TED HUGHES Y SYLVIA PLATH, ARCHIVO

Por NELSON RIVERA

Plath, la narradora

La campana de cristal. Novela

Desde el día en que decidió que escribiría la novela —durante una hospitalización— hasta el día en que le puso punto final, transcurrieron solo cuatro meses. A lo largo de los años, los argumentos y el sentido de La campana de cristal se habían acumulado y ordenado en la mente de Plath. El día en que arrancó a escribir, ya no pudo detenerse.

La novela tiene su epicentro en el intento de suicidio de Esther Greenwood. La joven viaja a New York en verano, premiada por sus méritos académicos. Pasa unas semanas trabajando en una revista para mujeres. Al regresar a su casa, en Massachusetts, las cosas comienzan a ir mal. Las salidas, los pretendientes, los bailes, la pérdida de la virginidad, las imprudencias, las tensiones y conflictos con la madre, las preguntas por el futuro que no encuentran respuesta, todo ello la conducen al psiquiatra, al horror de un electrochoque y al intento de suicidio. Sobra anotarlo: son obvios los paralelismos con la biografía de Plath.

Elizabeth Hardwick y otros ensayistas se han detenido en la primera línea de La campana de cristal: “Fue un verano extraño y sensual, el verano en que electrocutaron a los Rosenberg”, frase-apertura que no guarda relación con la trama. Entonces, ¿por qué Plath la plantó allí? ¿Porque es una forma de preguntar si la aflicción personal, si el dolor íntimo es comparable con su posible equivalente social? ¿O porque es un modo de introducir, muy temprano, una primera imagen de la atrocidad del electrochoque, tal como se practicaba en las décadas de los cincuenta?

*La campana de cristal. Sylvia Plath. Traducción: Eugenia Vásquez Nacarino. Penguin Random House Grupo Editorial. España, 2019.

La caja de los deseos. Prosas

Treinta textos trae la antología de prosas que Ted Hughes seleccionó en 1977. La edición de La caja de los deseos —que es, además, el título de uno de los relatos más emblemáticos de Plath—, incluye veinte relatos, cinco ensayos y cinco fragmentos de los diarios. La muestra arroja un modo de hacer común en los tres géneros: una autora que desmenuza los hechos, que se interesa por los contrastes, que disecciona el mundo próximo o el campo de sus visiones, con lengua precisa y variantes de la rica paleta de sus sarcasmos. Plath quiere nombrar las cosas, bajo el dictado de su punto de vista. Así, por ejemplo, el primer párrafo de ¡América! ¡América!, ensayo escrito a comienzos de 1963: “Fui a colegios públicos; públicos de verdad. Todo el mundo iba: los vivaces, los tímidos, los gorditos, los larguiruchos, como el futuro científico electrónico, el futuro poli que una noche mataría a patadas a un diabético, pensando erradamente que estaba borracho, y necesitaba calmarse; los pobres, que huelen a lana agria y a orina de bebé y a guiso políglota; los más ricos, con estolas de piel raídas, anillos con ópalos zodiacales, y papás con coche (“¿Tu padre qué hace?”. “No trabaja, es conductor de autobús”. Risas). Ahí estaba, la Educación, servida gratis a todos nosotros, un encantador trozo de público deprimido estadounidense. Nosotros no estábamos deprimidos, claro. Eso se lo dejábamos a nuestros padres, que a duras penas sacaban adelante a un niño o a dos, y, al salir de trabajar y después de sus cenas frugales, se despatarraban sobre las radios sin hablar, para escuchar las noticias de “la patria” y de un hombre de negro bigote llamado Hitler”.

Que Hughes haya incluido solo cinco fragmentos de los diarios, y que los escogidos sean fragmentos inocuos tiene una explicación que él mismo ofrece: “Buena parte de estos diarios describe a gente que aún vive o son pensamientos muy privados. No es fácil decidir cuánto debería publicarse”.

*La caja de los deseos. Sylvia Plath. Traducción: Guillermo López Gallego. Nórdica Libros, España, 2017.

Diarios completos

A los 11 años, Sylvia Plath comenzó a llevar un diario personal. Salvo algunos períodos, donde lo interrumpió temporalmente —por ejemplo, tras su primer intento de suicidio—, no abandonó esta práctica hasta su muerte. Esta edición de los Diarios completos son de la adultez (de los 18 años en adelante). Va de 1950 a 1962, pero del último período —1960, 1961 y 1962— solo incluye unos fragmentos. De acuerdo con lo declarado por Ted Hughes, en ese período, uno de los cuadernos desapareció y no se ha encontrado. El otro, el del trecho final —Plath escribió entradas hasta tres días antes de morir—, fue destruido por el propio Hughes para evitar el sufrimiento que la lectura del “cuaderno marrón” causaría a sus hijos.

