Mucho se ha escrito sobre la traducción literaria, bastante menos sobre sus autores, carentes en su mayoría, y durante muchos siglos, de cualquier tipo de crédito o reconocimiento dentro de las páginas del libro. Una injusticia vista con absoluta normalidad mientras no se aceptara que en un buen traductor de literatura vive también, indefectiblemente, un creador. Y más aún: un intérprete de mundos, porque el conocimiento profundo de ambas lenguas (la original y la terminal) implica asimismo la comprensión de dos formas distintas de pensar, de aprehender la existencia. No obstante, más allá de las tantas teorías al respecto, los lectores de un libro originalmente escrito en otra lengua esperan no tener que reparar en la existencia del traductor. Quien haya conocido a Julieta Fombona de seguro asociara esa exigencia a su trabajo con su propio temperamento, con ese pasar inadvertido, con ese no ser notado demasiado.

Ella ha sido nuestra traductora por excelencia, no solo por la cantidad de libros que tradujo del inglés y del francés, sino porque es el único escritor venezolano que decidió asumir la creación literaria casi exclusivamente desde ese reservado oficio. Es posible que su mayor placer como escritora se encontrara en sumergirse en los vericuetos de la(s) lengua(s) en busca de analogías de sentido y forma; suerte de pesquisa en la que el buen traductor, como el buen detective, debe también saber cuándo respetar su instinto. (¿Acaso de allí su afición a los relatos policiales?).

Pero además de esta tarea que constituyó su forma de vida y de vivir la lengua y la literatura, existen testimonios de que en ella también habitaba una notable ensayista, relegada sin embargo en nombre de esa otra pasión que le resultaba más urgente.

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Nació en Caracas en 1934. Para entonces, su padre, Jacinto Fombona Pachano, integrante de la llamada Generación del 18 y del renovador grupo Viernes, era ya un nombre destacado en el panorama de las letras venezolanas e individuo de número en la Academia Venezolana de la Lengua, un nombre ineludible en cualquier estudio o antología de la poesía del país. Fue la segunda de los cuatro hijos del matrimonio de Fombona Pachano con Julieta Zuloaga Blanco.

Desde muy temprano el inglés y el francés formaron parte de su cotidianidad y estudios, en especial el primero, debido a que en 1939 la familia se traslada a Washington porque el padre es nombrado consejero en la Embajada de Venezuela. También en Estados Unidos dará inicio a sus estudios superiores en Pine Manor, Boston, pero allí cursará solo durante un breve tiempo. La verdadera vida universitaria la espera en Caracas durante los convulsos años del régimen perezjimenista, contra el cual va a mantener una participación activa junto con Manuel, su hermano menor, uno de los tantos jóvenes que por aquel entonces no pudieron librarse de una temporada carcelaria. Para cuando egresa de la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela en 1958, hacía meses que el dictador había huido. Ese mismo año se casa con Guillermo Sucre, otro muchacho muy comprometido políticamente. Poeta y ensayista, Sucre se convertirá en su compañero intelectual y de vida durante casi tres décadas.

Algunos meses después de casarse, la pareja viaja a París para continuar estudios. En La Sorbona Julieta cursa Literaturas Comparadas y luego Filosofía. Uno de sus profesores, Lucien Goldmann, va a ser de sus primeros autores traducidos: La Ilustración y la sociedad actual, inédito para entonces en francés, aparece en 1968 como parte de los diez títulos con que Monte Ávila Editores inaugura su catálogo. La estadía en París duró algo más de dos años, y cuando regresan, en 1962, vienen acompañados de los dos primeros hijos: Guillermo e Inés. Dos años más tarde nacerá Natalia.

Entre 1964 y 1967 vemos aparecer ocasionalmente, sobre todo como traductora de poemas o de breves textos literarios –algunos de ellos de Mary McCarthy, Eugene Ionesco o T.S. Eliot–, el nombre de Julieta Sucre o Julieta Fombona de Sucre en dos nuevas revistas culturales, Zona Franca e Imagen, conducidas por Guillermo Sucre entre otros. Trabajos suyos originales encontramos solo tres, el primero de ellos firmado con el seudónimo de Daniela Cresu, lo cual no deja de decir algo más sobre esa mujer a la que nunca parecieron preocuparle los reconocimientos. A partir de 1988 usará únicamente su nombre de pila: Julieta Fombona.

