Néstor García Canclini / Álex García©

Por TULIO HERNÁNDEZ

TH: Para comenzar, “calentando” como en el beisbol, quiero pedirte algunas definiciones rápidas. Comencemos con algoritmo.

NGC: De modo muy sencillo podemos decir que es una correlación estadística entre datos que pone en conexión masas numerosísimas de información muy caudalosa y permite suscitar comportamientos, articularlos y desarrollar políticas.

Es una palabra reciente, pero su uso social se ha extendido muy rápidamente. Es difícil que alguien no tenga contacto con un algoritmo, aunque ese alguien no sepa bien de qué se trata ni cómo se construye uno. De hecho, son muy pocas personas en el mundo quienes los manejan.

Luego hay imaginarios muy potentes que se van construyendo alrededor de la palabra, porque lo cierto es que vivimos en una sociedad muy distinta desde que los algoritmos existen. No se trata, simplemente, de que haya computadoras, o celulares. Está pasando otra cosa.

TH: Sigamos con “ciudadanía”.

NGC: Es una noción moderna que si bien tiene antecedentes desde la Grecia clásica ha recorrido de manera cambiante en contextos que le han dado sentidos distintos en nuestras sociedades, sobre todo a las occidentales. Pensemos que, hasta mediados del siglo XX, en la mayoría de los países occidentales las mujeres no votaban. Ese hecho, junto a otras exclusiones —la de los indígenas, los analfabetos, o los que no tenían propiedades— muestran el grado de restricción que esta noción ha tenido en el tiempo.

Ciudadanía comenzó a usarse más extendidamente como asociada a la democracia —a las posibilidades de democratizar la gestión social—, desde la Revolución Francesa, las revoluciones de independencia latinoamericanas o americanas, pero marcadas por estas restricciones tan elementales como que, por razones de género, la mitad de la población no podía ejercer esa ciudadanía, o tenía que delegarla, que el marido votara, que el papá votara.

TH: “Desciudadanización”. 

NGC: Desciudadanización alude para mí a procesos que se han dado recientemente, en las últimas cuatro décadas, que han significado el proceso inverso: la pérdida de derechos que habían conquistado para sí los ciudadanos. Tiene varios momentos.

Una primera forma de desciudadanización es la desposesión del trabajo y de la posibilidad de sostener nuestra vida económica, la participación enérgica con derechos que garanticen la sustentabilidad personal y familiar en la vida social. Sin derechos laborales no podemos ser ciudadanos. O si la nación a la que pertenecemos tiene un lugar subordinado en la economía mundial y las decisiones internacionales, por ejemplo, lo que desde el fin del siglo pasado se llamó el Acuerdo de Washington, le quitan a cada gobierno nacional la posibilidad de decidir.

Luego tenemos otros procesos de desciudadanización, que apenas reseño.  Uno de ellos, el cambio radical en el habla pública, debido a lo que algunos autores como Oscar Landi llamaron, en los años 70, “la videopolítica”.

La videopolítica hizo pasar la escena pública de las calles y las plazas a las pantallas. De esa manera se modificó el comportamiento de los ciudadanos y tuvimos que delegar la actividad social, la representación de lo que queríamos, a los locutores y comentaristas en televisión, a los periodistas, a los dueños de los canales.  Siguió habiendo manifestaciones en las calles como hasta hoy, pero el papel mediador de la televisión generó una videopolítica que reconfiguró todo el modo de comportarse, ahora más delegado.

El espacio público se reconstituyó entonces a través de ciudadanos mediáticos, pero esos ciudadanos mediáticos luego cambian a lo que se llama ciudadanos “monitorizados”, que somos los que cada vez vemos menos televisión, sobre todo los jóvenes, y accedemos a la comunicación únicamente a través de pantallas de pequeños aparatos y computadoras que nos permiten comunicarnos de otro modo.