¿Qué decir de esta lectura de casi 800 páginas de abigarrada tipografía, exigentes meandros, confesional y poliédrica? Que es un documento de la intensidad y variabilidad humana, océano de energías visibles y soterradas, verificación de que hay formas de sed que no se sacian nunca. No solo en los poemas; no solo en su obra en prosa; no solo en su abundante correspondencia; no solo en su torrencial activismo; no solo en los vaivenes de su psique herida: también en los diarios están plasmados, con peculiares detalles y límpida narración, las expectativas, el auge y caída de las emociones, los buenos y los malos pensamientos, los debates que Plath tenía consigo misma. Todo ello con una prosa en la que apenas hay sacrificios estilísticos.

La entrada del 21 de febrero de 1958 —viernes en la noche— dice: “El simple hecho de escribir este cuaderno, de sostener la pluma, prueba, espero, mi capacidad de seguir viviendo (…)”. Vida y escritura, escritura y vida: la escritura es la proa que avanza en las aguas revueltas, el comando explorador, el sistema de señales, radar y radiógrafo, confesionario y conversación consigo misma, pruebas de una existencia apasionada, próxima a la exuberancia o el abatimiento, a la vehemencia o la caída.

Hablan estas páginas de las minucias de lo cotidiano y de las personas que aparecían en su trayectoria. De las dificultades y las luchas (“No es el momento de perder el apetito, de sentirse vacía ni de envidiar a todo el mundo por haber tenido la suerte de nacer siendo quienes son en vez de ser tú”). De autores, libros, lecturas y conocimientos. De amigas y rivales, de hombres que la pretenden y le atraen. De Aurelia, su madre, a la que lleva en cada gota de sangre. De las victorias y las derrotas (“Marianne Moore ha mandado una carta malintencionada y extrañamente ambigua en respuesta al envío de mis poemas y a la petición de una carta de recomendación para la beca Saxton (…)”. De semillas y proyectos literarios. De bares y compras de vestidos. De enfermedades y de la actividad física. De las oscilaciones de la amistad y de los empleos que tomaba. Del cansancio profundo y del júbilo de levantarse para afrontar la siguiente tarea. Del deseo sexual como duda, conquista, tribulación y secuencia. De la inquietud interior y la palabra dirigida a Dios. De la soledad y la desesperación (“Todos los miedos son fantasías: yo los invento”). De los viajes y los apetitos. De sus inagotables ambiciones. De las emociones en forma de torbellino y de los altibajos de la convivencia. De su vocación por el estudio (“Memorizar infunde una energía religiosa: intentaré aprender un poema corto y uno largo cada día. Lo mejor es leerlos por la mañana, a primera hora, repasarlos a mediodía y catequizar a la hora del té (…)”. Y así. Y más y más. Y es que esta lista podría extenderse por páginas y páginas y continuaría incompleta. El diario de Plath: constancia de una psique inabarcable.

*Diarios completos. Sylvia Plath. Editora de los diarios: Karen V. Kukil. Traducción: Elisenda Julibert. Alba Editorial. España, 2016.

Cartas de Sylvia Plath

Al momento de escribir estas notas, agosto de 2023, se han publicado en español, tres de los cinco volúmenes de sus cartas. Van de 1940 (tenía apenas 7 años) a 1951 (a punto de cumplir 24). Las que siguen, hasta 1962, están por publicarse. Cuando se completen los cinco volúmenes, las dimensiones serán, aproximadamente, éstas: unas 1.400 cartas, dirigidas a casi 140 destinatarios. La mitad de ellas, unas 700, enviadas a Aurelia Schober Plath, su madre. Un total de 876 al conjunto de su familia, lo que incluye a su hermano Warren, cartas ciertamente cargadas de amor filial.

No se trata de una producción auxiliar: constituyen, con formidables argumentos, una obra sólida y articulada que va, desde la primera carta de Plath (carta dirigida a su padre enfermo el 19 de febrero de 1940, cuando tenía 7 años), hasta las que escribió en el preámbulo de su suicidio (de hecho, la nota con las instrucciones que dejó para quien la encontrara, bien podría considerarse su última carta). Durante su infancia y adolescencia era frecuente que Plath incluyera dibujos, proyecciones de su impoluta caligrafía.

