Massiani, a lo largo de su vida, nunca recibió un sueldo por algún compromiso político y no quiso formar parte del sistema en los años de deterioro del país / Archivo

Por MANUEL GUZMÁN KIZER 

I

Uno de los peores dolores que he experimentado en esta vida es el de no poder acompañar a mis seres queridos en Venezuela, y el dolor se agudiza cuando se trata de la partida física de una persona. En el caso de Massiani he estado haciéndome dos cuestionamientos: cómo acompañar a la familia Massiani en estos momentos y cómo explicarle “Massiani” al mundo en que vivo ahora, donde no se habla español y la falta de calidad técnica de mi primera película dificulta la transmisión del mensaje.

II

Como un emigrante más, he visto mi vida transformarse. Una vez que llegué a Israel, comencé trabajando como asistente de producción, luego como aprendiz de VFX, luego cámara, luego director de fotografía, luego artista de VFX y ahí sigo aprendiendo para poder mantenerme haciendo lo que amo. Durante estos tres años solo pude hablar con Massiani una vez por una llamada de WhatsApp que se cortaba a cada rato: no pude mostrarle las cosas que estaba haciendo, pero sí transmitirle la emoción de escucharlo y, más importante aún, pude contarle que a pesar de tantos avatares todavía conservaba sus pinturas, sus poemas y su acordeón, y que esos objetos adornaban mi hogar con profundo orgullo.

Creo que una diferencia de mi vida como emigrante y de mi vida en Venezuela es que ahora me es más fácil desnudarme, sin importar lo que le agrade o no a la gente, y hablar con mayor honestidad. Salvarse del infierno venezolano mientras que otros quedan allí atrapados no es algo que te haga sentir bien. Mi relación con Venezuela es con el dolor que compartimos, con la antigua bandera, con la gastronomía y la cultura del país que extraño, y, por supuesto, con Massiani, porque Francisco vivió su vida trabajando su arte y para mí esa pasión hace que su obra trascienda. Creo que los venezolanos tenemos que mantenernos unidos por algo que no sea solamente la tragedia noticiosa. Como judío entiendo que los momentos de desgracia de un pueblo pueden durar más de una vida y que hay que recoger la herencia y los valores para poder transmitir eso que hemos sido y que, de alguna manera, continuamos siendo.

A lo largo de su vida, Massiani nunca recibió un sueldo por un compromiso político, nunca trató de imponer su punto de vista para defender su trasero, nunca quiso formar parte del sistema en nuestros años de caída libre. Él siempre fue un artista al margen de todo y totalmente tomado por su obra, su pasión era su arte. Recuerdo que una de las actividades favoritas de Francisco al ser invitado a uno de los homenajes a Piedra de mar que organizaban sus viejos amigos, esos que estaban haciendo un sueldo en alguna institución del gobierno, era mentarle la madre a Chávez. Entonces era tildado de ingrato, loco, borracho, etc.

Realmente Massiani, más allá de todos los calificativos, era una máquina de trabajo. A pesar del accidente que lo dejó en una silla de ruedas, siguió trabajando, comprometido y enamorado únicamente de su arte. Para mí Francisco es Piedra de mar, todos los relatos dedicados a Belén, a Alejandra, a sus nietas, pero también es un montón de pinturas y poemas sueltos; incluso en sus poemas más seniles o pinturas más toscas hay genialidad, hay desnudez y amor, usualmente él llega a lugares donde ni tú ni yo llegamos.

III

El Massiani que yo conocí tomó con un gran entusiasmo la idea de hacer una película y eso es lo que permitió que todo ocurriera. Desde el primer momento colaboró con ideas, situaciones… Para él fue una aventura. Para mí fue la oportunidad de seguir su rastro y todo apuntaba en ese rastro a Belén: cuando hablaba de ella, dejaba a un lado el personaje que se había hecho de sí mismo, ponía atención en cada palabra, iba más despacio, las pensaba más y hablaba menos. Yo sabía que si quería desnudarlo tenía que ser por medio de ella, desde la ausencia de ella. Uno de los momentos más intensos de la película ocurre precisamente en el antiguo apartamento de Macuto donde ellos vivieron juntos. No conseguimos entrar propiamente en ese apartamento sino en uno similar en el piso de arriba. Massiani tenía quince años sin visitarlo y le dije que ese era el sitio. Pensé que un piso más, un piso menos, no iba a hacer gran diferencia y funcionó. Tardé meses en procesar lo que había hecho, cuestionándome permanentemente los límites morales, lo que estuvo bien o mal en eso. Pero lo cierto es que en ese momento de la filmación yo también me vi desnudo, sin referencias. Habíamos tenido enfrente a un titán que nos había dejado agotados, a mí y a todos los amigos de la Universidad que conformamos ese equipo de trabajo.

Días después grabé la voz de Pancho con mi celular cuando volvió a hablar de Belén y ahí me dio el cierre de la película, y de alguna manera, siento yo, el cierre de su vida. Anunciaba su reencuentro con su gran amor en otro mundo, con el perdón, con la esperanza y le pedía a Dios que le diese un punto final a su poesía, la cual no empezaba nunca, pero tampoco terminaba y sin embargo lo llenaba de dicha. Y yo estaba ahí, al lado de él, absorbiendo y absorbiendo, editando todo lo que él daba y permitía que se diese. En este sentido, la película es también una historia de amistad y de amor entre dos generaciones muy distintas y distantes. De alguna manera, Massiani se transformó en un hermano mayor que me ayudaba a entender el amor y a lidiar con la energía que de ahí emanaba por medio del arte. Francisco me enseñó a cortejar.

Nada de esto hubiese sido posible sin el trabajo y la entrega de los amigos que me acompañaron en el rodaje, en especial de Oswaldo Maccio, un actor con una sensibilidad tan extraordinaria que pudo establecer el puente para que la película se diera, ser ese alguien con quien Massiani pudiera relacionarse más allá de mí y acompañarlo a lugares, interiores y exteriores, a donde yo no podía llegar sino a riesgo de recibir un golpe o una sarta de insultos. Y eso era todo lo que hacía falta, había que crear un equipo que pudiera llegar al extremo inaudito de la pasión humana y regresar con vida para editar la película.