Edgardo Mondolfi Gudat
Edgardo Mondolfi Gudat / Andrés Kerese | Robertomata.net, El Estímulo

Por NELSON RIVERA

―¿Quiénes fueron esos jóvenes que conformaron las guerrillas venezolanas? ¿De dónde provenían? ¿Qué formación política tenían?

―Quizá convendría comenzar hablando de la guerrilla como motivo de seducción. A mi parecer, generacionalmente hablando, habría mucho de ello en el caso del llamado a la violencia durante la década de los sesenta. De hecho, hasta el poeta Juan Liscano, a quien menciono numerosísimas veces en mi libro La insurrección anhelada, y quien mostró una particular vocación para polemizar con al menos un par de generaciones durante la segunda mitad del siglo XX (en los sesenta, con los muchachos guerrilleros; en los ochenta, con los muchachos adocenados por el rock), tuvo algo que decir en tal sentido. Te cito este fragmento de Liscano que incorporé a mi libro: “Nuestros hijos están jugando a la guerra y a la revolución. No supimos curarlos de la epopeya de las guerras de independencia ni de la ‘gloria roja del homicidio’ de que habló (Rómulo) Gallegos. Antes de ayer como ayer y como hoy, la vocación guerrillera del venezolano se mantiene en ellos, incólume. El centauro aún pisotea nuestro cielo con su galope salvaje. Pero lo grave y característico de la situación actual es lo siguiente: por primera vez en nuestra historia la gente adulta y madura le da la espalda a toda esa mitología guerrillera. (…) Los jóvenes que leen [esa prédica guerrillera] solo advierten el lado heroico del asunto, la invitación a agruparse para ser dueños de la Patria. La abrumadora carencia analítica de esas tesis revolucionarias no les resta, en ningún momento, poder de contagio emocional, tanto más cuando aumentan cada día sus destinatarios: los jóvenes”.

En cuanto al grueso de su procedencia, era liceísta y universitaria, lo cual es revelador del grado particularmente notable de crecimiento que experimentara el sector educativo en la Venezuela de 1950-60. Lo que en cambio es revelador de las carencias, contradicciones y calco de otras experiencias –cubana, vietnamita o argelina– es la precariedad de eso que podría llamarse la “formación ideo-política” de los jóvenes combatientes y su manejo –bastante ciego y voluntarista– de las condiciones y la realidad venezolana a la hora de haber echado a andar una alternativa de tipo insurreccional en contra de Betancourt y Leoni.

Existe otra cosa que me resulta importante destacar para comprender esa inconformidad generacional que condujo a darle impulso a la insurrección guerrillera. Me refiero a que, debido a una serie de circunstancias que sería largo detallar aquí, los acuerdos de gobernabilidad adoptados a partir del año 1958, al darse el fin del régimen militar, equivalieron a abandonar el sentido movilizador característico del primer período de gobierno de Betancourt (1945-1948) a favor de una política institucionalista concebida a puertas cerradas. Tomando en cuenta la experiencia del trienio 45-48, eso significaba el temor que despertaba un estado de movilización permanente por parte de la población. Y, tal como lo ha observado Guillermo Aveledo Coll, de lo que se trataba, de ahora en adelante, era de lograr que las expectativas colectivas se vieran canalizadas por los partidos a través del Estado y sus recursos. Ahora bien, para la juventud de la izquierda, eso significaba simplemente “derechizar” la democracia. Al mismo tiempo, súmale a ello otros dos factores estimulantes: por un lado, la impaciencia que esos cuadros juveniles llegaron a experimentar frente a su propia dirigencia dentro del Partido Comunista Venezolano (un partido y una dirigencia con vocación convivencial e históricamente democrática); por el otro, el efecto de tracción que tuvo la experiencia cubana. Todo esto los conduciría, por tanto, a transitar el camino de la “insurrección anhelada”.

―Las guerrillas de los sesenta, ¿representaron un peligro real para el destino de la nación venezolana? ¿Cuál es el balance militar de aquellos años?

―En todo caso no fue camping ni escultismo lo que practicó la guerrilla, y la frase me permito tomarla así, literalmente, de la intervención que hiciera un diputado pro-gobierno, durante uno de los tantos debates que se llevaran a cabo en el Congreso Nacional en procura de buscarle una salida al problema de la lucha insurreccional durante esa década del 60. Se trataba de una guerra nueva que reclamó, de parte de las FF.AA., una gramática operacional distinta, tal como lo exigía la lucha anti-insurgente. También supuso una cuantiosa inversión –especialmente ya a partir de Leoni– en aprestos adecuados para esa clase de combate o de entrenamientos especializados para hacer frente a un adversario no convencional, desde el punto de vista militar.

