José Antonio Ramos Sucre es hoy el creador indiscutible de una lengua poética y de un poema en prosa modelos que lo sitúan en la cumbre de la renovación poética del siglo XX en nuestro país. Es el príncipe –el primero– de nuestros poetas, quien más allá del modernismo, posmodernismo y de las vanguardias de su tiempo, supo fundar su obra en un presente atemporal, eximida del silencio y el olvido imaginado por sus máscaras poéticas. Su poesía se especula entre las obras perdurables de las letras hispanoamericanas. Ha devenido nuestro poeta de culto al que asedian lectores y críticos en número creciente, seducidos por el mundo visionario que convoca, por la lengua ancestral que reconquista, y también por su vida, vuelta mito y persona de sus poemas. La llamada de la muerte –preludio y fin de su poesía– la atendió con su suicidio en 1930 –para detener la degeneración de sus facultades–, el día que cumplió 40 años y herido de muerte por el insomnio, sintió irrevocables el sueño y la poesía.

Sin embargo, esta consagración actual en nuestros altares académicos y poéticos solo en las últimas décadas ha comenzado a proyectarse en el colectivo y a trascender a los demás países hispanos. La Universidad de Salamanca desde 1993 abrió la Cátedra José Antonio Ramos Sucre, su propuesta poética es tema de disertaciones de doctorado en universidades de España, Francia, Estados Unidos, México… Crece la reparación del olvido que después de su muerte silenció a sus tres poemarios La torre de Timón (1925), Las formas del fuego y El cielo de esmalte (1929), ahora recibidos como obras radicales de decantación y renovación poéticas.

Pues esta afirmación de su obra comenzó apenas en 1958, cuando los jóvenes poetas y narradores fundadores del grupo literario Sardio sacaron a la luz las exigencias de su lengua poética, su invención de imágenes universales. Él mismo, como los presagios cumplidos de sus poemas, habría predicho su reconocimiento después de cuarenta años de su muerte, en una carta a su hermana mayor Trina que ella destruyó como todas las demás, y de la que sus hijas Maruja y Virginia Almandoz han dado testimonio. También en su más reveladora carta a su hermano Lorenzo del 25 de octubre de 1929, semanas antes de embarcarse para Europa el 1 de diciembre, aseguró: “Sé muy bien que he creado una obra inmortal y que siquiera el triste consuelo de la gloria me recompensará de tantos dolores”.

Así que cuando en 1978, el poeta y ensayista Guillermo Sucre –uno de los fundadores del grupo Sardio, quien dirigía el posgrado en Literatura Hispanoamericana Contemporánea de la Universidad Simón Bolívar (USB)– ofreció para la maestría un seminario sobre José Antonio Ramos Sucre, yo entré a esa «cohorte» de alumnos que por primera vez lo leía, en una fotocopia de la única reedición –muy errada– de sus poemas, la del Ministerio de Educación en 1956. Y lo seguí leyendo en otros dos seminarios requeridos por los que deseábamos seguir apuntando a Ramos Sucre en la perdurable y provocativa lectura de Guillermo Sucre, quien ya en 1975, en su libro La máscara, la transparencia, le había dedicado un ensayo y durante esta experiencia docente, en las revistas Tiempo Real Eco, publicó otros dos. Fue en aquellas memorables tardes y noches de Sartenejas cuando su poesía, a primera vista hermética y oscura, se convirtió en una especie de iniciación –un misterio según su etimología griega– en los secretos inaprehensibles que velaba y que hice míos porque desde entonces nunca he cesado de buscar a Ramos Sucre. Esta misteriosa fuerza de atracción nació primero de su lengua que tuvo como fuente el latín, que yo había estudiado para recibir el diploma de Latín Superior junto con el título de Letras en la Universidad Central de Venezuela, y que seguí perfeccionando en la Universidad de Florencia, otros tres años, pero sin interlocutores ni salida, se había vuelto olvido y nostalgia. Por eso, al encomendarme Guillermo Sucre el análisis de los procedimientos de su lengua poética, me puso en la vía de regreso a lo que había poseído y perdido, y volví a respirar y a catar el ritmo y el sonido del latín que yo sentía en la constitución de su escritura: “Yo escribo el español tomando de base el latín”, según Fernando Paz Castillo, él respondía a los objetores de su uso de una palabra o de una forma sintáctica. La primigenia exactitud que él conquistó tuvo de modelo la belleza lapidaria del latín. Así mismo, para reivindicar el sentido original de la retórica –repudiada junto con la elocuencia por los poetas de su época–, que él se jactaba de seguir (“Pues yo soy retórico y estoy bien acompañado”), llamé a mi tesis de maestría: La voz de la retórica, publicada intacta por Monte Ávila Editores, en 1990, entre los homenajes por los cien años de su nacimiento.

