Revelación

Por MIGUEL ÁNGEL CAMPOS 

En la lectura de Ramos Sucre sobre Humboldt encuentro la más remota observación del conjunto venezolano ya emplazado en la caracterización que le permite a Vallenilla Lanz interactuar con su objeto. «Humboldt recorre, ileso de los hombres, los dominios del mundo colombino. Agradece el humor del criollo inteligente y hospitalario, pródigo de la atención afectuosa. Los tacha de indolentes, de esquivos del afán, de prolongar la vida sin ocuparla». La frase es al menos inquietante: prolongar la vida sin ocuparla, no es acaso el mismo vacío que existe entre ordenamiento formal y cultura, el conflicto secular de fondo de obras como Cesarismo democrático y Disgregación e integración (1930), su estudio capital cuyo subtítulo es «Ensayo sobre la formación de la nacionalidad venezolana». Pero la sentencia no es de Humboldt sino del mismo Ramos Sucre, quien ha deducido la especie de los pasajes de la edición francesa de 1809; es el descriptor que le pone nombre a un relato etnológico. Se trataría a fin de cuentas de la vida reposando en la naturaleza, en un estado inercial sin espacio, solo tiempo, sin ocuparla, es decir, sin programa ni elaboración de la materia, pero él mismo parece estar en el centro de ese conflicto, así como Edipo es el centro de la biografía de la respuesta que da a la Esfinge, la representa cabalmente: la vida biológica se le agota en una ocupación que todo lo acorta, espacio y tiempo. «Sobre las huellas de Humboldt» abunda en la valoración del naturalista de una frontera de hibridez donde un tipo demográfico está listo para signar un nuevo mundo: acechanzas de castas, odios municipales, indolencia industrial, la hipérbole del conquistador, serán presencias agotadoras («Encuentra la vegetación desapoderada y sin términos de la fábula y del cuento en el ocio de los planteles retirados, y recuerda los mapas desleales de regiones desiertas, donde el misionero y el gobernador mienten ciudades, villas y castillos a la corte perezosa y crédula»). Humboldt siguió los acontecimientos de la Emancipación hasta más allá del fin de la guerra, vio una sociedad en ebullición y anticipa la violencia salida de la subordinación social de la etapa final de la Colonia («Califica de esta última suerte –guerra civil– la contienda de la Emancipación, y la sigue con asombro hasta su término»). En general, el Humboldt que Ramos Sucre ilumina es como un sumario de los desarrollos vallenillianos, listado desde una mirada cenital; el retrato de aquella comunidad que asombraría al mundo está trazado en un bajorrelieve, hundiendo hondo la punta del buril. Nos da un temperamento en un tiempo de transición, pero sobre todo hay allí un nudo de motivaciones, apetitos y agonías listos para la gesta más sangrienta de toda la independencia americana; la identidad que el comentador-descriptor (Ramos Sucre) le impone nunca es celebratoria, tiene en cambio un dejo pesimista.

Su tesis contra el peso de las ideas en el proceso de la evolución igualitaria encuentra apoyo en la nivelación burocrática del Estado español (Gracias al sacar), y sobre todo en la actuación de los llamados partidos históricos, cuyo corolario podría ser la frase de Antonio Leocadio Guzmán («Si ellos hubieran dicho federalismo, nosotros habríamos dicho centralismo»). La salida falaz le sirve para recordar el origen orgánico de la tendencia municipal separatista, luego de comprobar la ausencia de toda doctrina o elaboración jurídica en la representación de los voceros, pasa a explicar cómo las provincias anteriores a la Capitanía General era territorios autónomos, y ninguna unidad los ataba al poder central de la Corona, y solo un vínculo de pertenencia a la misma lengua y religión hacía el milagro de la comunidad. «Ninguno de los mismos apóstoles del federalismo llegó entre nosotros a penetrar en los orígenes históricos y sociológicos de aquella tendencia instintiva, poderosa y persistente de casi todos los pueblos hispanoamericanos hacia la disgregación política y administrativa» (Disgregación e integración). La razón última del federalismo la encuentra en un regionalismo aldeano, el apego de aquellos hombres a su tierra, el amor a la patria chica.