Después de un par de largas estadías en Estados Unidos, en 1975 los Sucre-Fombona se establecen definitivamente en Caracas. Desde entonces la traducción la ocupará hasta el último de sus días.

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Con este libro se brinda un reconocimiento a la ensayista, dando a conocer su dispersa y breve obra, pero no por eso menos valiosa. Aunque algunos de los textos puedan ser calificados de artículos o reseñas, su coherente desarrollo y profundidad analítica bien les merece la calificación de ensayos, incluyendo la concisa nota de presentación que hizo para su traducción de Roland Barthes por Roland Barthes (traducción que por cierto recibió elogios de Severo Sarduy, quien así se lo hizo saber a Barthes). En cada uno de ellos su aguda mirada crítica es capaz de captar detalles poco perceptibles y asombrosamente reveladores. Una mirada que de seguro mucho le debe a la meticulosa y constante tarea de buscar el verdadero sentido, por sobre el evidente sentido, de las palabras y el decir.

El volumen, dividido en tres partes, abre con los doce ensayos compilados y presentados por orden cronológico. Todos remiten a obras literarias específicas o a autores, con excepción de los dos dedicados a sendos filmes de Werner Herzog y Robert Altman, figuras cumbres del cine del siglo xx, y donde Fombona se nos revela como una experimentada y perspicaz espectadora. Asimismo, buena parte de ellos pueden ser considerados “complementos” de una traducción, encargos de Fundarte o de Monte Ávila Editores a manera de presentación o prólogo. Gran acierto por parte de estas editoriales, pues en efecto, al ofrecer la mirada crítica del propio traductor, ellos constituyen, tal como lo señala Natalia Sucre en el trabajo que cierra la última sección, “una extensión –quizá un desbordamiento– de la praxis literaria que fue la traducción para [Julieta Fombona]”. Sin embargo, cabe acotar que esa peculiar y lúcida manera de aproximarse al texto literario se aprecia igualmente en las reseñas para revistas y periódicos de los años sesenta y setenta, en la magnífica presentación que hiciera en 1982 para la edición de las Obras de Teresa de la Parra en Biblioteca Ayacucho, así como también en sus ensayos sobre esos otros textos narrativos que son las películas.

Dado que es imposible referirnos a Julieta Fombona sin contemplar la que –como hemos dicho– fue su labor fundamental, en la segunda parte se ofrece el contenido completo del número que en 1974 dedicara a Gertrude Stein la famosa revista mexicana Plural, cuya selección de textos, presentación y, por supuesto, traducción, estuvo a cargo de Fombona. Aparte del arduo y delicado trabajo de traducción que sin duda implica cualquier intento por volcar el estilo único de Stein en otra lengua, destaca aquí el extenso y esclarecedor ensayo sobre su obra, el cual retomará y ampliará décadas después en el prólogo que acompaña la edición de Monte Ávila Editores de Melanctha (una de las tres narraciones que conforman Three Lives).

En cuanto a la tercera parte de este libro, la intención fue brindar un testimonio directo sobre diferentes facetas de su trabajo de traductora. Pero el propósito se supera, pues cada uno de estos tres textos contiene también varias piezas de un personaje, piezas que nos permiten armar un certero retrato de la personalidad y cualidades de Julieta Fombona. El de María Antonieta Izaguirre, psicoanalista y miembro del Foro del Campo Lacaniano de Venezuela, se refiere a su participación en el Foro como traductora de Lacan; Sandra Caula la rememora desde su papel de discípula en el taller de traducción de Monte Ávila Editores; y por último su hija, Natalia Sucre, se adentra en su forma de trabajo, método y búsquedas, como si se tratara de un diálogo pendiente con la madre.

El volumen cierra con una lista de los libros y seminarios de Lacan que tradujera.

