"Luego evoco mentalmente la imagen del Ávila caraqueño que siempre me acompaña", Óscar Lucien

Se me hace bastante difícil la lectura de los mapas. Cuando viajo, incluso con las limitaciones de la lengua, recurro con frecuencia a algún viandante para preguntar por una dirección. La cartografía requiere un nivel de abstracción para el cual estoy absolutamente discapacitado. No sé si es un handicap compartido por muchos, pero últimamente para medianamente orientarme en el destino deseado me es útil dirigirme en el sentido contrario a la indicación del mapa. Ahora noto que me extravío menos. También, aunque tengo un teléfono de los llamados inteligentes, siempre me ha sido más eficaz consultar al primero que me pasa por al lado.

Las aplicaciones digitales que suman a la descripción gráfica un mensaje de voz me paralizan cuando indican “dirígete al noroeste y luego continúa por el suroeste de determinada calle”.  Es como si en ese momento el mensaje digital hiciera una traducción en chino. Quedo varado en el mismo sitio buscando a quien preguntarle donde queda el noroeste. Recibo más asombro que respuestas.

Afortunadamente he logrado afinar un método que me resulta infalible.

Donde quiera que llego me aseguro de averiguar donde queda el norte de la ciudad. Luego evoco mentalmente la imagen del Ávila caraqueño que siempre me acompaña. Con esta constante presencia de nuestro tótem cotidiano mantengo el hábito de ser puntual en mis citas y ando más despreocupado en mi deambular.

Óscar Lucien

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ÍNDICE DE UNA MÁSCARA. Escena de un monólogo.

-Le entregué toda mi juventud al teatro. La gasté en vanidad y alarde ostentando la asunción de almas ajenas, precipitándome en sus estados de ánimo a profundidades inconvenientes a mi naturaleza…pero lo hice bien, sí. Amé y lo hice bien. ! ¡Cuántas veces entré a escena en un personaje con mis ojos prestados y mis lágrimas! ¿Y las veces que he muerto? ¡Ah! ¡Este es el asunto! ¡Vivir, renacer, volver a ser en otro personaje cada vez que baja el telón para subir de nuevo en la próxima temporada!! ¡Trasmigrar! ¡Trasmutar! ¡He aquí el espíritu del teatro! ¡Son las temporadas que van tejiendo la urdimbre de nuestras biografías con un prólogo entusiasmado escrito por la juventud y un índice lleno de admiraciones y aplausos que van callando poco a poco hasta cuando el telón de los párpados se cierra! Por nada, por nada. Sí, por nada. Por creer que inventamos la vida, no que la gastamos o la distraemos en los juegos del azar, o complacientes viajes turísticos vacacionales. No. Apenas si un poco de sueños en las madrugadas de los ensayos y en las prácticas del amor. Ah, eso sí. ¡El amor empapado con lágrimas de nieve se calienta en la cumbre de las ganaderías! Y aquí veré cómo voy a meter esta reflexión: ¿Por qué tengo que disfrazarme de actor para decir la verdad, si el actor puede ser una mentira mal colocada, entre el personaje y el hombre?… ¡Ajá! ¡Y entregarnos, abrazarnos y besarnos! ¡Amarnos en los camerinos, en los túneles de las escaleras del teatro Nacional! ¡O en los meandros del Aula Magna, o en los escondrijos del Ateneo de Caracas! ¡En las noches y madrugadas caraqueñas! ¡En los amaneceres de su Guaraira Repano! Y eso sí, ¡primero la memoria de los siglos, nuestros amados parlamentos de Mercucio, Ligurio, Oberón, Coriolano, Próspero, Fausto, Fiestas el bufón de “Noche de Reyes”! ¡Primero Shakespeare, Lope de Vega, Cervantes Saavedra, León Felipe, ah, ¡don Pedro Calderón de la Barca! ¡La vida es sueño!: “! Ah, mísero de mí, y ay infelice …” mi vida en el teatro…es como el desandar de la vejez, pero sin quejas ni nada de eso en absoluto, a pesar del tiempo que nos modela increíbles. ¡No! Es como una vaina antes del guisante…está fuera del tiempo. Pero a mí (mirando al público):

Solo me faltó callar

nunca me ha faltado nada

porque he tenido la vida.

