¿Qué hizo posible que un joven nacido en Cumaná, en 1890, se forjase como el renovador de la poesía venezolana? ¿A qué se refería cuando él mismo decía que había tenido “una vida excepcional”?

Es íntima y misteriosa la fuente original que germina en una nueva lengua poética. En el caso de José Antonio Ramos Sucre, en la única carta confesión del 29 de octubre de 1929 a su hermano Lorenzo, él señala su génesis en el desmesurado conocimiento y el sufrimiento que plenaron su vida, “excepcional”, dicho con sus palabras, por “los conocimientos atesorados en el antro de mis dolores”. Esta experiencia del conocimiento y del dolor la heredó de sus dos linajes, de los Ramos, historiadores, políticos o docentes, como su padre Jerónimo, y de los Sucre, de su madre Rita, sobrina nieta del gran héroe Antonio José de Sucre, el Gran Mariscal de Ayacucho. De ellos recibió la cultura de los libros y el culto del heroísmo, pero también un sufrimiento imborrable. Así, de niño su ingenio prodigioso se alimentó con los libros y las tertulias de su casa ancestral en la calle Sucre de Cumaná frente a la iglesia de Santa Inés y los dos castillos. A sus diez años fue encomendado en Carúpano al eminente historiador y latinista, el sacerdote José Antonio Ramos Martínez, su tío y padrino, quien lo encerró sobreexponiéndolo a excesivos estudios y castigos. Su compensación fue la belleza exacta del latín y la lectura sin reposo, incubando su insomnio. En 1903 murió el tío y regreso a su hogar de Cumaná dominado por Rita desde la muerte de Jerónimo en 1902, durante la Revolución Libertadora cuando la familia perdió su patrimonio. Allí Rita lo “vejaba” exigiéndole aceptar la miseria por el orgullo de ser Sucre. Gracias a esta carta sabemos, o más bien, debemos imaginar “los infinitos desagrados, discusiones, maldiciones, desesperaciones”, de por vida el dolor seminal de su malestar de vivir. José Tadeo Arreaza Calatrava, Fernando Paz Castillo, Enrique Bernardo Núñez han referido sus palabras llamándole “monje”, o repitiendo que había vivido siempre en una “cárcel”. Imágenes recurrentes de su vida que persistirán en su poesía, salvación y dádiva de los libros leídos y de su sufrimiento.

¿Cómo llega Ramos Sucre a la formulación del poema en prosa?  

No sobreviven palabras suyas sobre por qué eligió para su poesía el nuevo género que fundó Louis Aloysius Bertrand con Gaspard de la Nuit. Solo hay prueba de que ese fue el nombre elegido para su obra cuando pidió que El Universal, del 20 de febrero de 1921 publicase sus poemas “Devota” y “La ventana”, en primera plana como todos los suyos, bajo el nombre “Poemas en prosa” en mayúsculas, declarando de una vez por todas su género, aunque no haya surtido efecto porque escasos críticos, o lectores de su época, llegaron a llamar así su obra.

Deslumbra en Ramos Sucre la pulcritud y rigor de su uso del lenguaje, ajeno a ornamentos y excesos.

El modelo propio de su poema en prosa inventa una lengua d’arte, medida, ritmada, entonada según un código poético preciso, discreto, en suma, comedido por la conciencia crítica, decantado por su oficio de poeta faber, de artífice de las palabras, il miglior fabbro. Su precisión viene del latín como él reiteraba a quienes objetaban una construcción o unas palabras suyas. “Yo escribo el español en base del latín” decía, según recuerda Fernando Paz Castillo, aunque presumo no fueron esas sus palabras literales. Es la búsqueda del origen rastreando la precisión etimológica de la palabra, la que consuela a su máscara en “La alborada” de Las formas del fuego que divierte el sufrimiento “penetrando los secretos de los idiomas antiguos, de belleza lapidaria”. Sin embargo, esta búsqueda iniciada en 1912 con “Elogio de la soledad” fue larga con dos etapas precursoras del modelo único. Hubiese podido detenerse en la segunda –etapa borderline a la que pertenece su poema más conocido “La vida del maldito”– pero extremó más su código cerrado, que fijó en 1924, congelado en el cénit inconmovible de su poema en prosa, consagrado inmóvil, inmutable en sus dos últimos libros. Y más allá, en su último poema, “Residuo”, de marzo 1930, en Ginebra, después de su primer intento fallido de suicidio.

¿Qué se sabe de la recepción que tuvo Ramos Sucre en su tiempo?

