Al contrario de los profetas del antiurbanismo, para Villanueva no hay alternativa a la ciudad / Archivo El Nacional

Por MARCO NEGRÓN

La gran exposición que sobre Carlos Raúl Villanueva prepara el Museo de Arte Contemporáneo para noviembre es una buena ocasión para plantear la oportunidad de la reedición de su obra escrita. Una obra breve pero rica y estimulante, que se concreta en su Caracas de ayer y de hoy, de 1943, en sus Escritos, publicados en 1965 por iniciativa de Antonio Granados Valdés, y en artículos dispersos en diferentes publicaciones periódicas, entre las que cabe señalar la edición-homenaje de la revista Punto, N° 46 de junio de 1972. Este comentario lo centramos en sus ideas acerca de la ciudad, complementándolo con la transcripción de algunos párrafos de sus Escritos.

No creo que pueda haber ninguna duda en cuanto a que es Villanueva el arquitecto venezolano que más y mejor ciudad ha hecho. Desde esa proposición ejemplar que es El Silencio, pasando por el polémico pero imprescindible 23 de Enero hasta llegar a la Ciudad Universitaria, el tema de Villanueva fue siempre la ciudad. Y la prueba está en sus propias arquitecturas, donde el tema de la vivienda individual es desdeñado, relegado a un ámbito puramente doméstico: su misma casa, la de algún amigo tal vez demasiado amigo y demasiado insistente. Sus temas fueron en cambio las arquitecturas colectivas, auténticos embriones de ciudad: el Aula Magna y la Plaza Cubierta, la Biblioteca Central, las viviendas colectivas de El Silencio, el 23 de Enero o El Paraíso.

Me atrevo a afirmar que para el extraordinario arquitecto que fue Villanueva, la cuestión de la arquitectura individualmente considerada se ubicaba, sin embargo, en el universo de los intereses personales, casi diría que privados. “Buena” o “mala” −cuánta subjetividad pueden encerrar estos adjetivos− lo que importaba en definitiva era si esa arquitectura hacía o no ciudad. Y la ciudad para Villanueva era espacio de interrelaciones y de intercambio entre los hombres, que por último, entre afirmaciones y negaciones, iba construyendo civilización y democracia. Nunca linealmente, siempre −como en todo lo que, estando vivo, se transforma continuamente− entre contradicciones e incertidumbres.

Hoy será fácil decir que él, formado en la tradición de la École des Beaux-Arts, no contaba con la sofisticada preparación técnico-instrumental que se supone necesaria para abordar los cada vez más intrincados problemas de las metrópolis contemporáneas. Peccata minuta diría un amigo, porque contaba con algo más raro y más preciado: lo que, a falta de mejor término, llamaré la “intuición cultural” de la ciudad. Una intuición sui generis, fundada sobre una cultura abierta hacia todos los horizontes y, a la vez, sobre una profunda e indeclinable simpatía humana, sobre la raigal convicción de que, antes que un problema de forma, arquitectura y ciudad son un problema de civilización y de sociabilidad, de compromiso con el bienestar colectivo de los hombres. Un bienestar asentado sobre una sólida base material, pero que, lejos de agotarse en ella, se legitima en la medida en la que es capaz de expandir y recrear la herencia cultural colectiva.

Que en su opinión el urbanismo de Caracas, más que malo, fuera malísimo, no le impedía reafirmar su madurada convicción acerca de la neta superioridad de la vida urbana. No hay en sus escritos una sola concesión a los extravíos roussoianos de la vuelta al campo, tan frecuentes en la crítica urbana. Y no podía ser de otra manera en quien, a las supuestas virtudes del naturalismo y la ingenuidad más o menos primitiva, oponía los valores de la civilización y de una inteligencia pacientemente cultivada, es decir, pacientemente artificializada o, si se prefiere, humanizada. Al contrario de los profetas del antiurbanismo, para Villanueva no hay alternativa a la ciudad: la respuesta a su deterioro no podía ser la ruralización, que veía como un tan imposible como inaceptable retorno al pasado, sino la lucha por su recalificación, por hacer más y mejor ciudad.

Pero tampoco encontraremos concesiones a la zamarrería burguesa de la especulación: para él la inteligencia es un producto de civilización, no simple viveza que, no por azar, tiene intensas connotaciones ruralistas. Por eso identificaba en esa viveza −tanto en sus versiones crudas como en las racionalizadas− el cáncer que corroe nuestras ciudades. Y para combatirlo proponía a los arquitectos un programa donde la función de ser “críticos y acusadores” no era de las menos importantes.

*Publicado en la edición Número 23 de Lectores, que circuló el 20 de noviembre de 1988.


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