Valle-Inclán cumplió la máxima sagrada de que antes de escribir hay que vivir / El Confidencial

Por LUÍS POUSA

Ramón María del Valle Peña (Vilanova de Arousa, 1866-Santiago de Compostela, 1936), más conocido por su nombre de guerra: Ramón del Valle-Inclán, es, sin lugar a matices, el autor más importante de la literatura española del primer tercio del siglo XX. Si tuviese que elegir sólo un título de ese tiempo de plata de las letras en España mi única duda estaría entre dos obras colosales: Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, y Luces de bohemia, de Valle-Inclán (curiosamente, ninguna de las dos es una novela). Tal vez Lorca le ganase el pulso en ese uno contra uno, pero si elevamos la mirada y tomamos perspectiva de la obra en su globalidad, ahí Valle se convierte en el autor total, el que durante más de tres décadas dominó como nadie en el país todos los géneros literarios.

Porque Valle-Inclán, al que tal vez numerosos lectores sólo se hayan aproximado a través de su narrativa, cultivó todos los ejercicios de estilo de la palabra impresa. Jugó a todos los juegos. Fue un prodigioso cuentista (Jardín Umbrío). Un poeta excepcional (La pipa de kif). Un dramaturgo sin igual (Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte). Un novelista inmenso (Tirano Banderas). Un aventurado cronista de guerra (La medianoche). Un finísimo columnista (Café con gotas). E incluso un ensayista de hondura desconocida y mística (La lámpara maravillosa).

Como todos estos géneros no le bastaban, como su literatura le caía de los bolsillos o del famoso agujero de la suela de su zapato mientras caminaba por las calles de Madrid, hasta acabó por inventarse alguno nuevo, como el esperpento, tragicomedia hispana que luce su cuño personal e intransferible. Como el idioma de Castilla tampoco le resultaba suficiente para todo lo que tenía que decir, lo inundó de términos de su gallego natal. En La corte de los milagros apunta: “A lo lejos lostregaba la collera de luces municipales”. Lostregar, de lóstrego, relámpago en gallego. Como la Península Ibérica también le quedaba pequeña , fue uno de los primeros escritores españoles en tender puentes con América. Por eso se fue a México. Por eso escribió Tirano Banderas, su “novela de tierra caliente”.  Y como el Diccionario de la Real Academia Española (donde tuvo el honor de no ingresar jamás) también le venía estrecho, creó neologismos sin parar, fundando de la nada un nuevo imperio: el idioma valleinclanesco, que nació de las cenizas de aquella primera literatura modernista con la que debutó.

Si alguien piensa que el arriba firmante exagera al medir la descomunal trascendencia de Valle en la balanza de la historia, podemos despejar las dudas escuchando la voz del poeta y erudito Luis Alberto de Cuenca, que en el prólogo a la reciente reedición de las Sonatas (Reino de Cordelia, Madrid) dispara todavía más alto: “Junto a Cervantes y Borges, Ramón del Valle-Inclán es el nombre propio más valioso de la literatura escrita en español”. Palabras mayores.

Como casi todos lo grandes, Valle hizo de su propia vida una obra de arte. Cumplió esa máxima sagrada de que, antes de escribir, hay que vivir. Y él lo vivió todo, con la misma sed con que se tragó la lengua española para pasarla luego por el tamiz de su orfebrería única. Fue uno de los últimos bohemios auténticos (no de los que luego falsificaron esa palabra y la transformaron en una simple pose en la ventana del Café Gijón de Madrid). Hasta de su lugar de nacimiento creó una leyenda. Durante décadas, en Galicia persistió el debate de si había nacido en A Pobra do Caramiñal o en Vilanova de Arousa. Fiel a su estilo, el literato, lejos de zanjar el caso, avivó la polémica, aderezando el relato con poesía: en realidad, según él, había venido al mundo en una barca en medio de la ría de Arousa, que separa los dos puertos atlánticos. La disputa entre ambas localidades por colgar la placa en la casa natal del autor de El ruedo ibérico se convirtió en otro capítulo de la mitología de Valle-Inclán y engordó durante años y años. Hasta que varios documentos resolvieron los titubeos de los biógrafos. Uno de los testimonios más contundentes fue una misiva firmada por Ramón del Valle, padre del escritor, recuperada en el 2003 en las Cartas a Murguía (Xosé Ramón Barreiro y Xosé Luís Axeitos). En el documento, fechado en “Puebla 16 de noviembre de 1866”, Valle sénior le comenta a su colega Murguía, con el que colaboraba en la elaboración de su monumental Historia de Galicia: “Mi querido amigo: habiendo tenido que pasar muchos días en Villanueva con motivo de haber parido allí mi esposa, he recorrido hace pocos días aquellas inmediaciones…”. Polémica liquidada.

