Amalia Caputo / Oriol Tarridas©

Por LORENA GONZÁLEZ INNECO 

Amalia Caputo es una artista que ha vivido y trabajado entre España, Venezuela y Estados Unidos. Su obra, focalizada en la investigación del cuerpo humano, indaga los problemas del fragmento, la memoria, los sentidos y el tiempo. Situando al cuerpo como superficie de narración histórica, franquea y problematiza los discursos tradicionales sobre el género, la sexualidad, la identidad y las cartografías sensibles del individuo frente al contexto. A pesar de que lleva muchos años en el exilio, el sentimiento de un territorio de origen que se desvanece y se fragmenta está canalizando las direcciones de su producción visual hacia otros contrapuntos que van y vienen desde el video, la fotografía, el arte objetual y la instalación.

—Siempre he creído que eres una relatora profunda del suceso humano a través de la imagen. Me gustó mucho cuando te encontré escribiendo en la edición de Fall Semester de este año. No obstante, me sorprendió la conexión con María Zambrano como guía estructural en torno a los fragmentos del desamparo generados por el exilio que planteas.

—Sí… cuando recibí la invitación de Fall Semester pensé en hilar algunos temas y para ello usé los textos de su libro El exilio como patria. Lo hago a partir de la libertad de juntar ideas que me son útiles para estructurar momentos puntuales en mi obra. La palabra de Zambrano me resulta vital, cuando uno siente que las fuerzas menguan o necesitas reubicarte. Ese sentir que −por vivir lejos de nuestra tierra madre− nos hemos quedado sin piso, sin tierra y tener que florecer sin dejar de sentir ese abandono, esa distancia irrecuperable; es un proceso desgarrador que sin duda duele, pero que a la vez te fortalece. Muchas veces pensé que mi obra no tenía que ver directamente con Venezuela o su ausencia, que partía de otras inquietudes en torno al género, los constructos sociales femeninos, el cuerpo y la casa, y sobre todo la memoria. Pero recientemente me doy cuenta de que además de todo ello, estoy también hablando de eso: de la desmemoria, del definirme a partir de haberme quedado sin lugar, de llevar mi cuerpo y mi casa a cuestas por tantos años. De vivir sin ancla…

—¿La situación del país ha potenciado esa manifestación en tu obra?

—Mi obra es el resultado del análisis desde muchos ángulos, tanto de la fotografía como de la memoria, porque necesito continuamente definirme a partir de ellas para construir y archivar esos vínculos que llevo con mi país, ese, al que nunca he podido volver para echar raíces, pero del cual me siento parte. Esto es irrefutable. Esa negociación continuada entre el lugar donde se está y del que uno es, así como ese espacio de no pertenencia que se genera con la idea de convertirse, por exiliado en «el otro» es por lo demás, agotador. Podría citar mil frases del libro: «De destierro en destierro, en cada uno de ellos el exiliado va muriendo, desposeyéndose, desenraizándose. Y así encamina, se reitera su salida del lugar inicial de su patria y de cada posible patria, dejándose a veces la capa al huir de la seducción de una patria que se le ofrece, corriendo delante de su sombra tentadora; entonces inevitablemente es acusado de eso, de irse, de irse sin tener tan siquiera a donde».

—Son palabras significativas incluso para los que vivimos y hemos visto desaparecer las bases. Estamos adentro, pero es también un destierro, un alucinado modo de vivir. En tu caso, tienes muchísimos años en el exilio. Pero esta escritura visual aparece ahora con fuerza. ¿Quizás te encuentras con que no hay un lugar a donde regresar?

—Es probable. Me fui en el año 1992 para estudiar una maestría en la Universidad de Nueva York. Por otras decisiones terminé viviendo en Barcelona y luego volví a Estados Unidos. Regresar a Venezuela siempre fue mi plan inicial, pero el amor y la vida me llevaron a Barcelona, donde estuve casi una década. Allí nacieron mis hijos. Con la llegada y el asentamiento del chavismo empecé a perder de a poco la posibilidad de un retorno debido a mi firme e irrestricta oposición al régimen que me ha convertido en una exiliada (resentida). He vivido durante 27 años fantaseando con la idea del retorno a casa (en un futuro perfecto subjuntivo) pero la verdad es que he sido desterrada. La lectura de Zambrano se me hace balsámica, revitalizante, conciliadora.