Aparte, y al referirme a ello también en La insurrección anhelada, hago mención al hecho de que, hasta esta fecha, resulta imposible calcular los daños materiales que produjo tal guerra o –incluso– cuantificar el número exacto de bajas que le ocasionó a ambos bandos. En este sentido, se le puede seguir la pista a registros parciales –como los aportados por los boletines informativos del Ministerio de la Defensa– pero lo cierto es que, al final de la contienda, ninguna de las parcelas se dio a la tarea de confeccionar un cómputo exacto, o más o menos exacto, de sus muertos, así fuera con la intención de reivindicar la memoria de lo actuado. Fue una guerra que comenzó con mucho ruido y concluyó con mucho silencio y olvido o, incluso, minimizando las tantísimas implicaciones que tuvo en términos de conflicto, incluyendo sus incidencias sobre la población civil durante la etapa de “guerrillerismo urbano” y, especialmente, sobre la población campesina, durante la etapa, ya en firme, del accionar guerrillero en clave rural.

Esto se vincula de algún modo a lo que me preguntaras acerca del balance en la órbita militar. Así como no existe una estimación exacta, ni tan siquiera aproximada, de los daños económicos –con obligado perjuicio en vidas humanas– ocasionados por la contienda, tampoco queda claro lo que de veras significó la guerrilla en términos de amenaza “real”. Porque no podemos olvidar que la Guerra Fría estuvo hecha, en esencia, más de percepciones que de amenazas reales. Eso quizá explique lo que, para los gobiernos de Betancourt y Leoni, significara que el apogeo guerrillero, producto en buena medida del contagioso efecto de la Revolución cubana, fuera visto como una estrategia insurreccional provista de apoyos internacionales y, a partir de cierto momento y más regionalmente hablando, de Cuba. Pero visto al revés, o sea, de lo que los gobiernos de Betancourt y Leoni significaran para la izquierda dentro del mapa concreto que alimentaba su alianza hemisférica con los Estados Unidos (dentro de la dinámica de la confrontación Este/Oeste), ello explica que el tema de la Guerra Fría recurra con tanta frecuencia en las páginas de mi libro. Después de todo, como lo ha apuntado sagazmente el historiador colombiano Marco Palacios, el tiempo globalizado de la Guerra Fría fue el gran distribuidor de legitimidades para la insurgencia y, también, para la contrainsurgencia. Es el propio Palacios quien se ha hecho cargo de señalar que, en casos como el de la guerrilla venezolana de los sesenta, suele relegarse erróneamente la dimensión internacional que tuvo el fenómeno de la lucha armada. Además, el hecho de que en algún momento se discutiera la posibilidad de que el Che Guevara se incorporara a la experiencia guerrillera local, o que un grupo de combatientes cubanos terminara haciéndolo al servicio de zonas controladas por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), en el oriente venezolano, es justamente prueba del tipo de conflicto que se veía planteado, algo que, por lo demás, tiende a soslayarse con bastante frecuencia en la literatura existente.

―¿Las guerrillas contaban con apoyo social? ¿Estaban insertas en el funcionamiento de la sociedad o eran un fenómeno más allá de lo cotidiano?

―Ambas parcelas se hicieron cargo de practicar sus respectivas reivindicaciones en tal sentido: la guerrilla, ufanándose de contar con la formación de cuadros en las zonas controladas por sus frentes armados o prestando su colaboración a la alfabetización de comunidades campesinas o ayudándolas a optimizar sus cosechas; el gobierno –y especialmente las Fuerzas Armadas–, preciándose de lo que significaba el grado –y efectividad– de la penetración alcanzada en el medio rural a través de la implementación de los llamados programas de “Acción Cívica”. Tratándose de un tipo de conflicto que, por su dinámica, guardaba puntos de coincidencia con el que venía librándose en Vietnam, y del cual los EE.UU. derivaron valiosos aprendizajes, vale la pena mencionar este aspecto que le daría una característica muy diferenciadora a la gestión anti-insurgente de Leoni. En este sentido, el enfoque ofrecido por los instructores estadounidenses vendría a ser producto de la experiencia vivida militarmente en el sureste asiático: el involucramiento de las FF.AA. en tareas de tipo civil y, de manera especial, en el manejo de cuanto significara obtener la confianza de las comunidades afectadas por la presencia guerrillera.

