Leopoldo Tablante | Sudaquia

Por NELSON RIVERA

Deseo preguntarle por la estructura de su novela. ¿Por qué escogió armar el relato como una secuencia de voces? 

—Decidí hacerle caso a mi deseo de escribir una novela después de leer La feria de las vanidades, de Wiliam Thackeray. Como mis temas han sido, hasta ahora, asociados con la intimidad y la familia en medio de una sociedad determinante, me sentí cercano en su momento a la novela Pastoral Americana de Philip Roth, aunque no de manera muy consciente ni deliberada. Recuerdo que Roth yuxtapone escenas para dar a entender el proceso de una familia americana perfecta que, poco a poco, se pierde en una espiral de conflictos que la convierten en una familia disfuncional. Y como la mía es una novela sobre una familia disfuncional con énfasis en el resentimiento de una mujer, Leticia de Heredia, resolví que una manera efectiva de organizar su proceso de decadencia era pasar de la voz de un personaje a la del otro. Mandamadre tiene que ver con cómo mujeres y hombres en una familia y un país han experimentado el auge y caída de la prosperidad democrática, desde comienzos de los años sesenta hasta la contemporaneidad chavista. Mi estrategia fue enfatizar cada una de esas voces para tratar de comprender la presencia y entronización de la maldad y la violencia sexista en nuestra sociedad, y observar cómo esos comportamientos han determinado el modo como nos relacionamos interpersonal e íntimamente y con nuestro entorno. Esas voces se sobreponen sobre una anécdota sencilla: el fin de semana de Jonathan Heredia, hijo de Leticia, un vago profesional y uno de los personajes principales del relato, quien circula en un carro viejo al final del sábado después del cierre de la venta de remate de la casa donde creció y sigue viviendo, que tiene que ser liquidada cuando su madre va presa. Yo creo que nuestra decadencia como nación tiene que ver con el poco seso que hemos invertido en generar una cultura del trabajo y de la convivencia. La hostilidad de nuestro presente es producto de lo autoritarios, abrasivos e indolentes que, sin darnos mucha cuenta, podemos ser individualmente.

Hace usted un sostenido trabajo, que no declina nunca, relativo al habla de sus personajes. ¿De dónde proviene esa reconstrucción, que luce como expresión de cierta clase media caraqueña? ¿Qué sentimientos le produce ese modo de hablar? ¿Pervive todavía? 

—Seguramente de mi experiencia como miembro de la clase media que se consolidó entre la década de los sesenta y los setenta y padeció su propia bancarrota económica y moral desde comienzos de los años ochenta, más el modo paulatino como la pobreza ha ido ganando terreno en los reductos de la llamada “calidad de vida”. Un tema que me tortura y me fascina a la vez es lo tenue que es nuestra comprensión sobre la responsabilidad de mantener un país funcional. No es por casualidad que en el próspero hogar de Leticia de Heredia, la anti-heroína de mi novela, nunca deja de haber un cúmulo de objetos amontonados en el lavandero, como si ese caos fuera el síntoma de una atmósfera más fuerte que su voluntad. En ese vacío hemos afincado el discurso de la solución expeditiva o mesiánica vía el culto al petróleo o al regente de carácter, hombre fuerte de turno que puede ser Carlos Andrés Pérez o Hugo Chávez. Y sí, los modos de hablar de mi novela —que alterna la respuesta autoritaria, la humillación constante, la necesidad de “poner carácter” y de intimidar con violencia, la esperanza desconectada de voluntad individual o la voz plañidera del disminuido en busca de un recurso de amparo— están todavía muy vivos.

Otro elemento muy destacado en Mandamadre: la disposición en la novela de una base material objetos, productos, marcas, lugares de referencia, modos de consumo, que recuerdan a un momento de finales del siglo XX. ¿Entiende usted que el consumo sus modos, su centralidad definen a la clase media venezolana o a un sector de ella? 

