su esposa Angélica murió en el hospital por el virus.

Debido al aumento de la mortalidad por el covid-19, las autoridades han instalado casi dos decenas de contenedores marítimos en los hospitales de Lima que mantienen los cadáveres a cero grados.


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