Miguel Ángel Campos
Miguel Ángel Campos / Fernando Bracho

Por NELSON RIVERA

Vivimos bajo la sensación generalizada de que Venezuela está al borde de un cambio inminente. Quisiera preguntarle por lo deseable: ¿nuestro país necesita reconstruirse o requiere de cambios muy profundos, estructurales?

La sensación de inminencia es proporcional a la desesperación, a la agonía; el país no está pensando en cambiar sino en salir del gobierno, es comprensible, pero también es el fondo de la tragedia, ocurrió cuando reeligió a CAP, y cuando se decidió por un mesías pragmático que trajo el mayor horror de nuestra historia, el chavismo; ni cambio ni renovación, en ambos casos fue la profundización de los males. El país debe empezar por un mea culpa, desplazar la economía como fatum y preguntarse por sus perturbaciones ontológicas, una sociedad que asocia poder con gestión de gobierno y autoridad con nombramientos burocráticos está perdida. La reconstrucción sería más bien una reanimación, apenas una pausa necesaria para respirar y luego debería venir la reformulación del proyecto.

A lo largo de estos veinte años, en distintas oportunidades, los sectores democráticos han mostrado dificultades para acordar políticas unitarias frente a la dictadura. ¿Qué explica esta tendencia al desacuerdo? ¿Son negativos estos desacuerdos? ¿Hay en nuestras prácticas políticas una tendencia a la confrontación, aun cuando existan objetivos en común?

Ese desacuerdo tiene su origen en las fuentes públicas del chavismo, este es igualitario, personalista, filisteo, y arraigó porque estos rasgos están presentes en la sociedad, el igualitarismo evade el imperativo de la felicidad distintiva, en Venezuela ha servido para distribuir no solo una riqueza que nadie produce sino para canalizar odios de clase, por ejemplo.

La diferencia de estrategia revela la ascendencia de la prédica populista en la táctica e intereses de la oposición. Pero el obstáculo de esa unidad reside en la percepción de lo que insisten en llamar dictadura, es un error de denominación, no es dictadura, de allí que la diplomacia internacional haya tenido resabios para condenar el genocidio. Cuando se persiste en la identidad de dictadura, dictador, usurpación, se diluye el origen y la conformación del chavismo, se lo estigmatiza y eso impide ver de dónde viene; existe una legitimación y un discurrir procesal, con eso hay que vérselas, si no se corre el riesgo de dejar intactas las bases de la perturbación: el programa fracasado en la violencia y exitoso en la mediación electoral, es una revisión necesaria, y no está en la agenda de la clase política. Si el país no asume la responsabilidad de su elección trágica, las razones y cómo la ejecutó, entonces aquello que sea el chavismo, o algo peor, volverá.

En la dictadura la política pervive como eco de negociación, recuerda diferencias de la alteridad, pero en el Estado delincuencial todo es simulación, y en el caso venezolano hay un origen “puro”, esto lo esgrime el chavismo como insignia, y es un error entrar en conciliación con esa legitimidad puramente jurídica, adaptaron las instituciones a las medidas de las exigencias del crimen; cómo, entonces, se puede enfrentar la confiscación con reglas del juego que cambiaron. Es una ilusión, y en ella pesa el miedo y la culpa. Pueblo, voluntad popular, democracia y electorado representan hoy en Venezuela un anagrama siniestro que debe ser resuelto o rescrito. Pero el chavismo es una formación societaria, fue una reacción del organismo que consiguió una estructura frágil: la democracia subsidiada por el petróleo, con este la sociedad aplacó sus malestares, y dejó de interrogarse. El objetivo hasta ahora no es la liberación de un país, tomado desde un estado criminal durante veinte años y con los instrumentos institucionales de la democracia, sino la sucesión del poder. Hoy, divergencia y desacuerdo en medio de la agonía y la sociedad destruida, no significa pluralidad ni menos fecundidad política, expresa la confusión de las víctimas que aún no saben con qué están tratando. La euforia tras la recuperación de la Asamblea Nacional en 2015 resultaba patética, cuando el poder ejecutivo desde hacía rato controlaba todas las instituciones y tenía en un puño el protocolo, pues el país consideró que ya había hecho el trabajo, votó y regresó a su casa a seguir viendo televisión, solo que ya no había televisión.

