Por JOAQUÍN JAVALOYS

El libro que tienes ante ti, amable lector, es valioso porque su contenido no cae en el modo historiográfico y tampoco en los tópicos usuales sobre la compleja historia de un gran pueblo, el godo, que fue protagonista de la configuración de Europa. Su autora no se ha limitado a reproducir la sucesión de hechos más o menos documentados y generalmente aceptados que constituyen la historia de los godos y, tras profundas y minuciosas investigaciones, ha llegado a conclusiones originales y sugestivas.

Me parece que la autora ha tenido en cuenta que, tras la derrota del nacionalsocialismo alemán en la Segunda Guerra Mundial, se ha cuestionado cada vez más la afirmación de que los godos procedían de Escandinavia y que eran germanos.

A finales de la década 1980-1990 Herwig Wolfram, Peter Heather, Patrick Amory y sus seguidores dijeron que los godos fueron un grupo multiétnico; pero que si bien los godos pudieron ser germanos, habría que someter a verificación todo lo relativo a los godos, incluso su origen, porque su historia está llena de complejidad.

Por ello, Júrate Rosales ha llevado a cabo una investigación profunda de todas las fuentes de los datos y documentos existentes sobre los godos, teniendo en cuenta también las facilidades que brinda ahora la electrónica para estudiar textos antiguos, así como los resultados del análisis de los vestigios de los godos usando las herramientas de la arqueología y de la lingüística y de la toponimia; pero asimismo el examen y la comparación de textos jurídicos y documentos sobre actividades culturales.

En este libro, cuya meta inicial parece ser una revisión exhaustiva de las fuentes originales disponibles, se exponen los resultados de esa profunda y extensa investigación que ha realizado la autora quien, en base a tales investigaciones, sostiene que los godos no fueron un pueblo germánico sino báltico, emparentado con los antiguos prusianos y con los actuales letones y lituanos. Esa hipótesis sigue la dirección iniciada por el erudito prusiano Matheus Praetorius, y que continúa con los historiadores lituanos Simonas Daukantas, Alexander M. Rackus y Ceslovas Gedgaudas, y con el lingüista lituano Kazimieras Buga; pero tal hipótesis resultaba desconcertante, pues hay que tener en cuenta que en el siglo XIX los bálticos habían desaparecido del mapa político de Europa. No existía un Estado Báltico.

La dificultad que Martens encontró cuando hizo la traducción de Jordanes consistió en no saber a qué nación se refería la obra, al contrario que la Biblia de Ulfilas, que sí lo sabía. Finalmente Martens dijo que los godos debían de ser germanos, por lo que al inventar en vez de traducir, Martens falseó el relato.

Posteriormente, hacia el año 1910, el hallazgo en el bajo Vístula de la cultura Wielbark fue interpretado por algunos como la revelación del punto de partida de los godos.

Este libro contiene tres partes: la primera trata del origen de los godos; la segunda se dedica a las migraciones territoriales de los godos, tanto hacia el mar Negro y Asia, como hacia Europa central, occidental y del sur, llevada a cabo por los ostrogodos —que se mezclaron con los hunos— y por los visigodos —que se hicieron federados del Imperio romano—. Para la autora ambas ramas pertenecen a un solo pueblo báltico. En las genealogías que recogen diversos libros los Amalos son los ostrogodos y los Baltos son los visigodos. La parte tercera del libro se refiere a la instalación de los visigodos en Francia y, sobre todo, en el reino de Hispania, donde permanecieron más de tres siglos hasta que fueron derrotados por los invasores musulmanes.

En cuanto al origen de los godos afirma Júrate Rosales que se encuentra no en Escandinavia, en el sur de la actual Suecia, sino en la isla de Scandza, en el istmo de Curlandia, cerca de su tramo final y de la desembocadura del Vístula, en el golfo de Gdansk. La presencia de los bálticos en esa zona se confirma por el abundante material arqueológico encontrado allí y por la toponimia. Pero los bálticos se instalaron en las costas del mar Báltico desde la cuenca del Oder hasta el sur de Finlandia. Por ello, es lógico que dejasen nombres de su idioma en los lugares en que se establecieron, como en las costas de Suecia o en la isla de Gotland, donde se han encontrado hallazgos arqueológicos de fíbulas de fabricación báltica, sobre todo en la provincia sueca de Skania.

