María Elena Ramos
María Elena Ramos / Vasco Szinetar ©

Por MARÍA ELENA RAMOS

Es difícil recorrer en pocos minutos las situaciones que ha vivido la cultura en estos últimos veinte años. Me detendré aquí solo en algunas ideas que considero necesarias: desmontaje, acoso, anonimia, anomia, abandono, migraciones, irrespeto, defensa, resistencia.

Algunas frases a tomar en cuenta
En la divulgación de la obra de teatro que se presenta en estos días sobre Primo Levi, Si esto es un hombre, se lee: “Levi usa el discurso sobrio y mesurado del testigo, no el lamentoso lenguaje de la víctima, ni el iracundo mensaje del vengador”. Aun con la distancia que separa la tragedia del holocausto y nuestra actualidad, es una frase inspiradora para nosotros, como habitantes de este país, y como gente activa en el medio cultural por muchos años, quienes podemos, sí, dar testimonio. Así, como testigo, comienzo con dos frases que mucho escuché y que son clave para entender las iniciales relaciones de este régimen con las instituciones de la cultura.
La primera frase es de Alejandro Armas, primer presidente del Conac en tiempo de Chávez (1999). Decía: “Yo estoy aquí para frenar a la jauría y evitar el reparto del botín”. Fue un leitmotiv –como idea que repetía y como acciones que le vimos realizar– al que se mantuvo fiel. Aun siendo él entonces miembro del gobierno (un gobierno al que dos años más tarde adversaría), su insistencia señalaba el peligro que corrían las instituciones. Armas dio muestras de respeto por la actividad cultural y, reconociendo su no saber el estado real de las organizaciones a su cargo, ordenó las contralorías más rigurosas y extensas que se recuerden en el medio. Su gestión fue más defensiva que propositiva. Y más dialogante, respetuosa y respetable que lo que iba a venir.

El desmontaje
La segunda frase a recordar es de Manuel Espinoza. Quienes dirigíamos instituciones culturales del Estado se la escuchamos una y otra vez en las reuniones, primero como Director de Museos del Conac y después como Viceministro de Cultura. Repetía: “Hay que desmontar las Fundaciones de Estado, hay que desmontar los principados”… frase que iba dejando claro que autonomía institucional no era afín a centralismo autoritario.
El desmontaje fue así un objetivo central en la llamada “revolución cultural” que lideraron Espinoza y Hugo Chávez a partir del proyecto intelectual de Espinoza, quien había sido, desde su formación como joven comunista, estudioso de Antonio Gramsci. Así, el concepto de revolución cultural que se aplicó en Venezuela desde 2001 no seguía la revolución cultural de Mao, como se ha dicho, sino la de este intelectual italiano, Gramsci (1891-1937), cuya revolución cultural priorizaba el desmontaje de las hegemonías del mundo de las ideas y el intelecto. A diferencia de Marx, que creía que los grandes cambios se darían al cambiar el sistema económico, la infraestructura, Gramsci considera que antes se debe controlar la superestructura, la ideología, la forma de pensar. La revolución cultural así entendida pasa por desmontar esas superestructuras, para transformar las ideas y lo que llamaba Gramsci el sentido común de la sociedad civil (que había sido formado y difundido desde las iglesias, los intelectuales, las instituciones culturales, los profesores y el sistema de educación). La estrategia destructiva iba directamente en contra de esos grupos “hegemónicos” del pensamiento, sustituyéndolos o desprestigiándolos. El objetivo era que, mientras se van destruyendo los valores anteriores, se fuera introduciendo una nueva cosmovisión de la sociedad, lo que iría logrando el aspirado montaje o momento constructivo del nuevo orden revolucionario.
En Venezuela, el desmontaje empezó pronto en la cultura (antes que en otros sectores, como le habría gustado a Gramsci). Es en enero de 2001 cuando se anuncia la revolución cultural. Con ella se crea una plataforma con barniz ideológico, un para qué envuelto en ideas de justicia social e inflado de lucha contra lo que llamaron elitismos, principados y oligarquías del medio, realizando un primer y amplio desmontaje de la directiva cultural de los entes tutelados. Tiempo después se irían dando otros desmontajes, ya en la contundente realidad de la economía, de lo que el sector petrolífero y energético ha sido un caso dramático.