El primer acto de aquella Asamblea fue remover unas imágenes. Fetichismo de lo legal y fe eleccionaria de unas masas incapaces de asociar el bienestar a prácticas fecundas de la democracia: hábitos de alteridad, adscripción a una herencia común, responsabilidad cívica, definiciones luminosas de conceptos como justicia, riqueza, trabajo, estabilidad política, libertad.

En medios de comunicación y redes sociales viene produciéndose un fenómeno: persistentes manifestaciones de nostalgia hacia el país previo a 1999. ¿Es posible que el deseo de cambio oculte, en alguna medida, un deseo de volver atrás? ¿Es retrógrado el deseo de volver atrás?

Esa nostalgia por un pasado ordinario, que se contrasta con la barbarie del orden actual, solo muestra la carencia de referencias de una ciudadanía bastante aldeana. Sin ilustración ni memoria histórica, esta se puede sustentar desde la lectura, pero los referentes alternativos al modelo democrático de 1958-98 han debido salir de esa misma experiencia, desde la fecundidad de prácticas ancladas en la educación y la vida intelectual. No ocurrió, aunque tuvimos las condiciones ideales: renta discrecional, instituciones, democracia deliberativa, libertad de empresa, universidades autónomas, partidos plurales aunque indiferenciables. En todo caso el parangón es inconveniente, pues se engrandece una etapa porque la comparas con un valor extremo, la destrucción estructural absoluta de economía y cultura, en ese punto cualquier escenografía resulta seductora. Eso impide hacer juicio sobre ese pasado, no hay claridad psíquica y el concepto de bienestar en cuestión estará en entredicho, pues no se estaría partiendo de los logros de aquella llamada cuarta república, sino de los hábitos y expectativas de estos recientes veinte años.

La herencia solvente de aquel tiempo corresponde a las maneras intangibles del bienestar, el desarrollo de un universo mental donde cabía educación, arte, gestión intelectual, todo eso nos permite ahora hacer un balance, nos da distancia y perspectiva, nos sustrae de la mala comparación. El puente sobre el lago de Maracaibo, la represa del Guri, las universidades, son hoy una ruina, era lo vulnerable, como deleznable el ta’ barato, dame dos y la insufrible frivolidad de la clase media, nos queda, pues, la vida intelectual, su potencia para la disidencia y el análisis, y eso salió de allí: de las manera espléndidas de los medios de comunicación y la ilustración, la universidad autónoma, aun en sus desvíos y degradación, ella ha sido el horizonte de buena parte de nuestra vida intelectual, arte y cultura, acoge casi toda la investigación.

¿Qué reivindicaría del período 1958-1998? ¿Es factible recuperar algunas prácticas de esas cuatro décadas?

Haber sobrestimado el alcance de lo constitucional, y tras el nacimiento de la República, es tal vez nuestro pecado original, se quería romper con la Colonia y no se dieron cuenta de la continuidad de un mundo, aquellos venezolanos se embarcaron en una simulación que tal vez dura hasta hoy. Las consecuencias de esto están estudiadas en tono profético por nuestro mayor sociólogo de la crisis, Laureano Vallenilla Lanz. Recelaba de las soluciones electorales mientras fueran el acuerdo de las mayorías desesperadas o ilusas.

La Constitución de 1961 fue eficiente porque se adaptaba a un orden real previo, la cultura del petróleo (renta fiscal, educación, demografía vitalizada, profesionalización), su actualidad obedecía a una modernización material, aunque esto sea una redundancia, la modernidad debía fluir desde las posibilidades ofrecidas en el acuerdo global del documento, no ocurrió. En 1998 el electorado elige un candidato salido de una asonada, con cientos de muertos, y no solo no fue condenado por aquellos crímenes, se lo celebró cuando poco a poco empezó a desmontar las instituciones del bienestar.

Lo recuperable no son los logros reivindicacionistas del período, pues no es cabalmente un modelo, es una mixtura ideológica; en todo caso lo rescatable sería las pulsiones fecundas de una experiencia, una larga convivencia institucional, confirmación de la conjunción viable de educación, cultura y tolerancia en la búsqueda del bienestar, el espacio público como escenario de desarrollo del individuo. Todo lo demás, condenable, constituyó el caldo de cultivo del chavismo.

