La plaga de Asdod, o los filisteos golpeados por la peste (1630-31, óleo sobre lienzo), de Nicolás Poussin / Museo Louvre

Por LUIS PÉREZ-ORAMAS

Escribo estas líneas en medio de un pánico global causado por la rápida expansión de un nuevo virus capaz de inducir complicaciones respiratorias graves, especialmente en personas mayores, o en aquellas comprometidas en su sistema inmunitario. Mientras escribo, ese virus, que se reproduce con la eficacia del mundo globalizado, ha causado muchas muertes, y decenas de miles de personas están actualmente infectadas. Bajo su efecto diseminante la vida cotidiana, y la libertad de movimiento de las personas están siendo afectadas a una escala sin precedentes. Al pánico se unen decisiones voluntaristas, unilaterales, inconsultas, mandatos de diverso orden cuyas justificaciones aparecen, con frecuencia, insatisfactorias. El mundo parece acercarse, peligrosamente, a una recesión económica global, producto de la incertidumbre y la histeria. Wall Street ha perdido, en las últimas semanas, el equivalente de las ganancias acumuladas durante el mayor ciclo de crecimiento económico de su historia reciente. 11 años de dividendos en alza y 85% de las ganacias realizadas durante el trienio Trump se han esfumado. La industria del turismo y las empresas de transporte aeronáutico sufrirán consecuencias inconmensurables. La economía italiana, por ejemplo, no podrá reponerse rápidamente de los efectos de esta epidemia que ha provocado, por primera vez en la historia moderna de esa nación, la decisión gubernamental de prohibir el tránsito de personas entre regiones, forzando el cierre de todos los comercios del país, salvo farmacias y proveedores de primera necesidad. Hay en Italia 60 millones de personas obligadas a permanecer en sus casas: un estado de excepción de facto bajo el cual una nación entera se encuentra en cuarentena. Las noticias vuelan como escenas de un mundo apocalíptico, distópico, y la realidad se acerca a los peores escenarios de ciencia ficción. El mundo, por fin, ha llegado a ser aquel guión radiofónico de terror, otrora imaginado por Orson Welles.

El asunto no ha dejado de ser considerado, acaso con cierta imprudente presteza, por intelectuales y comentadores de todo orden. Entre ellos, el más brillante teórico del estado de excepción en nuestros días, Giorgio Agamben, en un manifiesto publicado en la prensa italiana argumenta que la epidemia está siendo el pretexto ideal -una epidemia inventada, ha dicho- para sancionar definitivamemte al estado de excepción como norma regular de la política. El artículo de Agamben ha provocado vivas y justificadas reacciones, en las que se avanzan argumentos muy serios por intelectuales como Davide Grasso y Jean-Luc Nancy.

Es cierto que el coronavirus se ha diseminado por el planeta y no tiene cura, ni existe por lo tanto vacuna alguna para evitarlo. En ausencia de inmunidad natural, por su novedad patógena, toda la población del planeta es susceptible de adquirirlo, lo que obviamente potencia su transmisibilidad y, en gran medida, su poder letal. La mayoría de las personas infectadas sobrevivirán, sin embargo, y hasta ahora nadie puede reivindicar un conocimiento cierto sobre la naturaleza de la pandemia desencadenada por el COVID-19, lo que obviamente favorece el hervidero de rumores. No estamos, por lo tanto, en capacidad de saber hasta dónde exactamente este virus gripal sea peor que la ‘influenza’ ordinaria, la cual ha causado ya más de 50 mil fallecidos sólo en los Estados Unidos, durante el útimo año. En cambio es posible asegurar ya, cuando los mercados globales han entrado en caída libre, que las consecuencias perniciosas del pánico serán comparables -si no mayores- a las del virus mismo. Millones de personas se verán durablemente afectadas en sus economías, sus empleos, sus hogares, sus jubilaciones, su estabilidad financiera o su futuro material. Una conjunción de mediocres prácticas de información por parte de los gobiernos de los dos estados más poderosos del planeta, China y Estados Unidos, entre otras razones, pueden contarse entre los soplos que han avivado estos fuegos globales. Ciertamente la crísis del coronavirus nos pone ante una nueva realidad, y conviene preguntarse si sus efectos no vienen a ser, también, síntoma de algo, el brutal revelador de un estado epocal de nuestra psique colectiva, y de la cultura del presente.

