DEL TRADUCTOR COMO GUILLERMO TELL

Después de seis años, volví a venir a Raroña. La tumba de Rilke está ahora más mustia. El ciervo dorado ya no descansa sobre sus huesos. Es curioso: no vine con ningún libro de Maurice Chappaz, pero lo tengo todo el tiempo en la cabeza. Traía la traducción de Jean-Marc Lovay ya empezada en España, así que esta vez juego con ventaja. En unas semanas llego al final del libro: no hay salida para ninguno de los personajes, la polenta impone su dominio ancestral, el crimen se mantiene como un sueño mítico, las cabañas, con sus chorros de agua junto a la puerta, disipan toda posibilidad de escapatoria. La segunda fase comienza cuando, párrafo a párrafo, voy comprobando los pasajes más complejos y contrastándolos con el original. Este proceso es agotador, pues el texto es duro, pedregoso, como un arroyo de montaña que serpentea y no se deja atrapar nunca. A quién se le ocurre traducir un libro escrito en Pinsec, en un valle perdido del Valais, y además titulado Polenta. Supero, con algunas dudas y con un arrojo que en algunos pasajes se parece a la temeridad, esta segunda fase. Las siguientes dos semanas soy como un Guillermo Tell que apunta a la manzana situada sobre la cabeza del texto, cargando una y otra vez la ballesta de la sintaxis, línea a línea, leyéndolo en voz alta para saber si es mi hijo, si es sangre de mi sangre. ¿Saldré airoso?

De un diario de Raroña, junio de 2019

Rafael-José Díaz

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PEQUEÑAS FORMAS DE RESISTIRSE – I

Quien se dedique a traducir consecuente y seriamente (iba a escribir: devotamente), pronto descubrirá que la aplicación ciega de normas y preceptos es imposible: cada nuevo texto pide del traductor una honda revisión de sus presupuestos teóricos, demandándole nuevas formas de flexibilidad mental. En otras palabras, cada traducción hace que el traductor vuelva a ser, en cierta medida, un aprendiz. Nuevos problemas le son planteados y viejos problemas reaparecen con rostros insólitos. La palabra conocida se desdobla en el abanico de sus connotaciones. La frase familiar, transfigurada por el contexto, de golpe se resiste a migrar dócilmente a una nueva lengua. En este sentido, la traducción funciona como una suerte de antídoto contra el vicio de los finales, la búsqueda tozuda de una maestría inexpugnable. Enseña que el oficio es más importante que quien lo ejerce; que la materia viva del texto da forma a las manos, y no al revés. Es una especie de humildad, diría. Pero, sobre todo, una manera de resistencia. Cualquier poder constituido de manera opresiva tiende a presentarse bajo el signo de lo definitivo: “nosotros somos el final / la consumación / la cima de la Historia” suele ser su lema. Sin embargo, desde su esquina terca, la traducción responde: no, todo merece ser dicho nuevamente, desde el principio, innumerables veces.

Adalber Salas Hernández

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LA TRADUCCIÓN ERRÁTICA

La posibilidad de traducir algunos fragmentos de Nuevas impresiones de África (1932), de Raymond Roussel, hace funcionar un mecanismo desquiciado; ya en eso la voluntad copia el radical imaginario del autor francés. Haber escrito ese poema hecho de incisos, cortes y notas marginales es una osadía: después del fracaso de sus otros libros, Roussel trabajó por años hasta alcanzar la “vegetación circular” descrita por Foucault – cada verso le tomó unas quince horas. Cualquier versión será un atrevimiento afín. Hay una en inglés firmada por Mark Ford (Princeton University Press: Princeton and Oxford, 2011). Es apta y provechosa, pero evita el formato de los pareados alejandrinos de rima consonante. Las Nuevas impresiones son un agregado al museo de objetos anti-líricos: no le interesan la exposición subjetiva ni la vehemencia o la claridad emocional. Yo querría una idéntica machine célibataire: arbitraria, desengañada, libre de recelos, tal vez innecesaria – un revés total. Sus primeras líneas: “Sin duda, al pensamiento y al cuento más arcano / Nos lleva que nos digan que detrás de aquel vano / Cautivo fue tres meses Luis Noveno… ¡el rey santo! / Parece algo tangible y reciente –aunque hace tanto– / En este país repleto de joyas colapsadas, / Tales que no se sabe de cosas más gastadas”.

