Breve presentación de Alfredo Padrón

En la primavera de 1982, mientras cursaba mi último año en el Instituto de Arte Teatral y Cinematográfico Ion Luca Caragiale de Bucarest, fui convocado como director de fotografía para realizar un documental sobre el poeta rumano Nichita Stănescu.

Esta feliz circunstancia me brindó el privilegio de conocer en la intimidad de su hogar al célebre poeta y ensayista. Apenas conocerme me dijo:

―Alfredo, tú y yo seremos los mejores amigos, como corresponde a quienes se conocen en felices circunstancias y luego han de vivir lejos el uno del otro, y no habrá lugar entre ellos a otra cosa que no sea el recuerdo de los bellos momentos.

En las pausas del rodaje, Nichita nos dedicaba poesías improvisadas que su joven esposa copiaba para nosotros y que él firmaba sin fecha con la rúbrica: “Nichita, hoy”. Recuerdo el comienzo de la mía:


“Alfredo, viéndote cómo eres, tan frágil y tan joven

he recordado al perro de mí que roe un hueso

y al mastín Saturno, el anillado y taciturno…”.

Por amor a la fascinante lengua rumana, para no olvidarla y por el entrañable recuerdo de “mi mejor amigo”, decidí emprender la traducción de su libro de ensayos Respiraciones, publicado en Bucarest en el año de 1982.

Alfredo Padrón

*

I

Primero me lavé las manos para que estuvieran limpias sobre la pluma y el papel, luego la cara y sobre todo los ojos para que vieran cada letra y permanecieran vigilantes, evitando la casualidad y la inspiración (no divina). También me lavé el corazón.

II

Dicen que la edad de los viajes es la adolescencia. Creí plenamente en esta afirmación y, considerándome firme de carácter, vi con mis ojos y con la estrella de mis huesos el paisaje más emocionante del mundo: Finlandia. Sintiéndome firme, me permití murmurar como el filósofo: “Solo el cielo cambia, el alma jamás”.

Contemplaba el prodigio divino de los árboles nórdicos coronando gigantescas y solitarias rocas, mientras el ojo en la nuca, al mismo tiempo que el regalo del paisaje al frente, continuaba registrando los movimientos fríos y monótonos de un sentimiento dejado en Bucarest.

Necesité largos años para comprender que ser adolescente significa estar apto para ser transformado por algo ajeno al propio yo. Necesité todavía más años para constatar que las cosas lógicas y la lógica, que la naturaleza y lo natural, que las visiones de lo real, por maravillosas y poderosas que sean, por su simple existencia carecen de exageración y de ideas, y solo son capaces de producir agregados a la memoria y no modificaciones en la conciencia.

III

En Roma me reencontré con la plaza del Capitolio. Allí reinaba en el centro la estatua ecuestre del emperador Marco Aurelio. Escribo “reinaba” y no “reina” porque amé tanto la idea de grandeza eterna encarnada en esa estatua, que muriéndome de celos hubiese querido que existiese solo en mi mente. Me generó un estado de enamoramiento que modificó mis sentimientos y provocó temblores en mi cuerpo acompañados de un extraño deseo de posesión, parecido a la pereza del río en busca de su cauce. Me convertí en eterno adolescente. Se me impuso una idea de realidad. Me encontraba frente a la encarnación de una exageración.

IV

El caballo era igual a un caballo, pero tres veces más grande. La figura del Emperador era igual a una figura de hombre, pero tres veces más grande. ¡Ni más ni menos!

Todo estaba hecho con exactitud y sin errores. El caballo con dientes y el Emperador con sandalias; solo eso: los dientes tres veces más grandes, las sandalias tres veces más grandes. O puede que 3,14 veces más grandes, tantas veces como el radio está contenido en el círculo.

El ojo del Emperador mirando a mis ojos significa para mí la continuidad. El ojo tres veces más grande de lo que es y mirándome a los ojos es en esencia el cielo y su encarnación.

Me arrastré gritando debajo de la sandalia tres veces más grande del emperador Marco Aurelio. La estatua fue esculpida de tal forma, que no se sabe si ella es tres veces más grande, o el que la mira es tres veces más pequeño.

El denominador común era el caballo.

V

La exageración es la primera ley del arte. Un árbol tres veces más grande que los árboles de su alrededor, o tres veces más pequeño, se convierte en un monumento de la naturaleza, es decir, en un objeto de arte. Quien lo ama se transforma a sí mismo. Se transforma aceptándolo por amor, o por amor hace un árbol tres veces más grande, modificando así su amor por los árboles normales. Agrandar un árbol significa, de hecho, crear el árbol como idea. En el arte, la idea de algo no es una generalización sino una exageración. Por eso el arte posee tensión y el valor en el arte se mide sobre todo por la tensión que comunica.

VI

Y sin embargo, aunque tres veces más grande, la sandalia de Marco Aurelio es desde otros puntos de vista igual a cualquier otra sandalia.

VII

Desde el punto de vista de los sentimientos, el arte se acerca, e incluso puede compararse en su esencia (para una mejor comprensión) a un estado de enamoramiento.

VIII

Un testimonio de que el objeto de arte (la efigie, la armonía, el verso) es una expresión del estado de enamoramiento (el júbilo, la angustia, el llanto) es el deseo de volver a ver que emana del objeto de arte.

Ese anhelo expresa en sí mismo el primer rasgo del arte: la exageración mediante la ausencia de lo real.