No cabría despreciar, entre las razones de la diseminación del pánico que acompaña a la del virus, la pérdida de autoridad en la vocería de las novedades que nuestro mundo padece, al estar, como nunca antes en su historia, enteramente, a la merced de los efectos del rumor, fruto de la multiplicación de opiniones espontáneas e infundadas, a través de las frecuentemente infaustas redes sociales. Nadie, en verdad, parece hablar con autoridad en este mundo. Y aquellos que lo hacen a menudo responden a cuidadosas estrategias mercadotécnicas, concebidas desde laboratorios de interpretación de data, empresas de relacionamiento público y tácticas de comunicación espectacular. El intelectual, otrora voz autorizada, es hoy una máquina de patchworks, el ocupante del lugar vacío que dejó la autoría tras su muerte. Interesado apenas en  hibridizar ideas ajenas para cumplir el objetivo que le ha sido asignado por sus impresari, el intelectual público encarna hoy el colmo del vendedor ambulante y debe, en consecuencia, tan solo intentar acumular ‘hits’ en sus perfiles para potenciar así las ventas -de cualquier cosa- en el hipermercado global de la opinión.

La conjunción inédita de terror, rumor y creencia infundada que acompaña a esta crisis global me hace pensar que vivimos, en verdad, una (nueva) edad imperial. No porque seamos víctimas o sujetos de algún imperio (político), aun cuando no se puede nunca descartar esa posibilidad; sino porque nuestra edad esta sometida cada vez más al imperio de los mandatos, en detrimento -y las más de las veces en indiferencia absoluta- de la verdad. La primacía de los discursos imperativos y preceptivos pudiera, más pronto que tarde, alimentar nuevos discursos imperiales de todo tipo. Como un monstruo que crece en nuestro propio vientre, en el vientre del habla, el lenguaje que prevalece en la presente sociedad es aquel de la creencia, no aquel del conocimiento; aquel de la plegaria, no aquel de la experiencia; aquel de la amenaza, no aquel de la atención; y sobre todo es el lenguaje del mandato, no el de la verdad: es el lenguaje de la corrección política y moral que sólo quiere decir las cosas como deben ser dichas en detrimento de decirlas como son; es el lenguaje de los ‘influencers’, que no pueden argumentar saber nada mientras nos influencian con su rito vacuo de exhibicionismo narcísico; es en fin el lenguaje mímico -el del mimo, que reproduce y se reproduce, como el virus, sin cesar y sin contrargumentos y -por lo tanto-, con frecuencia, también en contra de la verdad.

Más allá de las certezas letales de la enfermedad, creo que el pánico con el que el mundo ha reaccionado a este nuevo virus tiene que ver, en buena medida, con este lenguaje imperativo, erigido sobre la creencia en su propio poder performativo, que existe como una entidad autárcica, desvinculado de la voz que intenta decir lo que es o lo que no es, y opuesto por lo tanto al lenguaje de la verdad y de la experiencia. Ello hace a este virus aún más letal sobre nuestro cuerpo colectivo de lo que pueda en realidad, patológicamente, llegar a ser sobre nuestros cuerpos individuales. Sabemos que en un mundo inextricablemente conectado las epidemias se convierten instantáneamente en pandemias -también, por cierto, las epidemias intelectuales-;  y creo que la forma que adquiere el pánico global ante este nuevo virus nos permite enunciar una sospecha sobre el estado del mundo presente.

Vivimos en una sociedad anti-apofántica, donde nadie tiene interés en que prevalezca el conocimiento de lo que es y de lo que no es; una sociedad impulsada por pasiones inmediatas, intensas pero desechables, efímeras pero globales, a imagen de la data misma en donde se manifiestan. Nunca tuvo el caos de las pasiones humanas una plataforma más eficaz para dominar completamentre el destino del planeta como la que le ofrece hoy el capitalismo de la información en el estado avanzado de su dominio técnico.

