Arturo Uslar Pietri escribió El festín de Baltasar como una alegoría de la Venezuela embriagada por la bonanza petrolera. Con la preclaridad de su pensamiento, vio venir el apocalipsis de la Venezuela del siglo XXI. En su tribulación, no vislumbró que podía haber también la celebración de los otros.

Algunas cosas nunca cambian. Otras empeoran irremediablemente y otras solo se transforman en su apariencia para permanecer intactas en lo medular: es el principio del gatopardo, tan bien descrito por Giuseppe di Lampedusa cuando narra en su novela la historia del príncipe de Salinas, Don Fabrizio Cordera. Entre unas cosas y las otras –las que no cambian, las que empeoran y las que se disfrazan– están las que evolucionan favorablemente hacia un cambio en positivo. Es el tipo de cosas en las que muchos hemos dejado de pensar porque un pesimismo ya endémico, atenazado por el síndrome de la desesperanza aprendida, nos ha hecho creer que algunos escenarios son inamovibles.

El pesimismo y la desesperanza –aprendidos o inducidos– suelen vestir el ropaje de la angustia, del desaliento, de la depresión, de la tristeza y de la postración. Sea cual sea la indumentaria, la máscara siempre es la misma: el embozo de la derrota. Y cuando transcurre tanto tiempo sin que uno reconozca en el espejo su propio rostro –el de la dignidad voluntariosa– la simulación termina saturando el espacio de la verdad. Es el momento en el que se deja de luchar por algo mejor porque para qué. No obstante eso, ciertos destellos de luz –aunque suene redundante– nos hacen recordar que hay esperanza y que donde otros vieron un inexorable despeñadero; otros ven justo el espacio propicio para dar un salto de fe.

Durante la primera mitad del siglo XX, Venezuela empezó a sufrir en sus carnes los estragos de la embriaguez petrolera. Por años, nuestro país sufrió –a un mismo tiempo– la borrachera y la resaca, y ese particular estado de embotamiento impidió, entre otras cosas, que el paso de lo rural a lo urbano se diera de modo estratégicamente racional. Impidió saldar con justicia las cuentas con la pobreza. Impidió hacer de la educación una herramienta para la construcción de ciudadanía. Impidió crear consciencia acerca de la necesidad de invertir en un futuro que estaba a la vuelta de la esquina. Impidió aceptar de buen grado la urgencia de transitar de una a otra Venezuela. Y hubo un hombre, un hombre de letras y de pensamiento crítico que, valido de su pluma y de su reflexión analítica, dejó para la posteridad el registro de sus tribulaciones: vio venir el caos, vio la proximidad de la sombra, vio venir este presente. Dejó su advertencia en veintinueve artículos de prensa.

El festín de Baltasar

Como todo personaje público, como todo hombre de medios, como todo individuo ligado al ámbito de lo político, Arturo Uslar Pietri (1906- 2001) tuvo, tiene y tendrá –a partes iguales– seguidores y detractores. Incluso hay quienes hoy se preguntan por qué nunca fue presidente de la República. Con todo, quienes suscriben sus posturas y quienes difieren de ellas reconocen en el pensamiento de Úslar Pietri atributos de claridad, de pertinencia y de solidez porque lo cortés no quita lo valiente y hay que dar al César lo que es del César, incluso si no goza de nuestra personal simpatía.

Entre 1947 y 1948, este pensador venezolano escribió una serie de artículos (más bien, breves ensayos) en los cuales hizo manifiesta –más que su preocupación– su angustia demoledora por tres temas de importancia capital para la Venezuela de cualquier tiempo postpetrolero: población, petróleo y educación. Esos textos fueron compilados bajo el título De una a otra Venezuela. En ellos, y a pesar del pesimismo que exudan, el autor plantea (incluso como algo perentorio) la urgencia de repensar al país y lo necesario de entender que ninguna bendición es eterna y que, si es mal administrada, hasta la más beatífica de las bendiciones puede transformarse en una condena. Al respecto, Arturo Uslar Pietri fue categórico en dos expresiones lapidarias: “Hay que sembrar el petróleo” y “Hay que transformar al minotauro (el petróleo) en buey de labranza”. Como no se ha hecho ni lo uno ni lo otro, se optó por celebrar –en una orgía de derroches que dura hasta el sol de hoy– el festín de Baltasar.

