Por MIGUEL ÁNGEL CAMPOS

Escritura sin filiaciones legales, el ensayo es una forma del discurso que adviene tras el imperio de la duda. Expresión moderna en el sentido de una actitud, se construye sin embargo apelando a la variedad y la mezcolanza: lo viejo y lo nuevo convive en él reconociéndose. La discusión sobre su identidad nace con el género mismo, y una de las primeras preguntas debió ser ¿qué clase de género es?, o más drástico aún, ¿es un género? Si la poesía y la novela, por ejemplo, deslindan con precisión su territorio formal es porque hay en ellos una declaración de funciones, se adelantan a lo que informan, al debate mismo. Muy diferente es la situación del ensayo, aparece en los intersticios, categoría de preámbulo, en su origen debió parecer nota al margen, prólogo, miscelánea, advertencia. Cuándo empieza el discurso, debieron preguntarse; porque este es justamente uno de sus atributos, no declara sus propósitos y cuando termina de decir todo lo ha comprometido: su propia voz y el universo que manipula y describe.

Si la novela es el formato, el clima de un orden, género autorizado por la burguesía, como han señalado entre otros Lukács, el ensayo es el de una escritura capaz de instalarse desde la incertidumbre. Irrumpe cuando todo empieza a perder firmeza, pudiéramos decir que corresponde al descubrimiento de otra dimensionalidad de lo ideológico, aquella donde los saberes entran en crisis, sería la escritura de la sospecha. Algunas evidencias señalan en la dirección de una destrucción de las jerarquías de los objetos y temas, ya no hay un universo que deba ser diseccionado en relación con sus intereses, ya no existe un objeto santificado para la expresión; el discurso, lo encarado, aparece ahora fusionado, uniformado desde las imposiciones de una voz que se sabe sin genealogía, sin ascendencias para resguardar ni paradigmas a los cuales remitirse.

Pascal fue el primero en ver en los Ensayos de Montaigne una nueva perspectiva de la libertad de lo subjetivo, anotó una conclusión que dura ya trescientos años: el escepticismo. Este escepticismo es una  nueva manera de apasionarse por el mundo, es un estilo deshacedor de normas y protocolos, todas las poéticas se disuelven, pero es también un juicio sobre el orden consagrado de la cultura y sus disciplinas, sobre las posibilidades del conocimiento, sobre la razón, en fin, todo cuanto sustente lo institucional. Por supuesto, es menos difícil señalar qué no es ensayo. Ni siquiera la forma, “prosa porosa”, es garantía de algún rasgo, tampoco el carácter documental o no ficcional, así que no necesariamente es ensayo aquello escrito en prosa tratando asuntos de la vida real. Podemos, a su vez, encontrar largas relaciones escritas en verso, las cuales no podemos excluir automáticamente, piénsese, por ejemplo en Memoria sobre el cultivo del café en Antioquía (1866), de Eduardo Gutiérrez González, o en Constitución política (1859), de Felipe Pardo y Aliaga. Por el lenguaje y la entonación, por la determinación autárquica, por la eficacia de lo aleccionador, son ensayos instintivos. Si Ramos Sucre escribe en prosa es solo para decirnos que lo enunciativo ha cesado, la poesía redimiendo toda enunciación, acto de confiscación de un mundo y anulando clasificaciones y catálogos. No solo ha sido sustraído el punto de vista, también la voluntad de demostración del ensayo. Cómo hizo para convertir un universo objetivo, rígido (cultura, erudición) en el lenguaje destilado donde unas formas arqueológicas están presentes sin ocupar espacio. Pienso en W. B. Yeats, en E. Pound, también ellos dispusieron de aquel horizonte a placer, pero sublimaron los objetos, simbolizando. En Ramos Sucre, en cambio, esos objetos están nombrados, señalados, casi como en un museo, y sin embargo no interfieren en la revelación de un clima donde la opacidad del yo autonombrado está fundando una nueva relación con los referentes de la poesía. Retiene, o descubre, la potencia ordenadora de la escritura ensayística y hace de ella el líquido amniótico donde florece el mundo críptico de la poesía. Algún acuerdo circular supone esa relación, ya no simbiosis ni alianzas formales, quizás sea una manera de autarquía donde dos lenguajes se funden sin tocarse. Uno es penumbra, el otro relieve entre las sombras. La comparatística puede ser útil, ayuda a ver las concesiones de lo absoluto.