¿Hay factores o energías en la cultura política venezolana que nos permitan ser optimistas ante la necesidad de cambio? ¿O es razonable la sospecha de que el deseo de un poder clientelar y distribuidor de subsidios, sigue siendo un paradigma de una parte importante de la sociedad?

El electorado venezolano es hoy de los más desprevenidos del continente, es un votante pragmático, clientelar, confundido, no se proyecta en un universo civil ni institucional, su alcance llega solo hasta la comprensión de demandas inmediatas. Tampoco entiende la naturaleza de las decisiones políticas de la administración, elige un presidente que promete acabar con la pobreza pero estaba promoviendo el fin de la democracia, aquello no puede hacerse fuera de la tolerancia y la educación, el asistencialismo de naturaleza populista solo deja muchedumbres agradecidas, en el mejor de los casos. Ejercicio electoral y democracia no son correspondientes absolutos, pero el primero se asoció con politización; no hubo tal, antes del chavismo la partidización subsumió todas las prácticas de aquella democracia. Se fortaleció la aclamación y se debilitó el consenso, abrió el camino de la hegemonía, la integración de los grupos salidos de la insurrección actualizó la burocracia militante y oxigenó el debate académico, pero nada aportó a las instituciones, el socialismo revisionista se estableció cómodo en el petroestado, y la izquierda antiimperialista ni siquiera se enteró de la teoría de la dependencia.

El chavismo no era previsible desde la vida parlamentaria de la década de los ochenta, pero estaba allí; aunque podía ser conjurado desde una alta politización del electorado, una utopía. Lo que hemos visto en la denuncia y rechazo del chavismo es mucho espectáculo y poca denostación argumental, debe ser explicado nunca negado, alguien debe mostrarle a la sociedad, en una clase de anatomía clínica, los monstruos que ha creado. Sobre esa sospecha de que hablas, ella es un escándalo, un hábito casi vinculado a la regularidad de la vida nacional, veamos, por ejemplo, el programa de los grupos representantes de la oposición, viciado de electoralismo y agobiado de ofertas reivindicacionistas. Ninguna elaboración se le exige al ciudadano, sujeto de la cruzada, sino hacerse matar y este se hace matar, es como en los días de la segunda República.

El chavismo remodeló un imaginario de la riqueza que ya era frágil, y lo hizo desde la negación de la riqueza como fruto del trabajo y la sociedad del conocimiento, aleccionó a la pobrecía en una prédica: la habían estafado y robado su herencia. Se imponía, pues, su rescate y distribución, esa riqueza aparece sin momento de producción, estuvo acumulada, sin origen procesal, encarna en un imaginario fantasioso, nada de trabajo ni saberes, es una donación mítica; esto, junto a la enseñanza de la corrupción y el peculado, que incluye la ineficacia absoluta y el mayor derroche en los aspectos técnicos del uso de la inversión pública, pudiera no dejar dudas para aquella sospecha.

¿Fuerzas como la polarización, el revanchismo, la dificultad para escuchar opiniones distintas y la fragilidad de los liderazgos, deben preocuparnos? ¿Pueden ser factores que afecten la perspectiva de cambio?

La política deberá ser reconstituida sobre la base del bien público, quienes han convivido con el chavismo discutiéndolo han aprendido de lo que consideran un estilo exitoso, sin saberlo se han contaminado, me remito a las ofertas electorales de los dos rivales con los que ha contendido, en 2006 y 2012. (Uno ofreció una tarjeta de descuento, “minera”, el hombre oyó “mi negra”; otro se apresuró a ofrecer nacionalizar las misiones de los médicos cubanos). Pero ahora mismo la vanguardia habla de elecciones donde el chavismo podría participar, incluso de la inclusión en el nuevo gobierno de sus militantes disidentes. Esto es no tener claridad ni idea exacta de la dimensión de la tragedia, la tolerancia es otra cosa, pero el miedo y una dudosa moral pudieran entronizar convivencias irresponsables; los actores de la vida pública que advendrá deberán tratar con una nueva claque, plutocrática, cuyo poder económico pondrá a prueba las instituciones reparadas, son los nuevos ricos salidos directamente del Estado criminal. Hoy, los tribunales internacionales les siguen los pasos y tienen dificultad para encausarlos, cuando salgan del ojo del huracán serán imperceptibles, miméticos e impunes en una sociedad clientelar.