Incluso, muchas veces los matices de doctrinas y principios del Liberalismo de tribuna resultan en un alejamiento de este, y hasta en su negación, sus ideólogos esgrimen con facilidad métodos y proclamas bastantes conservadores. Es el caso de Lander, y de Guzmán ya no hay que esperar sino la demagogia asumida en su culto. Véase esa Ley de usura del 10 de Abril de 1834, o la Ley de azotes para quienes laceren en un robo, es la evidencia de unas conductas resurgiendo como un atavismo. Son frecuentes las mudanzas de partidos, y no son figuras periféricas del drama, Juan Vicente González, Fermín Toro, los pensadores no logran aterrizar en un suelo estable, allí impera el pragmatismo, suprema ley de arraigo en un escenario donde lo real va por un lado y las maltrechas tradiciones por otro, el definitivo alejamiento resultaba devastador. Insistirá en las consecuencias de estas fronteras brumosas de lo ideológico, y cómo una cierta uniformidad rige programas en cuyo obrar hay hábitos asentados y no tanto elecciones voluntarias. «Digo godo y no conservador, porque en la verdadera acepción del vocablo no ha existido en Venezuela ningún partido conservador. Muy al contrario: entre los llamados godos han existido hombres de un radicalismo extremo, y entre los liberales, se han contado católicos, apostólicos, ultramontanos, que han podido llevar con mucha propiedad el hábito negro de la Compañía de Jesús». Las fronteras imprecisas eran así el resultado natural de la uniformidad salida de una tabla rasa, la negación de las jerarquías consagrando demagogia y desprecio del saber.

Las cercanías llegan al extremo de que hoy un periódico liberal se llame así, El Liberal, y mañana sea el nombre de uno del conservadorismo paecista. La mixtura es patente en el prospecto de un semanario redactado por Lander, en él se pretende hacer la definición de pueblo y esta es toda una mescolanza, citada oportunamente en el libro de Pino Iturrieta: «Este papel se escribe para el pueblo, o más claro, para los agricultores y criadores y como los suponemos sensibles y caballerosos, repartimos a las tomas unos pocos ejemplares, gratis y en papel de color. Se escribe para los industriales y artesanos del país, y por eso lo vendemos a cinco centavos».  Es la vida pública que se pretende regir por programas de base doctrinal, pero en la primera salida al ruedo se encuentra con los hábitos, les petits faits rectificadores, obrando en una urdimbre de reticencias de castas, resabios étnicos y estilos mantuanos, aunque estos hubieran desaparecido. Pero había un fondo real, distinto del artificio de los demagogos, y sin duda expresaba la conocida antinomia naturaleza y cultura. El conflicto centralismo-federalismo, de larga insistencia en el siglo XIX en los países de América, adquiere rasgos geográficos y encarna en una tensión entre ciudad y campo, expresándose así casi desde los haberes de la naturaleza, la barbarie marchando sobre el núcleo urbano donde discurren los doctores y una civilización de maneras: representa el miedo a lo desconocido que se le ha dado beligerancia. En Venezuela es legendario el proyecto de entrevista entre Páez y Antonio Leocadio Guzmán (1846), dos jefes intentando avenir los partidos, ambos se citan desde ciudades mediadas por caminos inciertos y selvas, ninguno quiere salir al descampado, temen el atentado y se atrincheran, uno en Caracas, otro en Maracay. La ciudad es lo real, desde ella salen a batir revoltosos y el monte mismo.

Del ideario de los libertadores ilustrados solo quedaba un conjunto de obras graves y bien escritas, aunque desgajadas de la recepción, piénsese sino en los preciosos documentos de autores como Manuel Palacio Fajardo, Juan Germán Roscio, Miguel José Sanz, y sobre todo el pensamiento más contemporáneo de su tiempo, Carta, Manifiesto y Discurso de Simón Bolívar. Constituían la bisagra entre la tradición y el mundo nuevo, esa mediación no solo fue negada, fue ignorada. Allí estaba la verdadera doctrina, convertida en metafísica por la emergencia del pragmatismo y los «logreros», identidad al uso de los liberales para referirse a lo que creen oligarquía o aristocracia, los comerciantes. El Estado sin numerario, peso obsceno de todo el período, y la clase industrial que no termina de aparecer, son los extremos álgidos que encuentra salidas vaporosas. «Las disposiciones querían echar los cimientos de un teatro para nuevas formas de producción y distribución de la riqueza. La usura quedaba liberada de la tacha que la juzgó pecaminosa durante la Colonia» (Las ideas de los primeros venezolanos).