Parece claro que escrituras puramente informativas, llámense compendios, monografías escolares, estudios periciales, diccionarios, enciclopedias y catálogos no son ni pretenden ser ensayo, tampoco la escritura periodística canónica. Algunas biografías, memorias personales, diarios y relatos de viaje, relaciones de veedor, crónicas, resultan, a su vez, colonizados por el ritmo y las marcas deseables del ensayo. Señalemos una curiosidad, más bien paradoja: del escepticismo como elección, del recelo y hasta el desdén, brota con fuerza una expresión abierta, capaz de ser ella misma el emblema de la tolerancia, que nada sanciona por anticipado y apta para mezclarse, cual líquido proteico, con un magma difuso. Tenemos así una identidad por acercamiento y acumulación, la recepción es posible porque es dispuesta desde el desamparo, desde la orfandad. Como un Janus de la simultaneidad de lo dimensional refleja la diversidad del universo, la acoge, la tensa: incorpora y depura en un acto demasiado consciente, demasiado culpable como para llamarlo sublimación o catarsis. Una primera identidad, menos que eso, un arqueo, nos daría una pista: vacío de normas, plenitud de exigencias. Fuera de toda moda, se actualiza desde una ontología personal, y aun cuando se le pueda agregar un adjetivo —modernista, positivista—, parece un único énfasis, desde Salustio a Montaigne, desde Balmes a Pascal Quignard.

En cuanto a mí, encuentro en él un solaz, el de la timidez que te permite cerrar los ojos. Todo cuanto distrae abruma, allí afuera hay un mundo e intento no ignorarlo, y si la tarea es dar testimonio de sus tensiones, entonces es necesario obrar desde unos límites borrosos, y para hacer de la elocuencia claridad.

Encarar la realidad como si no existiera es sin duda una temeridad, qué digo, una actitud suicida. Esto, en términos de la llamada vida práctica, y en ella —sólo en ella— debería pensarse cuando esta riesgosa disposición asome. Pero abolir la realidad con la intención de crear un espacio ideal para el ejercicio de las ideas, de la razón automática, es un experimento seductor, llevar a su máxima potencia la capacidad heurística sin menoscabo de su prestigio, y  a la vez exaltando de buena fe las virtudes de los procederes lógicos. Pálida edad de la razón  que  me atrae con su fuego extinguiéndose en el último segundo, solazarse en el vaho de la humedad humeante es la siguiente y toda justificación. Pero experimentar no es vivir, un experimento no constituye la experiencia, porque esta no es un programa y se alimenta especialmente de lo aleatorio, aunque haya vidas programadas.

La libertad es la mayor compensación de todo acto temerario, ella queda  rendida a nuestros pies desde el momento mismo  que  elegimos la incertidumbre y la posibilidad de la destrucción o el fracaso. Somos su razón de ser, libre no por acuerdo sino por elección, esta encarna en el desdén por lo real y su realismo verificador, duro golpe a los sentidos, pero mientras insistimos va quedando sólo lo hecho polvo, fragmentos de lo inercial. Eso por un lado, por el otro la conciencia del dolor y la felicidad de ya no  tocarnos lo anodino y banal. Pienso en el pasaje de La decadencia de la mentira (Oscar Wilde): el personaje es invitado a admirar desde la ventana un atardecer encomiado, regresa decepcionado y agrio, pues una tela de Turner, dice, es muy superior a aquella languidez plana y chillona. Quedará sólo lo forjado, lo diseñado desde el desamparo, eso lo hace real aun cuando carezca de referente.

