Intentamos hilvanar las ideas de Venezuela, vértigo y futuro en un tejido de tres hebras que constituye nuestra perspectiva política de lo que debería ser el desarrollo futuro de Venezuela. Todas las propuestas de nuestro libro se tejen en esa malla.

El primer hilo de la trama trae consigo la idea de que la reconstrucción del país solo será posible si una inmensa mayoría de los venezolanos comparte una misma visión de futuro, que los comprometa en los esfuerzos que serán necesarios para convertirla en realidad.

El segundo cordón corresponde a la concepción del desarrollo como libertad, que lo entiende como un proceso en el cual los miembros de la sociedad participan con autonomía y haciéndose agentes de sus propias vidas.

Y la tercera hebra amarra una lógica según la cual la adopción de los objetivos de desarrollo corresponde a las bases de la sociedad y no a los especialistas o tecnócratas, a quienes solo nos concierne instrumentar esos acuerdos proponiendo estrategias y políticas para alcanzarlos, y no imponer nuestros propios objetivos.

Hacia finales de la década de de los años setenta del siglo pasado comenzó en Venezuela un retroceso sostenido en lo económico, lo social y lo político-institucional, que se mantuvo hasta el cierre del siglo XX, y que contribuyó a que llegase al poder el socialismo del siglo XXI, bajo cuya égida arribamos al caos, la miseria y la emergencia compleja que hoy vivimos.

Valga destacar, para entender esa declinación, que entre 1978 y 1998, últimos 20 años de nuestra democracia, el salario medio real del trabajador venezolano se redujo 65% y que para 2017 la reducción ya era de 93%; la pobreza creció de 30% a más de 60% y a 87% en los 2 lapsos, y la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes se multiplicó por más de 6. Ya para finales del siglo XX una de las consecuencias más dramáticas que había tenido esta descomposición había sido la desaparición de la cohesión entre los venezolanos, lo que facilitó el éxito que más tarde tuvieron las estrategias de dominación que puso en marcha la engañosamente denominada “revolución bonita”.

Para fundamentar las propuestas que hacemos para recuperarnos de este cataclismo, me permito comentar algunos resultados de nuestras investigaciones referidos a la dimensión real del derrumbe y a los problemas fundamentales que lo explican.

La magnitud y la extensión del hundimiento económico pueden resumirse diciendo que el retroceso, si queremos verlo así, se inició hace cuarenta años y no con los comienzos del siglo XXI, y que en términos del PIB per cápita real, nos ha llevado a la posición relativa que teníamos con respecto a los países desarrollados a finales del siglo XIX;… sí, un retroceso colosal, cercano a los 120 años!! (1).

No es que sea poco el repliegue de 60 años que algunos economistas reconocen al comparar a Venezuela consigo misma a lo largo de su propia historia… es que debemos mirarnos y escudriñarnos en relación con las dinámicas globales, con lo que acontece en el resto del mundo, que mientras nosotros retrocedíamos no ha detenido su progreso en nivel de vida, en dominio del conocimiento y en capacidades para competir y generar riqueza; y en particular, evaluarnos en relación con las sociedades cuyos niveles de desarrollo buscamos alcanzar.

El derrumbe es, pues, descomunal y no comenzó bajo la égida del socialismo del siglo XXI, el cual evidentemente lo agravó.

Y al explorar las causas de ese enorme hundimiento, nos damos cuenta de que él es expresión de una crisis más amplia que un grave abatimiento de la economía; que tiene manifestaciones sociales muy serias como el crecimiento de la pobreza estructural, la cual pareciera haber pasado de menos de 30% de la población en los años setenta del siglo pasado a un valor sostenido superior a 60% a lo largo de todo lo que va del siglo XXI; y que muestra expresiones institucionales que también se vienen agravando progresivamente desde los años setenta.

Apuntamos en el libro a tres grandes problemas que explican que hayamos extraviado por cuarenta años la senda del desarrollo, tres problemas que se nos han hecho crónicos y que debemos resolver con nuevas estrategias, unas que cambien dramáticamente las orientaciones de política pública que pusimos en marcha desde los años setenta del siglo pasado.

El primer problema tiene que ver con el decaimiento de nuestras aptitudes, habilidades y competencias para generar progreso, como individuos y como sociedad… Por cuarenta años seguidos hemos mantenido tres tendencias negativas en la creación de capacidades.

En primer lugar hemos vivido una reducción sostenida y en buena medida consciente en la escala de nuestra economía productiva, lo que derivó de haber mantenido por cuarenta años una inestabilidad macroeconómica y un sistema regulatorio que desincentivaban la inversión productiva privada (2), por una parte, y por la otra una estrategia petrolera que maximizaba la renta por barril de crudo exportado pero limitaba el quantum de producción, impidiendo así que se expresase el potencial del conjunto de la economía para crear tejidos productivos entre sectores, redes que habrían dado soporte a un crecimiento robusto y diversificado de las actividades de transformación no petroleras (3).