Estas pantallas reconfiguran el espacio público porque nos dan una sensación de estar inmediatamente conectados, siempre conectados,  no solo con las autoridades —lo que realmente ocurre muy pocas veces—, o con las empresas —casi nunca—,  pero en cambio  tenemos esta experiencia de que hablamos entre Bogotá, Caracas, México, Buenos Aires, y podemos reconocernos, a veces viendo la imagen en la pantalla.

Entonces el ciudadano telespectador se había acostumbrado a estar más disponible. Algo sucede en este momento en la calle, que sabe el helicóptero que llega con periodistas, policías y lo graba. Ese ciudadano que al día siguiente o pocas horas después será convocado para otro acontecimiento y no sabe bien cuáles son los rostros de las personas que ve. Menos aún si tanto los policías como los enmascarados que rompen vidrieras o vitrinas están tapados, viven en un mundo como ciudadanos del ocultamiento.

TH: Paradójicamente, en este momento de desciudadanización, de hegemonía de los algoritmos y de aislamiento social, estamos comunicados como nunca. Pero también es un momento de grandes ocultamientos.  A eso alude el título de esta conferencia: “Conspiraciones y profecías, ¿cómo imaginar la pandemia, si no sabemos cómo se originó?”.  ¿Por qué es tan importante imaginar la pandemia? O, mejor, ¿por qué es tan importante saber cómo se originó para poder saber qué vamos a hacer?

NGC: Tiene dos lados tu pregunta. Uno, porque hay que destacar la explosión de esta forma de comunicación que preexistía al aislamiento, como el Zoom y otras plataformas de videoconferencia que hoy nos comunican mucho más masivamente, son plataformas que ahora nos ofrecen una especie de reemplazo al aislamiento que nos recluye en casa a causa de la pandemia y nos permiten viajar a diferentes ciudades. No sabemos por cuánto tiempo, pero ahora nos lo permiten.  La experiencia de no poder comunicarnos presencialmente ha tenido como contraparte esta explosión de comunicaciones. Esto, y es la segunda parte que señalé, está obligando a replantearse las instituciones clásicas: las universidades, los museos, todos ahora tienen su canal en YouTube o su página web. Quizá lo tenían antes, pero se multiplicó porque el museo está cerrado, el campus universitario, el aula tradicional también. La universidad da clases en línea. Hay un bloqueo de las formas presenciales de comunicación, pero es muy valioso que estemos ahora viendo estas oportunidades a distancia, que no sabemos si van a subsistir. En fin, vivimos en una situación de enorme inestabilidad y de gran ocultamiento.

Tulio Hernández | ABC

Entonces, en medio de esta opacidad de las comunicaciones presenciales aparece la posibilidad de vernos a distancia y, cuando es un Zoom más pequeño, de hasta treinta personas nos vemos las caras todo el tiempo, es un modo de estar copresentes, de restaurar la presencia, más significativa aún si estamos entre personas que nos conocemos previamente.

Pero, ¿qué pasa con la gran mayoría con los que nos comunicamos o de los que recibimos información, por ejemplo, en los tuits, sin conocernos, sin saber de quién viene, qué garantía podemos darle a esa información o cuando son informaciones contradictorias?

TH: Como buena parte de lo que recibimos sobre la pandemia, una especie de comunicación desde el anonimato.

NGC: Efectivamente. Una de estas contradicciones es la que encontramos entre los posibles orígenes de la pandemia. Hay dos versiones principales. Una, aquella que afirma que proviene de contagios de animales a humanos. Y, la otra, que habría sido manipulado cierto tipo de información genética en laboratorios de China. Y las dos hipótesis coexisten. Ninguna de las dos tiene argumentos suficientes como para ser aceptada en forma excluyente de la otra, ni para ser desechada. Podría ser un contacto entre animales y humanos, y podría ser una manipulación, y aquí entraría la teoría de la conspiración.

TH: ¿Y por qué exactamente “conspiraciones” y “profecías”? 

