Performance Marx Palimpsesto (2016) / Deborah Castillo©

Por JO-ANN PEÑA ANGULO

La idea de la lucha de clases es una constante histórica del marxismo. Su apología acompaña a sus programas ideológicos y emocionales. La hostilidad y la rivalidad contenida en ella configura sus representaciones del mundo. No busca consensos ni reconciliaciones. La imposición sobre el otro, la guerra y la confrontación ocupan toda su atención. En este contexto ideológico, se incentiva la idea de la guerra, asociada con el supuesto de la justicia social, históricamente ignorado. En el fondo, prevalece la idea de la venganza histórica como principio para definir guerras buenas y guerras malas.

Hablar de historia se convirtió en sinónimo de lucha de clases y esta a su vez en el motor de la historia. Entendida como característica inherente de la humanidad, la lucha de clases se coló como principio y fin de proyectos pasados y contemporáneos. Como herencia decimonónica, este núcleo conceptual permeó cultural y políticamente a diversas sociedades.

Desde entonces, la idea de la lucha de clases y su papel como “motor de la historia” revela la inherencia marxista a la inevitabilidad de la guerra. En este sentido, el historiador Dirk Blasius nos recuerda que los llamados padres fundadores del marxismo eran receptores directos de las ideas de Clausewitz, quien en una de sus obras se pregunta:¿Cuál es el concepto de defensa?”. Detener el golpe. ¿Cuál es entonces su signo característico? La espera de ese golpe. Este es el signo que hace de cualquier acto un acto definitivo”

Igualmente W. B. Gallie nos recuerda que Engels fue uno de los primeros teóricos militares en concebir la lucha de clases como núcleo de las guerras futuras. Resalta en esta hipótesis, el papel de las presiones económicas y la defensa.

Ambos aspectos del conflicto futuro, definidos en la debilidad y en las limitaciones de las necesidades básicas de uno de los oponentes, nos remiten a la estrategia militar del asedio y la derrota del enemigo. Cuando esto fracasa, nos dice Clausewitz, es fundamental retomar los objetivos políticos de la guerra.

Se devela de esta forma la argumentación política de la lucha de clases y su concreción social en la toma del poder por parte del proletariado. El postulado marxista como objetivo político y origen del conflicto, será la norma para la acción militar y la toma ideológica del poder. ¿Es esta la construcción ideológica del chavismo sobre las relaciones civiles-militares?

Este hecho norma el objetivo político de la guerra, la misma se concibe en Venezuela bajo el ideario nacional revolucionario, en el que el giro semántico de la triada Bolívar-Patria-Nación se asocia finalmente con el pretorianismo y el socialismo. Bajo la influencia ideológica, el pretorianismo expresado en los militares políticamente motivados tendrá en Chávez la figura del líder carismático y popular.

La lucha de clases se convierte en argumento válido para la idea de la guerra. W.B Gallie expresa claramente que “el marxismo no rechaza la guerra en general como algo inherentemente malvado o irracional”, de hecho aprueba algunas guerras, aquellas destinadas a liberar a las clases oprimidas. De allí que sea importante reflexionar sobre la naturaleza militar del marxismo para comprender la fisonomía de la cultura militar del chavismo y su modelo ideal de relaciones civiles-militares.

Aceptado y justificado el conflicto, la política se diseña en términos defensivos. Cuidarse del enemigo interno y externo, argumento de la tesis de la seguridad nacional, justifica la vigilancia como práctica cotidiana. En ella, se identifican a los que disienten y piensan distinto, combatirlos o adaptarlos será clave en este proyecto ideológico.

La forma como los individuos conciben el mundo es crucial. Si la realidad está definida por los cambios sociales, derivados de la toma de los medios y las relaciones de producción, tal como lo esgrime el marxismo, la lucha de clases modelará la representación de la realidad. Basta remitir la toma de los medios de producción por parte de los militares comprometidos con el chavismo, con la complicidad de la pequeña élite civil gobernante.