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A grandes rasgos, en estos ensayos no puede dejar de llamar la atención –como anota también Natalia Sucre– que la mayoría estén dedicados a obras de mujeres escritoras. Una atracción que, lejos de algún feminismo militante o soterrado, podría apuntar más bien hacia la correspondencia emocional con una especial manera de capturar al mundo y relatarlo. De allí el detenerse en el hecho de que “el material que emplea Nathalie Sarraute en la construcción de sus novelas no son los actos, los hechos, las palabras que parecen caracterizar la conducta humana y que se desarrollan en el mundo exterior, a la vista de todos […] sino toda esa trama de movimientos internos, siempre cambiantes, siempre en formación, que subyace tras todo acto cumplido, toda frase pronunciada”. O que en La edad de la inocencia Edith Wharton recalca “el papel arbitrario pero estable que desempeñan los objetos. Minuciosamente detallados en su relación con la totalidad fija de un orden cerrado, los objetos conforman una especie de gramática social”. Mientras que al hablar de Teresa de la Parra insiste en su rechazo a la grandilocuencia y lo solemne, tanto a como al reino de la razón, a cambio de la gracia, “ligereza e ironía [de su] tono”; sin dejar de mencionar que “parece haber en ella cierto recelo de la literatura como ejercicio de ese ‘yo individualista y banal’”, lo que completa con una cita de la misma Teresa de la Parra sobre Amarilis, una poeta anónima de la época colonial: “Tal vez sea su principal encanto el de haberse quedado en la penumbra dando desde allí una lección de buen gusto a los vanidosos divulgadores de sus medio-talentos”.

Por otra parte, su interés en la obra de alguien tan preocupado por la lengua y el habla como Teresa de la Parra, se corresponde con su admiración por Gertrude Stein y Roland Barthes e, incluso, con su esmerado trabajo en los seminarios de Jacques Lacan. “Saber de la lengua –dice María Antonieta Izaguirre– fue lo que acercó a Julieta al psicoanálisis y a la enseñanza de Lacan”.

Aparentemente en caminos discordantes, a Stein y Barthes los une no solo su gusto por lo fragmentario y el hecho de que así escribieron buena parte de sus obras, también el esmerado trabajo (u obsesión) con el lenguaje. Ambos se propusieron fundar nuevas formas de escritura; depurar el lenguaje para alcanzar la esencia de lo real, en el primer caso, o desplegar el mundo de los significantes en el segundo. Si Stein ambiciona –según Fombona– “que el nombre no sea un mero nombre sino la cosa misma que se está nombrando”, la densa y a la vez seductora escritura de Barthes aspira poder abarcar toda la carga de sentido que las palabras llevan consigo. Por su parte Lacan, cuya escritura es proverbialmente complicada, hizo del lenguaje foco primordial de sus teorías psicoanalíticas al formular que el inconsciente se encuentra estructurado como tal.

La traducción de cualquiera de ellos habría de constituir pues un desafío –y sin duda un gozo– para alguien igualmente apasionado por la lengua y sus posibilidades.

Ese profundo conocimiento y gusto por la lengua se hace también presente en estos ensayos, no de otra forma podría darse tanta claridad en una escritura no obstante la densidad de las ideas y a veces gran complejidad de lo analizado. Así, por ejemplo, cuando trata de explicar una escritura eminentemente experimental como la de Gertrude Stein, sus palabras son precisas y contundentes: “El que escribe no habla del objeto, es el objeto que habla por sí mismo. Como en el espacio de la pintura cubista, el objeto se descompone, se fragmenta y se modula para alcanzar su existencia total e intensificar su pura presencia. La narración en la novela no podía ser lineal, cronológica, sino más bien radical […] así también la poesía no puede tener un centro […] ni un desarrollo en el tiempo, sino antes bien, tiene que ser movimiento dentro de un espacio donde el encuentro de uno o más objetos es fortuito como en un cuadro, y donde las relaciones que se establecen entre ellos son contingentes y dependen solo de su estar allí, como en un paisaje”.

Por eso en Julieta Fombona nunca encontraremos frases hechas ni lugares comunes, expresiones rebuscadas o términos complicados: nada que pueda interferir con la comunicación diáfana y comprensible que quiere establecer con el lector.

