Mujer del río (1939), de Armando Reverón / MoMA, Nueva York

Por JOSÉ RAFAEL HERRERA

I. Max Horkheimer y T.W. Adorno, autores de la Dialéctica de la Ilustración —uno de los ensayos más lúcidos, sugerentes y representativos de la inteligencia del siglo XX—, sostienen que el mito fundacional de Occidente tiene su origen en la figura de Odiseo, el legendario y astuto personaje homérico, que se vio en el difícil trance de tener que pasar, forzado por la adversidad, veinte largos años fuera de su amada Ítaca. Veinte años. Sugerente metáfora para un secuestro. Diez años en la playa troyana, capitaneando las hostilidades contra la inexpugnable ciudad amurallada. Diez más, víctima del destino signado por Poseidón, condenado a di-vagar por el mar Mediterráneo, porque “aquel que agita la tierra” lo condena a errar de continuo, una y otra vez: le traba, le retiene, le entorpece, con el fin de impedir que retorne a casa, al auto-reconocimiento. Poseidón está indignado por la afrenta cometida por Odiseo, quien ha cegado a su hijo, el cíclope Polifemo. Y a él concede sus ruegos:

¡Poseidón de cabellos azules, que ciñes la tierra! Si en verdad soy tu hijo y te glorias por ser tú mi padre, haz que Odiseo, que a Ilión arrasó, no vuelva a los suyos! 

Lejos están las playas de Troya y las islas de cícones y lotófagos. Es ahora cuando comienza la travesía, el retorno a sí mismo, el largo periplo de vuelta, la experiencia de la conciencia que crece y con-crece. Inicia la Odisea de Odiseo. Ahora, la próxima experiencia no es la ‘certeza sensible’, la del momento de las convicciones positivas, sino la de post-guerra, fin y comienzo de una nueva, marcada por las propias exigencias del devenir. Esta vez, se trata de la guerra por la conquista de la sustancia como sujeto, la búsqueda de la eticidad. Odiseo es advertido por Circe —la hechicera que moldea a torpes y brutales devolviéndoles su genuina condición—. La tejedora de infinita batista, puntada por puntada, advierte a Odiseo acerca de los peligros que aguardan su camino. Las Sirenas —esos demonios marinos— acechan. Su canto hechiza, envuelve, enajena el espíritu; hace que se desvanezca “el reino de las sombras”. Quien se acerca y lo escucha ya no vuelve a casa: no hay Ethos y, encantado, sólo encuentra su propia muerte y putrefacción:

No te pares, mas tapa el oído de tus hombres con cera previamente ablandada, de modo que Nadie las oiga; sin embargo, si tu ánimo quiere escuchar sus canciones haz que te aten las manos y pies a la rápida nave, de pie al lado del mástil, y se aten al palo las cuerdas, y podrás disfrutar a tu gusto del canto que canten..

En el Liber Monstrorum se dice que “las Sirenas son doncellas marinas que engañan a los navegantes con su gran belleza y la dulzura de su canto; de la cabeza al ombligo tienen cuerpo de virgen y forma semejante al género humano, pero poseen una escamosa cola de pez, que siempre ocultan en el mar”. No se trata ni de Mermaid ni de Meerjungfrau, representadas por Hollywood o por el menos fastuoso cine europeo durante los últimos tiempos. Más bien, se trata de Siren o Sirene: criaturas ligeramente difusas, ligadas al “otro mundo”, que poseen el atributo del canto musical y que son tan prodigiosamente atractivas e hipnóticas como malignas y monstruosas, pues, como se sabe, el influjo casi irresistible de su canto lleva a la más triste perdición. Son las incontroladas fuerzas naturales, el fatum, positivo y extrañado, las fuerzas contra las cuales debió enfrentarse Odieo, Udeis, “el forastero”. “Nadie”, portador de Nada.

II. La historia de las Sirenas oculta el nexo inextricable entre mito y trabajo racional. Hasta ese instante, resultaba imposible oírlas y no caer bajo su imperio. Desafiarlas es el reto. Quien desafía se expone al mito y sus consecuencias, deviene víctima. La astucia —la ‘maña’— es el desafío devenido racionalidad. Odiseo lo asume. Se expone al canto. Ha descubierto la trampa: atado al mástil, se inclina ante el mito para exorcizarlo. Ha dispuesto las cosas de tal modo que, aún vencido ante sus en-cantos, no llega a ser en-cantado. No puede caer ante ellas porque sus compañeros tienen cera en los oídos, por lo cual no están sordos sólo para las Sirenas, sino también para sus desesperados gritos. El sufrimiento es expresión de objetividad. Lo que duele duele siempre para el reconocimiento del otro. Pero en este caso no hay dolor, porque no hay reconocimiento, y, por ello, no hay objetividad. Odiseo ha logrado neutralizar a las Sirenas, porque entre ellas y él no hay conciencia del lamento.