Que el mundo está determinado por las pasiones humanas no es novedad.  Me encuentro entre quienes creen que el mundo donde vivimos no es peor que ningún mundo pasado. Sin embargo estoy convencido de que durante un período -acaso brevísimo en la historia- pudimos contar con un instrumento real que nos permitía modular el chirrido emocional y la fricción pasional en nosotros, especialmente en cuanto somos miembros de una república, es decir, de una colectividad: a saber, la posibilidad de acordarnos sobre un modo discursivo que se caracteriza por decir lo que son las cosas, o lo que no son, el cual prevalecía culturalmente en la certeza, acaso falible, de que podemos aspirar a la verdad. Todo parece indicar que ese tipo de discurso -que Aristóteles llamó apofántico- ha perdido el favor del presente, en beneficio de mitos y plegarias, y sobre todo en beneficio de amenazas, advertencias, órdenes, preceptos imperativos y nuevas inquisiciones imperiales.

Porque todos hablamos -y nadie lo hace con autoridad-, o porque  en la cacofonía de nuestra nueva Babel digital es cada vez más difícil identificar la autoridad, porque el rumor se disemina como el virus, y su credibilidad crece con su inmediatez más que con su veracidad, hemos probablemente llegado a un estadio de desmantelamiento colectivo de las posibilidades racionales para administrar la urgencia humana -tanto a nivel de las comunidades espontáneas como de las administraciones públicas. Al régimen de la pasión desenfrenada -entiéndase tan sólo por ello la forma de la experiencia que consiste en padecer sin la posibilidad de construir un conocimiento comunicable- corresponde lógicamente, como consecuencia o como remedio, la nostalgia de los atajos imperativos.

Aún cuando comparto las críticas que Agamben ha recibido de sus pares, y no creo como él que la experiencia del COVID-19 sea la de una ‘epidemia inventada’ para imponer la nueva norma del estado de excepción, me temo que es también en sus páginas de brillante pensador donde pueda encontrarse alguna luz con relación al asunto de la primacía de los lenguajes mandatorios en la cual veo yo el crisol de los miedos y las histerias que opacan al presente con sus urgencias.

En un breve ensayo reciente Agamben, anunciando una investigación en curso sobre lo que él denomina ‘la arqueología del mandato’, llegaba a diagnosticar la decadencia presente de las formas apofánticas de discurso, su pérdida de favor en los usos sociales -e institucionales- del lenguaje, en beneficio de formas performativas. En su clarísimo recorrido argumental Agamben se preguntaba por la gramática y la lógica del precepto, recordando entonces a Aristóteles quien, por oposición a la posibilidad de proferir lo que es o no es, opera una exclusión definitiva de los discursos no-apofánticos, es decir todos aquellos donde lo que se dice no es ni verdadero ni falso; queda pues fuera de la consideración del filósofo todo aquello que no dice verdad o mentira, todo lo que desea, ordena, impone, ruega, todo lo que hace del actor, por ejemplo, una forma de impostor, un “hipócrita” en escena (1). Aristóteles había prometido, siempre según Agamben, ocuparse de estas figuras discursivas en la Poética. Y sin embargo apenas empieza su tratado sobre las artes de la palabra también allí manifiesta la futilidad de la operación que distinguiría aquellas formas de discurso en las que no se dice lo que es o no es: ordenar, comandar, amenazar, maldecir, aconsejar, blasfemar, orar.

De estos antiguos fragmentos de la inteligencia occidental Agamben concluye la existencia de una bipolaridad irredenta en nuestras prácticas de lenguaje, es decir, la presencia de dos ontologías diferentes, alojadas en ellas: “Hay -escribe Agamben- en la cultura occidental dos ontologías, distintas pero no desprovistas de relación: la primera, la ontología de la aserción apofántica, se expresa esencialmente en la forma del indicativo; la segunda, la ontología del mandato, se expresa esencialmente en la forma del imperativo (…) la primera ontología define y regula el campo de la filosofía y de la ciencia, la segunda el del derecho, la religión y la magia” (2).