La aparición de Ramos Sucre

Sin embargo, para muchos de sus contemporáneos él no fue este iniciador de una nueva lengua y una nueva forma poética, sino un prosista, un intelectual, un “retórico”, “oscuro”, “incomprensible”, “anacrónico”, o epítetos por el estilo, pero reconocido como poeta por pocos. José Tadeo Arreaza Calatrava fue el primero en destacar a “este poeta […] oye el alma recóndita, la castiza música de las palabras” (El Universal, Caracas, 1922), criticando el silencio ante su primer libro Trizas de papel, de 1921, luego refundido en La torre de Timón de 1925. De modo que el mito del “poeta solitario” que aureola su figura es de la posteridad porque al pie de la letra Ramos Sucre para sus contemporáneos fue esencialmente un prosista, “el primer humanista con que contaba en el día nuestro país”, en palabras de Luis Correa, poeta y crítico muy leído entonces. Pero para la imaginación mítica es el paradigma del “poeta solitario” por ser su obra única, sin ataduras a movimientos literarios, sin seguidores, sin ser leída como poesía, ni él visto como poeta sino por escasos conocedores quienes tampoco calaron su novedad. De ahí, las líneas de Ramos Sucre en la carta del 25 de octubre de 1929 a su hermano Lorenzo: “Los juicios acerca de mis dos libros han sido muy superficiales. No es fácil escribir un buen juicio sobre dos libros tan acendrados o refinados. Se requieren en el crítico los conocimientos que yo atesoré en el antro de mis dolores. Y todo el mundo no ha tenido una vida tan excepcional. Solamente Leopardi, el poeta de la amargura. Alguien ha apuntado ya mi semejanza con el lírico y filósofo italiano”.

Arreaza Calatrava fue quien lo asoció a “la figura conmovedora de Leopardi” y los conocimientos macerados por su imaginación aluden a su prodigiosa erudición, a su ansia desmedida de indagar en todos los campos de la cultura, que él ironizaba con “Estudiar es mi morbo”. También era voz común que conocía más de doce idiomas, a fondo latín y griego, las lenguas indoeuropeas y el sánscrito, excepto el húngaro, el finlandés y el vasco que no pertenecen a ellas. Su sobrino nieto, Arturo Almandoz Marte, rememora que para su padre era el tío “políglota” antes de que fuese reivindicado por su poesía. Cuando Mariano Picón Salas residió como estudiante en Caracas entre 1919 y 1922, frecuentó su compañía, en tertulias y en la cancillería, pero en su crónica “Caracas” de 1920, no lo enumera entre “los poetas de moda”, los de la generación de 1918 que recitaban en el teatro Capitol, solo a Andrés Eloy Blanco, Luis Enrique Mármol, Fernando Paz Castillo y Jacinto Fombona Pachano, mientras que a él lo hace representante de “la cultura clásica”, sabio en las humanidades que el ambiente les negaba. Aunque para esos años Ramos Sucre ya había dado a los medios periodísticos más de veinte poemas, y los había reunido en 1921, con otros inéditos, en Trizas de papel, algunos ineludibles como “Elogio de la soledad”, “Discurso del contemplativo”, “De la vieja Italia”, “El retorno”, “La ventana” que con “Devota” salió en primera página de El Universal (Caracas) bajo el nombre “Poemas en prosa”. Incluso a Picón Salas le dedicó “Lección bíblica”, el cual publicó también en El Universal antes que en Trizas de papel. Por su parte, Picón Salas le dedicó a Ramos Sucre su ensayo sobre Nietzsche: “El último pagano”, recogido en Buscando el camino de 1920, igualmente incluyó algunas “prosas” suyas en su compilación antológica Dos siglos de prosa venezolana, de 1965.