En toda acción de naturaleza humana parece haber un plan, el anhelo vanidoso del futuro, ese afán de continuidad de una especie  que  proclama su gloria sin conocer un ápice de su genealogía, extraño sentido de realeza fundado en la ausencia de congéneres con quienes medirse. Ni social, ni genéticamente la especie llamada hombre puede señalar súbditos, y sin embargo se pavonea, vive, sin duda, del culto a la razón, fe triunfalista en los sentidos. ¿Qué relación hay, alguien se preguntará, entre estas hipótesis y una escritura, el estatuto de una manera de expresión, el ensayo? Pues es, respondo, sólo un vínculo moral, la tentativa de producir una explicación fuera de la vida formal de aquel género, y obviamente la voluntad de signar la identidad del propio ejercicio, describirlo, figurarlo, insistir en su huidiza dimensión a fin de cargarlo de sentido personal. La razón cartesiana es solo una tarjeta de presentación, la introducción en sociedad del sujeto informado adelantando un prestigio, después deberá exponerlo a la justa laceración venida de la intuición, el inconsciente civil entendiéndose, rudo, con la ascendencia de lo político. No necesariamente es hacer más inteligible el género, pues esta posibilidad nace cada vez  que  alguien lo ejecuta, siempre está naciendo, se le agrega lo residual de un fragmento de experiencia. Seguramente me quedo estático, alelado, leyendo una página cerrada y autosuficiente, un mundo reducido a la armonía lógica o sentimental de unas oraciones. El resto debió ser un hundirme con los ojos cerrados en todo libro cuyas páginas no hicieran sentir la realidad como un lugar de sucesos forenses, relato expurgado de meros fetichismos de lenguaje. De allí para acá ha sido la entrega dócil a una potestad, hacerme uno con ella, sin recelar, sin intentar fundar nada ajeno a sus límites, sometimiento placentero a un vicio fecundo, y no tanto una lealtad.

El persuadido persuade porque aquella acción nunca ocurre sin revelación y así el alma captada queda tocada por su fe. Como en el Evangelio, es preciso desechar todas las riquezas y ser como un niño, poner a un lado lo ofrecido y conocido, las descripciones acosadoras; sólo deberías tomar y ensamblar la realidad previa y prestigiosa, y cuando estés dispuesto a deducir de ella la novedad. Sumergirse en el raudal y dejarse llevar por la noche cerrada del caos provisor (y pienso en La vida en el Mississippi, de Mark Twain). El niño lo sabe, todo cuanto ve es nuevo sólo para él; pero se propone vivirlo y apropiarse de una manera inédita, los demás no ignoran esto, también lo sabe, deja de ser niño cuando se vuelve caprichoso, se hace truhán sin gloria alguna. La ausencia de experiencia no lo conduce a la repetición y la banalidad, porque todo está siempre empezando cuando no hay culpas. Puedo reconocer la textura del ensayo a través de la voz y no tanto de su registro, no leo subordinado a cierta corrección excesiva cuya lógica pueda aplastar el rumor de la libertad: la intuición es lo más alejado de la regularidad y la formalidad. La disposición para explorar el riesgo se detecta en el ámbito de lo ideológico, una visión de la realidad aliada con el gusto por lo enfático. Ortodoxias y dogmatismo no son lo mismo, muchas veces vemos cómo el autor batalla sin suerte por encarecer unos argumentos y al final sólo vemos un vociferador. (Otra cosa es la pesca a fondo, confiado en las señales hundidas en el lodo). Y en cambio suele ocurrir  que  la persuasión brota, siempre callada, de un estilo mesurado, oscuro por su timidez, leído de manera circular. Y digo leer porque no es posible imaginar y degustar una escritura autárquica por excelencia como el ensayo sin estar siempre contemplándola, ensimismado, primero mirarla con cierta sensualidad y después descifrarla.

El narrador puede narrar sin antes haberse asomado a una página; muchos músicos, se sabe, tocan por oído y casi sin trato previo con un instrumento, pero es del todo imposible dar testimonio del otro sin antes haberlo observado largamente y en silencio. Conocerlo de tal manera e intención como para confundirlo y hacerlo entrar en la invención de una nueva identidad, hacer de la propia agonía no una condena sino un laberinto (como en La tumba sin sosiego, de Cyril Connolly).

Conocerlo todo para poder ser monótono sin titubear, pues las certezas se nutren de una forma de arrasamiento, como un ideal autista, verificar al extremo esta elección no es sino hacerse oír sin salir del camino, mostrarse en todo el esplendor de lo vulnerable  que  reta porque se sabe a gusto, en plenitud de su circunstancia. Responder por esa libertad equivale a convertir la temeridad en exploración tensa, guiada por una moral de armonía: la de los sentidos en conjunción con un método. Datos y un estilo más o menos eficiente, pudiera ser la fórmula. Pero bien lo sabemos, no es suficiente ni corresponde a la verdad justa, pues saberes bien ordenados no hacen el espectáculo, algo siempre falta cuando sólo los ingredientes están.

