Biblioteca de Javier Téllez / Cortesía del artista

Por JAVIER TÉLLEZ

Biblioteca

Somos todos náufragos del COVID-19 y nos sobra el tiempo. La lectura es una de las actividades que hace sobrellevar mejor el encierro, y estar libre de distracciones es una de las pocas ventajas del confinamiento. Nuestra única dificultad será escoger entre el vasto número de libros.

Reviso hoy mi correo y encuentro que alguien propone, una vez más, la típica encuesta que se hace a escritores e intelectuales instándolos a producir una lista de los diez libros esenciales que se llevarían a una isla imaginaria. Muchas cosas han cambiado en el periodismo, pero algo que parece inmutable es esa pregunta banal. Las listas se han sucedido a través de los años con muchas repeticiones y variaciones, incluyendo desde la Biblia hasta un manual para construir botes, y no es difícil prever que todas las respuestas posibles sean obviamente insatisfactorias.

Me siento afortunado de poseer una biblioteca personal de cerca de diez mil volúmenes en mi apartamento de Nueva York, lugar donde ocurre mi encierro. Entonces puedo intercambiar con facilidad la decena de volúmenes que caben perfectamente en mi mesa de trabajo creando así incontables constelaciones, que son activadas mediante la lectura. Estas últimas semanas, por ejemplo, me he concentrado en la relectura de las tragedias y dramas históricos de Shakespeare. La lectura del Bardo es perfecta pues encaja como un guante a cualquier momento histórico. Cuanta razón tenía su contemporáneo Ben Johnson al decir que Shakespeare no pertenece a una sola época sino a la eternidad. Es imposible para mi imaginar una biblioteca sin Shakespeare y eso ya supera con creces la cuota de los diez libros.

Cuenta Borges (que entendió las bibliotecas mejor que nadie), que Emerson dijo que la biblioteca era como un gabinete mágico repleto de espíritus que conjuramos con la lectura. Garantizaba que al menos un difunto, si no más, volvían a la vida cada vez que un lector abría las páginas de un libro. Podemos pensar que las bibliotecas son esencialmente cementerios, pero también lugares donde todavía es posible presenciar el milagro de la resurrección. La tarea de seleccionar los diez ejemplares más relevantes de una o todas las bibliotecas es imposible, ya que implica una responsabilidad metonímica que sobrepasa cualquier capacidad crítica. Si estuviese convencido de que existen en el mundo una decena de libros absolutamente necesarios que contienen todo el saber posible, no poseería los volúmenes restantes y me iría con mi selección feliz a la isla para leerlos y releerlos hasta el fin de mis días. Un libro siempre remite a otro libro y así sucesivamente, la cadena es limitada, pero suele ser larga y en forma de rizoma. Todo depende del lector. La biblioteca se construye mediante las lecturas como un ser orgánico que se resiste a las purgas, pero que se alimenta ferozmente de nuevas adiciones. Es un paraíso, pero también un infierno. Eso Borges lo sabía muy bien.

