Luis Zapata | El Universal de México

Por ALEJANDRO VARDERI

Apasionado por el bolero y el cine de la edad de oro

Con su aire juvenil, jeans gastados y tenis blancos, parecía que los años iban a pasarle siempre por encima; si bien muchos demonios amenazaban con su oscuridad la claridad de una escritura resistiéndose a sucumbir ante ellos. Pero como Reynaldo Arenas, los males internos y los desencantos externos no permearon el grueso de la obra narrativa, quedando ello más bien para sus respectivas autobiografías. Algo que, en el caso de Luis Zapata, tuvo además la particularidad de armarse desde un yo emplazado en el reverso del vivir: Autobiografía póstuma la tituló y publicó, cinco años antes de que se apagaran definitivamente la voz y la mirada.

“Si hubiera sabido que morirse era tan fácil, me habría muerto mucho antes”, apunta el yo al inicio del libro, con la ironía y el encanto propios de un estilo donde la cultura popular y el cine marcaron indeleblemente los textos. “Mis primeros contactos con la muerte fueron, como en muchos casos, a través de las películas”, reitera, para consolidar su afición por actores y, como Manuel Puig, actrices del Hollywood y el México dorado cuyas producciones solía comentar y compartir con los amigos cercanos.

“Tranquilo, que no indolente, inteligente, fumador, ocurrente, curioso, tímido pero juguetón, y sobre todo un axiomático amante de las lenguas”, lo definió uno de sus incondicionales, el crítico y estudioso norteamericano residenciado en México Michael Schuessler, quien me llevó a conocerlo a su casa de Cuernavaca hace más de tres lustros. Allí tuvimos oportunidad de platicar en torno a una afición compartida por el bolero y el cine de los años cuarenta, antes de ir a almorzar a los jardines del histórico restaurante “La India Bonita”, cuyo nombre proviene de la denominación popular dada a Concepción Sedano, la legendaria amante del Emperador Maximiliano de Habsburgo. Ningún marco mejor entonces para que Zapata desplegara la agudeza y el gusto por el melodrama, intrínsecos a una literatura de avanzada, no solo en cuanto a la revalorización del exceso sentimental, sino a la expresión abierta de las sexualidades otras, y la celebración de las diferencias y lo diferente.

Pionero de la literatura gay en Hispanoamérica

El vampiro de la colonia Roma, publicada en 1978, abre la brecha a una novelística explícitamente gay en el continente. Aquí la expresión de lo popular urbano le dio voz a un sector del colectivo de antes del sida, conformado por jóvenes cuyo único capital es el propio cuerpo. Un cuerpo del cual malviven entre complejos, escapatorias etílicas, reproches y celos, en tanto se desplazan ágilmente de lo sublime a lo grotesco, buscando exponer los dobleces de la sociedad mexicana.

En tal sentido, su protagonista Adonis García se cuenta frente al grabador de quien escribe y al contarse perfila los contornos de un relato cuyos submundos emergen como anecdotario rico en personajes provenientes de estratos muy dispares. Vagabundos, mafiosos, delincuentes, diplomáticos, políticos, industriales, padres de familia, estudiantes, conviven en los márgenes del sistema, nivelados por la búsqueda del placer, cuya clandestinidad lo vuelve aún más excitante. Una certeza palpable en el desparpajo con que Adonis hace un recuento de sus aventuras por urinarios públicos, parques, moteles, mansiones y habitaciones de alquiler, con la intención de liberarse de tantas memorias e, imperceptiblemente para él, realizar un recuento de su existencia a fin de ponerla en perspectiva para nosotros, voyeurs. De este modo, los blancos que la ausencia de puntuación propone piden ser llenados con el caudal secreto del lector, cual observador y partícipe vicario de la cadena de experiencias e incidentes recitados, más que descritos por el protagonista, como un cuento, si no de hadas, sí en la línea de los trotamundos extendiéndose desde el Lazarillo de Tormes al Augie March de Saul Bellow. Para estos, la cotidianeidad se vive como simulación y lo imaginario resulta ser la única referencia posible en un mundo violento y hostil.