“Hay en la Biblia una estampa –comienza diciendo Uslar Pietri en su alegórico ensayo– que se me parece curiosamente a esta hora venezolana. Es la del rey Baltasar en el festín. El oro y la plata de los vasos sagrados judíos se llenan de vino, la tumultuosa corte se regocija y ríe, suenan las músicas, bailan las danzarinas, los cortesanos se hartan, el pueblo recoge las abundantes sobras y el príncipe sonríe, entre su ensortijada barba, contemplando aquel largo panorama de plenitud y de bienestar. Nadie parece percatarse de que se está al borde de una tragedia, que el maravilloso festín no puede prolongarse indefinidamente, que todo lo que parece abundar es aparencial y falso y que va a desaparecer. Hasta que aquella mano misteriosa escribe en la pared la enigmática sentencia que anuncia la inevitable catástrofe y empieza con la palabra ‘mene’. Una palabra que las gentes del lago de Maracaibo conocen bien y la saben descifrar”. (A. U. Pietri, De una a otra Venezuela, Monte Ávila, 1996, pág. 22).

Como escrito ayer, este ensayo alude al festejo sin atenuantes del poderoso; del que cree que reinará para siempre. Alude también a la sempiterna condición menesterosa del pueblo mendicante. Una combinación que, vista en su trágica dimensión, es el caldo donde se cultiva el desastre inminente, el desenlace fatal. “Esa catástrofe –vaticina el autor– puede tardar mucho o puede estar muy próxima. No es fácil prever el momento en que va a reventar esta tremenda ola contra la artificial y fragilísima estructura de nuestra vida económica”. Quién sabe qué cosas diría hoy Arturo Uslar Pietri si viera cómo encalló el aparato económico nacional en las aguas infestas de la hiperinflación.

La celebración de otros

Pese al amargor que surca como emotivo eje transversal sus artículos compilados en De una a otra Venezuela; pese al tono desesperado con que trató de llamar la atención de los hombres de su generación (y de las generaciones futuras), Úslar Pietri –aun sin contar con que viviría o no para verla– creyó en otra Venezuela posible. Muchas veces se refirió a la Venezuela ficticia frente a la Venezuela real; a la Venezuela de opulencias frente a la Venezuela indigente. Hoy tendría que hablar de la Venezuela de los Rolex y de la Venezuela de las lentejas; de la Venezuela de las Hummer y de la Venezuela de las “perreras”. Algunas cosas nunca cambian.

En su artículo “El tema de la historia viva”, el autor señala que “a falta de otra cosa hemos sabido cosechar abundantemente el odio, y nada nos ha parecido más importante que envidiar y envilecer al prójimo”. Desde 1947 a las dos primeras décadas del siglo XXI, esa cosecha no ha hecho sino crecer y crecer. El resentimiento, la retaliación y el desquite son el emblema del escudo de armas de aquellos que piensan que disentir es un delito; que ante la irrupción de un proceso político enmascarado en discursos revolucionarios todos debemos estar alineados; que cualquier pensamiento en contra es traición a la patria. Si para ganar adeptos y adictos, hay que promover la envidia o envilecer con los frutos de la corrupción, poco importa. El fin justifica los medios. En 2019 ocurre como a comienzos del siglo XX aunque se hayan sofisticado los métodos. Algunas cosas solo se transforman en su apariencia para permanecer intactas en lo medular.

El resultado de tales prácticas estuvo y está a la vista de todos, y “todos miran los signos exteriores de una riqueza fácil y creciente. Automóviles, hermosas casas, fiestas, diversiones, comidas y trajes de lujo. Todos los miran: el que llegó ayer con el lío de ropas a la espalda y el estudiante que sale de la Universidad con borla reciente. Todos saben que lo que ayer se compró por diez hoy se vendió por veinte”. Así se lamenta Uslar cuando escribe su artículo “El petróleo y la inestabilidad”. Si hoy lo escribiera tendría que añadir como parte de los signos exteriores de la riqueza fácil la exacerbación de lo fashion, el inframundo de las cirugías estéticas, de los implantes de todo tipo, de las carillas dentales, de las melenas platinadas, de los Lamborghini, de los pura sangre, de los hijos de los jerarcas estudiando en las mejores universidades del mundo, de las celebraciones opulentas, de las selfies frente a los grandes monumentos… aunque se desconozcan su historia y su significación. Es el festín de Baltasar, que parece la orgía perpetua. Mas, frente a ese festín, frente a la borrachera del poder insaciable, también está la celebración de los otros.

