Trataré de decir en sencillas palabras que no pesen, rehuyendo el discurso engalanado, los problemas que nos plantea y las finalidades que le asignamos a la nueva Facultad de Filosofía y Letras. Una vez me atreví a afirmar en un ensayo que en Venezuela acontecen las cosas mágicamente, y que de pronto ese misterio numen, ese “Dios de Colombia” de que habló Bolívar resuelve o nos lanza cuestiones de tan vívida urgencia que ya no es posible sino enfrentarse a ellas, con rapidez que anhela el saldo de muchos años de olvido y de postergación. Siempre hubo en la historia venezolana, a pesar de la prédica derrotista y desengañada de los sembradores de cenizas, un impulso de ascenso social y espiritual, y por ello lo que yo llamaría la “sorpresa del pueblo”, la voz y el reclamo de una patria olvidada y escondida, vino a refutar los cálculos y previsiones mezquinas de quienes hubieran mantenido el país como en eterna minoría de edad, ofreciéndole los bienes de la civilización con la usura del cuentagotas.

Si los profesores que vamos a enseñar en la nueva escuela mirásemos la cuestión desde nuestro solo ángulo, habríamos aconsejado de inmediato la antigua fórmula de las antiguas universidades: limitar la matrícula y sembrar de escollos y trámites el camino que conduce a la inscripción universitaria.

Pero sin que tuviésemos que erogar, como la famosa Universidad de Harvard, más de cien mil dólares para una encuesta previa sobre las necesidades presentes de la educación superior, se nos reveló una realidad que seguramente inspirará más de un trabajo y actitud universitaria en los días que comienzan.

Por vocación yo soy cazador de pequeños hechos sociológicos, me gusta ver saltar la liebre del problema y advertir cómo se resuelve, con este “ahora o nunca” que debe ser el signo de toda generación decidida. Mucha más gente de la que esperábamos llenó los formularios de la Facultad de Filosofía por dos simples razones: primero, porque se siente hoy como nunca la deficiencia de la Universidad puramente profesionalista y se requiere –por sobre la técnica del médico o del ingeniero– lo que yo llamaría una inicial técnica humana que si no ofrece beneficio económico aspira a lo que vale tanto como eso: un arte de vivir y de comprender, un espíritu de fineza en el más estricto sentido pascaliano; y, segundo, porque son estos días laberínticos que vive el mundo, de crisis y socavamiento de costumbres y tradiciones, este estrépito sin finalidad, de este no saber a dónde se marcha que es el terrible signo de la civilización contemporánea. Cuando hablamos de que el excesivo profesionalismo universitario debía corregirse con más amplia fundamentación cultural, y que era necesaria esta Facultad de Filosofía, decíasenos que de surgir, ella, solo sería el refugio de algunas pocas gentes líricas y descentradas, o de escasos jóvenes a quienes el turbulento entusiasmo de la edad y el gusto de las palabras nuevas, torna –como es explicable– un poco pedantes, y que el país, tan urgido de técnicos, no hallará mayor provecho social en auspiciarla.

Es decir, se miraba el problema de la formación del hombre con el lente del más angosto positivismo; de un positivismo marchito en todas partes, pero que en Venezuela podía aún esgrimirse como viviente novedad. Hubo, además, en algunos políticos la falsa creencia de que el proceso educativo era separable y divisible en aisladas etapas, y que siendo cuestión primera la lucha contra el analfabetismo de las grandes masas, podría pensarse en la Filosofía y en las Letras cuando todos los venezolanos de todos los sitios escribiesen y leyesen. Pero nadie se preguntaba si al abandonar un aspecto de la educación para desenvolver otro, no se corría el riesgo de que al cabo de algunos años habría más lectores que buena lectura venezolana.

Era exactamente lo mismo que si en el famoso día del Génesis que abrió la historia de la humanidad de acuerdo con la tradición sacra, Jehová se contentase con hacer los pies y el tronco de Adán, reservándose la cabeza para otro sábado de mayor sosiego.

Pero el soplo de Jehová, el soplo de la cultura –podemos decir– metafóricamente dirige a la vez los pies y la cabeza del hombre. No se trata de procesos aislados o sucesivos sino paralelos y simultáneos. A la educación fragmentadora hay que oponer siempre la imagen de la educación integradora. Y que no era un proyecto vago y nebuloso el de la Facultad, vino a enseñárnoslo con una de sus habituales sorpresas, el pueblo venezolano.

La abundante matrícula, la cantidad de solicitudes, telegramas, cartas que se han acumulado en estos días en nuestra mesa de trabajo, demuestra que estos estudios obedecen a una necesidad nacional y tan auténtica, como cualesquiera otras.

Y aquí rozamos el nervio vivo de un asunto, cargado de especial problemática. ¿Qué es lo que se propone tanta gente que se incorpora a los cursos humanísticos o que pide –cuando tiene sus títulos y certificados en orden– que se le acepte, por lo menos, como oyentes de las aulas? ¿Es que todos desean ser escritores o filósofos con mengua y descuido de otras actividades urgentes en el país como las técnicas e industriales?

