Acto público frente a la Biblioteca Nacional, Caracas | Luis Felipe Toro ©Archivo Fotografía Urbana

Por ALBERTO NAVAS BLANCO

Lo que hoy entendemos como “autonomía universitaria” tiene sus raíces profundas en el carácter corporativo de muchas instituciones en el período clásico de la Edad Media, especialmente el brillante siglo XII, época del resurgimiento de las ciudades, del nuevo comercio, del luminoso arte gótico y, principalmente, las universidades. Se observó igualmente el cómo la “revolución agraria” del siglo XII (según J. Le Goff) impulsó un significativo crecimiento demográfico apoyado en la creciente producción de alimentos, gracias al redescubrimiento del arado de hierro, la nueva rotación trienal de los cultivos, la renovada potencia del arnés de pecho en el arado, el invento del eje delantero oscilante en las carretas, las nuevas roturaciones, etc. Fue realmente como una especie de “primer renacimiento” europeo y gótico, en el que las Universidades en Bolonia, Salerno, Oxford y París se elevaron sobre la base de las anteriores escuelas catedralicias, abaciales o de índole municipal, unas entidades que ya gozaban de una cierta autonomía previa en sus “cátedras”, una autonomía privilegiada y derivada principalmente del carácter también corporativo de la institucionalidad de la iglesia católica como principal promotora de dichos estudios, así como derivada igualmente de la protección y control de los reyes, quienes en cartas o cédulas decretadas para proteger algunas ciudades, actividades comerciales y gremios, por ello, siendo la universidad, era un gremio o “ayuntamiento” de estudiantes y profesores para los Saberes, por lo tanto le correspondió poseer un fuero y legislación interna propios, aprobados tanto por el poder temporal de los reyes como por el poder espiritual y pontificio de la Iglesia.

La antigua Universidad de Bolonia ya había sido fundada desde en 1088, a fines del siglo XI, convirtiéndose en modelo escolar para el resto de las universidades meridionales de Europa, siendo en consecuencia el modelo que posteriormente siguió a la creación de la española Universidad de Salamanca, en cuya fundación, en el año de 1218 por Alfonso IX de León, la convirtió progresivamente en el modelo a seguir por las siguientes fundaciones de universidades en España, pero también más tarde y más importante para nosotros, posteriormente al siglo XVI, el Estudio Salmantino se erigió como modelo institucional para la mayoría de las 32 universidades creadas en la América Hispana entre los siglos XVI y XIX. En rigor, podremos ver que la autonomía de las universidades partió de la voluntad de protección y control derivados de los poderes de la Iglesia y de  los respectivos Reyes, autonomía que tiene desde entonces un carácter externo como “Studium”, frente al poder e intereses de las otras instituciones políticas y sociales coexistentes; pero también tenía un carácter interno, en cuanto a dotarlas con la capacidad de fueros y de funcionamiento con normativa propia, organizándose en distintas facultades por tipo de conocimiento, y ejerciendo la docencia de los Saberes en las diferentes Cátedras, tal y como lo definió en su real cédula Alfonso X El Sabio, en los Estatutos de Salamanca el 8 de mayo de 1254, documento en el que definió las Facultades de Derecho Civil, Derecho Canónico, las de lógica y Gramática (artes o filosofía,  hoy humanidades) y de Física que hoy identificamos con la  medicina. Todas ellas sustentadas en sus respectivas Cátedras.

Aquellas Universidades tempranas eran estructuradas. Según su tipo como “Universitas Magisrorum” (de profesores, como París) o “Scholarium” (de Estudiantes, como Bolonia o Salamanca) pero siempre como un “ayuntamiento de estudiantes y profesores”, quienes ejercían el fuero de soberanía dentro de la universidad, siendo una especie de repúblicas, con fueros propios en lo académico, lo administrativo, lo político y lo penal. Por lo que los universitarios solo podían ser juzgados por sus faltas por los tribunales de la universidad, el tribunal y la cárcel escolásticos. Las principales autoridades eran El Claustro Pleno, el Rector, el Vicerrector, los Consiliarios, el Maestrescuela o Canciller (Cancelario). Les seguían una serie de funcionarios menores desde el secretario, el Administrador, el bedel (especie de ayudante general), el maestro de ceremonias y muchos otros.  El Rey y la Iglesia eran parte de la Universidad, por lo tanto sus acciones sobre ella no podían ser consideradas como intervenciones, sino como la acción de una instancia superior inherente a la naturaleza real y pontificia de la Universidad. Inicialmente el Cancelario era la figura política y académica de mayor poder en la Universidad, por ello era él quien confería los grados mayores de Licenciado, Maestro y Doctor, mientras que el Rector otorgaba los grados menores de Bachiller, siendo en el caso de la Universidad de Salamanca que los estudiantes eran elegidos como rectores hasta el siglo XVIII.

Buena parte de la autonomía se fundamentaba en la capacidad de autofinanciamiento de la Universidad, sobre todo con la generación de rentas propias (aranceles y negocios rentales), pero también con el traspaso de algunos ingresos de la Iglesia en beneficio de la Universidad, por disposición real, como lo fueron las denominadas “Tercias Reales” del Obispado de Salamanca, anteriormente dedicadas a financiar la guerra contra los musulmanes en la Reconquista de España. Se complementaban así la autonomía académica con sus fueros y privilegios especiales con la autonomía financiera con rentas que garantizaban la dotación de las cátedras y los gastos en el funcionamiento de las instituciones.

