Las redes sociales pueden ser un Hollywood disminuido. Para varios de sus libretistas, un gobierno democrático inmediato debe deshacerse por completo de la esencia de lo incivilizado. Es verdad que proclaman la voluntad de mejorar la economía, el suministro eléctrico y demás, pero en contrapartida abogan por la atenuación del feminismo, el fin de los partidos de izquierda, de la ideología de género, el Estado, el lenguaje inclusivo, el voto como derecho de alguien con un coeficiente intelectual menor al de Albert Einstein, la execración de Rómulo Betancourt y Rafael Caldera… No sé cuántos miembros tiene ese sindicato; estoy seguro de que adversan más cosas (hace días vi en Twitter la descalificación de Guaidó porque su apellido tiene tantas letras como el de Chávez y lleva tilde igual) y de que el nombre del físico es un apéndice exagerado. Esta discusión no es de género estadístico: treinta malos dirigentes o cinco consejeros sin escrúpulos no son un país, pero pueden arruinarlo con su aspiración a un populismo ateniense.

La fulana barbarie, pues, es de carácter adventicio, como el amor a los derechos humanos, y suele recurrir a un supuesto interés general para tachar lo inconveniente. Sabemos que para el chavismo cualquier “inconveniencia” disminuye con falta de alimentos y medicinas y con violencia directa. El terror continuado pasa hoy por la admisión de lo potencial: cualquiera, en un momento imprevisible, puede ser víctima de un repentino acto policial o paramilitar –ya lo somos por desgaste y extenuación. ¿Y después del chavismo? En Venezuela no puede imponerse la era de las exclusiones preventivas, que comienzan con la apresurada descripción del contrario: insiste en que occidente y oriente son construcciones discursivas, admira el marxismo heterodoxo de Brecht y Walter Benjamin, no piensa que el islam sea una invención del diablo, admite la raíz histórica y colonial del conflicto entre Israel y Palestina, y así. Habrá en las filas del PSUV quien subscriba esas mismas opiniones, pero sería tonto y peligroso hacer un malabarismo conceptual y concluir que esa coincidencia hace del coincidente un miembro enclosetado del PSUV o un inadmisible chavista en la inconsciencia.

No conozco bien a los civilizados, no sé qué música oyen; adivino que al Otto Dietrich zur Linden de un cuento de Borges le gusta el poco allegretto de la Tercera sinfonía de Brahms. (A mí también: soy un salvaje confundido). En política, esas preferencias no tienen importancia. Cuenta, cómo no, la insistencia en la actitud que, en el campo social, busca sostener un mapa semejante al de un Salterio inglés de la segunda mitad del siglo XIII: el universo conocido es un círculo con dios en el tope, Jerusalén en el centro, Roma un poco más abajo, y en las afueras (abajo, a la derecha), el territorio africano poblado de monstruos. Los bárbaros e indeseables habitan el compacto inframundo. La situación del mencionado señor zur Linden sería problemática: amante de Shakespeare y de Nietzsche, antisemita (siguiendo una tradición occidental muy conocida) y criminal de guerra. Casos como el suyo contradicen la rigidez de un esquema que no contiene del todo a Santos Luzardo (dispuesto a defender sus derechos “con la fiera ley de la barbarie”) ni a doña Bárbara (“Se quedó contemplando largo rato a la hija feliz, y aquella ansia de formas nuevas que tanto la había atormentado tomó cuerpo en una emoción maternal, desconocida para su corazón”).

Me parece que la recurrencia e imposición de simplificaciones solo puede mantener a un país en la simpleza y hacerlo un juguete defectuoso: la Venezuela rosa para las niñas y la azul para los varoncitos; la Venezuela occidentalizada para los serios y la asiática o africana (o quién sabe cuál) para los disolutos. Prefiero abdicar de la retórica que arrejunta las significaciones de bárbaro y civilizado en bloques intransitivos; prefiero los desvíos que reconocen el costado emocional de un término cualquiera e igualmente su aplicación falaz. Los crímenes del chavismo están codificados con detalles en leyes y códigos, de modo que no propongo su defensa ni cabildeo su exoneración. Sí eximo a quien botó los libros de Blanco Fombona y Navarro –con rabia, a lo mejor, quizá con displicencia–: sumó dos ejemplares a nuestros estantes.