La mayor parte de su carrera transcurrió en Madrid. En la capital de España forjó su biografía literaria y periodística. Aunque, para él, escribir en los diarios era un asunto más bien alimenticio. Una penalidad por la que había  que pasar para pagar las facturas y mantener a la familia. Pero siempre renegó del articulismo. Él era un escritor que, únicamente por razones económicas, de vez en cuando destilaba su prosa en las rotativas. “El periodismo avillana el estilo”, advertía con solemnidad. Si la sentencia fuese cierta (hay gloriosos ejemplos de que no lo es), con Valle-Inclán no lo consiguió. Su estilo fue agigantándose con cada nuevo libro, como si su obra no conociese ningún tipo de límite genérico, lingüístico o cronológico.

En Madrid también construyó su legendaria estampa, que él mismo definió así: “Rostro español y quevedesco, de negra quedeja y luenga barba”. En una de las tertulias a las que era asiduo, en el café de La Montaña de la Puerta del Sol, se produjo en el verano de 1899 el incidente por el que acabaría perdiendo el brazo izquierdo y se convirtió, como Cervantes, en uno de los genios mancos de la literatura española. En una de las acaloradas disputas con las que solían terminar aquellas reuniones, el escritor Manuel Bueno alzó su bastón para asestarle un golpe y Valle levantó su zurda para protegerse de tan contundente argumento. Hay dos versiones sobre el historial clínico. Según la más extendida, el gemelo acabó incrustado en la carne, provocando una infección que degeneró en gangrena y acabó con la amputación del brazo. Otra teoría apunta que, en realidad, el bastonazo le provocó una fractura incurable que también terminó con la pérdida del brazo zurdo. Por supuesto, el escritor se encargó de adornar este episodio con hipótesis más heroicas, como que el brazo se lo había zampado un león, que lo perdió en un duelo con un bandido mexicano o que, durante su estancia en un señorial pazo de Galicia, el cocinero le comentó quejoso que no había materia prima para hacer un estofado y el prosista, remangándose, le ofreció un cuchillo de carnicero y le ordenó que se hiciese con su brazo izquierdo para echarlo a la marmita: “En esta casa nunca ha de faltar la comida”.

Aunque algunos popes del nacionalismo pretenden negar su galleguidad (como si su obra no fuese Galicia en carne viva), Valle-Inclán quiso volver a su tierra para morir. Con su intuición divina, prefirió no asistir al devastador espectáculo de la Guerra Civil, y a unos meses del estallido de la contienda, el autor apagó para siempre su lámpara maravillosa. Se lo había anunciado, ya de regreso en Santiago de Compostela, a Arturo Cuadrado, según recoge la disparatada (pero deliciosa) biografía que tejió el otro gran Ramón de la literatura española, Gómez de la Serna: “Moriré el día 6 de enero”. Se anticipó a sí mismo y falleció la víspera, a las dos de la tarde del domingo 5 de enero de 1936, en Compostela.

Unos meses antes se había puesto en manos de su amigo, el médico Manuel Villar. Le pidió un “milagro” que curase el cáncer de vejiga que padecía. El milagro no llegó, pero pasó sus últimos días recorriendo Galicia, acudiendo a las corridas de toros en A Coruña o visitando en Vigo una exposición del pintor Colmeiro. Pero, sobre todo, se entretuvo durante esas semanas terminales haciendo amistad con los jóvenes intelectuales galleguistas que entonces capitaneaban la lucha por el Estatuto de Autonomía de Galicia, que su amigo Castelao presentó en el Congreso de los Diputados, aprobado y ratificado, sólo dos días antes del alzamiento fascista de Francisco Franco contra el legítimo Gobierno de la Segunda República que desató la Guerra Civil.

Para entonces, Valle ya se había ido para siempre a sus otros mundos. La leyenda lo persiguió hasta el último instante. Hasta el mismísimo cementerio. Cuentan que el día de su entierro, en el camposanto municipal de Boisaca, en Santiago de Compostela, un joven anarquista se lanzó  sobre el ataúd cuando ya lo estaban bajando a la tumba y arrancó el crucifijo que adornaba el féretro. Hasta en ese momento final tuvo que transformar su biografía en épica. Era su destino y lo cumplió fielmente hasta el último aliento.

Uno de sus biógrafos logró definirlo con una sola frase. “Más que un escritor, es él solo todo un idioma (Valle-Inclán: Los botines blancos de piqué, Francisco Umbral). Amén.