En segundo lugar, desde los años ochenta del siglo pasado viene desmejorando el acceso a la educación de calidad para la mayoría de los niños y jóvenes de nuestro país, los hijos de los hogares populares y cada vez más los hijos de la clase media, en desmedro de la generación de nuevas aptitudes, habilidades y competencias para la productividad, la innovación y el emprendimiento en el conjunto de nuestra fuerza de trabajo, y en menoscabo de la capacidad humana de cada persona para progresar socialmente, labrarse la vida que valora y vivirla en libertad.

Y en tercer lugar, en los últimos veinte años nos hemos rezagado y aun retrocedido en el dominio del conocimiento y su aplicación a la producción, es decir, en nuestra capacidad para conectar al aparato productivo con el sistema nacional de ciencia, tecnología e innovación, el cual languidece en los últimos años, todo ello como resultado del cerco consciente y sistemático que impuso el Estado socialisa al emprendimiento privado y a las instituciones de educación superior, y de la ausencia de iniciativas vigorosas de nosotros mismos los universitarios, los profesores, investigadores y estudiantes, para llevar a cabo una renovación estructural de nuestras universidades, cuya necesidad decimos compartir hace mucho tiempo.

Los capítulos 6, 7 y 8 de Venezuela, vértigo y futuro los dedicamos a discutir propuestas para la nueva creación de capacidades y la reversión de los vicios que nos han debilitado por más de treinta años.

El segundo gran obstáculo que hemos vivido en las últimas décadas es que nuestras instituciones se han degradado, lo que ha sucedido tanto en la política como en los sistemas regulatorios de la economía; en el sistema de justicia y en la protección de los derechos humanos; en la institución armada que ha sido convertida en una fuerza pretoriana; en las organizaciones responsables de la seguridad social; en la educación superior; en nuestras relaciones con el resto del mundo; en la necesaria descentralización de las funciones del Estado y en la rendición de cuentas del mismo en todos los ámbitos (4).

Los capítulos 9 a 12 de Venezuela, vértigo y futuro se dedican a la discusión de nuestras propuestas para la reinstitucionalización, que busca poner el Estado al servicio del ciudadano y no al revés.

Y nuestro tercer gran problema, derivado de los dos anteriores y a la vez coadyuvante para que aquellos no se resuelvan, ha sido la pérdida de nuestra cohesión como sociedad, que ha venido asociada a la exclusión social que ha crecido desde la década de los años ochenta del siglo pasado, y que ha sido agravada por la siembra sistemática de odios que implantó en los últimos años el régimen socialista. Nuestro tejido social está deshilachado y, a menos que hagamos esfuerzos para reconstruirlo, ello impedirá la convivencia y los consensos que son necesarios para el cambio de rumbo que requiere nuestro desarrollo.

Para enfrentar este tercer gran problema, la Estrategia de reconstrucción del tejido social que proponemos en los capítulos 13 y 14 del libro está dirigida a dos fines específicos, la reconciliación con justicia, por una parte, y por la otra la desaparición de los mecanismos que generan y perpetúan la exclusión social en nuestro país, los que nos llevaron a perder la democracia, los cuales proponemos disipar a través de la implementación de un Pacto de políticas públicas para el progreso de todos y la superación de la pobreza.

Nuestro reto es de largo aliento pero debemos asumirlo de inmediato y tenemos que plantearlo, como antes decía, considerando nuestra inserción en las dinámicas del mundo, ya que los años en que estaremos intentando desplegar nuestro nuevo estilo de desarrollo estarán signados internacionalmente por dos tendencias de cuyo influjo no podremos excluirnos. Esas tendencias pueden catapultarnos al progreso si las asumimos en un proceso en el cual todos ascendamos, o frente a ellas podemos sumirnos en un caos social y político si ignoramos nuestra necesidad de desaparecer los mecanismos de la exclusión social.

Se trata de la Cuarta Revolución Industrial que se vive en el planeta, la cual ya nos está afectando aunque no lo advirtamos, y de las tensiones globales que están tomando cuerpo como consecuencia de las nuevas confrontaciones de bloques de países, del terrorismo internacional y del desarrollo de delitos globales como el tráfico de drogas, entre otros.

Mientras mayor sea el rezago que acumulemos frente a las exigencias de educación y conocimiento que plantea la Cuarta Revolución Industrial, y mientras más tiempo nos tardemos en comenzar a reconstruir nuestro tejido social y en recuperar la solidez de las instituciones, mayores serán los desajustes sociales y más alto será el riesgo de que los juegos políticos y los delitos globales consoliden las cabezas de playa que ya tienen entre nosotros, usen nuestro país como tablero de sus enfrentamientos y desde aquí busquen irradiar al resto de América Latina.

En fin, con todo esto hago patente que Venezuela requerirá mucho más que un cambio de régimen político para que logre consolidar un nuevo estilo de desarrollo que asegure el progreso, la paz y la libertad para todos.