Luis Moreno Villamediana

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LEYENDO A UNGARETTI

De pronto la memoria me lleva a un tren en Italia, vivo en Perugia adonde he ido a estudiar con una beca del Instituto de Cultura. Tengo un libro de Ungaretti sobre las piernas, voy leyendo breves poemas en italiano, recogidos en una antigua edición de Garzanti. Mis ojos oscilan entre el paisaje umbro y los textos de “La Alegría”. Entiendo y disfruto de la lectura –con la mia fame di lupo–, siento el regocijo que produce la poesía cuando resuena con algo interno. No puedo, sin embargo, dejar de bocetear una traducción en mi libreta –apaciguo mi cuerpo de oveja–, observo la manera en la cual percibo ambos códigos, experimento vivamente la diferencia –sono come la misera barca–, lo importante es cómo se dispone mi alma a recibir estas palabras en idiomas distintos. Es posible, pienso, que las lenguas se necesiten unas a otras para comprenderse –y como el océano libidinoso– dejo que cada una me lleve a su propia deriva.

Si imagino la traducción como si fuera una mudanza, advierto un sentimiento de hospitalidad –in nessuna parte di terra / puedo quedarme–, como un casero que permite la entrada a un mobiliario no siempre cómodo, para que el huésped logre sentirse a gusto, tratando, a veces infructuosamente, de no herir o invadir demasiado al anfitrión –y me distancio siempre / straniero–.

Al final, la lengua de la traducción es una suerte de híbrido que conserva un poco de los dos idiomas, idiomas que deben convivir, compartir una casa. También quien vive mucho tiempo en un país donde no se habla su lengua materna termina usando una lengua híbrida y eso, me convenzo cada día más, no tendría por qué inquietarnos –mi riconosco immagine passeggera / atrapada en un viaje inmortal–.

Carmen Leonor Ferro

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SOBRE LAS HUELLAS DE RAMOS SUCRE

Visité la tumba de José Antonio Ramos Sucre en el cementerio viejo de Cumaná en el verano del 2010 –mientras traducía su obra al inglés– gracias a Rubi Guerra, quien luego de darnos un tour de la Casa Ramos Sucre esa mañana preguntó: “¿Quieren ver su tumba?”. Advirtió que el lugar estaba descuidado mientras subimos en carro al cerro detrás de la Iglesia de Santa Inés. Estacionamos frente a los muros del cementerio, al lado de una prisión y del antiguo castillo San Antonio.

Al atravesar las rejas de la entrada principal, nos encontramos con un pequeño grupo de personas en un círculo hablando y compartiendo una botella de aguardiente bajo el sol cumanés que yo sentía más fuerte de lo normal en ese momento. Hubo un largo silencio incómodo mientras los dos grupos nos miramos. Nosotros y la Orden de Bebedores de Caña del Cementerio. Rubi los saludó y dijo: “Venimos a ver un pariente”, mientras empezamos a caminar. Dos de ellos, una mujer y un hombre, nos siguieron. Me puse paranoico pensando en lo peor (“el hampa… el hampa…”) pero al alcanzarnos comentaron: “Los acompañamos porque esta zona puede ser peligrosa”.

Alguien había cavado una tumba hace poco justo en frente de la de Ramos Sucre, así que teníamos un hueco de tierra roja desparramada a nuestros pies. Tomé dos fotos y nos fuimos en silencio. Aunque ninguno de nuestros acompañantes sabía quién era nuestro pariente, ni hablamos del tema con ellos, ese día fueron custodios del poeta.

Guillermo Parra