Con la llegada del XIX, Europa se encontraba en angustiosa combustión. La Grande Armée de Napoleón incendia ciudades. En otras latitudes, Rusia implanta la feroz era zarista. Alemania se robustece y constituye su imperio. España teme perder sus gestiones ultramarinas y colonias. Estas abruptas y múltiples dificultades castigan y conmueven occidente, lo que llevaría a un reajuste en las conciencias europeas. La revolución romántica estaba en marcha. Y ese influjo no solo se deslizaría hacia estratos sociales y políticos. En estos tiempos agitados, de igual modo los territorios de la literatura se quebrantarían.

José Napoleón Oropeza señala que el escritor no es “un imitador, sino un hacedor que tiene la posibilidad de (dejándose influenciar por lo real) redescubrir cualquier realidad como si aquello que lo fascinó surgiera por primera vez como un misterio o una epifanía”. Paradójicamente, según Jesús Semprum, los escritores del romanticismo americano se alejaban de este precepto, ya que, para él, este romanticismo no fue otra cosa que una imitación de imitaciones –de la misma manera en que Julio Planchart sostiene que el modernismo sería un movimiento de “influencias de influencias”–, a la que nuestros escritores no escapaban. Semprum recuerda que, de hecho, nuestros ideales independentistas, propios o no, eran en esencia un producto del romanticismo, deudos de las lecturas del padre de esta estética, Jacques Rousseau; sin olvidar las hazañas que tiempo después describirían los historiadores.

Para equilibrar las opiniones de estos críticos, es justo que señalemos lo dicho por Oswaldo Larrazábal Henríquez. Si existe un autor que pueda arbitrar en torno a estas opiniones es precisamente él, con seguridad uno de los pocos que leyó, estudió y calificó casi la totalidad de las narrativas decimonónicas.

En Historia y crítica de la novela venezolana del siglo XIX, Larrazábal Henríquez explica que, si bien no tuvimos grandes escritores, sí contamos con un puñado de escribas que siguieron las pautas de la moda y normas literarias de la época, de tal manera que las obras producidas, aunque pocas, se concebían atendiendo a dichas estéticas. Sostiene que “nuestra novelística en su origen sí es imitativa, pero no en el sentido despectivo y menospreciativo que se le ha querido juzgar”. Concluye que la narrativa de este período estableció los peldaños iniciales para la consecución de esa novela nacional que nacería posteriormente.