Ya para concluir, el propósito que Tanya y yo nos planteamos con este libro fue motivar a quienes lo leyesen para que una vez iniciada la transición a la democracia, trance que estamos hoy por vivir, contribuyesen a reorientar el desarrollo de Venezuela, haciendo del progreso de todos y la superación de la pobreza una guía principal de sus esfuerzos.

Habremos alcanzado nuestro objetivo si el libro convence a sus lectores de que con esas orientaciones hay una posibilidad de futuro mejor para ellos y sus hijos, y si logramos persuadir con estas reflexiones a los dirigentes más claros y honestos de hoy, quienes tendrán la responsabilidad de abrir las puertas de la nueva democracia venezolana y de crear las condiciones para que más nunca se cierren.

Pero, sobre todo, consideraremos exitoso el libro si las ideas de desarrollo como libertad que planteamos en él logran conquistar las mentes y los corazones de los jóvenes que lo lean, para quienes y por quienes habrá de construirse el futuro. Veremos retribuido nuestro esfuerzo, si entre los muchachos persuadidos por estos argumentos se encuentran los jóvenes líderes que hoy se están formando con disciplina para conducir el cambio social y guiar el desarrollo de la nueva Venezuela. A ellos lo destinamos, de todo corazón.

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Notas

(1) Se emplea como representación del promedio de los países desarrollados el valor del PIBpc medio de los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), creada en la década de 1960. Hasta mediados de la última década del siglo XX sus miembros reunían a Estados Unidos, Canadá, todos los países de Europa Occidental, Nueva Zelanda, Australia, Japón y Corea del Sur. A partir de los años noventa se fueron adhiriendo países de América Latina y países ex socialistas. En el presente son miembros Alemania, Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Chile, Dinamarca, España, Estonia, Finlandia, Francia, Holanda, Hungría, Grecia, Irlanda, Islandia, Israel, Italia, Japón, México, Nueva Zelanda, Polonia, Portugal, República Checa, República Eslovaca, Suecia, Suiza, el Reino Unido y Turquía. La fracción que representa el PIBpc de Venezuela en el PIBpc promedio de los países de la OCDE, ambos medidos en dólares constantes de 2014, ha variado históricamente en la siguiente secuencia: 1870: 35,02%; 1887: 33,10%; 1907: 31,94%; 1927: 79,86%; 1937: 97,20%; 1957: 171,40%; 1977: 98,89%; 1997: 52,16%; 2012: 46,93%, 2013: 46,47%; 2014: 42,89%; 2015: 39,62%; 2016: 31,76%; 2017: 27,16%; 2018: 21,66%.

(2) Ver la nota al pie N° 5.

(3) La exportación petrolera expresada en barriles per cápita y por año se había elevado de manera sostenida, de un valor cercano a 40 alrededor de 1940, a 140 a mediados de la década de 1960, para caer desde entonces como expresión de la estrategia OPEP, llegando a estar por debajo de 50 en 1980 y haberse mantenido en una media de 35 desde la última década del siglo XX hasta 2015. La consecuencia de esa reducción en la escala real de la economía petrolera se refleja con un pequeño desfase temporal en los valores de PIB per cápita de los 2 sectores más “modernos”, medidos en dólares constantes de 2014 por habitante. La manufactura había elevado su PIBpc de un valor de 800 en 1940 hasta llegar a ser 2.400 en 1980, para caer de manera sostenida hasta 1.600 en 2014. Un comportamiento muy parecido muestra el conjunto de finanzas, inmobiliario y servicios a las empresas, cuyo PIBpc pasa de 800 en 1940 a 2.500 para finales de los años 70 y cae a 1.500 en 2014.

(4) Algunos indicadores sobre calidad de las instituciones publicados internacionalmente, dan cuenta de este deterioro en muchos ámbitos: el índice de libertad económica colocaba a Venezuela en el percentil 50 de todos los países estudiados en 1950 y nos elevó al percentil 90 en 1980, para reducirnos al percentil 13 en 1995 y llevarnos al percentil 1 en 2015. El índice Polity de calidad del sistema de gobierno, cuyo valor máximo es de +10, se elevó de -3 en 1950 a +9 desde 1970 hasta 1990, para comenzar a caer desde entonces hasta llegar en 2014 al punto de partida de 1950. El índice de control de la corrupción nos colocaba en el año 2000 en el percentil 35 de los países estudiados, para colocarnos en el percentil 6 en 2015. El indicador de independencia judicial, que tiene un valor máximo de 10, era de 3 en el año 2000 y se redujo a 1 en 2014. Finalmente el índice de voz ciudadana y rendición de cuentas del Estado nos colocaba en el percentil 25 en el año 2000 y nos lleva al percentil 2 de todos los países estudiados en el año 2015.

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Venezuela, vértigo y futuro

Tanya Miquilena y Werner Corrales

Editorial Dahbar

Caracas, 2018