Exilio

En “La Peste”, la visionaria novela que Albert Camus publico en 1947, se menciona el exilio en relación a la peste, un aspecto muy relevante de nuestra experiencia bajo la cuarentena y el cierre de las fronteras: “Así, pues, lo primero que la peste trajo a nuestros conciudadanos fue el exilio. (…) El sufrimiento profundo que experimentaban era el de todos los prisioneros y el de todos los exiliados, el sufrimiento de vivir con un recuerdo inútil. Ese pasado mismo en el que pensaban continuamente solo tenía el sabor de la nostalgia”, nos dice el narrador. Desde que el COVID-19 nos encerró en nuestras casas vivimos en el recuerdo de “el antes” de la pandemia, al mismo tiempo que tratamos de imaginar constantemente un porvenir que hoy es incierto, el presente es diferido como un espacio de espera o tránsito, condición inherente a los exilados. Al igual que aquellos que sufren el destierro, muchos nos hallamos separados de las personas por las que sentimos mayor afecto. Yo, por ejemplo, tengo a distancia a mi único hijo y a mi novia. Mi hijo se esta quedando con su madre a 5 kilómetros de mi casa y  nos encontramos los fines de semana en una pequeña tienda de comestibles Japoneses situada a mitad de camino, entre las dos casas. Después de adquirir nuestros caprichos nos sentamos a conversar un rato largo en el banco de un parque como si fuésemos jubilados tratando de recuperar nuestras memorias. A mi novia lamentablemente no la veo desde hace más de un mes, ya que está esperando la renovación de la visa americana en Monterrey y el proceso es mucho más lento de lo normal debido a la política antimigratoria de Trump y la pandemia. Aunque no podamos encontrarnos, nos hablamos frecuentemente por medio de videos y mensajes. Ella me muestra sus tejidos y sus ensayos. Yo le muestro mis dibujos y le leo fragmentos de este diario. Somos como prisioneros esperando un juicio que nunca termina de ocurrir. Así estamos muchos, igual que los habitantes de Oran en la novela de Camus: “Impacientados por el presente, enemigos del pasado y privados del porvenir”. Es necesario imaginar la luz a la salida del túnel, con “el pesimismo de la inteligencia, y el optimismo de la voluntad», como escribía Antonio Gramsci desde la prisión. Como dice el narrador de “La Peste”:  “Al fin, el único medio de escapar a este insoportable vagar, era hacer marchar los trenes con la imaginación y llenar las horas con las vibraciones de un timbre que, sin embargo, permanecía obstinadamente silencioso. Pero si esto era el exilio, para la mayoría era el exilio en su casa”.

Jaque mate

El mes pasado leí con tristeza que el gran actor sueco Max Von Sydow había fallecido. Entre sus excepcionales actuaciones prefiero recordar su rol como caballero andante en “El Séptimo Sello” de 1957, una de las obras maestras de  Ingmar Bergman y del cine de todos los tiempos. Para rendir un homenaje privado a Von Sydow desde el confinamiento, volví a ver la película, que recomiendo especialmente ahora que la pandemia del COVID-19 se propaga por el mundo. “El Séptimo Sello” se ambienta en Suecia a mediados del siglo XVI, cuando Europa está siendo devastada por la peste negra, el caballero Antonius Block (Max Von Sydow) y su escudero Jöns (Gunnar Björnstrand) regresan a su país natal luego de una década de privaciones en las cruzadas. El viejo continente al que retornan es una tierra baldía donde reina el caos, la desesperación y el fanatismo. La película comienza con una escena filmada en la costa sur de Suecia. La muerte (Bengt Ekerot) se le aparece al caballero Antonius Block exigiéndole su vida. Block reta a la muerte a una partida de ajedrez para salvarse o al menos ganar tiempo.

Esta “Imago” sobre la que se desarrolla la película la tomó Bergman de una pintura mural que Albertus Pictor realizó a fines del siglo XV que representa precisamente a un caballero jugando al ajedrez con la muerte. Sobre las figuras flota una filacteria donde se lee: “Ahora te daré jaque mate” (Jak spelar tik matt). La mise en scène de “El Séptimo Sello” está compuesta por una serie de tableaux inspirados en pinturas medievales que suceden simultáneamente a la partida de ajedrez: la virgen y el niño, la procesión de los penitentes flagelantes, la quema de la bruja y la danza de la muerte. El filme estructura su narrativa en torno al viaje de retorno de Antonius Block a su castillo, que podría ser entendido como un viaje espiritual, a la manera de un “drama en estaciones” medieval. El caballero que Von Sydow interpreta es de temperamento flemático, una figura espigada que perfectamente pudiese haber sido pintada por el Greco o modelada por Giacometti. A diferencia del escudero, que es un materialista, el alma de Block está carcomida por un angst escatológico que le hace inquirir constantemente por una señal de la existencia de Dios, una señal que solo aparece al final del filme, como una epifanía que se revela en la comunión con el otro. Si algo une a todos los personajes del filme es que están irremediablemente solos frente a la muerte. Esa sabemos es parte de la condición humana, aunque a veces tratemos de olvidarlo en el gran teatro del mundo. Solo en momentos de crisis se nos revela nuestra verdad y es entonces donde nuestra responsabilidad ética se manifiesta a plenitud, en los actos que realizamos en función de los demás. Es en la celebración de ese gesto por el otro donde encontramos la relevancia de “El Séptimo Sello”. En un programa de presentación del filme, Bergman escribió estas palabras: “Con mi película quería pintar como un pintor medieval, con el mismo compromiso objetivo, la misma sensibilidad y la misma alegría. Mis personajes ríen, lloran, gritan, tienen miedo, hablan, responden, juegan, sufren, buscan. Su horror es la peste, el Juicio Final, la estrella cuyo nombre es Ajenjo. Nuestro horror es diferente, pero las palabras son las mismas. Nuestra pregunta continúa”.