La tarea de convencer carece de plenitud, fugaz proselitismo, de ella resulta un acuerdo precario, silogismos y argumentos sólo dan la medida de un arsenal, prefiero el entusiasmo de persuadir. Primero lo hago conmigo mismo, es un estado de sosiego, de plena simpatía por una idea, un párrafo, una insinuación a veces oscura, eso me exalta y condiciona para insistir en el desbroce de los arbustos, en un ritmo donde es preciso ir aplastando a pulso, sin romper. Defender el deseo frente a los intereses puede ser una clave, mantenerse a distancia de los temas prestigiosos, de los objetos ampulosos y sociales: anacrónico es estar contra el tiempo, recordaba H. A. Murena, no fuera de él. Es una valoración más que un deslinde, si el periodismo vive de una difusión democrática, lo anacrónico combate la dispersión del culto al presente, nos previene del limbo de la demagogia. Eludir los falsos compromisos y hacer mutis en tiempo de algarabía es una forma de ser coherente: con la parsimonia de una escritura, con el fin  que  has dispuesto para ella, el uso mismo de la comunicación llevada a su dimensión elusiva, la sospecha. Las fluidas monotonías de Roger Caillois nos han dado un universo persistente y acorazado pero antidogmático, a cada instante nos gratifica la paciencia de quien decidió explorar su entorno, no confiscarlo, nos lo devuelve siempre lozano. Y es este el hombre  que  exigía abrir los frijoles saltarines con una navaja, rechazaba el fetichismo del misterio y en esa medida lo salvaguardaba de los demagogos, persistía intacto para los momentos de interrogación. Este equilibrio (una forma de justicia: mezcla de intuición y razón) hace de su obra un espécimen fresco, entre la biología y la arqueología. Lo tendría como modelo si sólo fuera una manera de percepción, pero es algo más, una entrega definitiva a la posibilidad del misterio, no a su prestigio de antirazón. Caillois es así la conquista de un reino panteísta a fuerza de expresión intelectual, canonizador de una conciencia secular.

Es posible obtener buenas imágenes mirando alrededor y sin prisa: mucho leer y poco escribir. Y no es una fórmula de condensación, se trata de admitir cuánta tensión hay en lo ya hecho, lo precedente no sólo es un sostén, es sobre todo la luz en el horizonte, aferrarse a ella es querer aumentarla, abrasarse en ella.

Convivir con un universo de ideas es también sobrevivir, escapar a ratos de su influencia y retirarse palpitante a construir con ellas, si te quedas a la intemperie el exceso de demanda y tensión te arrasa, te consume. Se trata, pues, de nutrirse, respirar con pausa y no devorar, más bien retener por ósmosis: evitas la intoxicación y aprendes a distinguir otras y ocultas especies. Puedes ceñir aquello hasta donde alcance la mirada tan sólo con la insistencia, enumerar clasificando, atreverse a juzgar aunque no haya veredicto, trabajar en completa soledad es evitar las urgencias, los apuros complacientes, ellos siempre te empujan a esa contemporaneidad de los actualizados, pensar para otros es anhelar su consentimiento, gratificación casi mercenaria. Preferible, entonces, ponerse de espaldas, dirigirse a las sombras, no interrumpen y en cambio excitan tu temeridad, aprendes a ver en la oscuridad si ella resguarda y no oculta, de lo contrario te ciega la luz de los falsos objetos, el juicio impune se ve obligado a medirse a riesgo de perecer por retórica o autocomplacencia. Después es posible escudriñar desde lo conspicuo, lo público, y darle forma a lo invisible a través del tacto, como hacen los ciegos. Gusto de decir y con los rodeos necesarios, aquellos de tu propio tiempo y necesidad de espera, hablar para los más alejados, esto los obliga a cerrar los ojos y así filtrar los ruidos de la mediación, sólo el eco queda: cuando resuena es diverso y armónico. Pasearse por ahí como quien comienza un viaje y ya llegó, tener una medida del mundo y poder hacer siempre su propio inventario, agregar a esa suma la resta y las enésimas potencias, es decir, responder por aquella suficiencia, pues esta suele devenir en la clase de autorización  que  funde la descripción con su juicio.

