Por GABRIELA KIZER

Me hubiese gustado presentar Fruta Hendida tratando de ver la resonancia o la gravitación en este libro de lo que ha sido el sostenido trabajo de Edda Armas con la palabra poética, una persistencia de la que dan cuenta dieciséis poemarios. Apenas he podido asomarme a ese universo poético y desde allí registrar el proceso de mi lectura, anotar fragmentariamente en qué me fui fijando, cómo he leído el libro; ojalá que estas anotaciones puedan presentarlo y sobre todo invitarlos a leerlo.

En primer término —y partiendo del vínculo de Edda con las artes visuales, especialmente con la fotografía— he seguido la ilación de sentido de las fotos de Fernando Adam que atraviesan y estructuran el poemario: ellas marcan cada comienzo, cada pausa, y nos invitan, desde la portada, como decía Hanni Ossott, a pasar del ver al mirar, puesto que “mirar nos lleva necesariamente a la idea de reflexión”, pero “¿a qué tipo de pensar nos llaman?”. Veamos. En la cubierta tenemos el título: Fruta hendida. Podemos cerrar los ojos e imaginar la pulpa en su suavidad, frescura o madurez. No obstante, mirar la foto nos lleva a otro ámbito: se trata de frutas de madera, de las frutas de un bodegón; al lado de ellas un florero, pareciera que con flores vivas, amarillentas; y sobre ambos un cuadro: la imagen de un vestido como puesto sobre un cuerpo, sin cuerpo. Creo que en esta fruta hendida y a la vez de materia dura, artificial; en el fondo oscuro sobre el que se halla este vestido erguido, vacío; en este espacio enmarcado, casi a punto de ser velado si se desplegara la cortina blanca, podemos encontrar algo de la tensión de las palabras en el libro. Como dice María Ángeles Pérez López en el Pórtico: “se procede desde lo desvaído, lo ausente —el cuerpo que no está: metonimia de las formas plenas del vestido blanco—, lo que es solo merma pero nunca renuncia al fulgor: las palabras descienden hasta el centro mismo de su color intacto. No se marchitan, no hay circunstancia espantosa de la vida o del país que pueda con su carbunclo de fructosa”.

De la imagen evanescente, nebulosa, que antecede al Pórtico —Campo de nubes: un campo entre tierno y seco, invadido a tal punto por las nubes que casi se pierde dentro de ellas—, pasamos al Planeta Manzana, la foto que anuncia la primera parte del libro, titulada Cuando evocar se hace fruta. Si evocar es traer algo a la memoria o a la imaginación, ¿se nos invita a atisbar, tal vez, ese momento en que la evocación cobra cuerpo, se hace cosa, “fruta que ha perdido su carácter comestible”, manzana o vestido sobre fondo oscuro, objeto estético, imagen, foto, poema?, ¿deja de ser por esto apetitosa y olorosa materia?

La segunda parte del libro, Carbunclo Fructosa (Seres que arrima la marea), está precedida por una bellísima foto: Deriva Color. Quisiera que miren su continuidad en la foto que precede la tercera y última parte del libro Si fruta fuese país: Paisaje portátil. Digo continuidad y estoy hablando de deriva, migración, desplazamiento, objeto que se lleva la marea u objeto de arte que alguien se lleva colgado al hombro con cuerdas hasta dejarnos al fin, al final, en un maravilloso umbral: “un lugar desde donde mirar el mundo y la existencia, interrogando el sentido del tiempo, la permanencia y el arraigo”, como se dice del trabajo de Fernando Adam en una nota al inicio del libro.

Ahora bien, ¿en qué medida todo este sentido, este ambiente que han creado las fotos, se refleja o resuena en los cuarenta y tres poemas que conforman el libro y dialoga con ellos?

Me parece percibir, desde el primer poema, que no es sólo el evocar lo que se hace fruta, sino que una suerte de ‘afrutamiento’, en varios planos y sentidos, toma la voz lírica, el cuerpo, las palabras. Afrutarse, hacerse fruta, es ganar lo que la fruta tiene de “lujuriante aroma”, de frescor, zumo, deseo, goce; lo que la palabra tiene de pulpa y textura, pero también lo que tiene de dureza y cáscara, de hendidura y herida: se es “carne mordida de fruta”, “cruzada de surcos y manchas la piel”, objeto o sensación que la palabra no alcanza a recuperar, ¿cómo se nombra lo hendido?

