Domingo Miliani en Tríptico (1985) asegura que el romanticismo llega a costas venezolanas de manera simultánea que a otros países como Argentina. Con su llegada se establecieron dos corrientes principales: la sentimental y la romántico social o, como es conocida por algunos críticos, como la socialista-utópica. En el romanticismo venezolano no hallamos registro, según palabras de Miliani, de influencias de las modalidades del romanticismo alemán. La influencia del romanticismo trasluce en la narrativa venezolana hasta la década de 1890. En el albor del XX, Gonzalo Picón Febres refiere los nombres y apellidos de estas influencias en La literatura venezolana en el siglo XIX, publicado en 1906 y considerado el primer intento valioso por sistematizar nuestra historia literaria.

El crítico merideño enumera el hit parade de autores más leídos, firmas que van desde Madame de Stäel, Chateubriand, Lamartine, Víctor Hugo, Walter Scott hasta Mariano José de Larra, y sostiene que, además de ser leídos desde 1838, estos escritores estimulan la imaginación de los creadores venezolanos a tal punto que este fenómeno traería el nacimiento de la novela nacional, “la cual nace romántica” en 1842 con la publicación de Los mártires.

Entre las características más destacadas de este movimiento los críticos señalan que nuestros románticos escribían sus historias de acuerdo a los gustos de la época, a decir: narraciones bucólicas, el paisaje se humanizaba, se incluyen en el tejido narrativo constantes digresiones de corte moral y ético que dilatan las acciones. Picón Febres, siempre mayestático y riguroso, insiste en que las peripecias narradas estaban reñidas con lo real, y con exagerado sentimentalismo como característica más relevante, de igual modo añade que era común toparse con escenas tan sangrientas y llenas de crueldad que daban risa. Finalmente concluye que “entre las novelas románticas venezolanas, [no encontramos] ninguna que pueda calificarse de sobresaliente, ni que se lea hoy sino por mera curiosidad o distracción”.

Entre los narradores representativos de esta corriente, precisamos a Fermín Toro, Rafael María Baralt, Ramón Isidro Montes, José Heriberto García de Quevedo, Julio Calcaño, Eduardo Blanco y José María Manrique.