IX

Por nostalgia de la estatua ecuestre de Marco Aurelio navegué a través de todo tipo de libros sobre Roma. En uno de ellos encontré que Miguelángel la redescubrió en 1538 y la trasladó a un pedestal concebido por él en la plaza del Capitolio. Al principio fue dorada y dice una leyenda popular que el fin del mundo estará cerca el día en que la estatua vuelva a ser dorada por sí misma.

Por nostalgia, quisiera ver dorándose al bronce enverdecido. Por miedo a que pueda perderse con el fin del mundo, ruego a mi alma que permanezca de bronce y verde.

X

En el momento en que vi La piedad de Miguelángel me convertí en un hombre culto. La miré y rompí en llanto. Pero el llanto no me alivió. Las lágrimas brotaron solas pero no me lavaron la cara.

Traté de huir, de ser otra persona, de parecer borracho, pero su nombre comenzó a crepitar sobre mi cuerpo, como las marcas que deja el hierro candente con el que marcan al ganado en el campo infinito.

XI

Es la única obra que firmó Miguelángel. Sobre el cordón de mármol entre los senos de mármol del milagro, colocó su nombre como un lastre. De otra manera, el mármol hubiese devenido imponderable elevándose al cielo.

XII

¡Ni una exageración en las proporciones! O más bien, ¡la ilusión de ninguna exageración!

Sin embargo tres veces más pura que la pureza, más posesiva que la posesión, el mármol sonriente es más mármol que el mármol-mujer.

¡Mármol flácido el del hombre! Los dedos de mármol de la mujer hacen hermosos pliegues de flácido mármol en el cuerpo de mármol del hombre-mármol muerto.

¿Y el rostro del hombre? No puede ser visto por el emplazamiento del conjunto. No obstante, Miguelángel esculpió hasta las partes invisibles de sus esculturas. “¿Y si las ve algún ángel?”, profirió.

En una fotografía logré ver el rostro del hombre como si hubiese puesto un ojo el techo.

Sonrisa satisfecha. Melancolía post-coitum. Zángano abatido después de haber roto su sexo en la reina.

Mármol de miel.

XIII

Luego de ver La piedad de Miguelángel, me volví un hombre culto. La piedad es un sistema de referencia. Ser culto significa tener un criterio. Por ejemplo: el ojo es el criterio de la luz.

XIV

El estado de levitación de la piedra se puede lograr mediante la escultura. La escultura es el arte de lo táctil. Lo táctil elevado a idea. Lo que está abrazado con lo que no lo está. La mirada con dedos. Las uñas con retina.

XV

En la basílica de San Pedro encadenado, contemplando el célebre Moisés de Miguelángel, la lección de la exageración en el arte es sublime y didáctica. Si en La piedad la exageración no estaba expresada por la dimensión física, sino por la no-tipología fisiológica, en el caso de esta fascinante encarnación, siguiendo exactamente el grafismo de una metáfora, la exageración ya no se incorpora en el aumento de las dimensiones (en literatura, la asincronía de las dimensiones físicas en las relaciones sociales de rutina se ilustra en Gulliver) ni en la exageración de la fisionomía. El milagro de esta obra maestra proviene de la exageración del sometimiento de la idea al material que la expresa. Intuí y sentí, casi en vivo, cómo el artista arqueó su visión en función del bloque de mármol del que dispuso. El hombro derecho de la escultura es infinitesimalmente más pequeño e inarmónico en relación a toda la estructura. Idealmente, y pasando por encima de las convenciones de la época, habría sido apenas sugerido. Aun así, para el ojo emocionado y atento, el sometimiento de la magnificencia a los medios de expresión fijos y limitados nos revela la idea de la meta-escultura, de la no identificación de la escultura con su propio material. La exageración por reducción en el hombro derecho de la escultura del Moisés de Miguelángel establece una tercera posibilidad de exageración (considerando la exageración como el rasgo fundamental del arte): la falsa identidad con la materia de expresión.

XVI

Visto lo anterior, me permití recordar la sala Picasso del Museo de Arte de Praga. Hace diez años no me gustó. Ahora, diez años después y sobre todo después que me volví culto, puedo matizar aquel sentimiento de rechazo.

En el caso del período cubista de Picasso (representado por varias decenas de cuadros en el Museo de Praga), la función de la exageración había perdido su carácter genuino. Ya no se trataba de una exageración de lo real, de la idea de realidad, sino de la exageración de la exageración.

Y si el arte es independiente del objeto mediante el cual se expresa utilizándolo como vehículo: la escultura – la piedra, la pintura – el color, la música – el sonido, la poesía – la palabra, entonces, cuando la poesía es propuesta como material de expresión en sí misma, ya no se trata de poesía sino de meta-poesía. La poesía es meta-lingüística y la música auténtica es meta-sonora. Pero una meta-poesía y una meta-escultura superan con creces todo criterio humano.

Nos hallamos en la situación del sabio que ha olvidado las tablas de multiplicar. No olvidemos que es el aire el que sostiene el ala. No olvidemos que la única exageración soportable en la suma de uno más uno no radica en el hecho de que dé como resultado dos, sino en el hecho de que se puedan sumar uno más uno.

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Respirări (fragmento)

Nichita Stănescu

Trad. Alfredo Padrón

Editorial Sport-Turism

Bucarest, 1982