José Ramón Yepes | Revista La Ilustración Española y Americana

Por EDUARDO CASANOVA

Con José Ramón Yepes (Yepes, no Yépez como se han empeñado varios, entre ellos Domingo Miliani, en llamarlo), nacido en Maracaibo, 1822, y muerto también en Maracaibo, en 1881, se inició (y prácticamente se resolvió) la novela indígena o indigenista venezolana, que siguió un poco, o quizás un poco demasiado, el rumbo trazado por François-René, vizconde de Chateaubriand (1768-1848) y su famosa novela Atala.

Sobre las fechas en que se publicaron las dos novelas de Yepes, Anaida e Iguaraya, hay muchas dudas y no poca confusión. Anaida podría haber sido publicada en 1860, lo que la convertiría en la tercera novela en orden de publicación en Venezuela, e Iguaraya podría haber sido publicada en 1868 y así ser la sexta, pero generalmente se toma como año de publicación de Anaida 1872, año en que La Revista de Maracaibo la dio a conocer, aunque al hacerlo dijo que ya había sido publicada “en un diario de Maracaibo de poca circulación”. Diez años después se edita en forma de libro también en Maracaibo.

Y en cuanto a Iguaraya no parece haber información precisa, aunque se asegura en varios medios que fue publicada en 1868, y es muy elogiada por Picón Febres, que la considera superior a Anaida. Larrazábal Henríquez ni siquiera menciona a Iguaraya en su trabajo sobre la novela venezolana del siglo XIX, pero no hay que olvidar que en las primeras páginas del libro Larrazábal Henríquez advierte que “aparte de las cuarenta y ocho novelas a las que hacemos referencia, han debido de existir otras, pero la labor de investigación bibliográfica en nuestro país es ardua, cuando no estéril”. Sin embargo, llama la atención que en el “Apéndice Bibliográfico. Información referencial acerca de otras novelas venezolanas en el siglo XIX” no mencione siquiera la existencia de Iguaraya, que fue mencionada con mucho énfasis por Picón Febres.

José Ramón Yepes fue un personaje muy interesante del siglo XIX. Nació en Maracaibo en 1822, poco después de que el teniente coronel José Rafael Las Heras, luego de que el que fungía de jefe de las tropas realistas, el venezolano Francisco Delgado, se pasara al bando patriota, tomara la ciudad para que el 28 de enero de 1821 una “asambleas de notables” declarara la Independencia de la provincia y su incorporación a Colombia, la Colombia de Miranda y de Bolívar que hoy llamamos Gran Colombia. De modo que nació colombiano y a los ocho años de edad se convirtió en venezolano, cuando Páez decidió la separación de Venezuela de la Gran Colombia.

A los quince años (1837) entró a la Academia de Matemáticas de Caracas y tres años después se incorporó a la Marina. En 1842 estaba de regreso en Maracaibo, en la Escuela Naval. En 1848, como marino, combatió contra las fuerzas paecistas y fue ascendido a primer teniente. En 1850 era comandante del Apostadero de Maracaibo y fue ascendido a capitán de fragata. En 1853 se convirtió en capitán de navío y pasó a La Guaira. Luego de ser diputado, ocupó varios puestos importantes. En Maracaibo de nuevo, como comandante de la plaza, en 1858 fundó un periódico literario llamado El Rayo Azul, y en 1860, como vimos, puede haber publicado Anaida. Cuatro años después fue ascendido a contralmirante por el presidente Falcón y es posible que haya publicado su segunda novela, Iguaraya. De nuevo fue comandante naval de Maracaibo, hasta que en 1874 fue designado director de Marina en Caracas. Entre 1875 y 1879 fue senador y diputado por Zulia, ministro (encargado) de Guerra y Marina y hasta presidente de la Corte Suprema del Zulia.

Paralelamente era colaborador de El Semanario y escribía poesía. Murió el 22 de agosto de 1881, es decir, sin haber cumplido los sesenta años. Y es, sin duda, uno de los grandes valores literarios de Maracaibo. Anaida podría ser la primera novela que alcanzó un verdadero e indiscutible nivel literario en Venezuela. Indigenista, como vimos, a lo Atala, se inscribe dentro de la corriente romántica de su época, pero sin caer en excesos ni en pintoresquismos. Como bien dice Larrazábal Henríquez, su trama es muy sencilla, puesto que se trata apenas de la rivalidad de dos indios por Anaida, pero está muy bien escrita y, sobre todo, es una exaltación de la naturaleza nuestra, expresada en un lenguaje poético y muy correcto. Lamentablemente no conocemos prácticamente nada de su segunda novela, Iguaraya, que debe haber tenido grandes méritos, puesto que Gonzalo Picón Febres la consideró mejor que la primera. En todo caso, con José Ramón Yepes la novelística venezolana parece haberse enfilado hacia regiones muy altas, que alcanzaría no mucho tiempo después, aunque todavía no se haya reconocido del todo. A mi juicio es importante tener en cuenta lo que dice Domingo Miliani de este novelista, cuyo valor quizá no ha sido entendido del todo todavía: “José Ramón Yépez (1822-1881), poeta de fina meditación escéptica en el crepúsculo romántico, vivió y vivenció una realidad concreta: el lago de Maracaibo y su complejo paisaje perdido en una inexplorada península habitada hasta hoy por indígenas goajiros. En 1860 publicó su novela corta Anaida. Tuvo éxito en su momento. Luego fue puesta al margen por la crítica, dogmatizada de regionalismo campesino. Después vino Iguaraya (1868). Ambas imbrican el idilio amoroso dentro de un mundo mítico-legendario, expresado en lenguaje romántico-sentimental; pero ahí está, palpable, un pedazo de territorio en escorzo: la Goajira venezolana. (…) La tradición reivindicativa del indio, en la novela, sabemos que parte de Atala, de Chateaubriand. Se proyecta en la novela anónima Jicoténcatl (1826), queda afirmada en el romanticismo conmiserativo de Gertrudis Gómez de Avellaneda: Sab (1832) y Guatimozín (1846). En esa misma línea se enmarcan Anaida e Iguaraya. Yépez, zuliano, marinero avezado en la navegación de su lago nativo, crea sobre un ámbito inmediato y lo transfigura en objeto artístico dentro de su cosmovisión de época: el romanticismo. (…) Es cierto que Anaida muestra ingenuidades de detalle, como hablar del ‘dulce ‘yaraví’ de los goajiros’. Sus personajes están saturados de occidentalismo en la acción idílica; no obstante las fallas, es una novela bien armada en su tema amoroso y en el sustrato mítico envolvente. Óscar Sambrano Urdaneta ha puesto de relieve los méritos narrativos de José Ramón Yépez. En Anaida preexiste la intención de ‘estudio’ sobre el paisaje, la intención de objetivar ambientes y otros rasgos que habrán de caracterizar la posterior novela de la selva y el indio hasta Gallegos”.

Yepes es, pues, un autor que debería ser reeditado en la actualidad.


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