Se trata aquí de ganar el “extraño aroma” de una nueva percepción, un renacer, una distinta mirada, un umbral, que sólo brindad la edad, el paso del tiempo: Lugar para catar la quietud o “Mirador alto desde el cual catar / la fruta hendida al alzar la vista / por encima de su dura cáscara”, lugar para seguir observando —casi fotografiando, filmando, espiando— (como siempre lo ha hecho Edda) un árbol, flores (amarillas, sepia, blancas), casi imperceptibles momentos o gestos cotidianos que se quieren salvar, el paso de las nubes, la manera en que nublan los ojos (“pero no alta vista” … “algo más real tengo ahora de ellas”). Este mirador se va abriendo también como un espacio para mirarse, para “mirar hacia delante” y hacia atrás interrogando, repito, el sentido de la realidad, del tiempo, la (im)permanencia y el (des)arraigo.

En una entrevista concedida en abril de 2019 a Mariela Cordero, Edda Armas ha dicho que comprende la poesía como “un modo activo de resistir, de conectar y sentir, de revelar algo esencial en el aquí y ahora de la vida”, como un ámbito de correspondencias: “Escribo para tender puentes. Puentes emocionales, cognitivos, sensoriales: para completar rompecabezas. Escribo para darle forma al deseo, el que sin abandonarte muta y te salva en el día a día del resistir. Ese deseo inquieto que oye, huele, mira, palpa, inquiere en el proceso de contemplación permanente en el vértice del afuera y el adentro.” En ese vértice se dan los movimientos dobles, a veces contradictorios, que conforman el libro. Pues se trata de una poesía que se mueve entre la observación y el disfrute de lo táctil, de la sensación del mundo y su materia, y la percepción del fondo negro o suerte de velo, nebulosa, neblina, borradura que la disuelve y busca o se topa con lo etéreo y pierde piso; así la fascinación de Edda por las nubes: “algo intangible que se ha hecho tangible”, pero también algo tangible que permanentemente se esfuma, transforma y disuelve. De aquí, creo, la insistencia a lo largo del libro en el cordel o en los lazos para atar lo frágil, lo perentorio, nubes o flores, el frágil nudo que somos y que puede desatarse en cualquier momento; la pregunta por lo que se consigue enlazar y lo que no: el país, las experiencias de pérdida y despedida, el dolor de quienes han huido, el luto, esta tierra —como la fruta— hendida.

Pero también se trata de una manera de construir: trastocar la sintaxis, descoyuntar el verso, como buscando, lo ha dicho ella misma, “la sonoridad que se logra al invertir el orden de las palabras”, su vibración misteriosa, su correspondencia con otros hilos o cordeles más sutiles, menos visibles: “lo secreto sujeta el equilibrio poético (…) lo secreto sujeta también el hilo poético”. Así, por ejemplo, alquimia o nigromancia, se hurga el nombre propio, a qué truncadas vidas está atado, a qué perdidas familiares, a qué significados: “Por J.L. Borges supe que en las culturas nórdicas Edda significa antepasado, también abuela y arte poética”. Y se hurga esencialmente en la posibilidad o imposibilidad de compaginar el mapa de vida con el de los muertos amados, de abrir un espacio temporal, otro jardín, la nada, el umbral de Fernando Adam para evocarlos…. e hilar, anudar, enlazar lo que permanece: lo memorable: el aroma de lo vivido, la nostalgia de la fragancia de un fruto, la voz del padre en el rugido del mar o en el recuerdo del río de infancia, otro jardín que permita esperar a la amiga, Elizabeth Schön, como si se pudiese regresar a “las rutinas de la presencia”, a la “confiada piel de las palabras”, como si éstas pudiesen rescatar amorosamente esos “mínimos fragmentos que la memoria devuelve”.


*Fruta hendida. Edda Armas. Editorial Kalathos. España, 2020.


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