De una a otra Venezuela

La otra Venezuela existe y tiene rostro y tiene nombre. Es la Venezuela de la cosecha. Cuando aquel 14 de julio de 1936 Arturo Uslar Pietri escribió en el editorial del extinto diario Ahora su consigna “Sembrar el petróleo”, quizás no se imaginó que tres venezolanos –seguramente entre muchos más– no solo lo sembrarían sino que cosecharían sus frutos… porque otra Venezuela, una Venezuela distinta, sí es posible. Más allá de los imaginarios colectivos y sociales; más allá de nuestros propios prejuicios acerca de lo que somos como pueblo y como ciudadanía, hay maneras particulares de ser venezolanos y de honrar el gentilicio.

Y no hablamos solo de los médicos, de los docentes, de los investigadores, de los deportistas, de los comunicadores –tan perseguidos por estos días–, de las amas de casa y de los estudiantes que, contra toda lógica y contra todo pronóstico, hacen los que les toca por la fuerza de su convicción. Hablamos de gente común, de venezolanos de a pie, que pasando incluso por encima de sus propias necesidades y de su seguridad hacen todo por ayudar a los demás. Hablamos, por ejemplo, de José Gregorio Ramírez, de Mark Brown y de Óscar Pérez Medero (un comerciante, un músico y un chef).

José Gregorio Ramírez pone su carro a disposición de quien lo necesite: le da la cola a gente que conoce y a gente que no conoce. No fue solo la circunstancia del apagón que, durante días, dejó en la oscuridad al país entero: es la crisis del transporte, que afecta la calidad de vida de aquellos que no tienen ni cómo trasladarse a su sitio de trabajo. José Gregorio no espera nada a cambio de lo que hace: su gratificación es la certeza de colaborar, la sonrisa agradecida de quien acepta la cola como quien recibe un lingote de verdad. “Lo más curioso que me ha pasado es que la gente me quiera pagar por el servicio de transporte. Les digo que el agradecimiento sincero me gratifica. Le doy la cola a la gente de la zona donde vivo porque sé la dificultad que tienen para tomar el transporte. No me cuesta nada hacer el favor”.

A José Gregorio no le da miedo montar gente extraña en su carro. Actúa de buena fe, dice, quizás confiando en que al que anda con Dios lo ampara la Providencia. “Cuando tengo tiempo, los dejo cerca del Metro. No espero nada a cambio. Me da gusto colaborar. Creo que hay otras personas en la zona que también lo hacen”. El gusto por colaborar se manifiesta en el diario hacer de Ramírez: puertas adentro y puertas afuera. En su caso, el de la bondad no es un discurso: es una forma de vida.

A Mark Brown no le gusta la palabra “altruista”. La asocia con mártires o con gente que se cree superior a los demás. “la idea de lo que yo hago es llegar al nivel de la gente y compartir y ayudar en ese nivel. Tener el contacto directo con ellos y tratar de comprender la necesidad y la desesperación que están viviendo. Entre todo lo malo, estas situaciones nos dan una oportunidad excepcional de ayudar y cambiarle la vida a la gente. A veces, lo único que tenemos que invertir es nuestro tiempo o algún esfuerzo físico. Me he ido involucrando poco a poco mientras ha ido empeorando la situación del país y su gente”.

Como José Gregorio, Brown no espera recibir a cambio más que las sonrisas de la gente con quienes interactúa y la satisfacción de sentir que ha hecho algo que considera valioso. Por casi una década, dio clases en escuelas públicas en las zonas más difíciles y de menos recursos de la ciudad de Nueva York por esta misma razón: porque era ahí donde hacía más falta.

Oscar Pérez Medero es chef, y –al igual que Brown– da cuenta pública de los aportes que recibe de amigos, conocidos, fundaciones y empresas privadas como apoyo a su labor de ayuda social. Ambos, Brown y Pérez, permanentemente alimentan sus redes sociales para que quienes su suman a sus iniciativas sepan exactamente cuál es el destino de sus aportes. A diferencia de José Gregorio y de Mark, Oscar sí espera recibir algo a cambio, y en eso es categórico: según sus propias palabras, “nadie hace nada por nada”.