Contrastadas con los diarios —ejercicio revelador— se hace nítido un rasgo de la personalidad de Plath: el tono, la forma, la cantidad de verdad o confesión que contenía cada carta, varía —y varía mucho— según el destinatario. Un mismo hecho se versiona: su versión cruda se deposita en el Diario; en las cartas a Aurelia, se suaviza o resume para quitarle gravedad o importancia; si —hay casos— donde se habla del mismo a personas fuera del círculo familiar, entonces Plath puede llegar a disfrazarlo, hasta el punto de distorsionar o mentir.

La sucesión de cartas puede leerse como una secuencia autobiográfica. Rellenan, aunque sea parcialmente, los vacíos de información en primera persona, en aquellos lapsos en los que Plath no escribió sus diarios. Contienen frases, anécdotas u opiniones esclarecedoras. Las dirigidas a la madre, al hermano y a algunas de sus amigas son abiertas, confesionales, directas, efectivas, preocupadas. Cuando los destinatarios son novios, pretendientes o amigos, lo más frecuente es cierta distancia, más intelectualidad, más análisis, raciocinio y debate de ideas (de esta categoría forman parte una veintena de cartas-ensayo, despliegue de brillo y erudición, de manejo holgado y seguro de libros y autores). También las hay del reino de las diligencias: ante editores, universidades y más. En las pocas cartas que van a Hughes —ya estaban casados— predomina la ansiedad, el deseo, el desespero de la enamorada: “Estoy tan feliz. Es la consagración de mi escritura nueva que, para ser justos, empezó contigo (…) Tú, ojalá estuvieras aquí. No sé cómo consigo no explotar. Quiero compartirlo todo contigo, la lluvia, los rechazos, el vino, el dinero, los poemas que aceptan, la lectura. Dios”.

*Cartas de Sylvia Plath. Volumen I (1940-1951). Volumen II (1952-1954). Volumen III (1955-1956). Sylvia Plath. Editores: Peter K. Steinberg y Karen V. Kukil. Traducción: Ainize Salaberri. Editorial Tres Hermanas. Años 2020, 2021 y 2022, respectivamente.

Aurelia Schober Plath

En el volumen Cartas a mi madre, un testimonio impagable, en forma de prólogo: el de la madre de Plath. Dispone, con ordenada pericia, su historia y la de Otto Plath, sus desempeños académicos, el matrimonio y, con elocuentes detalles y escenas, la infancia y adolescencia de la precocísima Sylvia, desde los seis o siete años, niña de las palabras precisas, los dibujos, los poemas, los diarios y las lecturas. Cuenta su lucha económica por mantener a sus hijos tras la temprana muerte de Plath padre, pero sin victimizarse. Son páginas reveladoras, la pluma de una mujer que disfrutaba del privilegio de lo bien escrito.

Cartas a mi madre. Sylvia Plath. Prólogo: Aurelia Schober Plath. Traducción: Mireia Bofill y Montserrat Abelló. Random House Mondadori. España, 2023.

Jillian Becker: no era feminista en modo alguno

Breve libro —unas 70 páginas—, que se desplaza entre la memoria y el ensayo, Jillian Becker, escritora surafricana residenciada en Londres y autora de Los últimos días de Sylvia Plath, fue amiga de la poeta. Su testimonio es único: cuatro días antes de suicidarse, Plath la llamó y le preguntó si podía irse a su casa con sus dos hijos. Al rato llegaron y estuvieron allí de jueves a domingo. En la tarde del día, Plath se marchó a su casa, y en la mañana del lunes se quitó la vida.

Becker escribió este libro, limpia narración de tono reflexivo, como respuesta a las adulteraciones que leyó aquí y allá sobre el trecho previo al suicidio. En el capítulo de cierre, “Mito”, de apenas dos páginas, Becker quita la paja del terreno: “Ella no era feminista en modo alguno, si se entiende por feminismo desdeñar el papel tradicional de la mujer de esposa y madre, ama de casa y administradora del hogar”.

*Los últimos días de Sylvia Plath. Renuncia. Jillian Becker. Traducción Roser Berdagué. Editorial Circe, España, 2004.