Agamben nos recuerda lo que los grandes linguistas modernos han dicho de esa forma imperativa de lenguaje que es el mandato: para Meillet el imperativo sería la forma esencial del verbo, es decir su rastro primal, en cuanto este contiene el nervio de la acción en el lenguaje; para Benveniste, en cambio, se trataría de un semantema desnudo empleado como forma de veredicto con una entonación específica. Interesa señalar aquí la referencia a la entonación por parte del padre de la moderna teoría de la enunciación. En efecto, le debemos a Benveniste haber concebido la distinción fundamental entre enunciado y enunciación, que es precisamente el habla como lenguaje encarnándose en una entonación. Todas aquellas formas discursivas que no son apofánticas dependen pues de la entonación, mientras aquellas que afirman lo que es o no es pueden aspirar a cierto grado de neutralidad, a existir desapasionadamente.

Giorgio Agamben / reflexionesmarginales.com

La linguística -y la filosofía- contemporáneas padecen -o gozan- de una fascinación reciente por las formas de discurso que poseen fuerza o carácter performativo, aquellas palabras que, como en el caso del sacramento, operan cambios. Desde que en 1962 se publicaran las conferencias dictadas por John Langshaw Austin al final de su vida, en la Universidad de Harvard, bajo la elocuente pregunta-título: Cómo hacer cosas con palabras? el pensamiento occidental parece haber re-descubierto el mundo olvidado de los lenguajes no-apofánticos y, más específicamente, el de los discursos performativos.

“Si consideramos la fortuna creciente -escribe Agamben- de la categoría del performativo, no solamente en linguistas, sino también en filósofos, juristas y teóricos de la literatura y del arte se pudiera sugerir la hipótesis según la cual la centralidad de ese concepto corresponde en realidad al hecho de que, en las sociedades contemporáneas, la ontología del mandato parece estar suplantando progresivamente a la ontología de la aserción. Ello significa, para emplear el lenguaje del psicoanálisis, que en una suerte de retorno de lo reprimido, la religión, la magia y el derecho -y junto a ellos todo el campo de los discursos no-apofánticos hasta ahora relegados en la sombra- norman en realidad, secretamente, el funcionamiento de nuestras sociedades que se quieren laicas y seculares” (3).

La afirmación de Agamben, y su intuición de que nuestra cultura estaría cada vez más dominada por formas discursivas relacionadas al mandato (bajo la forma insidiosa de la recomendación, de la invitación y -yo añado- del programa) generando un estado general de expectación a la obediencia me parece útil para entender nuestro azorado presente, incluída la crísis de pánico ante el temor -y la opacidad- de la pandemia del COVID-19. El tema abarca, probablemente, todo el espectro regulador de la cultura digital, materializado en nuestros dispositivos cotidianos y, especialmente, en la máquina que parece encarnar como ninguna la mutación epistemológica que estamos viviendo: el teléfono inteligente o ‘smart phone’, que ha revolucionado con su poder narcísico y documental todo el espectro de la vida humana, desde la política y el enforzamiento de la autoridad hasta la producción de imágenes, el arte, y la pornografía, borrando las distinciones existentes entre la esfera de lo público y la de la vida privada.

Hace muchos años, con preciencia imprecedente, el gran filósofo suizo-brasilero Vilém Flusser sugirió que el tema de nuestro tiempo podía resumirse en la noción de ‘programa’ y que, en la medida en que una antropología programática iba sustituyendo epocalmente a las nociones de destino o causa que habían dominado la explicación de la realidad en el pasado, no sólo se comprometía nuestra libertad en la lógica algorítmica del azar, sino que se reducían sus condiciones de posibilidad hasta hacerla solo posible como un juego de azar con dispositivos (4).