Producido durante la guerra fría, “El Séptimo Sello” refleja a perfección el zeitgeist de aquel momento. Una época que podemos fácilmente comparar con la nuestra, ya que esa fue la última vez que la humanidad estuvo en peligro de desaparecer, situación que parece repetirse lamentablemente. Hace aproximadamente seis décadas hicimos las jugadas correctas para ganarle la partida de ajedrez a la muerte y sobrevivimos la posibilidad de una guerra nuclear. Pero aunque el horror hoy sea diferente, las interrogantes continúan sobre el tablero: ¿Sobreviviremos juntos la crisis económica producida por la pandemia? ¿Lograremos responder a tiempo a la emergencia climática?

El caballero Block continúa su monólogo desde la pantalla: “Esta es mi mano, puedo moverla y sentir la sangre corriendo por mis venas. El sol está todavía en el cielo. Yo, Antonius Block estoy jugando ajedrez con la muerte”. Hoy somos todos Antonius Block y es nuestro turno.

Tiempo

Hoy 24 de abril cumplo cuarenta días de aislamiento. Como los prisioneros escribimos en un calendario los días que llevamos de cuarentena, pero a diferencia de muchos de los que están tras las rejas no nos es posible llevar una cuenta regresiva que anticipe el fin del encierro. Mi calendario de este año está ilustrado por imágenes de Arcimboldo. Este mes se ilustra con una representación de la primavera, el rostro de una mujer hecha de flores y hojas. ¿Como no adorar esta dama vegetal con ojos hechos de bayas de belladona?

En mi calendario será siempre primavera este mes, afuera es distinto, días soleados se alternan con días grises e invernales. Pero no me quejo del clima, ya que la mayor parte del tiempo estoy entre cuatro paredes. El calendario que hasta este mes estaba lleno de inscripciones marcando citas e itinerarios de viaje, hoy solo contiene el número de días que llevo encerrado y algunas notas que registran mis salidas al supermercado o los encuentros con mi hijo. Es un calendario que marca el exilio en casa. Releo “En tierra ajena”, el extraordinario libro del Doctor José Solanes sobre el exilio (uno de los mejores libros de ensayos que se han escrito nunca en Venezuela), y encuentro estos párrafos que muy bien podrían describir como experimentamos la temporalidad desde que se declaró el encierro: “Nos imaginamos este año: muñón de tiempo, tiempo trunco. Se reconquistara un día el paisaje. ¿Se reanudará el tiempo? Así como se piensa que finalizará el destierro, así llega a creerse que finalizará ‘el destiempo’ y se recuperará –así debe decirse- el futuro. Dos son los movimientos del alma con cuyas expresiones algo viene a decírsenos de cómo se vive ese ‘tiempo redondo’ del que, con todo, nunca deja el desterrado de buscar los cabos y en el que se sigue hablando del pasado y del porvenir. Esos movimientos afectivos corresponden, naturalmente, a la nostalgia y a la esperanza, las dos hermanas, los lazarillos del ciego caminante (guiarán con cariño más no siempre con acierto)”.

Yesterday

Hoy es domingo, pero es como decir jueves. Decido abrir del todo las persianas de mi biblioteca para que finalmente entre el día. Una camioneta de envíos estacionada frente a mi edificio tiene la radio a todo volumen y me entrega una melodía que nunca pedí, pero que parece perfecta esta tarde:

Yesterday,

All my troubles

Seemed so far away.

Now it looks as though

They’re here to stay.

Oh, I believe in yesterday.”

(Nueva York, 17 de Abril- 26 de Abril 2020)



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