George Steiner: “Daddy” se aproxima al horror último

George Steiner publicó Morir es un arte, en 1965, semanas después de la publicación de Ariel, el segundo libro de poemas de Sylvia Plath. El coloso, el primero, había sido publicado en 1960. Fue uno de los primeros ensayistas en Estados Unidos que habló del impacto “vivido y perturbador” que produce el libro. Advierte Steiner: el sufrimiento personal se proyecta sobre los poemas, por lo que evaluarlos plantea una dificultad. El riesgo: que la desgarrada sinceridad de los poemas sea desvirtuada: “Son poemas demasiado honrados, han costado demasiado para ser orlados con lo mítico”.

La insistente presencia de elementos góticos (calaveras, búhos, la luna) debilitan su poesía temprana, pero en Ariel “Plath escribe de una manera enteramente suya”. No es estilo, es necesidad. Esta consideración opera como el preámbulo del debate esencial que contiene Morir es un arte: cuán legítimo es, por parte de la autora, la identificación, de comunión con las víctimas del Holocausto, particularmente en el poema Daddy. George Steiner responde al debate en estos términos: “Con Daddy forjó uno de los muy escasos poemas que conozco que se aproximan al horror último. Consigue lo clásico de la generalización traduciendo una herida privada, obviamente intolerable, a un código de estatuto minucioso, de imágenes instantáneamente públicas, que a todos nos concierne. Es el Guernica de la poesía moderna”.

*Morir es un arte forma parte del volumen Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano. Traducción: Miguel Ultorio. Editorial Gedisa, España, 1982.

Al Álvarez: no pretendía morir

Se ha citado hasta la saciedad este ensayo de 1971, por su inesperada opinión: Sylvia Plath no se proponía morir. Álvarez —crítico literario inglés, poeta y ensayista— habla con autoridad: alguna vez intentó quitarse la vida. “Por lo que sé de los hechos, estoy convencido de que esa vez no pretendía morir. El intento de suicidio de diez años atrás había sido, en todo sentido, mortalmente serio (…) Al contrario que diez años atrás, esta vez había muchas cosas atándola a la vida. Sobre todo estaban los niños: era una madre demasiado apasionada para querer perderlos o dejarlos sin ella (…) ¿Por qué se mató, entonces? Supongo que en parte fue un ‘grito de auxilio’ que erró fatalmente el blanco”.

Álvarez era amigo de Plath y de Ted Hughes. Los conoció cotidianamente. Los leyó con celo y publicó analíticos comentarios sobre la poesía de uno y de otro, en The Observer. El ensayo Prólogo: Sylvia Plath es, a la vez, el de un testigo muy próximo y de un refinado lector. Y de allí proviene el núcleo de su aporte: narra la intensidad y dolor que significó para Plath el rompimiento de su matrimonio, y como aquello fue la caldera de la que salieron, con fuerza y velocidad apabullantes los poemas de Ariel. “A medida que pasaban los meses y paulatinamente su poesía se iba haciendo más extrema, el talento de transformar cada detalle creció sin parar  hasta que en los últimos meses el evento más nimio llegó a ser ocasión para escribir: un corte en un dedo, una fiebre, una magulladura (…) Su poesía actuaba como una lente extraña y potente por medio de la cual la vida ordinaria se filtraba y reconfiguraba con una intensidad extraordinaria”.

*Prólogo: Sylvia Plath, como el nombre lo sugiere, es el texto de apertura de El dios salvaje. Un estudio del suicidio. Traducción: Marcelo Cohen. Editorial Norma, Colombia, 1999.

Cynthia Ozick: objeto de malentendidos y errores

Dice, con énfasis: el que haya adquirido el estatuto de un icono, es una derrota para Sylvia Plath. Los iconos sirven a cualquiera. “Ha transformado a su autora en objeto de confusiones, malentendidos y de errores”. La publicación de los diarios de Plath, sostiene —con la afilada navaja con que refina sus ensayos—, surte de combustible a los equívocos. Ozick nos recuerda un dato obvio y fundamental: Plath no fue otra cosa que una joven. Cuando acabó con su vida, era joven. En ella habitaban la artista y el ama de casa. De hecho —esta es una anotación mía— el más persistente de sus anhelos vitales era construir una vida de esposa, madre y escritora. Ozick: “Era al mismo tiempo Emily Dickinson y Betty Crocker, lo cual explica por qué sus diarios son inescrutables y, en ese aspecto, más impactantes que su suicidio”.