Se dice que el desafío que enfrentará Venezuela tras el cambio de régimen es inédito. ¿Comparte usted esa afirmación? ¿Venezuela debe enfrentarse a lo inédito?

Lo más parecido que encuentro en nuestro proceso social es la refundación de 1936, pero es pálido. La generación que se ocupa de formular el nuevo país tras el fin del gomecismo convivió con el gomecismo y se formó en un tiempo atascado pero fluido. Reparemos solo en la escala de cuanto es preciso reponer en el aspecto material, es abrumador, pero el venezolano deberá ser reeducado, deseducado, diría, si me apuran. Cuanto deberá filtrar y rechazar corresponde a una acción más allá de lo civil, porque el arrepentimiento y la mea culpa son siempre invocaciones a lo escatológico, estás pidiendo absolución y salvación a una entidad que has ofendido, pero recién reconoces su existencia.

Comparemos la naturaleza y magnitud de las conocidas crisis, de donde han salido las refundaciones, y comprenderemos que no hay nada similar ni aproximado en la magnitud de la destrucción y el crimen, por lo tanto eso nos dará la dimensión de lo que deberá ser la enmienda. La segunda República arrasada por la horda igualitaria de Boves, el llamado Fusilamiento del congreso, la Guerra Federal, la larga secuela del poder gamonal de los caudillos después de Guzmán Blanco, la ruina llega hasta la confiscación de los derechos de aduana y el bloqueo de los puertos, ya en el siglo XX. Y el paradigma inmediato: el gomecismo. Se le puede acusar de estancar el país, pero nada destruyó.

Así que el extravío del siglo XIX obra casi sobre un espejismo, un país vacío, pura geografía, sin industrias y sin ciudadanos ni electores, todos son borrascas sobre prospectos. Pero el chavismo encuentra una sociedad en alta mar, instituciones, clases sociales (no castas ni corporaciones mercantiles), un estilo de bienestar donde la clase media se ha ejercitado, cultura intelectual y las creaciones de la educación: ciencia, vida profesional y arte como insumo y consumo, había una civilización. Casi nada de lo que hoy existe como tensión moral le sirve al país para volver, deberá condenar desde la raíz las fuerzas del propio tejido social que nos llevaron a este espanto.

Pero más importante aún será el imperativo de evitar conciliar, por comodidad, con los hábitos que se han consolidado en estos veinte años, es una herencia que debe ser denunciada, enterrada como se entierran los restos de un cadáver putrefacto. Inédito será el encuentro con la responsabilidad y los deberes de los actores que explotan el orden jurídico de la sociedad abierta, desde los intelectuales hasta la clase media, pasando por los actores económicos directos: el empresariado y el Estado regulador. Ese sector terciario, voraz y alegre, no podrá seguir en la creencia de que los ciudadanos están después de los consumidores, los profesionales financiados con la renta pública deberán responder desde una ética de la compensación, al menos, esa educación técnica entendida como un bien de capital es un desgarro si no se retribuye una fracción de su costo. El circuito de producción-consumo no puede seguir siendo expresión de la sola economía, deberá reflejar un concepto de bienestar ampliado; la educación en general está obligada a ser el prospecto donde los intereses transcendentes de los acordados adquieran sentido y expresen un rumbo que pueda ser interrogado. Inédito será el rol de un Estado de derecho como estructura formal solvente y que deberá prestigiarse en cuanto órgano reparador y dispensador de justicia.

Hoy, en la máxima función del Tribunal Supremo de Justicia despacha alguien acusado de homicidio, la constitucionalidad degradada y convertida en instrumento de sujeción y desmantelamiento de las instituciones debe ser puesta en cuestión, y así superar su estatuto de fetiche justificador de programas ruinosos y falsas opciones de liberación.