Porque prevalecían como superlativos su “pasmosa erudición”, su humanismo enciclopédico, su saber lingüístico, además, su abolengo heroico, su “extraña” personalidad, y no la invención de una lingua d’arte, capaz de resonar desde sus raíces más antiguas. Por esto, no con la gloria de una obra realizada sino con el dolor por no haberla consumado, fue despedido en el discurso fúnebre de Domingo Badaracco Bermúdez, compañero de su infancia y adolescencia en Cumaná: “Murió joven, cuando las letras patrias tanto esperaban de él, cuando su enorme preparación científica y literaria lo empujaba a escribir la obra que fuera para los postreros como la consagración definitiva del saber de Ramos Sucre”. No supo que era poeta y su obra había alcanzado su cenit inconmovible y no se le podía pedir más.

El hombre Ramos Sucre, la cuestión de su genialidad o locura, atraía más que los textos impenetrables que constantemente entregaba a todos los medios periódicos de su época, diarios o revistas, a solicitud y a voluntad propia. De los 346 poemas (al menos 16 no son poemas en prosa en sentido estricto) de sus tres únicos libros, más de la mitad circularon por los periódicos y revistas de Caracas, entonces una ciudad de unos 90.000 habitantes, pero constelada de intelectuales y literatos ilustres, de ahí que no pueda hablarse como se hace de la “chatura” del medio cultural donde vivió. La prensa estaba llena de “literatura”, la ocasional, pero también la de las luminarias del modernismo, o la de avanzada, como la de los iconoclastas ultraístas, entre ellos Jorge Luis Borges con su poema “Sábado”, y la de los grandes de España. De modo que solo en el diario El Universal, casi su centro de producción y revisión, pude recuperar 120 poemas suyos, aparecidos entre enero de 1918 y enero de 1929. Y en otras publicaciones periódicas, más de 60. Aunque aún hace falta consultar otras fuentes donde hay más. Yo partí para este acopio hemerográfico de la primera bibliografía recopilada por Sonia García y Violeta Urbina para los seminarios de Guillermo Sucre en la USB, luego proseguí esta labor con el fin de investigar hasta qué punto Ramos Sucre había estado presente en la prensa de su época. Y este rescate de sus poemas hemerográficos permite asegurar que ningún poeta ni escritor fue tan notorio y pródigo con su poesía, ofrecida a la vista de todo lector posible, de modo que cualquiera podía leer en caliente sus poemas con las primicias de cada día. Al amanecer podían encontrarlos en primera página de El Universal entre el desayuno y la perplejidad, y darles una ojeada por no dejar. Paradójicamente, en la prensa de la tiranía gomecista, donde nada podía pasar, ante los ojos de todo el mundo pasaba la poesía de Ramos Sucre y nadie la leyó como el acontecimiento perdurable del día. De modo que no tiene sustento la afirmación de que Ramos Sucre fue poco leído porque sus contemporáneos pasearon sus ojos por sus poemas sin verlos. Pero fuera del país no fue leído porque no envió su poesía a revistas o periódicos latinoamericanos o españoles, ni sus libros a escritores y críticos de otros países. “Yo no pude mandar mis libros a Unamuno. No sé cómo puede conocerlos”. Esta frase en la carta antes citada a Lorenzo prueba que Unamuno, que conoció la obra de poetas y novelistas venezolanos con los cuales tuvo correspondencia, no conoció la suya. Chela, la hija de Lorenzo, recuerda que este siempre lamentó que su hermano no le hubiese enviado sus libros.