Fuego y humo: los diarios de Sylvia Plath, publicado en 2006, se enrumba a lo que bien sabemos: al final solo quedan los poemas, los enormes poemas de Plath. Todo lo demás, los diarios, los usos interesados del icono, todo eso quedará atrás, “convertidos en desechos”.

* Fuego y humo: los diarios de Sylvia Plath forma parte del volumen Metáfora y memoria. Ensayos reunidos. Traducción: Ernesto Montequín. Editorial Mardulce, Argentina, 2016

Joyce Carol Oates: incapaz de identificarse con nadie

En un artículo del 2002 (The New York Times), Joyce Carol Oates recuerda estas frases de los diarios de Sylvia Plath: “Haber nacido mujer es mi terrible tragedia. Desde el mismo momento en que fui concebida estuve condenada a que me brotaran senos y ovarios en lugar de un pene y un escroto; todo para tener mi círculo de acción, pensamiento y sentimiento rígidamente circunscripto». Muchos años antes, en un demoledor ensayo publicado en 1974, El poeta, el ‘yo’ y la naturaleza, Oates embestía: una mujer que no se quiere a sí misma no puede guardar simpatía por ninguna otra mujer.

La posición de Oates ante Plath no admite dilemas: admira su poesía, reconoce que de ella proviene su propio afán perfeccionista, al tiempo que desbroza la incapacidad de la poeta para identificarse “con nadie ni con nada, ya que hasta la naturaleza —o en especial la naturaleza— le es antagónica”. Va más allá: su lectura se opone a la de Steiner: “Si nos dice que tal vez ella tenga algo de ‘judía’, lo hace sólo por definirse a sí misma, a sus sufrimientos, y no para despertar nuestras simpatías por los judíos de la historia europea reciente”. A Plath no le gustaban los demás. “Como muchos perseguidos, se identificaba de una manera perversa con sus propios perseguidores y no con los que, junto con ella, eran víctimas. Pero no le ‘gustaba’ el resto de la gente porque en lo esencial no creía que existieran; sabía intelectualmente que existían, claro está, puesto que tenían poder para hacerle daño, pero no creía que existieran de la misma manera que ella, como individuos con latidos, respiración y sufrimientos”. Este inflamable tejido de sentimientos está —sostiene Oates— en el núcleo de su denigración de cierto lenguaje, sus fantasías regresivas, la negación o encubrimiento de su índole salvaje, en algunos poemas —por ejemplo, los dedicados a la maternidad—, o sus desafiantes poemas, poemas de un yo impedido de integrarse.

* El poeta, el ‘yo’ y la naturaleza fue publicado en la revista Facetas, Volumen 7, Número 1, 1974.

Elizabeth Hardwick: “Daddy” es el retrato más mezquino

Se termina de leer el Sylvia Plath de Elizabeth Hardwick y casi todo ha cambiado: el modo de pensar en el tránsito vital de Plath; las claves emocionales con que leemos su poesía; y, lo más estremecedor, la comprensión acerca de su suicidio. Hardwick ofrece novedades —otros modos de comprender a Plath— párrafo a párrafo y, por momentos, línea a línea.

Como si se tratasen de ejes transversales, recuerda que en los poemas fundamentales de Plath hay algo de trompada, de varapalo sobre la atención del lector, pero también mezquindad. Cuando el volcán poético estalla —una vez que Hughes deja el hogar, enamorado de Assia Wevil—, “la visita creadora no fue del cielo, sino del infierno de la ira. Sin embargo, el arte es tan poderoso que uno siente una euforia inquietante al leer las líneas lacerantes. Los poemas tratan sobre la muerte, la rabia, el odio, la sangre, las heridas, los cortes, las deformidades, los intentos de suicidio, las picaduras, las fiebres, las operaciones. No se trata de aceptarlos. No hay consuelo en nuestra experiencia de los poemas, pero están vivos, llenos de dolor, emoción; un gozo abrasador y chirriante en la perfección del lenguaje descriptivo vence las vacilaciones del espíritu. También hay poemas sobre niños, los suyos, que fueron intensamente amados. Y todavía «niño» y «bebé», como meras palabras, a menudo se adjuntan a imágenes de dolor y muerte”.

