El Helicoide nunca ha debido ser centro policial y mucho menos cárcel. La Corte Interamericana de Derechos Humanos lo consideró inadecuado como lugar de reclusión tras inspeccionarlo en 2012. Las condiciones en que se encuentran los presos (tanto políticos como comunes, incluyendo mujeres y menores, muchos retenidos ilegalmente) y el abuso del poder policial que ahí se esgrime han hecho que esta estructura represente lo peor del sistema penal venezolano.

Hace casi cien años, ese fue el rol de otra prisión circular ubicada cerca de ahí, La Rotunda, donde la dictadura de Juan Vicente Gómez torturaba a sus enemigos. A fin de borrar aquella tenebrosa memoria, La Rotunda fue demolida en 1936. Otro tanto se sugirió recientemente para El Helicoide, idea ilusa ya que la estructura, de hormigón armado, está construida sobre y alrededor de la Roca Tarpeya, lo cual significa que habría que explotar todo el cerro. Además, eliminar los sitios difíciles es un acto represivo inútil (como todas las represiones) pues borrar la memoria no anula las prácticas o eventos que la produjeron, es solo pretender que estos no existen o que van a desaparecer con solo destruir sus rastros.

Otros sugieren convertir a El Helicoide en un museo de la memoria. Esto sería un ejercicio interesante para Venezuela, que como buen país moderno suele actuar como si no tuviera memoria alguna, o seleccionar solo aquellas que más convienen según las mitologías nacionales de turno. Cabe entonces preguntarse de cuáles memorias (y por extensión, de cuál historia) trataría dicho museo.

¿De la memoria de los sesenta años de la estructura, los proyectos millonarios que allí se han intentado y sus múltiples fracasos (con frecuencia producto de cambios de gobierno), proceso que refleja cabalmente la falta de continuidad de la Venezuela petrolera?

¿De la memoria de las comunidades que rodean a El Helicoide, San Agustín del Sur y San Pedro, establecidas desde mucho antes de la llegada del coloso de concreto que las arrasó y dividió, instalándose en su medio tal convidado de piedra?

¿De la memoria de los diez mil desalojados que vivieron en condiciones ínfimas en la estructura de 1979 a 1982, la de los presos que han pasado por allí desde 1985 (cuando sus niveles inferiores fueron cedidos en comodato a la Disip, hoy Sebin), o de la de aquellos que han sido sádicamente vejados por protestar contra el gobierno de Nicolás Maduro?

Quizás la pregunta debería ser más bien por qué dedicar esta estructura a representar el pasado, en vez de darle la oportunidad de redimirse en el presente. Utilizar El Helicoide para lo único que jamás ha sido intentado o siquiera pensado: servir a las comunidades que lo rodean, las cuales necesitan desde siempre lugares de esparcimiento, creación, educación, deportes.

San Agustín del Sur es un lugar de tradiciones, entre las cuales sobresalieron a fines del siglo pasado las musicales, como el famoso grupo Madera, cuyo nombre recuerda los aserraderos que funcionaron en el área en tiempos no tan lejanos. Al igual que todos los barrios, San Agustín está poblado por familias que viven allí generación tras generación, construyendo sus viviendas unas encima de otras, trabajando en la Caracas “formal” de día y regresando a la “informal” de noche.

No hay presente sin pasado, y recordar el pasado es parte vital de la cultura. Pero para qué sirve el pasado sino para aprender de él y construir un mejor presente, uno donde se atienda a quienes son constantemente relegados, sobre todo cuando son los vecinos inmediatos de El Helicoide y han padecido tanto su abandono como sus usos irregulares durante casi seis décadas.

El gran desafío de El Helicoide es rescatarlo de la prisión material que se le impuso y de la cual es el reo más antiguo, y de la prisión imaginaria que solo puede concebirlo en función de una ciudad más allá de la autopista Francisco Fajardo. No hay mejor recuperación o reivindicación de esta estructura en donde tantos han sufrido, y hasta perdido la vida, que convertirla en un lugar vital donde las comunidades que conviven con ella puedan sentir afinidad y orgullo de pertenencia.

Hace pocos años, San Agustín se unió para rescatar el Teatro Alameda, abandonado durante décadas después de su época de gloria en los años cuarenta y cincuenta. Hoy en día, el Alameda es un sitio de reunión y actividades comunitarias. Permitámosle a El Helicoide tener un uso apropiado a su ubicación, atendiendo a las necesidades más urgentes de las comunidades aledañas y brindándoles un espacio favorable a su desarrollo. Que corran bicicletas por sus cuatro kilómetros de rampas, que niños, jóvenes y adultos puedan expresarse y recrearse en un ambiente amplio y afable, que vengan caraqueños de todas partes a descubrir las extraordinarias vistas urbanas que ofrece la estructura helicoidal, y conocer más de cerca a esos barrios que tanto temen.

Y sí, absolutamente, que los dos niveles donde todavía prevalecen la crueldad y la desidia sean destinados a que los terribles actos allí cometidos jamás se olviden, y no se vuelvan a repetir.

@COlalquiaga

http://www.proyectohelicoide.com

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Dirk Bornhorst: 1927-2019

El 12 de marzo falleció Dirk Bornhorst (1927-2019), uno de los arquitectos de El Helicoide, proyecto liderado por Jorge Romero Gutiérrez. Bornhorst se encargó de la cúpula, anotó el avance de la construcción (1956-1961) y por décadas recopiló recortes de prensa nacionales e internacionales, archivo que donó a Proyecto Helicoide en 2014. Bornhorst deja un legado arquitectónico propio y publicaciones donde destaca su visión espiritual. Veía El Helicoide como el lugar de encuentro del Este y el Oeste.