Hay que tener en cuenta que, tras la Edad del Bronce, en la Europa continental hubo solo dos grandes pueblos con sus respectivas culturas: los celtas en occidente y los bálticos en el oriente; pero, como ha puesto de relieve el lingüista Pietro Umberto Dini, hasta los comienzos del siglo XX no se ha sabido que los bálticos ocuparon un inmenso territorio europeo, pues se tenía la idea errónea de que siempre habían habitado en el sureste del mar Báltico.

La autora considera auténticas y fidedignas, entre otras fuentes verídicas, tanto la Getica de Jordanes como la Primera Crónica General del rey Alfonso X de Castilla, en el siglo XIII, sobre los hechos de los godos en la historia de Europa y de Asia. La historia de los godos o ‘Gótica’ de Jordanes —quien se definió a sí mismo como godo— fue escrita en el año 551. También es aceptable la fecha del año 1480 a.C. para la salida de los godos de Scandza, propuesta por Gedgaudas, e identifica a los bálticos como los primeros indoeuropeos y a Escitia como lugar o tierra de tránsito para los godos. Para sus migraciones hacia el Mar Negro, los godos usaron los ríos, siendo el Don la vía fluvial más oriental y el Dniester la más occidental. En las migraciones godas el denominador común fue siempre el mismo: la aparición de rasgos bálticos en el idioma local. Según Jordanes los godos de España son los getas de Dada. El primer foedo entre Roma y los godos fue el que firmaron el rey tervingo Ariarico con el emperador Constantino el Grande en el año 332.

Desde Dacia los godos emprendieron dos marchas distintas, con diferentes gentes y objetivos. La primera, la más nutrida, es la de Radagaiso, que se dirigió a Italia. La segunda, de visigodos, se encaminó hacia Francia. En el año 408 Alarico, procedente de los Balcanes, penetró en Italia y acabó tomando Roma en el año 410.

En la tercera parte del libro se dedica un gran espacio a la descripción del reino godo de Hispania —dada su importancia y su duración—, así como al análisis minucioso de los vestigios godos que existen todavía en España, especialmente en las necrópolis visigodas, y también a ciertos topónimos y a las peculiaridades bálticas que tiene el idioma castellano. En la Hispania visigoda se asentaron inicialmente una cifra que oscila entre 70.000 y 200.000 godos. Es preciso prestar una gran atención a lo cultural, porque si los visigodos eran bálticos, entonces trajeron a hispania una rica cultura más antigua que la romana.

Jurate Rosales titula rotundamente el capítulo XVII de su libro así: “El castellano, cruce de godo y latín”. Y en ese capítulo de su obra, la experta lingüística que es la autora, prueba con numerosos y valiosos argumentos la veracidad de dicha hipótesis suya, y afirma que la presencia en España de idiomas bálticos hizo posible que participaran en el alumbramiento y en el contenido del romance que se convirtió posteriormente en el idioma castellano. Además, en ese capítulo nos ofrece una importante sugerencia cuando dice que “el hecho de considerar que los cambios insertados en el latín (que se hablaba en Hispania a la llegada de los visigodos) obedecen a las normas de los idiomas bálticos, podría aclarar muchas incógnitas hasta ahora inexplicadas, y encauzar por primera vez los estudios de la formación del romance ibérico hacia un solo cuadro global, unitario en todas sus partes: fonética, gramática y vocabulario…

…Mi hipótesis es que cuando los dos sistemas de declinación (de los sustantivos) colisionaron en España, se anularon mutuamente y las declinaciones fueron sustituidas por el uso de preposiciones”.

La autora atribuye a la influencia del báltico en el latín de la Península Ibérica en la época de los visigodos la aparición de la palatización y de los diptongos que caracterizan el castellano, el leonés y el gallego-portugués, dado que son muy semejantes a los diptongos de las lenguas bálticas y propone etimologías bálticas para un conjunto de palabras del español. Y concluye precisando que la aportación idiomática goda a la formación del castellano no se refiere a algún rasgo particular, sino a todo un sistema, tratándose de un conjunto coherente en todas su partes: fonológica, morfológica y léxica.

