N.R.: Deseo preguntarle sobre la significación que tiene el archivo. ¿Por qué un archivo puede ser objeto de estudio? ¿Hay en los archivos algo más que la información que contienen sus documentos?

C.P.: Los archivos como los que a mí me interesan no son archivos de información netamente. Son espacios de indagatoria donde, principalmente, vas a vivir encantamientos por vía de las colecciones y propuestas de (des)órdenes o coreografías de signos atesoradas y diseñadas allí. Definitivamente, mi interés por los archivos no emana del archivo oficial y su profilaxis; lo contrario, me interesan los archivos que desde sus singularidades cuestionan el orden homogéneo del conocimiento. Es decir, espacios con espesor o inquietud estética que se manejan con licencias del arte o mediante las facultades de la personalidad arbitraria del archivista.

Sin embargo, respondiendo a tu pregunta, los archivos son siempre objeto de estudio. Basta traer a colación la observación de Derrida en Mal de archivo o entonces la preocupación de Foucault para repetir lo que ellos te enseñan: toda ciencia o disciplina se satisface en los archivos que estas diseñan a su conveniencia. No hay profesión sin archivo. Es como si muchas veces la ciencia para presentarse en toda su primacía, es decir, con sus enunciados netos y altamente competitivos, necesitara aplicar una asepsia; y entonces su materialismo, aquello que se usó y de lo que se abusó en sus laboratorios, tuviera que ser escondido debajo de una alfombra. Y que luego, suele suceder, unos duendes, años después, deciden sacudir.

Y bueno, cuando doy mis clases sobre la instancia del archivo siempre pongo el ejemplo de Dios e invito a mis estudiantes a pensar en los depósitos de prácticas y materiales, sótanos y catacumbas de restos sacrílegos sobre los que se enarbola toda imagen de la divinidad y que luego los creyentes inexplicablemente no perciben.

Y para no dejar en suspenso lo que preguntas sobre si hay en los archivos algo más que sus documentos, sí lo hay. En los archivos hay una desviación fundamental hacia el inconsciente y lo siniestro. Eso lo sabemos científicamente desde Freud, es decir, desde las exploraciones del siglo XIX en la arqueología y la búsqueda científica, positiva, del origen orgánico de la vida, y que Freud llevó al extremo de la psique donde encontró una espacialidad que jamás ha podido diseccionarse del todo lógicamente hablando. Nosotros entonces con nuestros aparatos archivísticos, que contienen nuestras huellas erráticas, somos órdenes elusivos, sugestivos, traumatizados muchas veces, que no podríamos (auto)percibir y menos articular éticamente si por archivo entendemos un espacio de documentos impolutos.

N.R.: ¿Qué determina el valor de un archivo? Por ejemplo: ¿un archivo familiar constituido por fotografías, cartas, tarjetas de felicitación y objetos provenientes de generaciones anteriores, se puede comparar con el archivo de un investigador periodístico o de un hombre de letras? ¿Hay una jerarquía entre los archivos?

C.P.: Usemos el ejemplo de Sanoja Hernández. Tú no pudieras decir que el archivo de este intelectual e investigador es semejante al archivo, por ejemplo, de Adriano González León. Entonces establezco la ecuación a partir de inteligencias comparables y pertenecientes a un mismo campo intelectual. No puedes equiparar ambos archivos porque González León a diferencia de Sanoja Hernández no fue un archivista. Fue un poeta, un escritor y una personalidad formidable.

La jerarquía entonces está en el acto deliberado de hacer archivo y constituirse a partir de ello. Sanoja fue un archivista de orden entrópico (valga el oxímoron) pero un auténtico pasionario de su materialismo hemerográfico. Materialismo compuesto de sus papeles y datos, de sus referentes y significantes, de sus pautas y esquemas cronológicos y lexicográficos de múltiples líneas de articulación de la historia política y cultural de Venezuela. Fue un enamorado, además, de las oficinas y maquinarias de los periódicos en los que trabajó y de la configuración misma del mural que es la prensa. Y un acumulador peligroso pues hubo un momento en que el techo de los vecinos, es decir el piso donde reposaba su archivo hogareño, se hundía si él no mejoraba la situación de su estudio cargado de papeles, fotocopias, periódicos y libros.

