Gotinga
"Aquí las iglesias, como están vacías, las dedican a exposiciones de pintura y fotografía de dudosísimo gusto que la gente visita fervorosa mientras el organista ensaya" / Captura

Por RAFAEL-JOSÉ DÍAZ

Aparco en una calle del centro. Casualmente, frente a un sex-shop. Una luz giratoria de discoteca promete dentro, en medio de la oscuridad, delicias sin cuento. En el tiempo en que pago el tique del aparcamiento ha salido un señor de mediana edad y ha entrado un anciano con un carrito de la compra. Todo muy excitante. Ahora sale otro señor, como de sesenta años, con prisa, como si guardara en la chaqueta algún objeto valioso.

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Debió de ser hacia 1996 o 1997 cuando estuve aquí la vez anterior. Quizá haya apuntado algo en el diario (en esa época lo apuntaba todo). Vine un día a visitar a un amigo español que estaba pasando unos meses de intercambio aquí. No recuerdo nada. Imagino que paseamos, que tomamos un café, que almorzamos. La ciudad me resulta del todo desconocida.

Vi pasar a alguien de veintitantos años, con una gabardina, una cartera, gafas, aspecto intelectual, de estudiante de historia o filosofía. Me busqué en la corriente del tiempo. Como si fuera posible verme pasar. ¿Me reconocería? Seguramente no. O quizá los mundos paralelos del tiempo son invisibles unos para otros. Ahí estoy, ahí estamos, pero no me veo, no nos veo, Carlos Javier Morales.

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Una placa recuerda que en una casa, Zum Schwarzen Bär, un tal Johann Andreas Eisenbarth escribió ahí su testamento el 1 de septiembre de 1727. Como no indica que muriera ahí, cabe suponer que le dio tiempo, tras escribir su testamento, de ir a morirse a otro sitio. Toda una proeza.

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Gotinga debe de ser una de las ciudades con más probabilidades de ser atropellado por una bicicleta. Si por estos ciclistas fuera, nos moriríamos aquí mismo, sin redactar siquiera testamento.

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Abruma la cantidad de placas dedicadas a químicos, geógrafos, historiadores, bibliotecarios, poetas (hay dos “poetas del heno”, cualquier cosa que eso signifique). Indican los años en que cada uno vivió en las casas marcadas con las placas. Hay casas con dos, tres, cuatro, cinco placas. Un control absoluto sobre los lugares de residencias de todos esos sabios. Uno se pregunta cómo está el mundo echado a perder con tanta lumbrera como ha habido. Por cierto, a la gente común, que la zurzan.

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Aquí las iglesias, como están vacías, las dedican a exposiciones de pintura y fotografía de dudosísimo gusto que la gente visita fervorosa mientras el organista ensaya. Un auténtico horror.

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La gente no se mira. Si acaso, te escupe con la mirada. El único tejido urbano –pedantería al margen– es el de las compras compulsivas. El individualismo feroz sacado a pasear produce esta desarticulación de todos contra todos.

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¿Estoy siendo quizá demasiado duro con Gotinga y con sus habitantes? Es posible. Puede que inconscientemente les reproche sin razón no disponer de ningún recuerdo de la ciudad y, presumiblemente, no ser capaces de dejarme recuerdos futuros de esta otra visita –igual de corta que la primera– que, por si las moscas, estoy anotando para poder asombrarme dentro de unos años.

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Un café cerca de donde tengo aparcado el coche propicia estas líneas. Hace casi quince años que no escribo al modo de un diario y, aunque no sé si esto que escribo lo es, sí parece haberse desencadenado una pulsión de escritura instantánea, vinculada con el viaje. No sé por qué ahora y por qué aquí. Es verdad que a dos horas de donde estoy, en Jena, empecé a escribir mi diario en 1995. Quizá esa proximidad es la culpable de estas líneas que llamaré de momento “Minicuaderno de Gotinga”.