—¿Qué es Venezuela en este momento para ti?

—Venezuela es no slo el lugar al que pertenezco y el que forjó quien soy, sino ese lugar/espacio metafórico, virtual, suerte de ancla emocional que me protege, me da fuerzas, me hace sentir identificada con una forma de pensar, ser. Es el lugar donde no necesito explicarme. Este es el flanco bonito de la historia, si acaso. Esto, por supuesto, funciona en mi cabeza solamente, porque en realidad el país que yo sueño, el que recuerdo, el que supuestamente me identifica, ya no existe. Mi Venezuela es una ficción a la que me abrazo y sobre la que construyo para no sentir que no provengo de ninguna parte. Pero hoy es, sobre todo, dolor e impotencia. Siempre digo que todos (los venezolanos) estamos rotos. Nadie es invulnerable.

—En tu trabajo te confrontas con ello y también con las versiones de lo real en nuestro saturado mundo contemporáneo. Hablas de la fotografía como una trampa de la memoria…

—Estudiar lo que la fotografía es ha sido la corriente submarina por la cual navega todo mi trabajo como artista. Me interesa entender cómo la fotografía opera, desde la construcción de narrativas hasta la destrucción de estas. Estudiar el comportamiento de una imagen sola, así como de muchas imágenes unidas para armar un discurso. Cuando hablo de la fotografía como trampa de la memoria y testimonio de la ausencia, me refiero a cómo la fotografía es capaz de reconstruir el momento, el espacio o la acción, y también lo que no ha sucedido, el no-espacio y la inacción. Como humanos, tenemos la potestad de creer en estas falsedades construidas, o no… he ahí la trampa. La fotografía es lo más cercano a la tele transportación. Esa información entra y se vive como experiencia, es una manipulación desde el primer instante, desde el momento en que entendemos que toda fotografía es ficción.

—Hay instalaciones claves con esas mutaciones y trampas de las que hablas. La muestra que hicimos en la Caja del Centro Cultural Chacao Transferencias y también el trabajo que exhibes en Fall semester, Mutatis Mutandis… 

—Para Transferencias (2010-12) me interesaba pensar en la construcción de un archivo visual a partir de un archivo de objetos personales y memorabilia, que el archivo visual fuese el que quedase y que los objetos adquirieran nuevas vidas en otras manos. En mutatis mutandis (2016-18) la reflexión viene más por el lado de la acumulación de imágenes no solo en nuestros discos duros, sino en nuestras miradas, en la vida digital que llevamos. ¿Con cuántas imágenes convivimos? ¿Cuántas quedan? ¿Cómo funcionan en nuestra mente esos «streams» de fotos que vemos? Construimos grandes atlas visuales a diario, y así fue como me pregunté, inspirada en el Atlas Mnemosine de Aby Warburg, ¿qué pasa si en vez de ver esos torrentes visuales de fotos online, los vemos en un espacio físico? ¿Qué ocurre con esa profusión de hilos de imágenes cuando las tenemos enfrente, materializadas sobre papel? ¿Unas al lado de otras?

Otra obra/atlas que estoy construyendo es Feminae (2018-), intento reunir imágenes tomadas por mí de la vida cotidiana, todo ese constructo de lo «femenino» en tiempos de casillas y definiciones. Y así voy, reuniendo, catalogando, imprimiendo estas conglomeraciones de fotos que invitan a la urgencia de entender a la fotografía como la herramienta/lenguaje más importante de nuestra época. Como señala Fontcuberta, la fotografía ha pasado de ser escritura a ser lenguaje, y me propongo ahondar en él.

—Aprovecho el tema de género en esta última consideración y recuerdo que en la comunicación que tuvimos me comentaste que las últimas tres ediciones de Papel Literario solo tenían protagonistas masculinos. Nos reímos, porque justamente había entrado en contacto para iniciar esta serie sobre artistas mujeres. Pero de verdad creo que el punto no se entiende o no se quiere entender; la invisibilidad de la autoría y la representación femenina en los grandes y pequeños circuitos continúa siendo un tema más que pendiente.