La memoria genial de Sanoja Hernández pretendía conservar una data que sin embargo el mismo archivista muchas veces descolocaba debido a una acumulación patológica.

Entonces, no creería, por ejemplo, que el archivo de Pedro Grases es superior al de Sanoja Hernández, pero sí advertiría que no todo archivo es un archivo consciente de sus dimensiones más anómalas, ni necesariamente está bajo el ‘control’ de su demiurgo como es el caso de Sanoja, quien fue un intelectual consecuente con su avidez archivante hasta los límites de lo extravagante y de dar con fronteras de la historia venezolana de las que él fue su traductor.

¿O existe en Venezuela otro intelectual que como Sanoja Hernández diseñara una esquemática para una posible historiografía de la literatura carcelaria desde La Rotunda hasta la Seguridad Nacional, por ejemplo?

N.R.: ¿Debe estimularse la creación y expansión de archivos? ¿Los archivos deben ser objeto de políticas públicas?

C.P.: Por supuesto que debe trabajarse en función de la creación de archivos que fortalezcan y emitan políticas públicas. En la medida en que se logren las conexiones entre estos y centros vehículos de políticas culturales para un público usuario, estaremos cultivando a la población, ofreciendo herramientas y conocimientos que serán re-actualizados por una ciudadanía capaz de articular e ingresar en la memoria colectiva con sus propias inquietudes, muchas de estas artísticas.

De hecho, hay un arte contemporáneo de impulso archivístico, como indica el crítico norteamericano H. Foster y que analiza a fondo el crítico alemán Sven Spieker. Cuando estudias este tipo de arte para poder, además, entender mejor las intenciones estéticas de Sanoja, entonces puedes afirmar que el arte de archivo, muy político por cierto, es un arte cuyo “objetivo es abrir espacios”. Y lo digo con palabras de Spieker cuyo libro The Big Archive espera aún su traducción al español, eso hay que hacerlo.

N.R.: Quiero pedirle que nos hable de Jesús Sanoja Hernández y de su archivo. ¿Qué uso hacía Sanoja de su archivo?

C.P.: Sanoja Hernández usaba su archivo para la producción de una literatura política periodística de corte histórico con más de una senda literaria. Gracias a sus materiales substanciosos pudo darle contenido a sus columnas y colaboraciones que custodiaban su amor por la pesquisa de datos fidedignos.

Solo echemos un vistazo rápido a cierto segmento de su itinerario en el diarismo que practicó y encontramos sus artículos en El Nacional bajo los seudónimos Martín Garbán, Edgar Hamilton, Juan E. Zaraza, Eduardo Montes, Manuel Rojas Poleo, Pablo Azuaje, Marcos Garbán (1964-1969), Marcos Hernández y Marcos Bastidas (1951-1952) y Álvaro Ruiz (1958). Columnas fijas como “Almacén de antigüedades” de Edgar Hamilton (1967-1971), “Paradojas” de Rojas Poleo (1967-1972), “Mentiras” de Pablo Azuaje, “Mientras pasan los días” de Eduardo Montes, “Máquina del tiempo” firmada por Sanoja fuera de la clandestinidad de su nombre.

Por otra parte, Sanoja concebía columnas como archivos. Es decir, su estética archivante producía registros, repertorios, colecciones, listas, índices con los que satisfacía su intensidad expresiva. Recordemos su bellísima columna “Almacén de antigüedades” en este Papel Literario que para Sanoja además representó uno de sus espacios vitales en el desarrollo de su vena artística y, bueno, no olvidemos su estrecha amistad con Miguel Otero Silva.

N.R.: Hay un retrato de Manuel Sardá donde Sanoja aparece en medio de su archivo. Allí es un hombre que irradia control sobre esos montones de papeles y libros que lo rodeaban. ¿Lo controlaba realmente? ¿Tenía autoridad sobre su archivo?