Luis Zapata abordó esta encrucijada desde una franqueza cuyo objetivo último era la normalización de la homosexualidad, lo cual no se había tratado tan manifiestamente hasta entonces en el ámbito mexicano y por extensión hispanoamericano. De ahí la eficacia del libro en su momento y la intemporalidad con que sigue sorprendiendo a las generaciones actuales, gozando de una aceptación del comportamiento gay impensable cuarenta años atrás, si bien su valoración crítica es mucho más reciente.

Colaborador en la historización de la escritura homosexual mexicana

Cuando el mismo Michael Schuessler coeditó con el investigador y ensayista mexicano Miguel Capistrán la antología crítica México se escribe con J. Una historia de la cultura gay, en 2010, no había estudios previos que pudiesen “llenar el gran vacío que existía en torno a la cultura gay en nuestro país”, tal cual Luis Zapata asentó en el Prólogo. Una verdad que sigue viva en el ámbito hispanoamericano, dada la escasez de textos críticos que analicen en profundidad las obras, por lo general dispersas en editoriales de pequeño tiraje a lo largo del continente. Ello se aúna a la reticencia de muchos autores a sentirse parte de esta corriente literaria, dado el temor a quedar encasillados o ser objeto de abusos por parte de la intolerancia de los otros, lo cual compartía también Zapata. “No leo mucha literatura gay. No me gustan las etiquetas ni las clasificaciones, aunque entiendo que son necesarias para la crítica y el análisis literario”, dijo en una entrevista. Sin embargo, la amplia recepción que tuvo la antología de Schuessler y Capistrán, así como lo fructífero del diálogo surgido con los artículos incluidos, demuestran la importancia de estas iniciativas para que la producción de temática gay hispanoamericana adquiera la importancia que ha obtenido en otros contextos como el anglosajón, donde la identificación entre el autor y la obra es ampliamente aceptada y estudiada.

En el caso de Luis Zapata tal identificación se logra aludiendo a lo popular, especialmente en lo que al cine y a la música respecta. El pop romántico, la ranchera, el bolero —el escritor era un intérprete aficionado— entran en la narración y, en el caso de su novela En jirones (1985), puntean los distintos estadios de la pasión que atraviesa la relación de sus protagonistas, A y Sebastián.

Aquí la sorpresa, el hechizo, la entrega, la traición, la pelea, el desencanto, el abandono, el despecho, la desesperación, el regreso, el arrepentimiento, el perdón, la dependencia, el miedo a la costumbre, la huida y la nostalgia tras el adiós definitivo, se imbrican con las canciones interpretadas por ídolos como Javier Solís y Juan Gabriel, en los espacios que los caracteres privilegian, ya sea la sala de cine, el bar o la intimidad de la casa y el automóvil.

En ellos se escenifica “esta novela que dizque trata de amores —aunque quizás hubiese preferido sea canción de Juan Gabriel”, como él afirmó en la dedicatoria de la copia por mí consultada. Amores fraccionados, tortuosos, intensos y fugaces que deslegitiman los códigos sociales tradicionales a favor de las pequeñas historias, dables de preservar la heterogeneidad de los juegos del lenguaje. “Vivo instalado cómodamente entre los pliegos de la petite histoire”, reconoce Sebastián en uno de los respiros del cuerpo, mientras se aboca a la ensoñación escuchando “Somos novios” de Armando Manzanero y alude a la necesidad de ir con frecuencia al cine con A para ver “todo tipo de películas”. De esta manera, contrasta las etapas del deseo con la situación fílmica proyectada; como si solo abandonándose a ese estado semi hipnótico, donde el espectador se hunde y el yo se hace vulnerable, pudiesen los amantes entregarse sin fricciones a las metamorfosis de un placer tan difícil de prolongar cuando dejan la sala, pues entonces se desvanece esa amorosa distancia que los mantenía próximos pero a la vez a salvo de sí mismos.