NGC: Creo que vale la pena detenerse aquí un poco, en estas dos palabras “conspiración” y “profecías”. Por eso las coloqué en el título. Son palabras que tienen mucha tradición en las ciencias sociales. La conspiración tiene gran peso en la sociología política pero también en la novela negra y en el cine. Y profecía es un término teológico que está en distintas religiones, pero que ha tenido mucha fuerza en todos los estudios sobre profetismo, sobre mesianismo, que se han hecho en la antropología y que, como sabemos, se han desarrollado especialmente en los estudios amerindios a partir de la llegada de los españoles y los portugueses a América y el enorme quiebre civilizatorio que esa llegada implicó. Entonces surgieron preguntas entre los pueblos originarios: “ Nuestros dioses nos abandonaron, los otros dioses que vienen son más poderosos, nos van a proteger mejor, tenemos que cambiar de sociedad incluida la religión, cómo recomponer nuestras vidas luego de esta crisis civilizatoria que fue fundacional”.

Yo quisiera introducir ahora un modo de definir profecías y conspiraciones, el que suelen usar los lingüistas o los sociolingüistas cuando dicen “a ver, no se sabe qué significa esta palabra revisando en el diccionario, se entiende mejor  si revisamos como circula en la sociedad, revisando cómo la usa la gente”.

Haciéndolo de esta manera, para mí hoy las profecías son manejos imaginarios de las creencias cuando es imposible establecer relaciones lógicas, racionales, entre el desorden actual, por el ocultamiento social inducido. Bolsonaro no hubiese llegado a la presidencia sin el apoyo de las iglesias y creyentes evangélicos. Porque ahora son comunes estos eventos en donde los propios líderes laicos, supuestamente laicos, de nuestras sociedades aparecen entronados por un movimiento religioso muy potente. Sobre todo en ciertos países latinoamericanos, pero también en otras regiones del mundo.

Y para reforzarlo aparece entonces la pandemia como algo tan abrumador que ya parecería que fuera inevitablemente una conspiración. La profecía sustituye la imposibilidad de explicaciones racionales, lógicas.

Es fácil preguntarse: “¿Cómo puede ser que todos, en todo el mundo, en cuatro o cinco meses, estemos sometidos por un régimen de contagio que tiene consecuencias en un cambio de vida, en una autorregulación extrema?”. Claro que parece una conspiración.

TH: Unos dicen que los ricos del mundo quieren acabar con los pobres, otros que China quiere apoderarse del resto del mundo. Y así sucesivamente.

NGC: Aquí me ha servido bastante acudir a algunas lecturas que se han planteado este tema hace mucho tiempo. Es el caso de un texto iluminador que retomé en estos días, del novelista argentino Ricardo Piglia, en el que habla de cómo las tesis del complot entre actores que forman parte del poder son formas de encubrir la lógica de la explotación capitalista o son conspiraciones que se hacen para naturalizar esa explotación.

Las revoluciones han surgido muchas veces como conspiraciones urdidas secretamente y después manifestándose como gobierno con un sentido conspiratorio, en el sentido de que muy pocos toman decisiones claras o le atribuyen a un enemigo la responsabilidad de lo que sucede, de todo lo malo que sucede.

La conspiración está en el origen de todas las revoluciones, pero lo novedoso es que ahora se las atribuimos a los grandes poderes capitalistas porque muchos percibimos el capitalismo como un sistema de salida, terminal.  Desde hace años, hay enormes sectores de la sociedad que tienen esta percepción, la convicción de que solo podemos pasar a otro sistema con una sociedad secreta.

Si pensamos en la informalidad como una sociedad secreta, donde no se declaran las ganancias, no se pagan impuestos, y pueden estar controladas por empresarios que sí pagan impuestos con otras empresas o en alianza con ellos, pero es una sociedad secreta. Y por supuesto, mucho más las mafias que están ocupando enormes territorios en América Latina. No hay país que no tenga una parte importante de su territorio controlada por mafias, entonces lo conspiratorio, los secretos están instalados en la vida social antes de la pandemia y la pandemia le viene a poner un dramatismo particular.