C.P.: Claro que tenía autoridad sobre sus papeles. Sanoja Hernández fue un auténtico “arconte” de este país. Empleando así una terminología que te topas cuando tienes que pensar la palabra archivo. Él tutoreaba una documentación que se hallaba fluctuante entre su casa, la Biblioteca y Hemeroteca Nacional, la Universidad Central, El Nacional y múltiples recodos cultos de la urbe en los que él entraba y de los que salía con las reservas de un buen detective.

Además, su casa fue el lugar de residencia de su archivo más autorial, tal como sucedía en la antigüedad grecolatina. Los archivos estaban ubicados en las residencias de sus dueños quienes, además, consignaban documentos esenciales para esas comunidades. Si tú ibas a visitar a Jesús Sanoja a su casa salías asombrado de la cantidad de llamadas que recibía solo para la confirmación y solicitud de información inequívoca.

Ahora, no me interesa negar el descontrol, el inconsciente, el lapsus perenne, el error, los olvidos, los traumas, las metástasis incluso, que cada archivo de dimensión considerable anida en su seno.

N.R.: El archivo de Sanoja Hernández ha sido vertido en una página web: http://www.archivosanojahernandez.com. ¿Podría explicar el proceso que lo ha hecho posible? Especialmente, lo relativo al proyecto “Caracas en la poesía”.

C.P.: La verdad es que todo comienza con la intuición de su viuda María Eugenia Villalba de Sanoja, una mujer muy lúcida y competente, y que tenía claro que las cajas y los papeles de él, cuando ya había fallecido, poseían valor para un universo académico como el de la Escuela de Letras. Yo me dejé arrastrar por su llamado de energía expedita y el miedo a que eso fuera tragado por el tiempo. Lo que nunca me imaginé es que abrir esas cajas –empecé por los papeles sobre Caracas– fuera a desencadenar lo que pasó.

En seguida disfrutaba de un grupo de estudiantes conmigo indagando en esos papeles que eran pautas para cualquier investigador literario.

Comenzamos entonces por el libro de Caracas, Sanoja dejó una maqueta tremenda sobre poemas y versos en torno a Caracas que él pescó en periódicos desde finales del XIX hasta 1966. Al menos 10 pasantes académicos se internaron en estas carpetas y hoy día todo está escaneado y digitalizado, incluso sus comentarios, pues esta selección de poemas iba acompañada de comentarios eruditos, descripciones y análisis de Sanoja relativos a este proyecto que iba a ser expuesto como una suerte de libro objeto en la Conmemoración del Cuatricentenario de Caracas. Los estudiantes, que son todos ya licenciados, produjeron, muchas veces, reflexiones preciosas. El trabajo iba acompañado de un cierto marco teórico sobre el archivo y la exigencia de contar qué fue lo que hallaron sobre la ciudad de Caracas y cómo eso se vinculaba con sus imaginarios urbanos.

En fin, menciono el catálogo temático que estaba indicado por puño y letra de Sanoja en las caras de las carpetas donde se hallaban reunidos los legajos:

Ávila: colores, neblina, el monte, imagen religiosa Ávila-ciudad, el titán, desacralización-mitologización, mitología.

Naturaleza: chaguaramo, samán, ceiba, bucare, araguaney, flores, frutos, atmósferas.

Ríos: la quebrada de Caroata, el Catuche, el Anauco, el Guaire.

Esquinas y otros puntos: esquinas de Jesús, de San Francisco, de las Gradillas, San Martín, Antímano, Las Adjuntas, Plaza Bolívar, Parroquia de Altagracia, Las Mercedes, Hacienda Altamira, El Obelisco, Hacienda El Marqués, Cumbre de Galipán, El Calvario, Plaza de la Concordia, Plaza la Misericordia.

Obreros y maquinismo.

Mujer: relación sultana-esclavo, mujer libertadora, mujer del siglo XIX, obreras, mujer citadina.

Pintores: Francisco Narváez, Antonio Herrera Toro, Arturo Michelena, Manuel Cabré, Mario Abreu, Mateo Manaure, Jacobo Borges, Hugo Baptista, Armando Reverón, Marcos Castillo, Tito Salas.

Festividades: Carnaval, Semana Santa y diciembre.

Castro, Guzmán Blanco, Gómez.

Visión extranjera de Caracas.

Destierro.

Cárcel: La Rotunda, Guasina, Cuartel San Carlos.

