Emeterio Gómez | Cedice Libertad

Por JOSÉ MANUEL SERNA

«La vida de todo hombre es un camino hacia sí mismo,

la tentativa de un camino, la huella de un sendero.

Ningún hombre ha sido nunca por completo él mismo;

pero todos aspiran a llegar a serlo, oscuramente unos,

 más claramente otros…”

Herman Hesse

Más de un siglo de sobriedad

Una suerte de Macondo de economistas venezolanos en el edificio Norte del Centro Simón Bolivar, allende la segunda mitad de los sesenta, sirvió de escenario a aquel joven joven Emeterio Gómez, cuando desechando rentables deducciones, tomó la crucial decisión de declinar una inminente carrera burocrática exitosa, en la que ya despuntaba como un Cassius Clay del análisis prespuestario y fiscal, para irse a la UCV, a la Academia y con ella al estudio profundo de la Teoría económica y  a la gran aventura cognoscitiva que lo llevaría a deconstruir la crisis de esa ciencia, de la filosofía y de la ética, sinos de nuestro occidente cristiano y democrático. Y al encuentro con lo que podríamos llamar un capitalismo humanista como utopía necesaria. Ese piso del estado mayor de las finanzas públicas que asesorara contundentemente los planes gubernamentales de desarrollo, del único tiempo civil del proyecto venezolano, fue también ambiente de un hervidero de ideas. Inquietudes que desde ese núcleo duro de la burocracia cepalista entonces movieron un mundo de careos desarrollistas, patrióticas, literarias, cinematógraficas, ajedrecísticas, marxistas-keynesianas, musicales, deportivas y sentimentales, para disparar el proyecto emeteriano hacia sus singulares andanzas; las que hoy nos legan lecturas poderosas e inspiración teórica, desde textos y leyenda. Esa caverna de Platón puso a tono su impaciencia. Fortificó virtudes para hacer seguidores y amigos a montón. Inadvertidamente nació, en nuestro caso, un diálogo para toda la vida que aquí reaparece; donde las cervezas siempre se entibiaban y la cognición creciente de Emeterio plenaba los encuentros para ayudarme mucho a pensar, leer y crecer, en medio siglo de sobria amistad que supera la centuria en el binomio del diálogo. El reto de este testimonio no queda a salvo de reiteraciones y demás gazapos que adeudan disculpas y agradecen comprensión. Las cursivas destacan sus demoledores y eficaces apoyos discursivos.

Emeterio, ya eres un millón de amigos

Y quizás muchos más a estas alturas. Paulatinamente con tu labor pedagógica y filosófica fundaste tu red. Nos hiciste parte de ella.  Forjaste con tu fe de carbonero y ejemplo una comprensión de ese sentimiento que nos unía. Un hallazgo de una gran bulla minera, en medio de un halo de pareceres parecidos, nunca idénticos. Bulla con mucha cabuya. Nos hallamos, nos percibimos, nos descubrimos, nos queremos, nos necesitamos,  y, sin terminar el asombro de ese tropiezo genuino y singular, el amor propio asedia; de súbito; ahí mismito, se rompe ante la otredad del desacuerdo. Cesa el espejeo mágico. Se derrama la disidencia y cae sobre el fresco y blanco mantel de coincidencias, como una mancha de vino. Se acaban el idilio y el narcisismo. No hay que limpiar nada. Dejémoslo así y sigamos. Nace un infinito y fecundo intercambio: diálogo. Dos lógicas que se topan y permiten identificar semejanzas y diferencias y lograr coincidencias, nos hubieras dicho, con socrática elocuencia.

Somos diferentes en medio de esa semejanza constitutiva, a la que nuestro Aquiles Nazoa calificó el mejor invento del hombre: la amistad. Eso somos, hermano, un tejido de pláticas, lecciones, pesquisas hasta trasponer los egoísmos, labrar verdades y querernos; Y hay que fajarse para entender esto. Crucial y de hecho un fundamental ejemplo del brete entre el deber ser de la amistad ideal y el ser de esa amistad que aprendimos, en esta multitud de inquietudes compartidas que cultivaste con tesón y noble afecto.

Las cosas que nos separan, Emeterio, no son tantas y sí muy tontas, excepto el lamentable error de tu afición magallanera, que afortunadamente no tiene, en absoluto, ninguna posibilidad de cura. Hasta eso te agradezco en el balance, diferencias amistosas y divertidas. Las demás divergencias o diferencias fueron resueltas por la conversación o por discusiones de clases o disueltas; desde esa  afinidad que la sigilosa mayéutica de la propia amistad va edificando.