Y porque me sobra la vida y sus tristezas

que las hay tantas en el amor

saber que todo aquí mismo se queda

y aquí mismo comienza

andar y desandar por tantos recuerdos

hasta no recordar más.

Asdrúbal Meléndez

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Expiatorio (Diario de una escritura sin rumbo fijo)

Ya no es una joven de 25. De eso ya han pasado 17 años. Demasiados. Tantos amores equivocados (suficientes para saber que perdió tiempo en sufrimientos banales); tanto arrepentimiento. Ahora mira fotos y reseñas de gente muy joven que sobresale, que viaja o que se queda en su país haciendo avances valiosos. ¿Qué hice yo? Se interroga. Casi nada, piensa. Muy poco. Insiste. Hoy quiere hacer lo que no hizo, pero la edad pesa, y la salud, y la energía, y la culpa. ¿Qué hago yo? Siente que nada, o muy poco, para no ser tan dura consigo misma. Lo intenta, pero no le basta. Hace falta más que intentos para hacer las cosas que se desean. Ese suma de desórdenes en su cabeza y su cuarto de estudio. No sabe dónde comenzar; esa falta de confianza en sí misma que sabotea a menudo (y a veces, siempre). Querer hacer y no hacer. Esas ganas escondidas de flotar y seguir ahogada en la nada, en el caos. Acciona, hazlo, deja la inercia y ponte a hacer. Palabras ajenas. Y hasta razón les dará. Promete escribir mañana nuevamente; seguir haciendo este ejercicio. Para ella, para nadie más. Este, su primer ejercicio de escritura, también puede ser una ficción. De hecho, ya lo es. Hasta mañana.

Geraudí González Olivares

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Si la ternura llegase a ser la única orden del día

y la luz la única posibilidad ante tantas puertas hacia habitaciones a oscuras

las palabras dentro de mí me cegarán

y ya no será posible recordar la mano temblorosa

de ella sobre mi rostro

La poesía es una mala madre

una maldita bendición

en esta tierra de desgracias

Miguel Marcotrigiano

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MONEDA DURA 

Querida D,

Entro y salgo por la ventana del cuarto donde vivo. Es en serio: la cerradura, que estaba defectuosa cuando me mudé, se terminó de dañar esta madrugada cuando necesité ir al baño. No es la ventana que de a la calle, esa tiene rejas ;sino la que da al patio interior. De allí paso a la salita que ya no es mía ( ni siquiera la estrene) y salgo por la puerta de la calle. La puerta del patiecito se cierra lógicamente desde la salita que te nombro. Como ayer, después de avisar  la cerraron según su costumbre los otros inquilinos ( una familia de peruanos que llegó a la casa hace más de diez años), tuve que pasarle mis llaves a través de la ventana que da a la calle, a una mujer que supuse confiable. Anoche dejé un cartel en la puerta. Espero poder salir hoy con normalidad. Cuando me dormí después de entender que sin un cerrajero era imposible abrir la puerta, tuve pesadillas.

Te juro que esto que te cuento es totalmente cierto.