Ramos Sucre llegó a Caracas en 1910, precedido por su fama de “escolar”. Y aunque se doctoró en Derecho en la UCV, eligió ser profesor de historia de Venezuela, latín e inglés en liceos de la ciudad, además, traductor e intérprete en la Cancillería. Pero su vida estaba “en otra parte”, en la forja de una lengua restituida desde sus fundamentos y su historia. En esta ciudad lo conocieron todos los escritores consagrados y los nuevos, quienes lo admiraron como políglota, como insuperable humanista. Para Picón Salas, “el mejor” de su tiempo. Y especulaban sobre el insomnio que lo hacía deambular toda la noche, o sobre su genialidad o anormalidad psíquica. Esto último sugerido por las máscaras de sus poemas o por las frases epigramáticas o aforísticas de su conversación que “preludiaron” su “Granizada”.  Porque su bien vestir y sus modales eran de caballero, que rara vez perdía la compostura. De él se esperaba una obra maestra, sin percibirse que la escribía ante los ojos de todo el mundo. La paradoja fue que todos los lectores posibles pudieron leer más de 160 de sus poemas en prosa mostrados en las revistas y diarios antes de su recolección y ordenamiento en La torre de Timón (1925), Las formas del fuego (1929) y El cielo de esmalte (1929), que así mismo entregó a las figuras notables del momento y a los amigos. Pero que, cuando los diarios anunciaron el 14 de junio su muerte en Ginebra, el lamento unánime fue por su desaparición, sin haber escrito su obra inmortal.

¿Por qué Ramos Sucre se marcha de Venezuela?

Ramos Sucre se embarcó para Europa el 1 de diciembre con el cargo de cónsul de Venezuela en Ginebra, en un viaje apresurado, obligado por el agravamiento de la amibiasis y por su colapso debido al insomnio permanente. Este no era el viaje deseado a París con un cargo diplomático, para vivir en los espacios culturales visitados en sus lecturas, o para apartarse de la tiranía y sus sicarios, viaje que había sido pospuesto por su trabajo excesivo y obsesivo que entre 1926 y 1928 produjo los 258 poemas editados en Las formas del fuego y El cielo de esmalte, que ofreció a los lectores los primeros días de agosto de 1929. Cuando al fin viajaba era solo para internarse en un hospital de Hamburgo donde trataron y curaron su amibiasis, después para reponerse en un sanatorio de Merano en el Tirol italiano, donde nada pudieron contra su insomnio. Y para ocupar en marzo su consulado en Ginebra, e, incapacitado para el sueño y la poesía, “salir de la vida”.

¿Hay en la obra de Ramos Sucre, presagios o anuncios de su muerte, referencias a la cuestión del suicidio?

Soñar o desear la muerte es uno de los temas dominantes de su poesía y clave de su iniciación. Su primera aparición es “Preludio”, el poema que abre La torre de Timón, y la última de sus variaciones es “Omega”, el poema elegido para cerrar El cielo de esmalte, su último libro. Como uno más de sus personajes, afligido por las innumerables calamidades o males de la vida, Ramos Sucre prefiguró ponerles fin, inventando en sus poemas su muerte, la deseada, la que Rainer Maria Rilke pedía a Dios concediese a todo hombre, no la otorgada por un destino desconocido. Si lo detuvo la vida fue por cumplir su destino consciente de creador de “una obra inmortal”. Después, cuando se apagó su voz poética, se entregó al silencio que también pudo imaginar como el de “Tácita, la musa décima” de El cielo de esmalte, el necesario para sumergirse en la armonía suprema del origen, para pertenecer al enigma.

Usted ha dedicado una vida al estudio de la vida y obra de Ramos Sucre. ¿Podría hablarnos de las recompensas que ha encontrado en esta dedicación?

Desde su descubrimiento en los seminarios inolvidables de Guillermo Sucre para la Maestría de Literatura Hispanoamericana, de la Universidad Simón Bolívar, nunca lo he dejado de leerlo y ha sido el tema obsesivo de mi única escritura visible. Yo había olvidado el latín que había llegado a poseer en mis años de Latín Superior, con la doctora Ritter en la Escuela de Letras de la UCV, y que había perfeccionado en la Universidad de Florencia. Ramos Sucre fue el Hermes que me hizo recuperar la reminiscencia de lo que había perdido. Por eso, mi dedicación por restituir la transmisión fiel de su poesía, por encontrar textos suyos fuera de los libros, por recuperar testimonios y vestigios de su vida, por encontrar los libros, con notas suyas, que estaban en su biblioteca perdida, por restituir la transmisión fiel de su poesía… la búsqueda es inagotable y esta edición fidedigna y esmeradísima de bid&co, pródiga en revelaciones, aparece para continuarla.