Cada vez que apoyamos nuestro dedo sobre uno de los botones que ‘comandan’ nuestros dispositivos creemos estar activando un mandato cuando en realidad, nos recuerda Agamben, sólo estamos obedeciendo a su programa. El ciudadano de la sociedad digital es, según el filósofo italiano, un ser que obedece. Flusser por su parte supo anticipar con claridad algo que parece dominar nuestro mundo, a saber que los dispositivos estaban llamados a funcionar cada vez con mayor independencia en relación a la intención de sus ‘programadores’. En una sociedad no-apofántica, incremencialmente interesada por la lógica discursiva del precepto, tentada a imponer ante cada rasgo complejo de la realidad un mandato moral en el discurso, determinada por la masiva diseminación de dispositivos que dependen de un registro programático de operaciones y que, para colmo, funcionan con independencia creciente con relación a la intención de sus programadores; en esa nuestra sociedad de algoritmos operacionales la pandemia del coronavirus parece haber lanzado una última sombra que se manifiesta en la certeza -letalmente acompañada de admiración- sobre la capacidad de sociedades opacas o cerradas, totalitarias, como la China, para decretar y controlar estados de emergencia. Esta pandemia no es un pretexto político para imponer la nueva norma del estado de excepción, pero sería imprudente y temerario desechar con ligereza la sospecha de que entre sus efectos más perversos se cuente un estigma más, en el imaginario occidental, sobre los regímenes democráticos y lo que queda de las (modernas) sociedades abiertas.

Se entenderá que el régimen todopoderoso de la corrección discursiva política y moral -esa máquina de tabúes- que domina enteramente la esfera pública de las sociedades post-industriales, a menudo asemejándose a una nueva inquisición, espontánea y auto-militante, depende también, enteramente, en sus últimas razones y en sus más determinantes causas, de la primacía de los discursos del mandato, de la magia y de la falsa creencia sobre los discursos de la aserción ontológica, cuya potencia apofántica se ve desmoronada en los favores de una sociedad que sólo parece moverse desde sus pasiones infundadas o desde sus mitos y supersticiones  (veganismo, animalismo, naturalismo) con la ayuda nada despreciable de la mercadotenia de los ‘influencers’.

Yo entiendo que la urgencia nos ciega, pero me pregunto hasta dónde la multiplicación de mandatos -a menudo apocalípticos- que están acompañando hoy la diseminación de este nuevo coronavirus tiene que ver con el desmoronamiento, en el seno de nuestra cultura contemporánea, del discurso apofántico, aquel de la proferación y de la búsqueda de la verdad, aquel que se esfuerza laboriosamente por saber cuál es el estado real de las cosas.

No creo yo que la verdad sea una, inmutable y absoluta. Me atreveré a tomar prestada una formulación de Luis Miguel Isava, con quien he mantenido recientemente un intercambio escrito sobre la naturaleza de los lenguajes verbales e imagísticos, y diré que creo, como él, que la verdad es post-significante: que sólo se manifiesta en la distensión inconmensurable de la temporalidad, en su ser siempre más-tarde, en su venir a ser más allá de la cronología de lo sucesivo, en su temporalidad kairológica, la cual depende de lentas, incesantes pero improbables condiciones de develamiento para irse haciendo, siempre provisoriamente, identificable y que requiere, por lo tanto, de las cifradas virtudes de la espera, de la modestia crítica ante el no saber y sobre todo de la aceptación de la experiencia de no-poder, cada vez más raras en la esfera de las decisiones públicas y en aquella, aún más determinante, de nuestro relacionamiento individual con la realidad.

Es muy poco lo que sabemos sobre este nuevo virus salvo que, con sus primeras víctimas que caen, todos caemos en un planeta de calles abandonadas, de ciudades desiertas, en la mudez del ágora, en la clausura de las multitudes, en la oscuridad de un mundo que se apaga mientras más se habla en él con la ilusión mágica de que las palabras hagan lo que la inteligencia no puede conocer, imponiendo el imperio de sus ordenanzas.


1 Giorgio Agamben: Qu’est-ce qu’un commandement? in Création et anarchie. L’oeuvre á l’âge de la religion capitaliste [Paris: Rivages, 2019], 96.

2 Ibidem, 102-103.

3 Ibid, 105.

4 Vilém Flusser: Post-History [Minneapolis: Univocal, 2013], p. 26.


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