María Celina Núñez

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Laúd de una sola cuerda

El cónsul arrancó once cuerdas de su instrumento. Conservó un solo hilo, suficiente para sus tres libros en prosa, pero con muchos escenarios y temas mayoritariamente reescritos, mencionados en voz baja para así aumentar las dimensiones del enigma. José Antonio Ramos Sucre escribió empleando, muchas veces, una misma estructura sintáctica: la aposición que interrumpe y es un descanso reiterado. Un único sonido sale de su laúd verbal. Es inútil hacer una búsqueda textual para comprobarlo. Pudo ser cualquier otro instrumento de cuerda, sacado de antiguos relatos leídos en lenguas fallecidas ¿El poeta cumanés utilizaba este recurso uniforme como una manera de autoflagelación discursiva, como una manera de vengarse, castigándose, de algunas represiones de su infancia? Idiomas y erudición le otorgaron alivio momentáneo (consciencia lingüística). Porque solo eso queda, me parece, cuando se ha leído mucho, sufrido tanto y dormido poco: el método, la ordenación de las palabras y el suicidio.

Néstor Mendoza

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Política Minúscula

Propuse hace poco la imagen de una ciudad amurallada por leyes, para simbolizar que en vez de ser los hombres los que la vigilen, sean las leyes las que la gobiernen. Pero, ¿de dónde nacen las leyes?, ¿qué hace a la ley legítima?, ¿en qué difiere una ley de una norma, de una mera costumbre, o de una arbitraria imposición de una voluntad ajena a la nuestra? Para Montesquieu esta es la pregunta sobre el espíritu de la ley. Según este pensador, la ley no es definida por quién la determina, sino por la manera en que emerge del tejido mismo de la sociedad donde se aplica. Según Montesquieu, no hace ley a una ley el hecho de que emane de la voluntad de Dios, o de un Parlamento, o de un Tirano. La ley es aquello que la sociedad practica como ley. Esta concepción es complicada y nos tienta a ver a Montesquieu como un relativista moral, pues se concluye que si ley es lo que una determinada sociedad cree que es justo, correcto, o equitativo, no podemos cuestionarla. ¿Y cómo se explica que hayan sociedades donde la violencia, la barbarie y el odio se han hecho leyes? ¿qué respondería Montesquieu a esto? Imagino que diría que es una sociedad cuyo tejido social se ha corrompido. Exploraremos esto la próxima vez.

Paola Romero

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El innominable

Fue un episodio tan trágico que todos convinieron en que no debía quedar memoria de él. Los cronistas recibieron la orden de destruir todo lo escrito y de no volver a mencionarlo nunca. Lo que sabemos nos ha llegado de boca en boca atravesando los siglos. Se dice que hubo un rey que perdió el sueño. Al amanecer vagaba por palacio presa de una desazón que lo corroía mientras escuchaba los ronquidos de caballeros y criados. Una noche encontró dormido al soldado que hacía guardia ante su puerta, la espalda apoyada en el muro. El grito retumbó en todo el palacio, si el rey no puede dormir, sus siervos tampoco. Los amanuenses fueron despertados y tuvieron que hacer cientos de copias del edicto que los mensajeros llevaron hasta la última aldea del reino. El soberano pronto descubrió que su orden no era obedecida. Los peores castigos, las amenazas de ejecutar a cualquiera que fuese sorprendido durmiendo no bastaron. Entonces el rey ordenó que resonaran sin tregua trompetas y clarines, pero al cabo de unas horas los músicos caían exhaustos. Las campanas, exclamó el rey, que todas las campanas del reino tañan día y noche. Luego movilizó a la artillería con la orden de que los cañones se relevasen disparando salvas. En todas las regiones habitadas del reino el estruendo se mezclaba con el llanto y los gritos de los niños asustados. Los pájaros volaban sin poder posarse hasta que se estrellaban como pedruscos de granizo. Las gentes huían, abandonaban en masa el reino e invadían los países vecinos en busca de silencio. La reina convocó a galenos, curanderos y hechiceras. No hubo pócima que el rey no probase, pero ninguna venció su desvelo. No se sabe qué mano empuñó la daga. Se dice que fue la reina al ver enloquecer y morir al más pequeño de sus hijos. Aunque también se murmura que fue el propio rey quien puso fin a su desamparo.

Tomás Onaindía