La homosexualidad como estigma dentro de nuestras sociedades también encuentra eco en la novela; tangencialmente a través de la historia de Ricardo, quien al confesar su inclinación a la familia es desheredado y repudiado, y como parte de la vida en común entre A y Sebastián, pues es precisamente el temor de A a aceptarse lo que renueva constantemente los encuentros y aviva los apetitos. Solo cuando A se case con una mujer, vuelva a Sebastián derrotado y se “feminice” al dejarse finalmente penetrar por este, la convivencia entre ambos se volverá reiterativa y entrará en una fase agónica irreversible: “Esto nunca va a terminar. Debo aceptar que la relación está condenada a la repetición”, admitirá A, estatizándose en un limbo identitario entre estas dos maneras de entender el deseo.

Revelador de lo irrepresentable

El compromiso de Zapata para darle voz a lo irrepresentable hila la obra narrativa, que con La más fuerte pasión  (1995) se dinamiza mediante diálogos sumamente rápidos y directos puestos a estructurar la continuidad de los lazos amorosos entre Santiago, un hombre de mediana edad, y Arturo, el joven hijo de su amiga Sarita. Aquí lo teatral de la conversación entre ambos se da por partida doble: como encarnación de dos generaciones opuestas y como gesticulación paródica de un artificio presente en la manera de establecer el intercambio. Un intercambio donde Arturo, deslastrado todavía de todo equipaje, aligera con su superficialidad el pesado bagaje que los años y los desengaños han dejado caer sobre las espaldas de Santiago, regalándole una segunda juventud.

La educación sentimental del amado responde, como en la novela de Gustave Flaubert, al capricho y los intereses del amante, quien no obstante queda descolocado por momentos ante la franqueza de su objeto. “Soy guapo y joven y te soy fiel (…) me das todo lo que quiero, aunque a veces me cueste trabajo sacártelo”, asienta este, con la claridad de quien nada puede perder, pues se sabe ganador de una partida donde los subterfugios, medias tintas y represiones de su benefactor se entienden como un pasatiempo. A cambio, Santiago disfruta con la entrega del muchacho, interesándose en los gustos propios de la nueva generación que lógicamente chocan con los suyos, pero igualmente revisten de novedad su bien reglamentada existencia.

Los flujos afectivos, monetarios y sexuales de la transacción tampoco se desvían aquí de una idealizada complacencia, ajena a los engaños, odios, rencillas e ímpetus característicos de las pasiones realmente fuertes. Con esta estrategia el autor establece un juego irónico desde el título de la novela, espejeando simultáneamente otras producciones artísticas donde dichas pasiones conducen a la aniquilación de la pareja. En tal sentido, si la estructura dialogada de la novela remite a El beso de la mujer araña de Manuel Puig, la cinemática responde a La ley del deseo de Pedro Almodóvar. Esta no solo encuadra el triángulo constituido por Arturo, Santiago y Sarita, sino que refleja literalmente aspectos del guion, como queda ejemplificado en la escena inicial de la película, filmada nuevamente por Santiago para delicia de los amantes. “—Ahora quítate los pantalones. —Ajá. —Pero no hables. Concéntrate en lo que estás haciendo. —O.K., O.K.—Quédate nada más con la trusa puesta”.

El desbordamiento sensual no llevará sin embargo a los protagonistas al sacrificio supremo restándole drama a la historia pero, una vez más, normalizando el comportamiento homosexual para el cual no tiene necesariamente que existir castigo. Dicha estrategia acerca mucho más el texto a la realidad, alejándolo de una fatalidad forzada, con lo cual la novela pierde efectismo pero gana efectividad. Una efectividad que consagró a Luis Zapata como el autor de referencia en el contexto de la literatura hispanoamericana de temática gay, donde quienes desde él escribimos nunca podremos dejar de reconocernos.


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