Por otra parte, como los visigodos se asentaron en España como dueños y como la clase dirigente de todo un reino, es lógico suponer que modificaron, desde el poder, decisivos aspectos de la cultura romana que prevalecía en la península cuando llegaron los godos. Por supuesto, establecieron sus propias leyes por escrito, que se acataban por estar basadas en usos y costumbres. Así se fue elaborando el glorioso Código de los Visigodos, monumento jurídico perdurable de la nación. Ante las quejas contra la administración de justicia se fueron emitiendo decretos que no eran leyes, sino fueros o privilegios que resguardaban a una parte de una sociedad, o incluso a toda ella, de los posibles abusos del juez. En la cultura visigoda se daba gran importancia a las leyes y a la administración de justicia. La similitud de lo recogido en el Estatuto del Gran Ducado de Lituania del año 1529 con la ley consuetudinaria de los visigodos es evidente si se compara ese Estatuto con el texto del Fuero Juzgo reeditado por la Real Academia Española en 1815.

Además, Jurate Rosales dice que merece subrayarse que la equivalencia de ‘godo’ con ‘noble’ parece haberse mantenido viva en España por lo menos hasta los inicios del siglo XVII, porque como ella señala la encontramos en el Don Quijote de Cervantes: “Vos, godo Quijote, ilustre y claro…”.

La autora indica también que otro interesante vestigio que pervive en España desde la existencia del reino godo es el apellido español Galindo, porque es idéntico que el nombre lituano Galinis, cuyo patronímico es Galinonis, que igualmente es el nombre de la tribu báltica de los galindios: hombres de la frontera. El apellido Galindo es el 246 más común en España, sobre todo en Castilla, pues lo tienen más de 42.000 personas como primero o segundo apellido y su derivado Galíndez lo llevan también más de mil españoles. Pues bien, a mediados del siglo I, los galindios eran la rama más extensa del pueblo báltico. En el siglo II, Ptolomeo los menciona como habitantes del noreste de Europa. En los siglos XIII y XIV, los galindios que permanecieron en su tierra original fueron objeto de continuos ataques de los cruzados dirigidos por los Caballeros Teutónicos. La cultura de los galindios ha sido identificada por los arqueólogos en el primitivo territorio de los bálticos.

También afirma Jurate Rosales que los hallazgos de los vestigios de los bálticos nos permiten concluir que “la cultura de Europa es tan antigua como la de Egipto. Los autores clásicos ya lo sabían, pero los europeos lo olvidaron”. Y la autora prosigue diciéndonos que actualmente en toda Europa se está recogiendo información sobre las culturas que existieron ahí hace milenios. Además, anticipa que dentro de poco vendrán a la ayuda de los estudiosos las claves genéticas y lo más probable es que todos terminemos siendo hermanos, o a lo sumo, primos en algún grado. Y esta afirmación suya es certera porque, efectivamente, los resultados de los análisis genéticos que vamos conociendo indican que los europeos no somos, generalmente, una raza pura sino una mezcla de algunas de las razas que han poblado Europa. Para confirmar esta conclusión, y por si fuese significativo de la identidad báltica de los visigodos hispanos, yo pongo de manifiesto ahora que del resultado de mi análisis genético, así como del resultado de los análisis de unos pocos amigos míos que han tenido la amabilidad de mostrarme sus datos, se deduce que los españoles tenemos un componente báltico en nuestro ADN de un porcentaje que suele ser de un 7 a un 14 por ciento. Por supuesto, esta cuantificación provisional solo indica una mera tendencia, que habrá de ser confirmada o modificada para convertirse en un dato cierto cuando se conozcan los resultados de los análisis genéticos de un grandísimo número de españoles.

Hasta aquí llega mi selectiva y sucinta relación de los temas y de los acontecimientos más significativos de la compleja historia de los godos que expone la autora a lo largo de esta excelente obra. Espero, amable lector, que su lectura le resulte interesante y esclarecedora.


*Las raíces de Europa. El hallazgo de la milenaria historia de los godos. Jurate Rosales. Kálathos ediciones. España, 2020.


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