El mito ha quedado disuelto. Ha triunfado la creación sobre la positividad. El canto ha sido herido. Y, de ahí en adelante, la historia de la música deviene canto de la cultura, motivo de inspiración del arte. Los términos se han trastocado: la potencial demencia de Odiseo ha dado lugar a la fundamentación estética. El hostil designio mítico ha sido diluido por el portador de la nada hasta transformarlo en luz y brillo capaz de nublar la mirada. Del mito ha resurgido la acción de su nadeidad, “el reino de las sombras”. En el trayecto cuentan los claroscuros, los ocres o sepias y los azules, hasta la pureza infinita de los blancos. El espíritu ha hecho su trabajo, más allá de la mera instrumentalización.

Pero la positividad propia del mito no cede. Una y otra vez la conciencia tiene el trabajo de confrontarla y superarla. Lo que forma el fundamento de la historia de la humanidad es esta inevitable necesidad de diluir lo endurecido, de hacer cercano lo extraño, de introducirse en lo externo, de exteriorizarse en lo interno, de hacer de la razón la locura y de la locura la razón. “Nadie”, portador de la Nada, debe asumir esta labor interminable. Nuevos tiempos, nuevas demandas. Una y otra vez, travesía, reencuentro, punto de partida y de retorno con-crecido. Siempre habrá que regresar a Ítaca, suerte de Castillete mágico, pleno de vida, para vencer los obstáculos, las celadas que prepara el destino; siempre habrá que re-tornar, a pesar del canto de las Sirenas.

III. A la luz de semejante marco referencial, conviene interpretar el oficio de quien, a orillas del Mar, quizá en medio de la inspiración de sus radiantes auroras y sus ocasos cobrizos, debió asumir el compromiso de vencer los mitos, los pre-juicios de su tiempo. Un loco, el “loco de Macuto”, forzado por el destino a tomar la decisión, no sin ingenua y humilde sencillez, de enfrentarse con los en-cantos de las Sirenas.

Reverón fue el Odiseo del Caribe del siglo XX, unido, como el Ulises de Joyce, a la musicalidad inmanente a la policromía. Porta las Sirenas. Está oblicuamente escindido, como las figuras de Leopold Bloom y Stephen Dedalus, dos anti-héroes que son uno. Uno que son dos. Dos que sólo es uno. Uno y dos que transitan entre nuevas notas o —da lo mismo— entre nuevas tonalidades, como el libre fluido de la creación, a fin —si lo hay— de poder vencer los cantos del prejuicio, en virtud del paciente —aunque poco comprendido— esfuerzo que palpita en su roto y frágil interior. Una rotura desde donde surge la belleza, en medio de las tinieblas, bajo la luz directa del sol, más allá del Arte Pleno de Ferdinandov, Mutzner o Boggio. En 1922 Joyce publica Ulises y Reverón construye el Castillete.

Exorcizado el espacio por el entendimiento y reducido a ratio instrumental, el viaje transcurre por dentro. Ahora, en él viven el Cíclope, Circe, Escila y Caribdis, los lotófagos y Calipso. No hay más Mediterráneo, sólo luz, costa y cerro, que proyectan el espejo interior, el dolor y la soledad transmutados en astucia. Por supuesto, están las Sirenas, con sus cantos y sus en-cantos, acechantes y terribles Quimeras que entretienen a los mortales, que los plenan de prejuicios y encadenan a la roca de las seguridades externas, hasta resecar el alma, extirpar sus vidas. Quien cede ante los artificios de las Sirenas está perdido. Sólo la constante presencia del espíritu supera la existencia del encantamiento. La lucha de este Odiseo se produce justo ahí, contra las tentaciones que representan el extravío en su pasado de pequeños mortales que no comprenden, aunque pretenden hacerlo su rehén. La onda marina de lo que fue refluye de la roca de su presente, haciendo niebla su horizonte futuro.