Lo que pasma es la perfección verbal, la dicción impoluta y apasionada, la construcción sin titubeos de esos poemas. Entonces frente a ellos, Hardwick escribe: “Suicidarse es desesperación, exigencia de alivio, pero no veo cómo podemos ignorar la forma en que está bordado de placer y triunfo en la obra de Sylvia Plath”. Y más adelante, dice: “Estos pasajes, y otros mucho más brillantes de sus poemas, muestran una mente en estado de distorsión sensual, buscando tanto el dolor como la muerte, contemplando con espeluznante lucidez la mutilación del alma y la carne”.

Hardwick, que conoció a Plath y a Hughes en los meses en que ambos vivieron en Boston; que compartió con ellos en cenas donde también estaban Robert Lowell —entonces, esposo de Hardwick—, Robert Frost y T. S. Eliot, que los había recibido en su casa y había escuchado el erudito parloteo de Plath, habla de la violencia que contienen los poemas de Ariel. “De hecho, el célebre poema Daddy es el retrato más mezquino que se puede encontrar en la literatura (…) Con Sylvia Plath el suicidio es una actuación. Lady Lázaro lo describe con un orgullo furioso y confiado. No hay disculpa ni miedo. El suicidio es una afirmación del poder, de la fuerza, no de la debilidad de la personalidad. Ella no es un pobre animal que se escapa o que se da por vencido; al contrario, ella es fuerte, amenazante, peligrosa”.

*Publicado en Seducción y traición. Mujeres y literatura. Elizabeth Hardwick. Traducción: Rebeca García Nieto. Novona Editorial. España, 2023.

Plath, la dibujante

Cuenta Frieda Hughes Plath que las piezas reproducidas en el volumen Dibujos son estrictamente los 45 dibujos que Robert Hughes le regaló a ella y a su hermano Nicholas quien, como signado por el destino de su madre, se suicidó en marzo de 2009. Mucho de lo que Plath dibujó tempranamente se encuentra guardado en la Sala de Libros Raros de la Biblioteca del Smith College y en la Lilly Library, Indiana.

Plath fue una dibujante precoz, práctica que mantuvo a lo largo del tiempo. Se le daba bien, de niña recibió clases, más adelante, la ejercitación en el papel, la aliviaba de tensiones. En Dibujar, poema de Robert Hughes —pertenece al libro Cartas de cumpleaños—, lo cuenta:

Dibujar te serenaba. Tu infernal pluma

Era como un hierro candente. Los objetos

sufrían con su nueva apariencia, torturados

hasta alcanzar la nueva posición. Mientras dibujabas

me sentía relajado, tranquilo. Se abrió el tiempo

cuando dibujaste el mercado de Benidorm.

Me senté a tu lado, garabateando algo. ´

Pasaron ardiendo las horas. Los tenderos

se acercaban a ver si los habías secado bien.

Sentados en aquellos escalones, en alpargatas,

éramos felices. Nuestra ingenuidad de turistas

se había disipado. Nos orientábamos

a través de las callejas del pueblo. Éramos familiares

objetos foráneos. Cuando hubo vendido las bananas,

el vendedor de plátanos nos obsequió con la ejecución

de un solo de violín con el tallo de aquellas frutas.

Se apiñaron todos para alabar tu dibujo.

Seguías tenazmente dibujando, atrapando detalles,

hasta que lograste atrapar toda la escena.

Ahí está. Rescataste para siempre

nuestra mañana del olvido. Tu paciencia,

la concentrada expresión de ojos y labios, consiguieron el retrato

de una plaza de mercado que dormía aún

en la Edad Media. Justo antes de que

despertara y desapareciese

bajo los gritos de millones de visitantes veraniegos

y un barranco de chillones hoteles. Mientras tu mano

iba más debajo de Heptonstall para ser sostenida

por una ilimitada oscuridad. Mientras mi pluma sigue viajando

a solo 200 millas de tu mano,

agarrando este recuerdo de tu pañuelo rojo con lunares blancos,

tus pantalones cortos y tu jersey de manga corta

—uno de los treinta que paseé por toda Europa—

y tus largas piernas morenas, apoyando el bloc,

y la contemplativa calma

que bebí de tu concentrada quietud.

En esta contemplativa calma

ahora bebo de una quietud tuya

que ninguno de los dos podemos perturbar o disolver.

*Cartas de cumpleaños. Ted Hughes. Introducción: Andreu Jaume. Traducción: Luis Antonio de Villena. Editorial Lumen, España, 1999.

*Dibujos. Sylvia Plath. Texto introducción: Frieda Hughes. Traducción: Guillermo López Gallego. Nórdica Libros, España, 2014.


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