Pérez Medero inició su campaña como benefactor a raíz de la satanización de las protestas del 2014. Haber quedado disconforme con los resultados lo motivó a idear otros modos de protesta, y fue así como se le ocurrió aquello de cambiar basura por comida; su meta era lograr que las personas que rebuscaban en las bolsas de desperdicio tuvieran algo digno y sano que llevarse a la boca. Se propuso demostrar a Venezuela y al mundo que un solo individuo es capaz de hacer por los demás lo que un gobierno “del tamaño de un leviatán no es capaz de hacer por sus gobernados”.

“Yo sí espero recibir algo a cambio –sostiene Pérez Medero–. Yo espero recibir la libertad de mi país; de un país preparado para el cambio. Espero recibir la libertad habiendo construido ciudadanos que alguna vez se vieron en situaciones sociales complicadas; habiéndolos ayudado a formarse como panaderos, como cocineros. Habiéndoles enseñado las bondades de la cocina venezolana. Punto importantísimo, principalísimo, de encuentro en la Venezuela que viene”.

José Gregorio Ramírez, Mark Brown y Óscar Pérez Medero son apenas tres de las personas que dan de sí, en esfuerzo emocional, intelectual y físico, no solo para sembrar el petróleo sino también para convertir al minotauro en buey de labranza. Ninguno de los tres tiene más fortuna que su voluntad. De los tres, el menos dado al manejo de redes sociales es Ramírez, pero a todos les interesan las cuentas claras. Son custodios de la transparencia tan necesaria en cualquier espacio público en el que se manejen recursos que no son propios.

“Hoy por hoy”, aclara Brown, “tengo pocos recursos propios que dar. Por lo que trato de mostrar las cosas que estoy haciendo o las que quiero hacer para motivar a mis amigos y contactos para que pongan cada uno un poquito y entre todos hagamos un cambio positivo. Sé que hay mucha gente buena y generosa, pero muchas veces no tienen la posibilidad de hacer algo ellos mismos, y es difícil confiar en medio de esta situación del país. Me interesa que la gente sepa cuál es mi disposición y mantener las cuentas con absoluta transparencia y a la vista de cualquier interesado. El que me quiera acompañar en la distribución de las ayudas es siempre bienvenido”.

Esa es exactamente la misma posición de Pérez Medero: “Por eso siempre muestro los videos en Facebook, por eso cuento al mundo un poco de  lo que hago. Hay quienes dicen que lo que uno da de corazón no debe decirlo. Yo estoy de acuerdo con eso –aclara Pérez Medero–, pero si yo no cuento lo que hago no se suman otras personas que están dispuestas a  ayudar y no saben cómo o albergan el temor de ayudar a quien en verdad no lo necesita tanto. Otro temor es que sus aportes terminen siendo distraídos, usados en otra cosa. Para mí, es muy importante dejar las cuentas claras”.

En su artículo “El minotauro”, Uslar Pietri vuelve a dudar: “Yo no sé si dentro de unos siglos, la Venezuela que pueda sobrevivir a esta trágica prueba, dará los poetas necesarios para crear un nuevo mito con el recuerdo de su trágico presente. Porque la Venezuela de hoy tiene su minotauro histórico, el hecho cierto de trágica sustancia mítica. Lo que no tiene, y no parece que va a tener, es ese Teseo, sino una legión de Teseos, una legión teseica que se decidiera a emprender el grande e inaplazable combate de vida o muerte”.

Hay esperanza. Hay Teseos. Hay gente dispuesta. Se sumarán más. Otra Venezuela es posible. Así como ninguna bendición es eterna; así como la más beatífica de las bendiciones, mal administrada, podría convertirse en una condena; así mismo las noches más oscuras terminan por dar paso al amanecer. Es cierto. No es una conseja de viejas y de hablachentos: no hay mal que dure cien años. Y la otra Venezuela –la que vendrá no por la magia de un mesías, sino por decisión ciudadana– será una Venezuela generosa y de bondad; no de trapicheos ni arreglitos por debajo de cuerda. Entre las cosas que nunca cambian, las que empeoran y las que se disfrazan, están las que evolucionan favorablemente hacia un cambio en positivo.