El acoso
En 2003 sale el viceministro Espinoza y lo sustituye Farruco Sesto, nombrado después ministro de cultura. Sesto no solo profundizó el desmontaje y la pérdida de autonomía de las instituciones culturales sino que politizó más radicalmente aun al medio, excluyó o incluyó a creadores de las distintas artes y a profesionales del sector según rasero político y con base en un apartheid inconcebible en nuestra tradición democrática: la Lista de Tascón era su apoyo de mesa, su guía de “quién es quién” en la cultura. En 2005 liquida las Fundaciones de Estado y crea una Fundación de Museos centralizadora. Esto trajo visibles retrocesos, tanto en el proceso modernizador y descentralizador que había mostrado logros notables como también un retroceso más largo y más de fondo en la autonomía de especialización y de programación.
Sesto dirigió la cultura en dos períodos (2006/2007 y 2010). No solo tuvo un tiempo más extendido que su predecesor sino que ejerció más poder real, recibió más confianza del alto gobierno y mayores presupuestos. Su sistemática agresividad en el verbo y en la práctica eran modos desconocidos para el medio. Agredía sin anestesia. En el ámbito cultural era un equivalente del actual personaje televisivo de Con el mazo dando. A Sesto se le atribuye la frase “revolución de las conciencias” (1). No solo profundizó el desmontaje, también el acoso, particularmente hacia los entes culturales del Estado y sus profesionales. Su paso por la cultura deprimió aun más a las instituciones, llegando él a poner públicamente en duda, por ejemplo, la razón de ser de los museos, o intentando trasladar todas las colecciones al depósito de obras de la Galería de Arte Nacional, como anunció en 2010. Un comunicado, que movimos desde la oposición con más de mil firmas nacionales e internacionales, logró frenar esa decisión. (Curiosamente, dos años después Juan Calzadilla –por entonces director de la GAN– confesaría públicamente que aun la bóveda de ese museo no estaba siquiera construida).

Anonimia y anomia
Hemos podido observar una doble anonimia: la de dirigentes de las instituciones, a veces cuadros políticos sin previo vínculo con las especialidades de la cultura, o cuando sí tienen vínculos se les cambia o rota en poco tiempo y se les condena al silencio. Y es que algunos dirigentes han exigido expresamente a los funcionarios guardar silencio frente a la prensa, e incluso no informar sobre actividades normales como las exposiciones, lo que había sido elemental tradición de directores y curadores de museos. Así, ya los responsables de las instituciones no podían dar responsablemente la cara por ellas. Esta doble anonimia fue sumiendo aun más a la cultura oficial en zona nebulosa, aislada y gris.

Leufert
Logo de Monte Ávila Editores (1968) / Gerd Leufert

A esto se sumó el retiro en 2006 de las señaléticas que por décadas habían identificado a los museos y otras instituciones culturales (logos de Leufert, Nedo, Sotillo) y su sustitución por el logo único de El perro y la rana. Se anonimizaron así las identidades gráficas que por décadas fueron reconocibles en la visión, el afecto y la memoria de los ciudadanos.

En cuanto a la anomia, solo cito al diccionario: “Estado de desorganización social o aislamiento como consecuencia de la falta o la incongruencia de las normas sociales”.

El medular asunto del respeto
El verdadero espíritu democrático respeta y, más aun, agradece el legado que recibe. Lo cuida y lo multiplica. Tanto el temple estético como el espíritu democrático saben agradecer: se agradece el talento del artista, su “plus” de producción en el acto creador (como diría Kant). Se agradece también a otros elementos del circuito: teóricos, técnicos, institucionalidad que estudia y difunde, que resguarda las pruebas materiales de una cultura y que democratiza el derecho de la población al goce y al saber.
Por el contrario, el talante antidemocrático irrespeta, no agradece el legado recibido. Intenta más bien desconocerlo, avasallarlo. Dolorosamente, si una idea define a este gobierno (desde el principio y en todos los ámbitos, no solo en la cultura) es su golpe al respeto, sistemático y muy diverso en los objetivos “golpeables”. En regímenes que irrespetan la separación de poderes, ya cualquier cosa es posible. Límites legales y morales ya no valen como contenciones, la constitución es violada, o interpretada discrecionalmente. Se irrespeta al otro, su vida, sus saberes y sus haberes. Se irrespetan las verdades (tanto las actuales como las de la historia). Y en las instituciones se irrespetan sus funciones connaturales, su personal, sus especialistas.
Si es sabido que el entusiasmo creativo construye y que el resentimiento destruye y descapitaliza, esto es mayor verdad en el hacer de la cultura. Desde el principio este gobierno cultural intentó desmontar el legado, ese concepto clave de las civilizaciones –que se construyen como por estratos, por acumulaciones epocales, por sucesiones generacionales–. Aquí se bloqueó la transmisión, se desperdició la necesaria transición, quedó herido el sedimento civilizatorio.