Universidad.

Objetos y espacios: reloj y mercado de San Jacinto, confesionario de San Francisco, reloj de la Catedral, casas coloniales, puentes, muchedumbre, carreteras, Unión Soviética, fábrica, tranvía, carros, rascacielos, Cuba, Estados Unidos, París.

Literatura (temas): fundación, visión novelística de Caracas, el tedio en la poesía modernista, la vanguardia, comunismo, petróleo, proletariado y clases sociales, paisaje urbano, bohemia, tipos populares.

Este proyecto aún permanece a la espera de una editorial que lo patrocine y nos ayude a producirlo en físico y a llevar a cabo una última corrección muy delicada.

Luego, para abreviar, seguí recibiendo estudiantes queriendo graduarse mediante la participación en este propósito que ya iba hacia otras aristas. Ya estábamos trabajando Tabla Redonda, su poesía, sus crónicas culturales, casi siempre sobre la literatura del país, su ensayística sobre la UCV, también volvimos a leer y a estudiar todos sus ensayos más largos yendo a la hemeroteca y biblioteca a corroborar datos. Nunca trabajamos sus columnas de opinión política, aclaro.

Así, en algún momento surgió la idea de un sitio web porque el material llenaría tomos. Y finalmente los pasantes Rebeca Martínez, Jenny Pereira y David Tortosa lograron el espacio http://archivosanojahernandez.com donde puedes consultar una porción importante de nuestra producción como micropolítica.

Tengo debilidad por los Diccionarios de Sanoja. El trabajo de diseño y la coordinación de ese equipo estuvo a cargo de Keyla Brando, son tres tomos que le debemos a ella, a H. Jesús Ángulo y Benjamín Tobelem, respectivamente.

N.R.: Por último, deseo pedirle que nos hable de su tesis de doctorado, “Jesús Sanoja Hernández y la literatura”.

C.P.: Solo quiero indicar una de mis conclusiones luego de pasar un buen tiempo coordinando el equipo de trabajo y ante la pregunta que me hice en los seminarios que ofrecí en la Escuela de Letras: ¿Qué caracterizó la relación de Sanoja Hernández con la literatura?

Desde un principio, yo tenía clara su erudición literaria, todo el que lo conoció bien sabía que era un autor de la literatura venezolana pero a su manera. O sea, a pesar de pertenecer a la misma generación de Rafael Cadenas, Elisa Lerner, Adriano González León y Guillermo Sucre, él no fue un autor de la autonomía literaria. Entendí que el punto de partida de mi exploratoria no estaba obviamente en los libros que además no escribió, sino en su prodigiosa productividad hemerográfica y ensayística para la opinión pública, esa era su escena de escritura. Una escena muy demandante, trabajó muchísimo como “escritor operante”, y hago uso de una imagen de Walter Benjamin en la que celebra la relación entre este tipo de intelectual y la prensa.

Sanoja Hernández trabajó la literatura venezolana, interesado primordialmente en la relación entre literatura y política, para generar una contracultura en la esfera de la opinión pública que, como nos enseña J. Habermas, pertenece a la cultura política de la sociedad civil, la de nuestra democracia representativa y Estado de derecho dirimidos en la prensa y nacidos en 1958. Cuando indico su contracultura estoy haciendo conciencia de su seudonimia, de la clandestinidad de la izquierda a la que perteneció, antes y después del año de 1958.

Tal como expreso en mi trabajo su quehacer periodístico de espesor estético tuvo la intención imperativa de lograr la inclusión democrática de su tendencia política en el Estado de derecho que se ejercita en los predios de la opinión pública. Es decir, a pesar del impacto de la Revolución cubana en 1959, la de Sanoja fue una línea democrática representativa de la izquierda venezolana; motivación capital, como digo, de sus excursiones en la cultura de Venezuela que él, mediante el diarismo, le ofrecería a una población lectora que sí se iba a acostumbrar a la libertad, como él mismo lo haría.

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Camila Pulgar Machado es profesora de literatura latinoamericana en la Escuela de Letras de la UCV. Recientemente culminó sus estudios doctorales con su tesis “Jesús Sanoja Hernández y la literatura”.