Es por ello que me asomo también, a través de La insurrección anhelada, a explorar al detalle este tema escasamente atendido hasta ahora, como lo fueron los programas de “Acción Cívica” emprendidos por las FF.AA., y de los cuales tantas consecuencias se desprenderían para el porvenir. Porque esa idea de que las FF.AA. estaban allí no solo para combatir a la insurgencia sino para atender a las necesidades de la población –generando, por cierto, una interesada percepción en torno a la efectividad de tales programas frente a la “incumplida” responsabilidad que el poder civil debía tener en la promoción de políticas de bienestar social– dio pie, sin duda, a que el recurrente empeño del sector militar –y de sus voceros civiles– con respecto al involucramiento de las FF.AA. en tareas de desarrollo nacional, terminase alcanzando su máxima expresión en tiempos de la Revolución bolivariana. Solo el llamado “Plan Bolívar 2000” es buen ejemplo de ello, a través de lo que fuera la creación y puesta en marcha de mercados populares, la realización de obras de recuperación y mantenimiento de infraestructura –escuelas, hospitales, ambulatorios, centros odontológicos–, incluyendo el embaulamiento de quebradas.

Para decirlo, en resumidas cuentas, ambos –FF.AA. y guerrillas– se disputarían las simpatías de la población campesina; pero ambas parcelas (y subrayo lo de “ambas”) también operarían frente a las comunidades campesinas sobre la base del amedrentamiento y el terror.

―La derrota de las guerrillas, ¿ocurrió solo en el plano militar o también en lo político-ideológico y en la opinión pública?

―En realidad fue producto de una combinación de esos tres elementos, independientemente de que lo fuera en mayor –o menor grado– dependiendo del elemento del cual se tratara. Desgaste militar sin duda lo hubo; pero a ello habría que agregar la propia fragmentación guerrillera, el divisionismo entre sus filas, las tensiones entre “duros” (los que mantenían en alto la prédica de la guerra) y “blandos” (los dispuestos a llegar a ciertos entendimientos con el gobierno a fin de abandonar el cotejo armado). Agrégale a ello lo que fuera una tenaz campaña a través de los medios de opinión a la hora de denunciar la violencia guerrillera, a la cual, desde luego, contribuyó también el movimiento armado por obra de la confusión planteada ante sus propios objetivos políticos y militares o, incluso (puesto que se dio reiteradamente el caso) de la actuación autónoma y sin control de ciertas unidades de combate dispuestas a desafiar el aparato político del partido. Ese –por cierto– será uno de los acentos más trágicos de la década de la violencia guerrillera: el no saber determinar quién, a fin de cuentas, dictaba la línea: si el partido o la boca del fusil.

―Describes el modo en que la narrativa del régimen en el poder ha intentado reivindicar el movimiento guerrillero y a la figura del guerrillero. ¿Cuáles han sido los argumentos? ¿No han hecho una crítica de la violencia?

―Efectivamente, en el capítulo de cierre, titulado “Adiós a todo eso”, le dedico un buen número de páginas a la apropiación que el chavismo ha querido hacer de la lucha insurgente y, sobre todo, al querer construir una nueva memoria al respecto y estimular una visión historiográfica provista de una alta, clara y muy inteligible intencionalidad política. Esa parte del capítulo final lleva por nombre “El legado de la lucha armada”. Creo que privaría al libro de sorpresas si te hiciera un recuento de lo que menciono al respecto; pero, sin duda, la lucha armada de los años sesenta se ha distinguido como una de las tantas nostalgias que le da calorías a la Revolución bolivariana, al punto de hacer que la evocación de la guerrilla opere como uno de los nervios centrales de la narrativa gubernamental.

De hecho, el imaginario oficialista ha pretendido conferirle un rango muy significativo a la violencia armada de los sesenta, llegando inclusive a atribuirle una serie de conexiones directas con la rebelión militar de 1992. No en vano, el propio Hugo Chávez llegaría a afirmar lo siguiente en algún momento: “Yo creo que la lucha de los sesenta dejó una fragmentación tal y un veneno (sic) que hasta nosotros fuimos impregnados de ese producto”. Lo cito literalmente, tal cual lo hice en el libro. Como cito también el contenido de los textos de enseñanza introducidos por el Ministerio de Educación donde esa lucha se ve expresada como un tipo de violencia “excusable” en función de sus fines y propósitos.