En este punto, suele haber discrepancias. Quizás la mayor de ellas sea la creencia generalizada sobre el “simple“ pragmatismo del sector militar que antepone sus intereses económicos sobre cualquier otro aspecto vinculado a la ética, la moral y a su responsabilidad con la nación. Este aspecto recobra especialmente fuerza cuando se hace referencia a su naturaleza corporativa y a la imposibilidad de escapar de ella. Para responder a esto, debemos entender cómo la ideología tergiversa y falsifica la realidad. Un individuo sometido a un proceso de ideologización constante representa e imagina el mundo a partir de ella. Estar sometidos a altos niveles de ideologización sirve para encubrir todo tipo de actividades humanas. Es un factor que no debemos desestimar. En el caso venezolano, los militares políticamente motivados y los militares políticos finalmente convertidos en políticos militares influenciados por el marxismo no conciben en su imaginario una idea distinta de la guerra ni del mundo.

En realidad no es un argumento nuevo. Como bien lo han demostrado algunos teóricos, como Jan Angstrom y J.J. Widen, esta idea tuvo un gran impacto en la planificación, la doctrina y la concepción de la guerra de las Fuerzas Armadas en la Unión Soviética. Puede decirse entonces que de allí se irradia al sector militar de los diversos países bajo su influencia.

El historiador Domingo Irwin expresaba: “La acción del 4-Febrero-92 fue de un matiz populista-nacionalista y con documentadas relaciones con sectores marxistas radicales”. ¿Quiénes ejercen el poder en Venezuela desde 1999? Es siempre una buena pregunta.

Consideraciones sobre este tema hay muchas. Irwin, en su amplia obra escrita, deja clara la impronta marxista dentro del sector castrense venezolano. Concretamente explica que ya para los años 70 del siglo XX había contactos entre jóvenes militares y grupos políticos de la extrema izquierda. Esto ocurrió a pesar de la prohibición de la beligerancia, el proselitismo político, así como de la injerencia militar en la política del país. Aspectos que vieron su fin con la inclusión del voto militar en la Constitución venezolana de 1999.

Las ideologías poseen la habilidad de adaptarse a los distintos contextos culturales. Al vincularse con el poder político y militar se desarrollan como contenidos programáticos. Indagar sobre su incidencia en este y en otros sectores de la sociedad venezolana es un tema fundamental para comprender los patrones ideológicos del imaginario político y cultural venezolano del siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI.

El itinerario cultura-ideología es el trasfondo del llamado nuevo pensamiento militar del chavismo. Subyace en él la idea de la lucha de clases, que configura la relación militares-poder político y el modelo pretoriano en Venezuela. No en vano Domingo Irwin se refirió a la militaridad como “modelo cultural militar” partiendo de su objetivo principal: la militarización de la sociedad venezolana. Todos estos elementos sociales y culturales tienen relación con el mundo militar y con la construcción de las representaciones históricas.

Recordemos la explicación de Roger Chartier sobre las dinámicas sociales: “Es en su funcionamiento mismo, en sus figuras y sus acuerdos como la significación se construye y la ‘realidad’ es producida”. Las percepciones y representaciones del “otro” tienen aquí un papel crucial.

En este punto, es primordial diferenciar entre historia militar, pensamiento militar, sociología de la guerra, teoría militar y doctrina militar, especialmente cuando se estudian las relaciones civiles-militares. Efectivamente en todas ellas el contexto histórico e intelectual alimenta las percepciones sobre la guerra, sin embargo, el estudio de las relaciones entre civiles y militares exige analizar sus dinámicas propias. No es lo mismo estudiar, narrar o describir el arte de la guerra, la logística, componentes y estrategia militar que preguntarse sobre lo problemática que pueden resultar las relaciones civiles-militares. De ellas depende la configuración del entramado político y social de un país.