Imagino el paseante de Alegría y llanto de Europa (1946), nada lo ata al público y sin embargo no elude la expectación de quien lleva noticias de un mundo a otro. Ruinas sobre la paz de esa Europa desconcertada, figurada para el lector caraqueño por la escritura de un hombre culto, por tanto críptico y omisor, que no renuncia a la elocuencia. Y sin embargo hay una comunicación exitosa en su función de revelar una novedad. La de Europa en su edad de la mutilación, pero mostrada desde la conciencia  que  el propio Noguera Mora tiene de la devastación: los símbolos de una civilización permanecen intactos y desde ellos celebran (y se celebran) los arrasados.

Me exaltan pequeñas imágenes, turbias en su origen puramente arquitectónico, si soy persistente logran convertirse en ideas y entonces ya requieren de otros alientos, me hacen reconocer mi propia orfandad, no es sólo la carencia de datos de una genealogía, también su inserción, y me pregunto dónde están incrustadas, pues es la única certeza: no están en el aire. Después se convierten en una tensión moral, perturban poco a poco hasta el desfallecimiento, mi desfallecimiento, entonces cuando ya se han disuelto algo queda.

Nunca es suficiente la insistencia en este placer de la autarquía, se llega a él sin plan ni propósito pero cuando es legítimo termina siendo obsesión y ningún plan seduce ya, es como una tozudez fructífera, insistir sin acosos y si los perros ladran sabes  que  perros son, estás obligado a elegir para el siguiente día. Toda elocuencia nace del desacuerdo, de la necesidad de completar un testimonio agregándole una experiencia concebida ella misma como criterio de valor (el riesgo de la elección sin referente), lo enriquece, porque orienta lo real desde la autoridad de lo concluso, juzgado más que vivido. Y se completa en la expectativa de la novedad insistente, pues razones y silogismos vuelven a envejecer. Pienso en Mariño Palacio, y cómo se quedó entre nosotros hablándonos desde la conciencia de su rebeldía, había conciliado consigo mismo y liberó su esfuerzo, desechó toda contención, de allí tal vez su colapso: es preciso contenerse para sobrevivirse a sí mismo en un mundo  que  agota por sordera o banalidad. “En nuestro país todo atenta contra la virilidad”, decía a los 21 años, conocía los riesgos, la virilidad eran las virtudes del inconforme, en ninguno de sus breves textos de crítica literaria —recogidos veinte años después en libro— hay concesiones o esa clase de titubeos propios del cálculo, hay, sí, la vacilación de quien no encuentra ecos familiares, la duda del  decidido a hablarle a los distraídos. “El hecho de  que  uno pueda en un momento dado burlarse de una institución de criminales no significa  que  estos criminales hayan perdido toda su acción práctica y audaz iniciativa…”. Se trata, pues, en la meditación mariniana, de tener presentes los riesgos pero al mismo tiempo no ceder al chantaje de los hechos, pensar la realidad siempre nos dará el consuelo de evaluarla, no basta con sufrirla y vivirla. Él obró como si la realidad no lo contuviera, forzó unos límites y se expuso al colapso, pero liberó la expresión, nos dejó la distinción entre unos objetos y las posibilidades de su identidad. Burlarse de algo es haberse puesto a salvo del miedo, y la descripción del entorno debe alimentarse con este ánimo moralizante, no reivindico ni siquiera la rebeldía, tampoco halago el desenfado de quien viene estimulado desde el fondo de sus lecturas. Quiero distinguir en la actitud de un escritor venezolano el valor de considerar la elección de su arte por encima del sentido común y  contra el peso del compromiso público, es sobre todo una forma de valentía: aquella  que  debe dar cuenta también de las formas de una contemporaneidad. No se trata entonces de vociferar y llamar la atención. Mariño Palacio midió un mundo antes de reconocer y ponderar el suyo inmediato, esto lo puso a salvo no sólo del chauvinismo, sobre todo de cierto nacionalismo alfabetizador.