TH: Sigamos en esa línea de la conspiración.  Tanto en el cine y la literatura, como en la ciencia política, el siglo XX estuvo particularmente marcado por distopías asociadas a la manipulación ideológica de las masas por parte de los grandes poderes. Desde las novelas de Orwell hasta las advertencias filosóficas de la Escuela de Frankfurt, había un miedo compartido que se resumía en la imagen de la aguja hipodérmica, en la posibilidad de que los grandes poderes y las grandes empresas nos inyectaran a través de los medios de masas un sistema de valores y unas creencias. En tu libro Ciudadanos reemplazados por algoritmos pareciera que el temor del siglo XXI es otro, no que nos inoculen información sino que esos algoritmos de los que has hablado se aprovechen, distribuyan, administren, extraigan nuestra información para imponernos, ya no una ideología extraña, sino el uso de nuestra información aplicada contra nosotros mismos. ¿Puedes desarrollar esta afirmación? 

NGC: Me parece útil subrayar lo de la vieja imagen de la aguja hipodérmica. Una idea que, es cierto, fue muy cuestionada en los estudios  comunicacionales posteriores, pero que ahora  la vemos funcionando al revés. Lo más importante que está sucediendo no es que nos inyecten información —incluso información falsa— sino que nos sustraigan información. Mucha más de la que nosotros o cualquier empresa podía tener en la época de la televisión como comunicación hegemónica.

Lo novedoso es que nos sustraen información de todo lo que hacemos. Yo abro mi Google y me dice cuántos kilómetros recorrí hoy día, las ciudades y lugares que visité recientemente, “estuvo en tal museo”, “estuvo en tal edificio”, “estuvo con tales personas”, o “en tal empresa y tantas horas”. Todos esos datos nos los pueden mostrar o no. Guardárselos para ellos.

Y esa información es mucho mayor que la que cualquier conjunto de seres humanos, aunque sean 500 o 600 expertos en mercadotecnia, con las técnicas tradicionales que podrían reunir. La reúnen en la “nube” —que yo pienso que es más bien un sótano— y se articula, algorítmicamente, para generar nuevos conocimientos que dan la Ilusión de poder controlar los comportamientos de las personas a las cuales se sustrajo esa información.

Este tipo de operación no había existido antes y por eso los sociólogos políticos hablan de que pasamos de una etapa de “gubernamentalidad estadística” a una “gubernamentalidad algorítmica”.

TH: ¿Cuál es la diferencia?

NGC: La gubernamentalidad estadística era la que existía cuando una empresa o un gobierno querían conocer la opinión de los ciudadanos o de los consumidores y hacían una encuesta, a propósito de un nuevo producto que se iba a poner en el mercado, o de los candidatos que se iban a poner en el mercado político para la siguiente elección. Se hacía una encuesta dirigida en un proyecto de investigación con una finalidad específica y se recogía información, a veces ilegítima, escondida, que se guardaba muy bien. Esa era la gubernamentalidad estadística, basada en encuestas hechas con unas preguntas y unos objetivos precisos.

Ahora no.  Hoy se recoge toda la información, o se cree que es toda, y cada paso que damos, cada vez que usamos el coche, cada vez que nos subimos a un autobús, cada vez que entramos en una tienda, toda nuestra información, y más si pagamos con tarjetas electrónicas, va a ser recogida e interconectada.  Queda allí, dormida, acumulada, esperando que alguien diga “quiero saber tal cosa” y ya está: ponen a funcionar los algoritmos e interrelaciones en función de esa pregunta, y obtienen la respuesta de inmediato.

