JULIANA GIUSTI CAVALLIN / CORTESÍA DE LA AUTORA

Por JULIANA GIUSTI CAVALLIN 

Negro, azul, rojo y verde son los colores del aeropuerto. Son las líneas que cubren el piso y las paredes. Testigos de cada partida, se han vuelto el símbolo de las despedidas. Un mosaico que de manera accidental se ha convertido en el último fragmento del país que vemos antes de irnos.

Algunos apenas lo miran de reojo al pasar hacia la aduana.

Otros se toman fotos con el mural al fondo para marcar el día en que se convirtieron en migrantes.

Los más desesperados se llevan algunas de las piezas de cerámica cuando nadie los mira, robándose los colores que van a acompañarlos a los distintos lugares a los que se han visto obligados a mudarse.

Cuando me tocó mi turno de dejar atrás esas líneas de colores, en realidad no les hice mucho caso. Las había visto muchas veces antes y pensaba que las iba a volver a ver muchas veces más en el futuro. Ahora me doy cuenta de que cada uno de esos colores iba a marcar para mí el principio del fin de una época.

Negro

Negro eran el cielo y los edificios y las maletas que llevábamos. Dejamos la casa al amanecer, cerrando cada ventana y cada puerta. Dejamos atrás todo lo que teníamos para que se fuera llenando poco a poco de polvo, en medio de la oscuridad. La casa en la que vivimos por casi quince años vive ahora nada más en nuestra memoria.

Todavía está allá, en las colinas de Caracas, con nuestros muebles, nuestros libros y nuestros cuartos intactos. Pero no es lo mismo si nadie vive en ella. Ya no es un hogar. Es sólo un apartamento vacío en el quinto piso de un edificio. El lugar que extrañamos ya no existe. Un hogar es un sitio en el que vive gente y nuestro apartamento ha estado desocupado por demasiado tiempo.

Todos íbamos en silencio camino al aeropuerto. Tal vez por lo temprano de la hora. Pero pudo haber sido también porque todos queríamos grabarnos cada detalle de la ciudad, por si esta era la última vez que la veíamos.

En la oscuridad, las luces de los barrios brillaban como en el pesebre que armábamos todas las navidades. Para un ojo extranjero esas luces podían parecer un hermoso decorado sobre las montañas. Pero para nosotros las luces no eran tan brillantes, porque sabíamos que cada una representaba a una familia que vivía en la pobreza y que estaba obligada a seguir sufriendo en el eterno caos que dejábamos atrás.

Negros eran los botones de mi nueva chaqueta de invierno. La que usé en mi primer día de clases. Tan extraña a mi cuerpo que no estaba acostumbrado a vestirse en capas, me protegía del frío como la cobijita que usaba desde niña, envolviéndome en un calor familiar. Ya ha pasado conmigo casi cuatro inviernos. Cuatro inviernos en una tierra ajena. Cuatro inviernos en los que he mantenido conmigo el calor de mi casa.

Azul y Rojo

Morada era la tinta indeleble en los dedos de mis padres.  La mostraban con orgullo porque era un símbolo de la democracia por la que habían votado por última vez. El morado era la materialización de su último intento de reparar lo imposible.

Igual que las etiquetas que en los Estados Unidos dicen “I Voted”, los meñiques teñidos de morado le dicen al mundo que participaste en el proceso electoral. Aun cuando las elecciones eran más bien simbólicas, porque el mismo partido siempre las ganaba, mis padres seguían cumpliendo con su deber de votar. ¿Por costumbre? ¿Por rabia? ¿Por amor? Tal vez esos dedos morados eran la prueba que necesitaban para consolarse por haber abandonado el país.

Azul y rojo son los colores de la bandera del nuevo país. Hay una en cada calle, un recuerdo permanente del lugar en el que estamos. Siempre en un país extranjero.

El primer día de clases escuchamos callados cómo todos los demás recitaban el juramento a la bandera azul y roja. Un juramento que nadie nos había enseñado y que aprendimos poco a poco mientras pasaban los días y nos íbamos quedando.

Verde

Verde es el Ávila, la montaña que protege la ciudad que más queremos. En nuestro viaje al aeropuerto dejamos atrás la seguridad que nos ofrecía su generosa protección. Cruzando sus largos túneles no éramos más que otro carro atravesando sus entrañas para no regresar nunca más.

Desde la ventana del cuarto de mis padres, yo podía pasar horas mirando aquel mural vegetal que parecía estar siempre en paz, sin tomar en cuenta el caos que se agitaba apenas unos metros más abajo. Desde cualquier punto de la ciudad, podía mirar por una ventana y ver la montaña ahí enfrente, tan cerca de mí. Sólida y sosteniéndome en esos momentos en los que lo único que quería era desmoronarme.

Verdes son nuestras credenciales como residentes permanentes. Son los documentos que nos han dado una nueva identidad, la oportunidad de comenzar otra vez. Son el alivio más grande que nuestra familia ha recibido en la vida. Evitan que nos vayamos a la deriva, nos arraigan con seguridad en nuestra nueva casa.

Tenemos suerte de tener estos documentos. Suerte de que llegaran tan rápido. Suerte de que nos hayan elegido para quedarnos.

Negro, azul, rojo y verde son los colores de las líneas del aeropuerto. Fueron los colores que eligió Carlos Cruz-Diez para construir el enorme mosaico que despide a todos los venezolanos que viajan.

Algunos apenas lo miran de reojo al pasar hacia la aduana.

Otros se toman fotos con el mural al fondo, para marcar el día en que se convirtieron en migrantes.

Los más desesperados se llevan algunas de las piezas de cerámica cuando nadie los mira, robándose los colores que van a acompañarlos a los distintos lugares a los que se han visto obligados a mudarse.

Cuando llegó mi turno, me llevé esos colores casi por accidente, sin saber que iban a seguir conmigo mucho tiempo después de abandonar el aeropuerto. Se entrelazaron con mi identidad, trenzándose dentro de mí. Sin darme cuenta, se hicieron míos.


*Este ensayo fue traducido desde el inglés por Colaboratorio Ávila.


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