Sólo queda recrear con guiño estético, con la plasticidad de la ironía, por encima del “qué dirán” o el manicomio. La tentación sigue presente. El pasado reflexivo es el de los vivientes, no el de los vivos. Sólo que ahora lo usa como materia de la representación del progreso: un piano que es y no es, un teléfono que no comunica, unas musas de trapo que, unas veces, hacen de modelos, mientras va remando la embarcación con sus brochas, y, otras veces, hacen de damas de compañía de Juanita, su Penélope. Cada nueva re-creación es llanto y dolor transmutado en alegría. Ítaca está próxima porque lo viviente se expande en la multiplicidad del mundo de las representaciones infinitas. Sólo el arte le satisface. Las voces de las Sirenas lo siguen. Las oye, retumban en su mente. La respuesta es el azulillo que construye la autenticidad del mar infinito por el que transita; las heces con las que recrea el litoral más próximo; la leche en polvo de la que brota una luz galáctica, un brillo que enceguece, mientras se expanden las estrellas. Es el encuentro de Nadie con la épica interior. La estética del sujeto.

La resistencia es disolución. La ebriedad de los pinceles ocupa un fino, delgado y delicado borde, suspendido entre el aniquilamiento y la auto-conservación. Toda negación determina. Mientras disimula, porta una brújula sin Norte —pintada—, en medio de su particularísima nadeidad. Padece la angustia de perderse a sí mismo, de anularse mientras sigue soñando con la promesa del reconocimiento. París, como Troya, es un lejano recuerdo inconsistente, una sombra de donde penden los dioses de la antigüedad. Janos llora y ríe. Las piedras zahirientes de los hijos del herrero —víctimas del canto de las Sirenas— golpean los frágiles techos de cocotal del Castillete. Muerte y amor acompañan su tormentosa travesía. Son los términos en los que se curte la germinal creación dialéctica de su obra. El precio de su liberación ha sido elevado: le ha costado el debilitamiento progresivo de sus fuerzas hasta el retorno, custodiado por la oscura noche de la locura. La fórmula es de Adorno y Horkheimer: “La maldición del progreso constante es la incesante regresión”.

En todo caso, ha quedado un trazo firme y perdurable: siguiendo el movimiento cultural de las “vanguardias históricas”, que surgiera en Alemania y Francia durante la primera etapa del siglo XX, Reverón asumió su concepto nuclear: la reacción contra el impresionismo y su mecánica plasmación de la realidad, que deriva directamente de la doctrina positivista, apostando por la recuperación de la intuición y el predominio de la visión interior que descompone y recompone la realidad inmediata, con el propósito de exponer la cosa desde lo interior. Marburgo y Heidelberg no están ausentes: la Lebensphilosophie sustenta, a su modo, el vitalismo de sus tonalidades cromáticas, como si antecediera al debate de Cassirer y Heidegger. Su viaje puede ser interpretado como el viaje de la propia “Imaginación productiva2.

Ambientes de soledad y nostalgia bañados por una luz incognoscible. Un deseo vehemente por cambiar la vida, cargada de un nuevo lenguaje, de una nueva expresión que logra descifrar la autenticidad de lo real, evadiéndose del embrujo de las Sirenas. La libertad del individuo y la primacía de la subjetividad no le son extrañas. Tampoco los “temas prohibidos”. Es una pictórica metafísica que ha sido capaz de recibir la herencia expresionista y desvestirla hasta sus carnes, bajo el sol del Litoral guaireño. Ferdinandov y Mutzner han sido testigos del thauma aristotélico.

La “Nueva Objetividad” —la nueva Odisea— se ha producido. Ha cobrado fuerza y consistencia plástica. Pero el des-en-canto de las Sirenas ha triunfado: sus voces estruendosas, la superficialidad de sus dogmas, la violencia y la ignorancia, el temor y la esperanza, son un eco continuo. La persistencia de los grandes mitos: el poder, la riqueza y la prostitución —material y espiritual—, lo han hecho naufragar, reduciéndolo, a Nadie, a la locura del sanatorio, a la renuncia del mundo que terminaba de reinventar.

Muerto el genio, las Sirenas lo nombran héroe de la industria cultural. Mejor el Museo, el frío templo del presente —el “cementerio de la cultura”— que el irreverente forjador del logos fundacional, de una nueva educación estética.


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