El abandono
Vinieron luego varios ministros en sucesión. Héctor Soto (2008/2009), Pedro Calzadilla (2011/2012), Fidel Barbarito (2013/2014), Reinaldo Iturriza (2014/2016), Freddy Ñáñez (2016/2017), Adán Chávez (2017), Ana Alejandrina Reyes (2017), Ernesto Villegas (2017 hasta hoy). Son tiempos menos heroicos, más rutinarios en su lento abandono silencioso. Hay razones políticas, mezcladas con ineficacia gerencial, en este abandono. Y hay, más simplemente, un progresivo deterioro de casi todo, como vemos en el resto del país, más perceptible mientras más años pasan. No hacen falta ya los grandes gestos amenazantes del inicio. Los que vinieron después continuaron con más bajo perfil otras fases del desmontaje. Abandono de las infraestructuras físicas, pero también abandono de la creatividad necesaria para hacer mucho con relativamente escasos recursos –como ha sido costumbre–. En los museos todo esto se hace demasiado evidente, pues siendo connaturalmente sitios de lo visible, no solo exponen objetos sino que –para bien o para mal– se exponen ellos mismos a la visión pública. No se cierran los museos (como se temió en tiempos más fieros) pero en general, unos más que otros, hoy están vulnerados de facto.
Ya allí la mayor o menor resistencia y resiliencia depende de cuánta mística, sentido de responsabilidad patrimonial o apego haya tenido, y tenga aun, el personal sobreviviente. Dos modos hay en esto:
1- Un modo: resistir y defender los aspectos técnicos específicos, el cuido, registro y memoria de los patrimonios (en los museos, bibliotecas, cinemateca, etc). El personal del Museo Alejandro Otero, por ejemplo, evitó el cierre en 2009, cuando sus empleados unieron fuerzas con consejos comunales y con Misión Cultura en lo que llamaron “Todos juntos contra el cierre”.
2- Otro modo: hibernación hasta la jubilación. A varias generaciones de especialistas les ha estado llegando el tiempo de jubilación. Mientras esperan, también siguen cuidando los patrimonios. Pero preocupa que no han sido formados los suficientes relevos necesarios.

La migración. Dos maneras
Simultáneamente, y como consecuencia de este estado de cosas, se ha ido dando, desde los primeros años de este gobierno y crecientemente después, la migración de personas desde los entes públicos a otros lugares.

Dos formas de migración:
1- A otros países. Allí están tanto los que pudieron continuar y crecer en lo suyo –un grupo afortunado–, como los que vieron quebrantada, al menos por ahora, su carrera en las artes y tuvieron que reorientarse: a profesores de español u otras labores. En síntesis: una pérdida de capital humano, que se formó con los recursos del Estado durante años o décadas, y ahora engrosa la diáspora de todas las profesiones.
2- Migración dentro de la misma Venezuela. Aquí se dan varias formas:

  • La creación de nuevos proyectos y organizaciones (emprendimientos) por parte de ex-miembros del sector cultural público (con las valentías, virtudes y fragilidades connaturales).
  • O la incorporación de ese tipo de profesionales a un sector ya institucionalizado (organismos ya constituidos, universidades, entes privados, etc.).

