Katya Adaui Sacheri | Veronica Bellomo

Por KAREN LENTINI GÓMEZ

Se muestra así piadosa y feroz al plasmar el enjambre de las emociones humanas. Katya Adaui Sacheri (Lima, 1977) se revela como una de las exponentes del movimiento del realismo especulativo. Consciente de los límites del lenguaje, busca la expansión y la permeabilidad lícita de la lengua.

Posee la capacidad de sumergir al lector en las profundidades de sus historias, no con la intención de conquistar su intelecto, sino llegando hasta las entrañas con la sutileza de un sable.

Con su singular sensibilidad, contempla y describe el mundo a través de un lenguaje trabajado a conciencia, que llena de oxígeno con la composición de una prosa de rasgos líricos. Una autora que da un soplo, y deja incertidumbres típicas de sus obsesiones convirtiéndolas en propias.

La obra de Katya Adaui se consolida como una narrativa sobre la finitud y complejidad humana, que se anida en la infancia y florece en la edad adulta. Textos que se cuelan dentro debido a su experticia en tratar la confluencia y la discordancia que habita en los seres humanos, y que se hace patente en la creatividad de los títulos. Con su entrega y dedicado ánimo, se asegura de hallar la formación de palabras lo más cercana a la perfección.

Gran exponente de la literatura en español que ha sabido destacar en ambos lados del mar. Heredera entre otras de Clarice Lispector, Virginia Woolf y Carmen Ollé.

Autora de la novela Nunca sabré lo que entiendo (2014) y los libros de cuentos Un accidente llamado familia (2008), Algo se nos ha escapado (2011), Aquí hay icebergs (2017), Muy muy en Bora Bora (2019) y Geografía de la oscuridad (2021).

Máster de Escritura Creativa en la Universidad de Tres de Febrero, de Argentina, lo que supuso un antes y un después en su concepción de la escritura. Sus artículos y crónicas han aparecido en diferentes revistas y medios digitales, y los relatos han formado parte de diferentes antologías.

Actualmente vive en Argentina, dicta talleres de escritura y sus libros han sido publicados en España, traducidos al inglés y al italiano.

Según decía el escritor ucraniano Iliá Ehrenburg: «Debemos abandonar el concepto de que un escritor es un mero observador: no es una cámara. Se espera de él que presente lo que no es visible de entrada. Debe revelar el mundo interior del hombre». Las historias de Katya Adaui permanecen y se bifurcan, no acaban en el punto final que coloca la escritora.

Apenas se puede explicar la dimensión de la obra de esta autora que sacude, perturba y desestabiliza al lector, como una voz sigilosa que exalta el silencio, llena el vacío, y sujeta al lector frente al precipicio, forzándole a contemplar las bellezas escondidas en el infinito.

—¿El anclaje de su obra de dónde proviene?

—Del hecho extraordinario de estar viva aquí y ahora. Las obsesiones narrativas provienen del territorio de la infancia, pero no son infantiles. Jamaica Kincaid escribe en Lucy: “Tenía memoria, tenía rabia, tenía desesperación”. Al presentar un texto de ficción no podemos decir: “A mí me pasó”. A lo largo de la vida, dure cuanto dure, a todos nos pasarán cosas preciosas y terribles y que algo haya pasado no lo hace literario, solo anecdótico. Mi búsqueda literaria está mediada por la búsqueda de un lenguaje que persigo porque me persigue.

—En una entrevista ha señalado que leer para usted «era un espacio de mucha irrealidad». ¿Cómo era ese espacio y cómo esa sensación ha marcado su obra?

—Leer como refugio. Me salva la vida cada día. Me da un oficio, un hábito, una vocación, un amor, varios países, amistades, diálogos sensibles; sobre todo paz en cada duelo, alegría en la alegría; silencio y concentración. La lectura y la escritura son casa para mí, van tomadas de la mano, en ellas puedo confiar y entregarme. Están plenamente rodeadas de vida.

—Jorge Luis Borges afirmaba: «La inteligencia tiene poco que ver con la poesía. La poesía brota de un lugar más profundo, está más allá de la inteligencia, ni siquiera tiene que estar vinculada con la sabiduría. Es algo que tiene vida propia, que posee su propia naturaleza y esa naturaleza es indefinible». ¿De dónde emerge el lenguaje poético de Katya Adaui?

—Nos quedamos en un texto por la trama, por la atmósfera, por el brillo del lenguaje, por cierta incomodidad, porque ha dicho nuestro nombre sin decir nuestro nombre. Yo me quedo por el lenguaje. Quiero habitar mi lengua. ¿Cómo decirlo mejor? ¿Cómo estar a la altura de un vocabulario que da cuenta de lo terrible y de lo amoroso, que da cuenta del malentendido? ¿Cómo hablarle a un corazón ajeno al mío?

—¿Es capaz de imaginar una narración sin el sustrato del tema familiar, sin eso que denomina «implosión»?

—Hebe Uhart decía “lo que hay es la vida”. Me amparo de realidad; lo que conocemos se puede volver desconocido de un día para otro. O al revés, nos volvemos desconocidos para quien aseguraba conocernos. Ese instante en que todo cambia me preocupa mucho: no lo vimos venir y lo vimos venir. La zona de ambigüedad. Todo lo monstruoso y toda la luz. También me gusta dar cuenta de las plantas y de los animales. Tove Jansson en “La verdad increíble” nos muestra a una chica en la nieve, haciendo números y trámites, casi una notaria, junto a un pastor alemán al que no ha nombrado. Ella sabe que el perro no la quiere, pero la respeta, sus sombras se funden cuando avanzan. Para Joy Williams, los cuentos deben tener animales para dar su bendición. Es decir, no tienes que quererlos, pero no puedes pretender que no existen.