Esa disponibilidad de información mundial está manejada por seis o siete empresas que se llaman las “gafas”: Google, Apple, Facebook, Amazon, y las chinas: Huawei y TikTok. Esas empresas recogen una gran cantidad de datos, y desde ahí intentan controlar los comportamientos. Pensemos en China, que es agente importante en este proceso de control. Tiene un billón cuatrocientos millones (1.400.000.000) de personas y 400 millones de cámaras distribuidas por todo el país, una cámara por cada cuatro personas. Entonces, hay una posibilidad de control que permite vigilar, detectar en cada cuadra “comportamientos peligrosos”, pero sobre todo sirve para modelar conductas, disciplinarnos, y la pandemia ha venido a multiplicar y justificar ese control.

No podemos saber el significado de fondo de todo esto, si no sabemos cómo se originó. Están esas dos hipótesis que ya mencioné.  Hay signos de que cualquiera de las dos puede ser cierta. Y no hay evidencia suficiente para descartar ninguna de las dos. Entonces tenemos una tercera posibilidad, más interesante como hipótesis, que es combinar las dos. Pensando que quizá fue al mismo tiempo un accidente biológico y social.

Un accidente biológico que luego es instrumentado por gobiernos y empresas transnacionales para diseñar estrategias que cambien la relación entre fuerzas económicas, políticas y culturales, las etnias y las clases sociales. Esto se aplica también en la búsqueda de información de modo segmentada.

TH: Para concluir, si los partidos políticos ya no nos dirigen ni nos orientan; los sindicatos ya no representan a los obreros; las universidades no son los centros generadores de conocimiento de avanzada; las policías se ven desbordadas y las grandes empresas no atienden las solicitudes de los clientes, retomando el título de tu libro, entonces, ¿quién se preocupa?, ¿quién preocupará por los ciudadanos que están siendo suplantados por los algoritmos? ¿Qué podemos hacer al respecto? Porque, supongo, siempre podemos hacer algo.

NGC:  Ahora es más complicado. Con la pandemia y la cuarentena nos recluyen como ciudadanos, militarizan la vida pública social, como vemos en muchos países donde había fuertes protestas públicas que fueron ahogadas, y las gafas siguen teniendo acceso a nuestros secretos cada vez que usamos la computadora, el celular. ¿Qué hacer? No podemos dejar de usarlos, los necesitamos para vivir, para encargar que nos traigan a la casa los alimentos y no tener que salir al mercado, pero cómo generar algo que se oponga articuladamente a esta dictadura electrónica globalizada, a esta neutralización de los ciudadanos sin instituciones que nos representen, a la decrepitud de los sindicatos de la forma clásica de representar la ciudadanía.

Con un grupo de trabajo que formamos sobre jóvenes, cultura digital y cultura urbana en México, y con otro en Madrid, fuimos detectando que hay muchas otras maneras en que los jóvenes desarrollan una vida por fuera de las redes o de la lógica de esas redes que utilizan intensivamente. No renunciaban a ellas, les daban un uso heterodoxo, rebelde, a veces subversivo, pero esa palabra es quizá muy solemne. Esos jóvenes mostraban con sus vidas mucho de lo que decían muchos economistas y gobernantes, incluso en Inglaterra, que tiempo después llegó a América Latina, lo de la Economía Naranja.

Concebían a los “jóvenes creativos” como gente que vivía trabajando donde quería, por placer, desde su casa, en los horarios que elegía, en la actividad que le gustaba. Lo que nosotros fuimos viendo al seguir sus trayectos de vida fue que salían de una escuela de artes capacitados para ser artistas, pintores, escultores, hacer performances, pero no podían ejercer nada de eso. Entonces conseguían un trabajo de cuatro meses para editar páginas digitales, después se quedaban sin empleo y sin salario, luego producían escenografía para una película independiente, y así, de la ocupación al desempleo y del desempleo a otra ocupación.