—Históricamente las mujeres no han sido parte de la esfera pública del arte. Hemos sido sub-representadas, marginadas, obviadas, rechazadas y no formamos parte de la construcción de la historiografía. Incluso mujeres curadoras e intelectuales no se dan cuenta de la segregación y encontramos a los que dicen: «no importa de qué género es quien hace la obra, miramos la obra únicamente», argumento que podría ser debatible desde muchas aristas. Los índices revelan que el porcentaje de mujeres que exponen, venden y reciben atención mediática es infinitamente menor. Yo me pongo ‘verde’ cuando leo las listas de nombres de las exposiciones y constato que simplemente, no les es relevante la inclusión y la equidad de representación. Las estadísticas indican que en el hemisferio occidental más de la mitad de los artistas son mujeres y, sin embargo, exhibimos menos y ganamos menos dinero.

—También hay estadísticas terribles en el mercado del arte, no solo con la promoción y difusión, sino con los precios. Las obras de artistas mujeres independientemente de que sean piezas superiores en calidad siempre valen un porcentaje menor de lo que cuesta la obra de un hombre. La discriminación en las selecciones para cargos, premios, curadurías y todo tipo de rango es muy compleja. 

—Hoy vemos que poco a poco y cada vez más los museos occidentales están cambiando el discurso, se están generando nuevas miradas e investigando las brechas y se están incluyendo obras de mujeres artistas en las lecturas curatoriales de las colecciones. Acabamos de ver cómo el Prado incorporó en la lectura pública de su colección a las pintoras renacentistas que forman parte de su acervo (Gentileschi, Anguissola, etc.), y esperamos a ver cómo el MoMA lo hará, ahora que abre sus puertas con nuevas perspectivas al respecto. Pero ¿cómo no hablar de discriminación? Lo cierto es que la desigualdad de representación de género sigue siendo abismal. Estamos viendo el comienzo del cambio, pero esto va a tomar mucho tiempo.

—Hablas de reescribir la historia y quisiera volver al Atlas, a los archivos, a los vacíos y engranajes… Además de esa reescritura de la historia de género queda otra pendiente en nuestro caso: el país. ¿Cómo ves el futuro de este territorio, cómo unir estrategias para reconstruir todo lo que nos ha sucedido? 

—Creo que Venezuela se desangró desde todas sus arterias, poco a poco. Con suerte, seremos testigos y partícipes de su sanación. En lo personal, tengo reservas de que mi generación alcance a verla recuperada, pero tarde o temprano, habrá que ponerse con mucha paciencia a armar de nuevo ese rompecabezas destruido y desmembrado; encontrar sus piezas, y pacientemente hacer que vuelvan a encajar. Tendremos la labor de documentar e investigar en modo polifónico, para llenar esos huecos enormes. Reescribir la historia con todos los pedazos que faltan, todas las ausencias, un gran palimpsesto. El arte tiene una función sanadora en cuanto a que hilvana nuestras historias, nos enfoca como comunidad en algo positivo. Creo que tengo todas las fuerzas para volver algún día y trabajar en lo que haga falta para ayudar a sanar. Nos volveremos enfermeros de cuidados intensivos, cirujanos de operaciones imposibles, tesoreros de arcas humanas que necesitan ser tomados en cuenta, abrazados, reconfortados.

La conversación con Amalia culmina con esta deliberación. Viene a mí el episodio de una fuerza desconocida que me asaltó en una clase del diplomado. Mis alumnos se quejaban y me refutaban todas las iniciativas que yo ponía ante ellos. Les dije: yo pienso trabajar cada segundo, todos los días de mi vida, por la democracia. Con ustedes, con el señor que barre la calle, con mi familia, con mis amigos, con todo el que se me cruce por delante. Tal vez me muera y no vea este cambio, pero me voy sabiendo que dediqué cada instante de mi vida a formar personas capaces de recibir y consolidar ese sistema democrático que está por venir.

Ese día sentí que, al igual que Amalia, estaba echando raíces en el aire.