Pero fue el escritor más “leído” en nuestra prensa diaria y más a la vista. En este sentido, no fue un solitario como los personajes de sus poemas que se encierran en un recinto inaccesible esperando solo la visita de la muerte, como los paradigmas de “Elogio de la soledad” y “Discurso del contemplativo”, porque nunca poseyó ese murado espacio privado sino que se expuso en cuartos promiscuos de pensiones. A la intemperie, desde el amanecer en Caracas cualquiera podía verlo leyendo las últimas noticias en la pantalla luminosa de El Universal, donde casi todas las tardes iba también a darle la última mano al poema que entregaría, o cuando caminaba hacia la Universidad Central, a sus clases en las escuelas y liceos, cuando entraba y salía de la cancillería donde tenía su oficina en el segundo piso con ventana hacia la plaza, la plaza Bolívar que él llamaba mi casa, donde su presencia era constante en las tertulias matinales y vespertinas acostumbradas por los escritores, académicos y políticos del momento. Y por las noches cuando deambulaba solo, o en compañía de algún pasante azaroso, dándole vueltas a la ciudad y a la noche en busca del sueño. Mi padre, José Manuel Hernández González, de la promoción de ingenieros de la UCV de 1928, cuando le di mi tesis de maestría, se asombró: “¡Ramos Sucre! Yo lo conocí, lo veía mucho. ¡No sabía que era poeta!”. Así todos los escritores, académicos y políticos del momento, salvo que residiesen en el exterior, lo trataron y tuvieron sus libros que él mismo repartió. En tiempo real podía encontrar en la cancillería o en la calle al sabio lingüista y el etnólogo Lisandro Alvarado, quien le pidió traducir del latín el prólogo de Chauveton para la historia de Benzoni, presentándolo como «el estudioso joven» cuando El Cojo Ilustrado lo publicó en 1912, pero no reseñó sus libros en su columna de crítica que firmaba en Cultura Venezolana. Pudo dialogar en la cancillería con el maestro de la prosa modernista, Manuel Díaz Rodríguez, el canciller que firmó en 1914 su nombramiento de traductor e intérprete. Se encontraba y conversaba con Rómulo Gallegos, el director del liceo Caracas –hoy Andrés Bello, donde enseñaba latín por las tardes–, quien publicaba sus primeras narraciones y su novela emblemática Doña Bárbara en 1929. Podía polemizar oralmente con Julio Garmendia defendiendo la retórica y la poesía elocuente que aquel negaba y luego verter sus argumentos en un artículo en El Universal, al que Garmendia respondió con otro en ese diario donde ejercía el periodismo y publicaba sus primeros cuentos y crónicas. Garmendia fue el móvil para la invención de “La vida del maldito” –que le dedicó y publicó en El Universal en 1923–, generado a raíz del artículo de aquel: “El doctor José Antonio Ramos Sucre”, aparecido en ese mismo diario un mes antes. Asimismo, en un artículo en El Universal (luego en su primer libro) rebatió otro del ensayista y cuentista Pedro Emilio Coll, quien atribuía valor subjetivo al adjetivo, mientras que él sostenía su impersonalidad cuando era pospuesto, un recurso fijo de su poesía. El intercambio con Coll debió continuar porque le dedicó su primera “Granizada” de 1925.  Resulta ser que todos los integrantes de la brillante aristocracia cultural venezolana (y he señalado solo a algunos porque también tuvo trato con historiadores positivistas como José Gil Fortoul, Laureano Vallenilla Lanz, César Zumeta, con el historiador bolivariano Vicente Lecuna o con los pintores del Círculo de Bellas Artes) lo conocieron en persona y lo leyeron, pero salvo contados casos (los resaltantes de Carlos Augusto León, Fernando Paz Castillo y Enrique Bernardo Núñez) no dejaron testimonio de sus libros ni de su persona, o no se les interrogó a tiempo. Teresa de la Parra, en sus temporadas caraqueñas de 1909 a 1922, y luego en los primeros meses de 1928, pudo cruzarse muchas veces con él y con sus poemas sin entendimiento, aunque ella era íntima amiga de Carmen Helena de las Casas, “la mujer más bella de Caracas”, a quien Ramos Sucre dedicó Las formas del fuego, en tributo a la única mujer que visitaba como maestro de latín y enamorado no correspondido, similar al gentil hombre de algunos de sus poemas que, al modo del amor cortés, se oculta en una mudez inescrutable ante la diva inaccesible.