Lo que parece una recapitulación se convierte en Ramos Sucre en una escritura moduladora de su propio estilo, acaba en ensayo que juzga a través del énfasis y la simpatía. El indicativo de tercera persona (advierte, encuentra, observa) adquiere así autoridad sin la mediación del relator, este se adentra en una síntesis obsesiva y desde donde ya no puede volver para tomar distancia. Las dos voces se confunden, y de alguna manera una terapia ha obrado en quien ha vertido un Humboldt naturalista en la lengua de una poesía cauta, cerrada, y a la vez nos descubre una etnología tocada de pesimismo político. Las filiaciones e identidades no cesan, de los colonos dirá que antes «pierden la originalidad ganada en el aislamiento, desde que fundan república vivaz, familiar con las naciones hermanas y con las más cultas del viejo mundo». Es un Humboldt politizado, sacado a pulso del barroco naturalista, el recreador lo delinea para atenuar la crónica y entonar lo sentencioso. Tras haber leído Cesarismo democrático Ramos Sucre opinó sobre el autor, no sobre el libro: «Laureano sería un insigne novelista, quizás el primer novelista de nuestro país, yo lamento que no se dedique a este género literario, tan poco explotado en Venezuela…» (Ángel Grisanti, «Apuntes inconexos»). Acaso el ejercicio de «Sobre las huellas de Humboldt» no sea la reproducción animada del viajero al que se dota de curiosidad civil casi novelesca.

Las leyes benignas abundan, pero apenas son la fórmula de la buena intención, nunca del bienestar, la insistencia se mantendrá en la disgregación y como apelación desesperada ante la anarquía y la disolución, así tiene muy presente las ocho veces que Bartolomé de las Casas cruzó el océano para enmendar el derecho de los reyes. «Repite la acostumbrada alabanza de las leyes españolas, caritativas con la raza ofendida, y frustradas ocasionalmente en la administración de la servidumbre doméstica». La indicación para Bolívar, en la carta de 1822, se respira en suspensión a lo largo de todo el texto ramosucreano, esa de no tener enemigos exteriores las repúblicas y así la paz y la prosperidad andarían sin obstáculos. Y aquí otra frontera que Vallenilla Lanz delinea, es un mundo doméstico que deberá pensarse a sí mismo, nace sin compromisos ni tutores, ni deudas distintas a la gratitud, y aquello era un pura ventaja, como lo entendió Andrés Bello, y ya en los tiempos de las disputas fratricidas. Otra cosa será el conjunto de tradiciones y ordenamientos, los cuales por imperativo natural seguían regulando las funciones del naciente orden; si es enemigo del jacobinismo nunca lo será de la República, sus objeciones las descarga contra el empeño de sacar sociedades de las repúblicas escritas. «España nos había dejado los elementos primordiales para constituir una nación. Tradiciones administrativas, fiscales y jurídicas que necesariamente tuvieron que prevalecer por encima de la República escrita. No era la Constitución sino la tradición colonial lo que servía de base al gobierno regular del país». La tarea del caudillo es preservar la nación del caos y la anarquía, pero su destino es ceder ante los intereses más estables de una regularidad ciudadana fundada en unos acuerdos susceptibles de invocarse para generar el Estado de derecho, cuando esto ocurre es su ocaso, empieza por la pérdida de la popularidad, «cuando guiados por otros sentimientos más elevados y más nobles, y con las responsabilidades que trae consigo el ejercicio del gobierno, dejen de halagar las pasiones innobles de la turba, convirtiéndose de encubridores o cómplices de sus delitos, en defensores del orden social…». Para ilustrar esto Vallenilla Lanz cita un episodio del mismo Páez, tras perdonar y admitir en sus filas a un grupo de llaneros criminales, los reconvenía y amenazaba (se escapaban de la tropa para hacer incursiones en la población civil, luego volvían y se mostraban arrojados), termina la guerra y al ver que no cambiaban él mismo se encarga de cazarlos como fieras, «cayó violentamente sobre la facción criminal de los Farfanes , y en un hecho de armas que le valió el nombre de León de Payara realizó la antigua amenaza de matar a lanzazos a sus antiguos compañeros de glorias y afanes».

*La entrega final, 5/5, de este ensayo, se publicará mañana, 15 de diciembre de 2019.