Dos situaciones cabe destacar: por una parte, una ausencia de actividad relevante desde las instituciones culturales del Estado, que durante décadas habían sido referentes de logro y excelencia, reconocidos dentro y fuera del país. Y, por otra, y aportando un valioso equilibrio, una presencia significativa de la cultura en una serie de proyectos privados, tanto los nuevos que han surgido en estas dos décadas (en algunos de los cuales han colaborado directamente esos migrantes que salieron bien formados desde las instituciones del Estado) como los espacios que ya tenían trayectoria y ahora se han visto reforzados. Los migrantes especialistas han hecho su aporte y ellos mismos trabajan hoy con más independencia en los circuitos de resistencia.
Hoy día, cualitativa y cuantitativamente hay diferencias notables en la producción de ideas, de exposiciones, de publicaciones, de curadurías de un lado y de otro. Pero, a pesar de esto, vale notar que en ambos lados los temas vinculados a lo político se reiteran. Lamento tener que decir que con voluntad adoctrinante en un caso, y con voluntad usualmente analítica y crítica en otro. Y lamento también parecer maniquea con esa frase. A veces no queda más remedio. Mencionaré, solo a modo de ejemplo, algunos títulos de exposiciones colectivas: en instituciones del Estado, por ejemplo, El camino de la Revolución, Museo Jacobo Borges; Exposición temática sobre el 4-F, Museo Alejandro Otero; Febrero rebelde. En memoria del pueblo, Biblioteca Nacional. En el Concurso 4F Revolución de Febrero ganan las obras tituladas: “El comandante”; “Chávez, mi motivo”; “Monumento al 4F”. Y así… En el circuito paralelo se presentan exposiciones colectivas de tono crítico, como Onomatopeyas visuales en tiempos difíciles, o Lo político, en Galería Carmen Araujo; Historiografía Marginal del Arte Venezolano (2012); País en vilo (Galería Faría-Fábregas); Ética-Estética-Política, 2013, Galería GBG Art; entre otras.

Sobre los artistas
Los artistas han continuado su intimidad creativa y han seguido trabajando diversidad de temas –la ciudad, la vida, la naturaleza–. Pero además han dado atención creciente a la violencia, la mentira política, las agresiones a la ética, los exilios, los derechos humanos. Una vocación política permea al arte contemporáneo, aquí y en otros países, por una parte como pulsión a contaminarse con materias y dolores de un mundo aconteciendo y, por otra, como deseo de los creadores de incidir con sus obras en la realidad que los trasciende.
La política es parte de la existencia humana. Pero cuando penetra, como aquí, todas las instancias ¿cómo podría ignorar el poeta, el fotógrafo, el pintor, tal politización de la vida y un afán totalitario que crece como magma cubriendo todos los estratos, apoderándose de instituciones y mentes? Así, que un creador asuma compromiso político se vuelve tan natural como lo es que un pintor que habita entre paisajes conmovedores haga del paisajismo su género, y de la naturaleza su pasión. En Venezuela, el país político estimula hoy un denso tejido entre la interioridad del creador y lo que se destruye o sobrevive afuera. Aquí la politización de la vida se ha convertido en una especie –inestable y trágica– de nueva naturaleza.
Hacer visible, por parte del arte, de los artistas y curadores, es también visibilizar que un límite ético ha sido violentado por la desmesura de algún poder.
Finalmente quiero agradecer a esta nuestra queridísima casa de El Buscón, a Katyna Henríquez y su equipo por su incansable entusiasmo, y más ampliamente a este espacio del Trasnocho Cultural dirigido tan certeramente por Solveig Hoogesteijn. Lugar especialísimo en el circuito alternativo, tan activo y motivante en estos años difíciles. Espacio múltiple donde cada presentación de cine o teatro, literatura o plástica actúa como luminosa respuesta ante el riesgo de depresión en tiempos tan oscuros. Celebremos este lugar, así como tantos otros espacios que conforman un valioso circuito de resistencia y que dentro del país nos están ofreciendo momentos para la lucidez, la belleza y la esperanza. Y la esperanza, por cierto, no es solo una promesa de futuro sino una constructora de posibilidad, ya desde el presente.
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Referencias
(1) Carlos Guzmán. Ininco, UCV.
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Estas notas fueron elaboradas por la autora para guiar su participación en el foro “Presencias y ausencias en la cultura venezolana”, realizado en la Librería El Buscón, el 13 de junio de 2019.


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