No fue menor la sorpresa –y sobre este asunto quiero reflexionar hoy– que nos ha dado la Facultad de Filosofía y Letras. Pensando en estos últimos años en el proceso de crecimiento económico de la nación, en el desborde de negocios que nos trajo la explotación petrolera y la abundancia de divisas, alguien observaba si no era tentativa quimérica hacer un sitio en los estudios universitarios para el pensamiento puro, para las humanidades clásicas, para aquellos altos goces de espíritu que no pueden expresarse en las estadísticas de producción o en los índices de ganancia financiera. La dolencia de la época –como ustedes lo saben– es haber hecho de la vida un maratón hacia el dinero, un pragmatismo esterilizador de otras formas más altas de existencia, que acaso explique por qué hay en este mundo de nuestros días tanto residuo de angustia, tanta nostalgia de felicidad y auténtico equilibrio humano; tan estruendosa quiebra de valores, tanta neurosis.

El hombre mira todo, menos el aseo y armonía de su alma. Sofrosine y eutimia, dos maravillosas virtudes griegas, huyeron de días en que emerge, sin duda, con ruido de convulsión el perfil de una nueva edad, parece buscarse, asimismo, la explicación integradora, el nuevo hilo de Ariadna que nos conduzca por las tortuosas y contradictorias encrucijadas de nuestra alma individual y de nuestra psique colectiva. No es un problema localizado en las latitudes geográficas; es de todo el universo.

Aun aquellos países como los Estados Unidos que gastaron tanto dinero en educación y que parecían tan seguros de la opulencia material y el rumbo de sus universidades, experimentan una igual crisis; se dan cuenta de que frente a la Universidad que da títulos y ofrece profesiones remuneradas, hay que injertar otra que atienda tanto como al adiestramiento económico a las grandes incógnitas del hombre, a este “¿Cómo?” y a este “¿Para qué?” por el que se clama con desgarrada angustia.

Leed –para que advirtáis lo profundo y universal del problema– el informe de la Universidad de Harvard.

Porque en estos años recientes de guerra, de fascismo, de generales convulsiones, casi nos precipitamos en la inhumanidad y en la infrahumanidad, en el colapso de todos los valores, volvemos a decir la vieja palabra Humanitas buscándole el urgente sentido de completación estética y moral del hombre.

Sabemos que acaso no cabrán en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras todos los alumnos que se han inscrito. La propia técnica de un buen trabajo docente nos obligará a dividirlos en grupos y a distinguir entre los que tienen constancia y aptitudes para la investigación y aquellos que sólo se satisfacen con las conferencias, las clases y las lecturas mínimas. En la más democrática selección humana, los inconstantes deben dejar su sitio a los esforzados; los tardos y perezosos, a los responsables y diligentes.

Pero ha aparecido en la Universidad de Caracas un alto problema público que los directores universitarios no pueden ya sino considerar a riesgo de no cumplir con la esperanza de nuestro pueblo: el de tanta gente que pide al instituto una orientación espiritual, y el estudiantado que advierte que el hombre no sólo vive para el usufructo de una profesión, sino también para comprender el mundo en que se mueve, las ideas que orientan su época; para tener acceso a aquellas altas formas de perfección y casi diría de suma felicidad –la única felicidad que no engaña– que nos dan los grandes libros, los grandes pensadores, las obras de arte.

Con fe en este pueblo venezolano, tan ágil, tan despierto, eterno Anteo a quien no derribó definitivamente ninguna derrota; pueblo que desde todos los rincones de nuestra patria está gritando su enorme anhelo de mejorar y aprender; pueblo al que en los últimos años hemos visto ganar una creciente epopeya de conciencia, iniciamos la tarea.

Nos acompañarán en ella; ofrecerán a la juventud venezolana su mayor experiencia en este género de disciplinas, algunos ilustres maestros españoles. Aquella España de la Junta de ampliación de estudios, de las promociones magníficas que antes de estos diez últimos años de guerra y universal tribulación, buscaban en todas las universidades de Europa: en Upsala como en Marburgo, en Lieja como en Heidelberg, los nuevos métodos y las nuevas formas del pensamiento contemporáneo, constituye para nosotros una obligada escala en el camino de nuestra recuperación cultural.

Hombres como Juan David García Bacca y como Eugenio Imaz, que ahora son nuestros huéspedes, nos han enseñado con edificante escolaridad, que en la vieja lengua de nuestros padres, es posible decir y ordenar todo lo que el angustiado hombre de hoy sabe acerca del universo.

Espero que así como hoy visitan nuestras cátedras maestros españoles, mañana puedan hacerla –y es el desiderátum de toda universidad bien organizada maestros de otras lenguas y latitudes. Ninguna nación, ningún instituto de cultura pudo renovarse sin este intercambio de hombres, de técnicas, de conocimientos.