En este sentido, la militaridad no solo es un concepto surgido dentro del sector militar venezolano en el año 2012, contenida en el trabajo especial de grado La Militaridad en el Estado Democrático y Social de Derecho y de Justicia, como lo señalan los historiadores Domingo Irwin y José Alberto Olivar, sino un programa de acción dirigido principalmente a la transformación de sociedad venezolana. En el prólogo de la obra, hecho por la almiranta Carmen Teresa Meléndez, puede leerse:

…la Militaridad es una cualidad que se traduce en hacer de la defensa de la patria [SIC] una guerra popular prolongada de desgaste y de posiciones asimétricas, no convencional…El “modelo de la Militaridad” en las dos grandes dimensiones que abarca: Cultura Militar Bolivariana y sus pares dialécticos, y la Metodología para la Militaridad

Este modelo cumple con el principio básico de todo programa autoritario o totalitario: hacerse omnipotente y omnipresente en los espacios ciudadanos, imbricarse en sus prácticas cotidianas y hacerse uno con ella. El “destino histórico de la lucha de clases” va conformando la conciencia histórica de las sociedades. Admitiendo el desenvolvimiento natural hacia la guerra no es extraño el papel atribuido por el Estado y el gobierno venezolano a la tesis de Norberto Ceresole “Caudillo, ejército, pueblo” establecida en la milicia bolivariana, columna armada e ideológica del chavismo para la transformación de la “patria socialista”.

La idea de la defensa de la patria es sinónimo de defensa de la revolución bolivariana. ¿Y cuál es el contenido ideológico de esta revolución? En este sentido, poco se ha estudiado sobre la idea de la guerra como lucha de clases contenida en la militaridad y su repercusión en el modelo de Estado y en la naturaleza de las relaciones civiles-militares en Venezuela.

En estas relaciones, así como en todos los entornos sociales, las representaciones discursivas y simbólicas identifican, aglutinan, reúnen y delimitan. La construcción ideológica de la militaridad parte de una forma específica de percibir el mundo. Estudiar su contenido es crucial para comprender la dinámica de estas relaciones.

La preeminencia de lo militar sobre lo civil resume el concepto de militaridad. Sus bases están bien definidas. Su ejecución y puesta en práctica revela su naturaleza no democrática. De esta forma, los usos, visiones y prácticas del mundo de armas se inserta en el mundo civil que —lo quiera o no— termina adaptándose a la cultura militar bolivariana. En medio de este proceso, la figura de Simón Bolívar y su construcción ideológica es fundamental.

En tal sentido, la metodología para la militaridad, retomando las palabras de Meléndez, describe no solo el conjunto de métodos destinados para su ejecución. Dada la experiencia venezolana, retomamos la explicación de Clausewitz sobre la tendencia final de la metodología de la guerra destinada a establecer una verdad media, “cuya aplicación uniforme y constante adquiera pronto algo de la naturaleza de una habilidad mecánica que al fin actúa con justicia casi inmediata”. Lo importante es la aplicación de los métodos para la acción y no los principios generales como tal. Este hecho niega el sentido y el espíritu mismo de la ley. No es de sorprender entonces el abuso de los pretorianos.

Nos preguntamos siguiendo a Clausewitz, ¿cuál es el objetivo final de la metodología de la militaridad? ¿Será establecer una verdad media cuya aplicación constante amerite convertirla en una habilidad mecanizada que actúa en nombre de la “justicia”?

En esta cultura militar bolivariana, el control de los individuos es requisito obligatorio. No importa los métodos que se usen. El entorno cultural y el contexto histórico se convierten en el campo de experimentación y ejecución de la nueva cultura militar. Esta argumentación es crucial para comprender la naturaleza militar y el objetivo político de la lucha de clases. De esta forma, como lo expresan Angstrom y Widen: “La ideología y su expresión cultural afecta a quienes toman las decisiones así como a las comunidades donde operan consciente como inconsciente”

La apología a la guerra se ha hecho práctica política en Venezuela. Definida desde la naturaleza pretoriana del chavismo cumple la lógica del asedio moral y simbólico, el ataque y la defensa permanente. El elogio a la cultura de la guerra, la confrontación y el discurso guerrerista, herencia del marxismo, transforman a partir de 1999 el imaginario político y cultural en Venezuela. La naturaleza pretoriana del chavismo cumple la lógica del asedio, el ataque y la defensa permanente. Los enemigos a vencer, las estrategias y mecanismos ideológicos centrados en la lucha de clases conducen a la preeminencia de lo militar sobre lo civil y a la transformación del Estado.


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