—¿Cuál de sus cinco sentidos dicta sus historias?

—La vista y el oído. Cuando escribimos estamos mostrando nuestra visión del mundo: qué vemos cuando vemos. En los talleres que dicto en línea semana tras semana, la escucha es muy importante. No copiamos los textos en el chat, todos tenemos que entrenar el oído, prestar atención al texto siendo leído dos veces seguidas en voz alta: a la primera se te pasarán cosas, a la segunda te explotarán los detalles. Es muy difícil, pero una vez que escuchas bien, lees mejor. En la lectura en voz alta, pescamos errores, debilidades, repeticiones innecesarias y también los aciertos que es cuando decimos: ¡qué bien ha pensado! Pero me interesa que el texto entre al corazón por todos los sentidos. Que huela, que tenga sabor, que tenga textura, de preferencia, una rugosa: de cicatriz, de celulitis, de estría, de montaña, de camino de ripio, de bache, de selva apretada, de mar bravo, de tripa, de rulo.

—¿Qué elementos debe tener una obra literaria que no se quede en una mera anécdota?  

—Cuando leo un buen texto todo me vibra por dentro, porque disfruto muchísimo de estar frente a un ser inteligente y sensible. Voy viendo cómo ha ido construyendo un sistema de asociaciones que —a partir de lo singular— vuelve universales preguntas sobre la vida misma. Un buen texto ofrece preguntas que tal vez no se pueden responder, es una invitación a pensar. Toda botella lanzada al mar con una nota espera ser recogida y leída alguna vez. Un buen texto aspira a conversar, a ser solidario y generoso. No subestima. No encripta. No da por hecho.

—«Cada secreto del alma de un escritor, cada experiencia de su vida, cada cualidad de su mente está escrita en sus obras», Virginia Woolf. ¿Dónde está el límite?

—El límite estaría, creo yo, en que no se puede contar todo. Es una aspiración imposible, una fantasía desmesurada, egocéntrica. El texto debe saber callar a tiempo y abrirse al silencio: este es el acto más generoso, porque sin ser explicativo, sin hablar más de lo necesario, saltando entre elipsis, sosteniendo un misterio, se permite que quien lee entre, desee completar: siente que es acogido y no expulsado de la fiesta.

—Aquí hay Icebergs, Geografía de la oscuridad, Algo se nos ha escapado, Nunca sabré lo que entiendo. ¿La sustancia de su narrativa está en el fondo, oculto, disuelto?

—La escritura llega por sedimentación y rebalse. Yo vivo acumulando para después, anotando, registrando, archivando. Camino con libretitas. Voy sacando fotos. Presto atención a la potencia volcánica de un encuentro. Si este mundo sigue adelante es por la ternura. En cada cosa que escribo intento dejar lugar a la ternura. Recuerdo a Godard: “Nunca hemos estado lo suficientemente tristes como para hacer de este mundo un lugar mejor”.

—¿Podría explicar un poco más la conexión entre ternura y lenguaje?

—Llegamos a la vida desde un léxico familiar, en términos de Natalia Ginzburg, con las improntas que nos fueron dejando nuestros padres o quienes tuvieron alguna actitud materna o paterna hacia nosotros. Los modos del decir que formaron nuestro cotidiano, con su cúmulo de aprobaciones, apodos, reproches, engaños, buenas noticias, griteríos, susurros, todo eso. Palabras capaces de ensalzar o denostar en segundos, de iniciar la tregua o la guerra, entonces, si resguardamos la ternura a través de la personalidad de nuestros personajes, estamos creando un mundo habitable, como el nuestro lo es todavía. Abbas Kiarostami en su película El viento nos llevará nos muestra a uno de sus personajes muy enojado, pateando una tortuga en el camino. Qué dolor verla patas para arriba, su indefensión. Pero sabiamente deja que la cámara siga al personaje mientras se aleja y vuelve a la tortuga poniéndose boca abajo por su cuenta y caminando tranquila. Kiarostami hace de Dios piadoso. Cualquier otro director con menos sensibilidad dejaba a la tortuga sufriendo al sol. Ese es el lenguaje de la ternura, capaz de hacer milagros.

—Para cerrar quisiera saber si la literatura le ha permitido «mantenerse en la realidad mirando lo que quiere», y removiendo a sus lectores de una manera más sutil, ¿o la literatura no tiene nada de sutil?

—La literatura me ha permitido salir de la realidad estando en ella, la fuga interior. Yo no pienso en “lectores”, puesto que no los conozco, sino en una sola persona que irá a comprenderme, un eco entre dos, una correspondencia entre pares. Un texto no debería aspirar a ser transparente —no hay misterio en la transparencia, sino obviedad y lo obvio suele tornarse aburrido—. Debería pretender ser claro: decir lo que tiene que decir, singularidad que se comparte, sin manipulaciones ni golpes bajos; en el boxeo te quitan puntos por golpes bajos.

— ¿Considera que un ambiente amenazante puede favorecer la creación?

—No necesariamente. Se necesita un estado neutro para escribir, poder recrear la emoción, no es mímesis sino decantación de una experiencia. Ya hay bastante dolor a nuestro alrededor como para crear solo desde la pérdida o el miedo. Pero sí es cierto que para hacer literatura honda, nivel apnea, y no superficial y olvidable, se necesita haber acumulado tiempo de vida, haber aprendido algo.


El periodismo independiente necesita del apoyo de sus lectores para continuar y garantizar que las noticias incómodas que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. ¡Hoy, con tu apoyo, seguiremos trabajando arduamente por un periodismo libre de censuras!