—En la que es quizás mi novela favorita sobre la post-guerilla venezolana, Historias de la calle Lincoln, de Carlos Noguera, me topé una vez con esta frase providencial: “Ellos, los objetos, constituyen la única materia que puede permanecer fiel a la memoria, sólidos e inertes se desplazan por un hilo invisible, como si una fuerza interna, que nace y muere en ellos, les proveyera esa serenidad que basta para sorprenderlos, silbantes como un trompo, indefinidamente”. El hecho de que los objetos, y los lugares donde se emplazan, permanezcan fieles a la memoria implica que su percibida materialidad alcanza para figurar las anécdotas enteras de un relato realista como el mío. En una sociedad tan fanáticamente fetichista como la venezolana, el recuerdo del pasado dorado y su gradual decadencia puede casi trazarse, por medio de los objetos de la vida cotidiana, con la rigurosidad de un antropólogo en las ruinas de Pompeya. Poco antes de expatriarme, compré un apartamento suburbano que equipé con muchas cosas provenientes de remates de apartamentos y casas caraqueñas propiedad de gente de clase media y media alta que huía del chavismo. Fue un ejercicio fascinante atestiguar en esas ventas ansiosas el bajón de nuestro país desde la presencia objetos de los años setenta, una década en la que se vendía y se compraba de todo. El Xanadú venezolano, cortesía de la guerra del Yom Kippur y de la crisis petrolera que afectó a Europa y a Estados Unidos a mediados de los años setenta. En esos remates encontré las evidencias físicas del mito devaluado de la Gran Venezuela.

Sus personajes parecen vivir para satisfacer sus deseos más inmediatos. Actúan como si el futuro fuese una dimensión improbable. ¿Lo percibe como un signo de las clases medias de nuestro tiempo? ¿Ha encontrado esa conducta en Estados Unidos, donde vive ahora? 

—La clase media es correlato de la sociedad de masas, en la que el propósito es activar la economía a través de la actividad de compra-venta colectiva según la oferta y la demanda de la sociedad de consumo. Ese es el relato de solvencia económica que hemos privilegiado en América Latina desde la década de los cuarenta, el momento histórico en que nos volcamos a fundar Banco Centrales calcados de la Reserva Federal estadounidense y con asesoría del economista Edwin W. Kemmerer. En ese contexto, el dinamismo del consumo instantáneo de la clase media es síntoma de buena salud financiera. Pero ese tema me trasciende con creces y habría que preguntárselo a un verdadero experto, el economista Ronald Balza Guanipa, por ejemplo. Lo que a mí me interesó para escribir Mandamadre fue cómo la ansiedad consumista ha determinado los criterios de éxito y fracaso y cincelado nuestro horizonte de expectativas. Y sí, esa ansiedad por comprar y gastar o, como dicen los expertos en mercadotecnia, “satisfacer nuestras necesidades”, es muy estadounidense, nosotros apenas si le hemos añadido color local. ¿Qué caracteriza a una casa suburbana de clase media en Estados Unidos? Aparte de un universo de gadgets electrónicos y la tele permanentemente prendida, la existencia de un garaje que casi nunca funciona como tal sino como depósito de los cachivaches de toda una vida.

Mandamadre me ha hecho pensar en una clase media venezolana donde predominan miras muy cortas y una ausencia generalizada de autocrítica. Por lo tanto, indefensa. ¿Comparte usted estas percepciones? 

—Totalmente, con un matiz. Creo que la diáspora chavista-madurista debe estar empezando a oírse hablar, una esquizofrenia terapéutica, un espejo lacaniano en la ruta hacia la reencarnación, quién sabe. Nuestra literatura está hablando insistentemente de eso desde al menos comienzos de los dos mil y con interés de ser leída, y consumida, por sus contemporáneos, fuera y dentro de Venezuela. Felizmente nos hemos ido zafando poco a poco de la idea de que la prosa y la oralidad venezolana no son “universales”, de que somos “locales” y por lo tanto intrascendentes. Llámele usted local e intrascendente a Dostoievsky, a Dickens o, saltándonos un siglo y un continente, a Cortázar, cuya oralidad porteña a veces empaña el vidrio de los anteojos. ¿Quién sigue siendo, según los archivistas, nuestro escritor más “universal”? ¡Rómulo Gallegos! Nuestra cortedad de miras —¿equivalente a nuestro propensión hacia los diminutivos y las ese aspiradas?— parece ser el contorno de nuestro perfil psicológico, y no está mal que esos rasgos de carácter conquisten la página de vez en cuando para alcanzar alguna forma notable y, más ambiciosamente, provoque algún tipo de introspección colectivamente compartida. Creo que en su Teoría estética Adorno llamaba a estos momentos “traumas”, y si nuestro trauma actual, con fundamento en el chavismo-madurismo, es producto de nuestra indefensión por causa del facilismo, de la ausencia de autocrítica y del exceso de indolencia social, que al menos conste en el expediente de una literatura que quiere, en el mejor de los casos, llegarle a sus lectores y de una sociedad que desea, ahora más que nunca, reconocerse, reconciliarse y regenerarse. No es por casualidad que la crítica literaria Eleonora Cróquer Pedrón entiende ciertas personalidades literarias y creativas como “casos”, tal y como si fueran portadoras de alguna patología en busca de terapia.