Igualmente es importante anotar que en sus ensayos nunca se trata de defender algún postulado propio, sino más bien de descifrar o precisar las propuestas de la obra o del autor. Sus atinadas referencias a otros escritores (Proust y Barthes entre los preferidos) siempre tienen esa función, y los frecuentes entrecomillados suelen convocar sobre todo al propio texto tratado. A él recurre una y otra vez –como si propusiera hacer el camino inverso del creador, siguiendo las huellas de migas de pan que este ha dejado en su recorrido– para, finalmente, alcanzar su sentido último.

En su escritura no hay sobresaltos ni artificios. Y a este rechazo de cualquier afectación opone la sencillez y elegancia de una voz que aspira a lo impersonal y que sin embargo contiene un diáfano estilo propio. Así, su erudición no se nota, es discreta hasta el máximo –como lo fue ella misma–, aunque es inevitable que permee a cada paso, tanto en el plano de las ideas como en su manera de expresarlas, es decir, en el manejo del lenguaje. La sólida formación intelectual y literaria de Julieta Fombona luce entonces como un hecho natural, lo que en efecto en ella es. Cosa, por cierto, que el lector de ensayos siempre tiene que agradecer.

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En una editorial cuidadosa de su producción los problemas con las traducciones suelen ser pan de cada día. En los años ochenta y noventa Monte Ávila Editores contaba con una sola persona a quien recurrir para tratar de solventarlos: Julieta Fombona. De allí surge la idea de crear un taller bajo su guía y dirección, en el cual participarían las personas que tuvieran el encargo de una traducción por parte de la editorial; en ese momento, por cierto, todas mujeres. Muchos años atrás, a inicios de los sesenta, Julieta había ejercido la docencia como profesora de Introducción a la Filosofía en la Escuela de Educación de la Universidad Central de Venezuela, pero de seguro aquella experiencia para nada podría compararse con la del taller de traducción. Es importante mencionar este hecho porque gracias a la huella que dejó en ese pequeño grupo privilegiado podemos decir que también “hizo escuela”, tanto por lo que pudo transmitirles sobre el arte de la traducción como acerca del hecho literario mismo.

A propósito de este taller, y aparte del testimonio de Sandra Caula en la tercera parte de este libro, vale la pena citar aquí las palabras de otras dos de sus constantes talleristas.

“Julieta me enseñó a desatar los nudos –dice Amelia Hernández–, cuidar la precisión del léxico, lograr el tono y la fluidez convenientes, trabajar un castellano que se entendiera en Venezuela, pero también en España y América Latina sin perder sustancia. Antes de conocer a Julieta, yo me limitaba a traducir ensayos, no me sentía capaz de enfrentar la novela y la poesía. Un día, cuando le comenté que sentía desasosiego cada vez que debía bregar con los retos que surgen página tras página, con la búsqueda obsesiva de la buena traducción de una frase o de una palabra, a veces durante varios días… Julieta me aseguró que al cabo de tantos años de oficio ella seguía sintiendo ese mismo desasosiego, y que yo debía confiar en mí misma. Aquella respuesta barrió todas mis dudas y sin más temor abracé la traducción literaria”.

Y Aura Marina Boadas recuerda que Julieta las “acercó a través de la labor de revisión de traducciones en el taller hacia otra dimensión que, de ser sistematizada, nos conduciría hacia una formalización de la labor del traductor. Me refiero a la práctica de la tolerancia, al respeto por el otro, al adecuado manejo de la lengua, a la sensibilidad lectora, a la apertura hacia diferentes campos y disciplinas, y sobre todo, a la alta valoración de ese trabajo de mediación intercultural que es la traducción. Todos estos valores los representó ella misma en su desempeño…”.

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Julieta Fombona falleció en 2005 en Nueva York, donde vivía desde 1997. Tenía 71 años.

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El texto anterior es el prólogo de Escritura y traducción de Julieta Fombona, cuya edición estuvo a cargo de Silda Codorliani. Caracas: Editorial El Estilete, 2017.