Lo necesitó la Universidad de París de una fecha tan lejana como el siglo XIII para ordenar los grandes monumentos de la escolástica medieval, y el Salema de Federico II de Hohenstaufen para que el Occidente se incorporase a la medicina y la matemática de los árabes; lo requirió la Rusia de Pedro el Grande y el Berlín de los primeros Hohenzollern; lo requieren todavía –con la más ejemplar diligencia– las universidades de los Estados Unidos.

El mejor nacionalismo, el más eficiente, no es el que queda atado a los límites de las colinas o de la frontera acústica de las campanas parroquiales, sino el que abre para los pueblos el camino de la Universidad. Sabiendo qué hicieron y cómo aprendieron los otros, surge el espíritu de emulación, sin el cual todo patriotismo sería narcisista y se ahogaría como el joven del mito en el estanque inmóvil. Quien solo se ve a sí mismo, ni siquiera se ve, porque nuestro ser define su individualidad en el contacto con los otros. Hasta el espejo es ya, una proyección; un salir de sí.

Amor y amistad, móviles del mundo según el verso dantesco, surgen de este yo que encuentra a un  con quien compartir y con quien dialogar; de esa completación de nuestro propio ser que se nos había perdido, de acuerdo con el mito platónico. Y como el amor y la amistad, la cultura es también colaboración, debate y encuentro.

Quienes sin visión histórica se amurallan en su nacionalismo cultural –que a veces parece tan sólo justificación de la propia pereza, porque resulta naturalmente más fácil ser el primer matemático de Upata y el primer metafísico de El Hatillo, que serlo de toda Venezuela– olvidan que hasta una empresa tan entrañablemente cargada de nacionalidad como nuestra Revolución de Independencia, se fecundó y fue posible porque a través de una ideología mundial, descubrieron los hombres de entonces sus soterrados derechos.

¿Qué libros leyeron Sanz, Miranda y Bolívar; qué problemática del mundo suscitaron en nuestro gran Precursor y nuestro gran Libertador, las sociedades y el pensamiento de Europa; qué idiomas tuvo que aprender Palacio Fajardo para alegar fuera de las fronteras nacionales, la justicia de nuestra causa? Paradójicamente la primera batalla por nuestra libertad política: la de las ideas, se ganaba en los periódicos de 1810 con citas de Rousseau y Montesquieu, con frases de Locke y de David Hume. Un William Burke, escritor irlandés trasladado a Caracas, era uno de los inspiradores de la Gazeta, primero de nuestros grandes periódicos insurgentes; y en el equipaje de Miranda y en la cabeza milagrosa de Bolívar había muchos planes de reforma social que les comunicara en Londres, en 1810, aquel curioso utopista y legislador, enamorado a distancia de nuestra América, que se llamaba Jeremías Bentham.

En mi pequeño libro de literatura venezolana traté de probar que por conocer también a  Maupassant y a Daudet, y por haber hecho una previa excursión cosmopolita por las literaturas de la generación de 1895, escribieron ya, con tan segura maestría, los primeros cuentos criollos.

Ni siquiera el propio país o el pueblo en donde nacimos pueden entenderse si no se compara con otros; si carecemos de paralelo o de perspectiva. Desde este punto de vista, la “realidad venezolana” no es precisamente la que mira el hombre desde el estrecho valle en que está sumergida su aldea, sino la que resulta de cotejar muchos fenómenos venezolanos con otros de la época y del universo entero.

Que en estos claustros se trabaje con fe y generosidad por esa Venezuela universal; grande no tan solo por su territorio y su ingente riqueza promisoria y por su heroica historia vivida, sino grande, asimismo, por la cultura que debe crear y por la nueva historia que debe hacer, es el más sencillo y también más ardiente voto que se me ocurre ahora. Recuerdo unas frases de Hegel:

“La edad florida, la auténtica juventud de un pueblo, es el período en que el espíritu es todavía activo. Los individuos tienen entonces el afán de conservar su patria, de revisar el fin de su pueblo. Cuando esto se consigue, comienza el hábito de vivir. Así como el hombre perece con el hábito de vivir, así también el espíritu del pueblo se agota en la costumbre y el goce de sí mismo. Cuando el espíritu del pueblo ha llevado a cabo toda su actividad, cesan la agitación y el estímulo; se vive en el tránsito de la virilidad a la vejez, en el simple disfrute de lo adquirido. Se inicia un opaco presente sin necesidades. El pueblo, renunciando a diversos aspectos de su fin, se contenta con el ámbito menor; no se inician nuevos propósitos, se estanca en la satisfacción del fin alcanzado, se cae en la costumbre donde ya no hay vida alguna; se camina hacia la muerte natural. La vida pierde su máximo y supremo interés, pues el interés solo existe donde hay lucha y antítesis”.

A la juventud que viene a estas aulas y a los profesores que trabajamos en ellas nos incumbe, pues, la tarea de animar ese cotidiano impulso, ese viviente hacer y rehacer; esa historia que no se empozó porque sigue creciendo y circulando, que Hegel ha llamado la “edad florida de los pueblos”.

Caracas, 12-X-1946