A escala internacional se viene advirtiendo, desde hace unas dos o tres décadas, que la clase media está en declive, lo que constituye una amenaza para la economía y la democracia. Se afirma que su compromiso con el modelo democrático es cada vez más débil. ¿Qué opina usted de estas afirmaciones? 

—Sin duda los criterios con que nos acostumbramos a afirmar la existencia de la clase media (empleo e ingreso estable, responsabilidad fiscal, acceso a una estructura privada o pública —en el caso de los países en que esta funciona— de seguro médico y de seguridad social, capacidad de contratar hipotecas y solvencia para satisfacer necesidades en el mercado de bienes y servicios; en fin, la aptitud de ser propietarios) han ido difuminándose progresivamente. Sin embargo, creo que esos criterios también han hipertrofiado un individualismo competitivo que no es muy sano para crear convivencia en un país tan brutalmente quebrado socioeconómicamente como el nuestro. Solo la cultura humanística, la compasión y la solidaridad pueden enmendar el bache a largo plazo (¿dos, tres generaciones solo para aglutinar un discurso y una intención?), pero para eso falta una educación espiritual y de valores que el sistema financiero local e internacional, con sus organismos multilaterales, sigue asociando con un atajo de comeflores desentendidos del compromiso por la productividad y la competitividad.

¿Qué lee Leopoldo Tablante en estos tiempos? ¿Ha dejado al periodismo definitivamente? ¿Tiene proyectos literarios? ¿Mantiene una interlocución con Venezuela? ¿Con otros escritores venezolanos en el exilio? 

—Soy maestro de español en una escuela privada local y estudiante universitario, otra vez. Hago una maestría en inglés en la Universidad de Nueva Orleans y mis lecturas en este momento están relacionadas con mis estudios. Ando leyendo Troilo y Criseida, de Geoffrey Chaucer, en inglés medieval, un verdadero reto. También estoy leyendo una novela fascinante, Passing, de Nella Larsen, un texto donde el erotismo lésbico de las dos protagonistas se confunden con el duro racismo estadounidense en los años veinte y la existencia del estrecho corredor para “pasar” como blanca de las personas mestizas. Yo diría que el periodismo me ha dejado a mí en lugar de yo a él. Estoy muy instalado en Nueva Orleans y aquí el mercado editorial local no busca mucho a una persona con mi perfil. No descarto proyectos de colaboraciones remotas o que ameriten desplazamientos puntuales. Tengo el manuscrito en inglés de un libro de cuentos que escribí entre 2017 y 2019, una novela inédita, otra en curso y el tiempo —el mejor autor, según Charlie Chaplin— tenazmente en mi contra. Mantengo contacto con Venezuela porque mis dos hermanos mayores, mi cuñada, mis sobrinos, mis tíos y mi familia extendida viven allá y, a través de sus circunstancias, las malas noticias fluyen hacia mí con la labilidad del mercurio líquido. Tengo el privilegio de contar entre mis interlocutores literarios a los escritores-periodistas Daniel Centeno, Boris Muñoz y Camilo Pino, con quienes me unen sobre todo fuertes y viejos lazos afectivos intervenidos ocasionalmente por la literatura.


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