Ideas y voluntad de marcar la realidad desde una personalidad donde se funden riesgo y vocación, admiro ese culto a la inconformidad de los discutidores, y esa cercanía inmediata la encuentro en esos hombres austeros, nuestros tutores de espiritualidad. Sin ellos el perfil del futuro habría sido incierto y con seguridad expuesto a la frivolidad de la permanente fundación, la gratitud por ese camino allanado es en mi definitivo instrumento de escritura. Haberme encontrado con aquello  que  me esperaba ha sido recompensa y exigencia a la vez: núcleos de ideas y temas, títulos rotundos y énfasis estimulantes, problemas cuyo estatuto mismo puede resultar venerable. Uslar Pietri dedica su libro Letras y hombres de Venezuela (1946) a sus dos hijos y lo hace en ese rumbo, “para Arturo y Federico, para su aprendizaje de venezolanidad”. Pues de eso se trata, de ser fiel a sensibilidades aprendiendo de un mundo al cual te debes, reconocerlo extensión de una biografía y continuidad de la experiencia. No se trata de acuerdos incondicionales, tampoco de hacer el elogio de la patria dada, sino de la construida, la fe se hace emoción cuando la razón puede exponerse en argumentos, ¿no han venido las más amargas reconvenciones de aquel  que  se desangró por el país dentro y fuera y de él?. Veo el desconsuelo sin amargura del amoroso Mario Briceño Iragorry, reconvenido, ante aquella frase: “en Venezuela nada quita ni da honra”. El defendió la tradición y no intentó ponerse del lado de un pretendido avant garde cuando el país expectante lo veía con recelo —en el centro de aquel desencanto respondió con un libro alegórico intitulado “Pequeña apología de nuestra agricultura antigua”. El huraño Enrique Bernardo Núñez dispuso definir la nacionalidad por saturación, en él, territorio, demografía, geografía un solo sujeto civil son, saga del tejido social y mitografía, todo lo vació en un mapa de flujos, para ser visto y leído. Procuro siempre rendir mi homenaje oblicuo a quienes fijaron una emoción y la hicieron más intensa desde el crítico desencanto, desde la recriminación y los señalamientos ─cuánta impudicia no pesaría sobre nosotros, por ejemplo, si Uslar no nos hubiera dado su “El mal de la viveza” (1952). Ese texto actúa como un disolvente de la conciencia impune de un país  que  mientras oculta sus peores vicios a la vez proclama fariseamente un ánimo redentor. Aun cuando tantos gestos perfilen un estilo de andar y tomar los alimentos, de contestar el saludo; aun cuando esas canciones de cuna y cantos de ordeño recalquen la vocación corporal de una etnia, lo definitivo de toda identidad es moral. Nos define más y mejor la socarronería  que  el ají picante en tapara. Nueve años permaneció Cesarismo democrático (1919) concluido y bajo llave, más oculto que escondido, cuanto debía decir se avenía con aquel desamparo editorial. ¿Acaso ese resistirse a lo celebratorio de un gentilicio no es la iluminación misma de un drama que dura hasta hoy?

La tensión de esa clase de ensayo, todo un género civil, supera las declinaciones de criollismos y nativismos donde lo nacional ya no se discute, se duele y encarece alternativamente. Ellos, nuestros autores de la enmienda, muestran el país como escándalo, el de la ineptitud para realizar el orden comunitario desde el aluvión histórico. Los descubro como son: iracundos, tolerantes, y a su sombra benéfica he querido ordenar mis propios malestares, ilustrar e ilustrarme desde aquella ascendencia. Aquí, mi gratitud para Oscar Rodríguez Ortiz: nos  dio un puñado de pistas y cabales adjetivaciones. La venezolanidad es una opresión fértil, llamado desde la penumbra ruidosa, te permite siempre rodear los letargos de una discusión donde no sólo pululan retórica y nacionalismo, también franca pedagogía de lo dolido. Tal vez algo queda hoy de aquella actitud de los orígenes, cuando el trato con las ideas se asociaba exclusivamente a responsabilidades civiles, a tareas de aleccionamiento público. Es sólo un rastro, procuro no olvidarlo, pero sí asignarle su justo balance, pues prédicas y pedagogías en tiempos de bienestares huidizos y mala conciencia me resultan ajenos. Aunque en los antiguos escritores tribunos parecía dominar especialmente una clase de ideas utilitarias respecto al quehacer intelectual, cierta conciencia de su estatuto de letrados (antes que  una tradición, la “candente arena política”) los convencía de su distinción: estar en posesión de un elemento de comprensión en medio del marasmo. El ensayo cuyo trama se me hace casi moral me resulta así como un mandato, una imposición, expresión y mecanismo de ideas donde ideología y gusto personal se encuentran atados ya en un lazo definitivo, una y otro no pueden ser apreciados por separado sin el riesgo del vacío.


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