Ese es nuestro caso, Emeterio. Una conversación fantásticamente grata y vital que perdura, evocando tu pasión, afán y misión por el conocimiento, atesorada en recuerdos, reflexiones y un sentido profundo y complejo de la amistad. ¿Qué tal? Por fin volvemos a hablar. Desde esta nueva vecindad, donde increíblemente, quedamos más cerca aún. Acabo de hablar con Fanny, cerré la llamada y casi te envié saludos. Mas no fue necesario, estás aquí. Vainas de nuestra imparable voluntad. Del albedrío ganado. Y de esa amistad especial que lleva tu sello.

Así es fraterno guía, nos unen muchas cosas. En tu caso te hermanan igualmente, por tu natural prodigalidad, muchas y muy diversas enseñanzas de vida, a todos tus seres queridos y a una academia que congregaste y denodadamente. Que se constituirá en una corriente o una referencia, desde Cedice, la UCV y esa miríada de alumnos, lectores y seguidores que por aquí andamos, como un tejido invisible, entre las catacumbas de las redes sociales y la desolación de nuestro ultrajado territorio. El millón de amigos de Roberto Carlos que tanto añoraste y ya creció como la hierba de Whitman y por sobre las tumbas de Goethe seguirá avanzando.

¡Por fin! Desde estas notas veo aparecer tu mensaje cobrando vida, más allá de la nostalgia y el recuerdo. Y la respuesta a aquella pregunta que jodidamente me hacías siempre ¿Cómo haré para tenerlos, Manolo? Un millón de amigos que recogen y comparten tu osado desafío. Una nueva realidad más humana. ¿Será quizás parte importante de la respuesta final a esta crisis compleja y profunda que es escenario de tu partida?  Who knows.

Como un mentor inseparable para un nuevo humanismo, perduras

A ideas como esta, quizás algo majadera y simple, que nos vinculan, recurro cotidianamente. En ella tú estás siempre advirtiendo, cual  asediante consejero. Desde que me recuerdo, eres entre otras cosas un inefable hacedor de conciencia. Tejiendo formas y ejemplos que modelan, con tu insistencia en el bien, en el quehacer provechoso, en el estudio, el conocimiento y la comprensión, en la creación de espacios conceptuales, en la ineviabilidad y fecundidad del desencanto filosófico. Y en la imperiosa necesidad de salvarse inventando mundos, aquí en esta indescifrable existencia, impulsada por el amor y amenazada por los mil demonios de la ambición y la oscuridad; y hasta el de la pandemia en este momento. Gracias por esos universos que dedujiste-descubriste y decidiste al tiempo que conseguiste compartir y difundir. Rendirán resultados. Pues necesariamente perviven y dan muchos frutos tus lecciones.  Carpe diem de discípulos, mediante y paternal guía; intelectual y espiritual, latente.

En este lugar de tantas manchas fueron buenos los libros y   el andarx

También nos identifican, y mucho, los libros y sus molinos, pana margariteño estoico; y singularmente resabiado Quijote.  Porque en los textos y demás fuentes fuiste siempre intuitivo y selectivo. Además de asertivo. Nos mostraste con tu ejemplo y acuciosidad que no  conviene desperdiciar tiempo buscando a Dios por  rincones de lecturas inútiles. Como iluminado por el cura y el barbero, desde La Mancha, evitaste muy atinadamente ese tipo de indigestión, caballeresca en su caso, que enloqueciera al romántico justiciero castellano y que en nuestra época ha sido mucho más copiosa y tóxica por la inquisición disfrazada de academia y sus guerras santas, heredadas del mundo bipolar de posguerra, en nuestra UCV y en FACES. Alguna vez caí entre las aspas del marxismo. Y si no es por ti, no me hubiese levantado de los efectos tóxicos de esa secta; más adelante nos descubriste y alertaste de los límites del racionalismo, del keynesianismo, del desarrollismo, de Hayek y Friedman. Fue tu gran odisea filosófica y económica. En todas te seguimos, esta millonaria multitud de amigos en gestación. Desde aquella UCV, siempre presta a vencer las sombras y ese Cedice de tan paciente apostolado, en presientes y perentorias luchas por la libertad. Buen viaje y bienvenido, amigo del alma.


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