La Real Universidad de Caracas nació un 22 de diciembre de 1721 por una Real Cédula dada por don Felipe V, durante una estancia de la Corte en el Palacio Ducal de la ciudad amurallada de Lerma (Burgos), siendo erigida sobre la base del antiguo Colegio Seminario de Santa Rosa de Lima de Caracas, creado por el Obispo Antonio González de Acuña en 1673. Sobre el modelo, privilegios y prerrogativas, iguales a los de la Universidad de Santo Domingo (Isla de la Española) e indirectamente a los de la de Salamanca, y, siendo reconocida también, en 1722, como Universidad Pontificia por el Papa Inocencio XIII, se convertía nuestra Alma Mater en una Universidad Mayor bajo la denominación de Real y Pontificia Universidad de Caracas, bajo el patronato de Santa Rosa de Lima. Esta Universidad colonial caraqueña se desempeñó entre 1725 y 1783 bajo la autoridad de un Claustro Pleno muy celoso de sus facultades y privilegios, casi siempre respaldado por los reyes de España: Felipe V, Luis I, Fernando VI y Carlos III, sobre todo en las disputas contra el cancelario y el Obispo de Caracas.  El punto culminante de esta evolución se alcanzó con la Real Cédula dada por Carlos III en 1794, cuando se le otorgó al Claustro Pleno la facultad de elegir al Rector de la Universidad, despojando a la Iglesia de este privilegio; con lo que, curiosamente, el Rey de España estableció dos principios republicanos mucho antes de la independencia venezolana declarada en 1811: el principio de elección y el de alternabilidad, pues obligaba a que el Rector no podía ser siempre un eclesiástico, sino que debía de alternarse con algún lego al final de cada gestión rectoral.

La emancipación de Venezuela estuvo inicialmente más ligada a la Universidad y los ayuntamientos que a los ejércitos, entre 1810 y 1812, figuras como Francisco de Miranda, Andrés Bello, José María Vargas , Juan Germán Roscio y muchos otros pasaron por sus aulas y muchos de ellos se graduaron en la Capilla Universitaria de Santa Rosa (que aún existe adyacente al Palacio Municipal de Caracas), donde se reunió el Congreso de Venezuela para la firma del Acta de la Independencia el 5 de julio de 1811. En plena Guerra de Independencia, el Capitán Domingo de Monteverde en 1812 y el general don Pablo Morillo en 1815, ocuparon e intervinieron la Universidad de Caracas violando sus fueros autonómicos. Pero entre 1810 y 1814, los patriotas republicanos al ocupar el poder demostraron un elevado respeto por la Universidad de Caracas, en especial el Libertador Simón Bolívar, quien esperó hasta 1827 para participar junto al Rector José María Vargas y el Claustro pleno de la Universidad en la elaboración y aprobación de los nuevos Estatutos Republicanos de lo que sería desde entonces la Universidad Central de Venezuela, además asignándole recursos adicionales para garantizar sus rentas y autonomía administrativa, en especial valiosas haciendas de cacao y caña de azúcar, entre ellas la Hacienda Chuao, que producía el mejor cacao del mundo.

En el siglo XIX republicano, la Universidad de Caracas se mudó de su sede original frente a la Plaza Mayor (Hoy plaza Bolívar) hacia su segunda sede en el viejo convento de San Francisco, pero sufrió, sobre todo después de 1870, la intervención académica y administrativa de la autocracia del general Guzmán Blanco; siendo despojada de la facultad de elegir sus autoridades, consagrada desde 1784 por el Rey de España y siendo expropiada de sus bienes rentales propios, contraviniendo la voluntad del Libertador de 1827. Desde entonces La UCV ha evolucionado, luchando contra el encierro presupuestario del presupuesto nacional y defendiéndose en su autonomía académica de tiranías como las de los generales Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. Finalmente, tras 88 años de aquella intervención inicial “republicana y liberal”, en 1958 la Junta de Gobierno que sustituyó al dictador Pérez Jiménez reestableció formalmente la autonomía universitaria.  Mucho se ha luchado desde 1958 por desarrollar aquellos principios autonómicos heredados de tiempos de Carlos III, Bolívar y Vargas, pero el cerco político y administrativo se ha ido cerrando nuevamente desde la intervención del presidente Rafael Caldera en 1970 hasta nuestros días, hasta nuestros días de 2021, cuando se desarrolla una severa crisis estructural y sanitaria en Venezuela que ha paralizado la gran mayoría del sistema de Universidades Autónomas Venezolanas.

Pero la Universidad venezolana, y en especial la UCV, ha sabido sobreponerse a las guerras más cruentas, las pestes mortales, los terremotos de los siglos XVIII, XIX y XX, las tiranías intervencionistas, la violencia delictiva, los cercos presupuestarios y la plaga de la ignorancia. No ha nacido aún quien pueda acabar con la Universidad que fue anterior y generadora de la República venezolana.


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