Me decía una egresada de una maestría en Arte de la Universidad de México: “Tengo maestría, sé inglés y francés, pero no puedo conseguir un trabajo que dure y con seguridad social, por lo tanto no puedo embarazarme, no puedo comprar un coche, no puedo tener una vida mínimamente estable”. Una inestabilidad radical. Es una generación entera o dos, que ya van incorporadas de ese modo informal, de manera ilegal, sin garantías de derechos, sin poder ser ciudadanos. Entonces existe una enorme creatividad que le da otro sentido a esta posibilidad de trabajo que es independiente pero no necesariamente más libre, porque está sujeto a la pérdida de derechos, incluyendo el derecho al trabajo estable, y ahí viene lo que me parece que podemos pensar como futuro.

Mucho de lo que se está renovando en el mundo, en todos los continentes, se hace a partir de la construcción de estas comunidades que generan nuevas formas de producir, vender lo que producen, hacer intercambio: economías reguladas más por la satisfacción, el goce, los intercambios no lucrativos o parcialmente comerciales para poder sobrevivir, y también las comunidades autogestionadas indígenas que se encuentran con su propias prácticas ancestrales ahora planteadas como novedad o necesidad.

TH: Pero, ¿hay alguna manera de resistir a esa desciudadanización?

NGC: Seguro. Lo estamos haciendo ya. Lo veo por todas partes. Quienes no esperan que un partido nos busque para una campaña electoral o un gobierno nos diga que tal domingo tenemos que votar. Y después ellos hagan lo que quieran; sin que haya espacios para debatir durante la campaña electoral —no eslogan, no imágenes—, sino ideas, proyectos de país, de comunidad. Esto está sucediendo, hemos visto que ha habido cambios en América Latina después de las catástrofes.

Está claro que hay una rebelión de los espiados con servicios como Telegram, que no pueden ser intervenidos, movimientos sociales de protesta y movimientos de verificación de datos. En México hay varios, por ejemplo, Signa Lab, que tiene su sede en la Universidad de Guadalajara, o Artículo 19, y varios más que están en producción y contrainformación.

Fue significativo que después de los últimos sismos que tuvimos en México, los “rebeldes” de la información pudieron corregir información falsa o deficiente, dada por los gobiernos, y decir “miren, no es ahí, es acá donde se necesita agua, suero, los problemas son estos, el edificio se cayó por tales razones, por ejemplo, la corrupción manifestada en el uso de materiales más baratos que los que darían seguridad”.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que estas sociedades de contrainformación, estos esfuerzos de reciudadanización, son minoritarios. Son tan seductores los servidores informáticos que la mayoría de sus usuarios renuncia a guardar sus secretos y más aún renuncia a formar sociedades secretas.

La pregunta es ¿cómo desdisciplinarnos?, ¿cómo organizarnos con nosotros mismos? No nos vamos a desdisciplinar solo si nos quedamos en la casa y nos comunicamos solo por internet, por redes. ¿Cómo le damos potencialidad transformadora a esas nuevas formas de comunicación y organización social?  ¿Cómo nos organizamos para tener en los gobiernos de ciudades y del país quienes nos representen y luego controlar su trabajo? Tenemos la ventaja de que hay un sistema económico que ni siquiera para los empresarios, para las grandes corporaciones, está funcionando. El hundimiento del 8, 10, 12% del Producto Interno Bruto, aun en los países más prósperos en el pasado, los pone en evidencia ¿Qué tenemos para ofrecer desde los ciudadanos? Termino con esa pregunta.


*Néstor García Canclini (Argentina, 1939) es escritor, antropólogo, sociólogo y pensador de la cultura. Actualmente reside en México. Ha ejercido la docencia en universidades de Argentina, España, Estados Unidos, Italia y México. Entre sus numerosos libros publicados destacan La producción simbólica. Teoría y método en sociología del arte (1979), Culturas híbridas (1990), La globalización imaginada (1999), La sociedad sin relato (2010) y, el más reciente, Ciudadanos reemplazados por algoritmos (2020).


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