Pero lo más fascinante (y para ello te dejo solo un abrebocas) es la parte en la cual, dentro de ese mismo capítulo de cierre, me dedico a poner de relieve lo que significara la difícil operación de hacer que el Ejército venezolano (dotado justamente a partir de esa década de 1960 de una profunda conciencia anti-guerrillera) se purificara pasando por las aguas lustrales de la Revolución bolivariana. Después de todo, ¿cómo se puede conciliar en la memoria de los venezolanos que ese Ejército actuase como principal soporte del Estado, en su carácter de titular de los medios coercitivos contra la guerrilla durante la década de 1960 y que, ya para comienzos del nuevo milenio, se autoproclamara como una fuerza “anti-imperialista” (categoría que solo puede dar lugar a que se interprete en su significado político) o que se definiera incluso (de haberse aprobado lo previsto por la reforma constitucional del 2007) como sostén de “la guerra popular de resistencia”? Creo que más difícil aún resulta responder a la siguiente pregunta, ¿cómo justificar el paso por encima de tan empinada cuesta entre lo que fuera el franco desbordamiento represivo de su actuación en el contexto del Caracazo en 1989 y las nuevas Fuerzas Armadas Bolivarianas proclamadas a partir del advenimiento de la revolución liderada por Hugo Chávez?

De lodos, contradicciones e inconsistencias está hecho este capítulo en el cual la Revolución bolivariana ha intentado darle un sentido de añoranza a esa guerra en la cual corrió sangre venezolana, y también cubana, y que fue sentida de manera particular por los habitantes de las regiones más apartadas del país, es decir, de los que nunca tienen dolientes.

―Su libro nos recuerda la valiente actitud de Juan Liscano, que se atrevió a denunciar a las guerrillas. ¿Qué pasaba entonces con el resto de los artistas y escritores? ¿Qué reacción hubo entonces ante las posiciones de Liscano?

―El libro, visto como se le quiera ver, es en el fondo un homenaje a Liscano. Comenzando por el título mismo, La insurrección anhelada. Está tomado de uno de los muchos artículos combativos que Liscano produjo para su columna en el diario El Nacional. Este empeño mío de que el libro fuera visto como un homenaje mío al poeta al que recuerdo con tanto cariño, se expresa incluso en la dedicatoria: allí le doy las gracias a Liscano por el simple hecho de que su voz sonara tan alto frente a la “insurrección anhelada”. Porque, en lo que al panorama intelectual venezolano se refiere, Liscano batalló no solo viéndose incomprendido, sino que, además, lo hizo dentro de un cuarto oscuro erizado de lanzas. Unos lo llamarán “vocero independiente ligado a Acción Democrática”; otros, con un dejo claramente despectivo, lo llamarían “intelectual betancourista”.

Dentro de la Guerra Fría “intelectual”, Liscano disparó y también recibió tiros a mansalva. Resulta que Liscano me sorprendió en tal sentido. Lo había valorado hasta ahora por el desarrollo de una obra poética muy personal, y desde luego también, como un extraordinario, aunque a veces, atropellado, polemista. Pero no esperaba encontrarme, mientras documentaba mi libro, con que Liscano hubiese actuado con tanta frecuencia, y con tanta potencia, como una voz solitaria en ese contexto cultural de los años sesenta y que, además, nada lo amilanara a la hora de presentar batalla desde la prensa contra la guerrilla y sus credos. Quisiera volver un momento sobre lo que dije acerca de la Guerra Fría “cultural”. Hablamos en este caso de una época en la que, como bien lo explica el historiador Alejandro Cardozo Uzcátegui, los movimientos literarios abrumados, inspirados o excitados por la experiencia cubana, lanzaron una variopinta serie de consignas ideológicas frente a las cuales Liscano figuraría predicando desde un páramo solitario.

Esa valentía de dialogar contra los vientos condujo sin duda a su temporal execración del panorama literario nacional; sin embargo, perdura precisamente en las páginas de los periódicos, especialmente de su columna semanal en el diario El Nacional, el testimonio de quien no se acuarteló para defenderse, sino que, antes bien, salió a dar el ataque en un clima poco propicio a la comprensión de sus pareceres. Por eso es que, más allá del título y la dedicatoria, el libro es también un homenaje a Liscano por la cantidad, casi innumerable, de artículos suyos, que me permito citar a lo largo de La insurrección anhelada y que dan cuenta de ese intento de Liscano por polemizar desde sus propios confines.
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La insurrección anhelada. Guerrilla y violencia en la Venezuela de los sesenta. Edgardo Mondolfi Gudat. Editorial Alfa. Caracas, 2017.