Esta presencia suya premonitoria de una obra inmortal superaba los textos mostrados asiduamente que parecían no alcanzar aún la plenitud creativa, el poder y la originalidad que auguraban su habla oral, sus frases enigmáticas, el ritmo y la modulación de su voz. Según los testimonios, Ramos Sucre leía sus poemas a los amigos como una de sus costumbres. Recuerda Fernando Paz Castillo que cuando él salía de la cancillería a las 11:30 am iba a la plaza Bolívar “si tenía algo escrito, que siempre lo tenía, se lo leía a los amigos antes de publicarlo, se lo comentaban y él oía con mucha atención…”. El crítico literario de El Universal, el poeta Gabriel Espinosa, en su comentario bibliográfico sobre La torre de Timón, del 30 de septiembre de 1925, confiesa que, hasta este libro, había considerado a Ramos Sucre un abogado “con ribetes literarios” y ahora sabía que era un poeta, acotando que en la redacción del diario, antes de entregarlos, lo oía interpretar en voz alta sus poemas con tanta originalidad en la entonación, “en la acentuación voluntariosa y en la comicidad” que “esto ha hecho sostener a alguno la superioridad del Ramos Sucre oral sobre el Ramos Sucre escritor”. Es evidente que el intérprete o actor debe privilegiar o elegir una de entre las innumerables lecturas que convoca el poema, dejando abiertas otras posibles. Y que la entonación, el ritmo, el color de la voz de Ramos Sucre develaban sentidos que los lectores, por sí solos, no sabían leer, de ahí que se considerase su interpretación superior al poema. “Leyéndolo, se oye su voz”, recuerda con nostalgia el novelista Enrique Bernardo Núñez (Élite, 1931). Comentarios como este reiteran que Ramos Sucre fue un retórico de la palabra escrita y también de la oral. De ahí que Enrique Bernardo Núñez sostenga que es un dudoso elogio para un escritor afirmar que escribe como habla, en cambio “alto elogio es afirmar que Ramos Sucre hablaba como escribía”. Hay que decir, sin embargo, que Ramos Sucre leía sus poemas a sus amigos, o antes de entregarlos al periódico, para hacerlos pasar por la prueba decisiva y primordial de la voz humana, recordando a los aedas o a los bardos, los primitivos cantores griegos y celtas. Desafortunadamente, no quedó registrada esa voz sino en la memoria de sus oyentes. Pero he encontrado que algunas de las frases incomprensibles que sobresaltaban a todos las grabó en su “Granizada”, aquellas de efecto más demoledor. La entrevista de Benito Yrady a Arturo Úslar Pietri, lo comprueba: “A veces lo llamaba a uno así de paso y le soltaba una especie de chirigota, él decía ‘los godos son oblicuos’ y esas cosas así un poco críticas…”. Que será la “Granizada”: Los godos son zurdos. O el testimonio de su discípulo Carlos Augusto León en Las piedras mágicas, donde recuerda dos frases que trascribirá exactas en “Granizada”: “[…] ‘Los hombres –nos dijo cierto día– se dividen en mentales y sementales’. […] ‘El tiempo –nos había dicho– es una invención de los relojeros’. ¡Cuántas veces he estado pensando sobre el sentido de aquella frase!”. En cambio, otra, “La calificación máxima en los exámenes es para los imbéciles” no pasó la prueba. De algunas de estas frases aforísticas (y de sus poemas) nace la leyenda de su misoginia y misantropía, y no de su carácter social, aunque retraído, siempre caballeroso y cortés con las mujeres (visitaba a su adorada prima Dolores Emilia de paltó levita), o cordial y afable con los compañeros que sabían que cuando se disgustaba, fácilmente recuperaba su educada compostura.

Por tanto, no es de extrañar que dotes tan sobresalientes pareciesen sobrepasar los textos que aún no estaban “a su altura”. Y que se leían como expresión y proyección de su yo personal, y no como la invención poética de otros múltiples yoes, otras máscaras que ponen en crisis la unidad o continuidad del yo, el suyo o el de nadie. “Su arte es un traslado fiel de su manera de vivir, incomprendida y maniática”, es la opinión corroborante de Fernando Paz Castillo. Sin embargo, para rehacer esa imagen tan a la vista de todos solo contamos con tres fotografías, y ahora otra cuarta que he rescatado de El Nuevo Diario (gracias a la información de Héctor Pérez Marchelli), donde apareció ilustrando la noticia de su nombramiento como traductor en la cancillería en 1914, luego de su grado de abogado en 1917, y también en 1930 para dar la noticia de su muerte. Esta pérdida de sus posibles fotografías ha desdibujado su faz real y repetidas veces las fotos de sus hermanos Lorenzo o Miguel, incluso la de su padre, han sido reproducidas usurpando la suya.

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José Antonio Ramos Sucre

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Bid & Co. Editor

Caracas, 2019