León Sarcos

El largo peregrinaje de un emperador

Una carta es una forma de comunicación fuera de este mundo, menos perfecta que el sueño, pero sujeta a sus mismas leyes. Ni la carta ni el sueño se dan por encargo: se sueña y se escribe no cuando nosotros queremos, sino cuando ellos quieren: la carta ser escrita y el sueño ser soñado.

Esta frase de la poetisa Marina Tsvietaieva, contenida en Cartas de verano de 1926 —correspondencia cruzada entre ella y los poetas Rainer Maria Rilke y Boris Pasternak—, aún es un fresco legible que explica las vicisitudes en el tiempo de la larga epístola que escribe el emperador Adriano a su sobrino Marco Aurelio.

No estuvo escrita, a pesar de haber sido concebida en borradores a mediado de 1920. No pudo ser emprendida en diferentes intentos en 1927, cuando Ud. se reencontró con aquella frase inolvidable de Flaubert: Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre. Ni redactada en 1934, de cuyo intento solo guardó: Empiezo a percibir el perfil de mi muerte. Ni en 1937, durante su primera residencia en los Estados Unidos en sus encuentros con textos sobre Adriano en Yale.

La carta estaría definitivamente preparada para ser escrita gracias a una casualidad: el encuentro de unas cinco hojas dactilografiadas en un amarillento papel, en una maleta que recibió de Suiza en 1948, en Petite Plaisance, el nombre de la casa que Ud. compartió por muchos años y hasta sus días finales con Grace Frick, en Monts Desserts

Con un pie en la erudición —dice Ud.— y otro en la magia, o más exactamente y sin metáfora, sobre esa magia simpática que consiste en transportarse mentalmente al interior de otro, luego de más de dos décadas de peregrinaje y aprendizaje por el mundo, la carta, solo cuando ella quiso, estuvo urgida de ser escrita y editada por entregas, primero en la revista francesa Table Ronda, e impresa y puesta a la venta por la Editorial Plon, el 5 de diciembre de 1951.

He creído y amado a la literatura en la medida en que me ha ayudado a vivir, a ser más genuino, más inteligente y mejor ser humano. Ella me ha permitido hacer lecturas a los más profundos enigmas del alma. En la literatura encontré mi psiquiatra. El estudio de mis limites, mis excesos y mis extravagancias. Mis consejeros más justos y sabios. Mis fortalezas reales y potenciales y mis debilidades: las genéticas y las existenciales. El disfrute del placer, la sensualidad y la voluptuosidad. El antídoto a mis miedos, angustias y ansiedades. El exorcismo de mis delirios y vanidades. La expiación de mis culpas. El disfrute del silencio y el éxtasis de la soledad. En la vida encontré la explicación, ampliación, constatación y mucho más… de todo lo anterior, y, en el sueño: la transfiguración de mi espíritu.

La literatura, en su caso, por obra de su talento se convierte en una especie de encantamiento que logra dar vida al emperador romano (117-138) P. Aelius Hadrianus (24 de enero de 76-Italica, 10 de julio de 138, Bayas) en una de las introspecciones psicológicas e íntimas más agudas logradas en la literatura de un hombre de poder, su visión de la vida, de la política, de la administración, de la fuerza, del derecho, del sueño, del arte y de la muerte. Pocas veces en la historia de las letras se ha logrado encarnar en primera persona de manera tan fidedigna y creíble a una de las figuras claves de la antigüedad y de la historia.

Las Memorias de Adriano constituyen un verdadero tratado existencial sobre el poder en la cultura occidental. Esa que se configura con el imperio romano, que —según los historiadores— sintetiza, próxima su decadencia, tres legados fundamentales: el monoteísmo hebreo-cristiano, que define la espiritualidad del hombre; el pensamiento griego, base de la especulación científica, del constante inquirir el porqué de las cosas; y el derecho romano, que pone, frente al caos, el orden: una vocación jerarquizada que va a convertir la simple coexistencia en convivencia humana. Esos tres legados podemos resumirlos en: espiritualidad, curiosidad y orden. Esa herencia será el patrimonio cultural en el que descansa la columna vertebral de nuestras instituciones, tradiciones e historia, con todas sus limitaciones y todas sus conquistas y fortalezas.

Hay tantas ideas y actitudes plenas de grandeza y humanismo en Adriano que Ud. interiorizó y procesó cuidadosamente y que hoy los amantes de su literatura, contagiados de ellas, disfrutamos en la exactitud de su prosa y en la recreación de su vida y de la parte del siglo II en que le tocó reinar. Según su opinión, durante mucho tiempo, el de los últimos hombres libres, época que anuncia el origen de la civilización a la que por herencia cultural pertenecemos; el occidente cristiano, democrático, de la propiedad privada, de los derechos civiles, del libre intercambio, y de la sonrisa.

Adriano: una visión humanista del poder

Todo hombre de poder tiene su método para hacerse de él, y si no lo ha concebido antes de asumirlo, la dinámica del mismo le impone uno. Hasta los tiranos y los degenerados más conspicuos, como Nerón, tuvieron el suyo. De la eficacia de ese método para ver, actuar y sentir, dependerá la evaluación histórica de su estancia en el mismo y el instrumental que despliegue para disfrutar afectos y conjurar odios; afrontar todas las mentiras, traiciones y deslealtades que vivirá en las diferentes situaciones de paz, tensión y peligro, en los distintos escenarios de encuentros y desencuentros, de consenso y conflicto.

Como todo el mundo —dice Ud. haciendo de médium sonoramente—, solo tengo a mi servicio tres medios para evaluar la existencia humana: el estudio de mí mismo, que es el más difícil y peligroso, pero también el más fecundo de los métodos; la observación de los hombres, que logran casi siempre ocultarnos sus secretos o hacernos creer que los tienen; y los libros, con los errores particulares de perspectiva que nacen entre sus líneas… La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio, y posteriormente, la vida me aclaró los libros.

Pero —nos advierte— los escritores mienten, aún los más sinceros… Mucho me costaría vivir en un mundo sin libros, pero la realidad no está en ellos, puesto que no cabe entera.

Sobre la vida, dice: es atroz y lo sabemos. Pero precisamente porque espero poco de la condición humana, los periodos de felicidad, los progresos parciales, los esfuerzos de reanudación y continuidad me parecen otros tantos prodigios, que casi compensan la inmensa acumulación de males, fracasos, incuria, error.

La visión de Adriano sobre sus súbditos, sus seguidores, su pueblo, es objetiva y utilitaria, pero también —según su nítida percepción— piadosa; conoce a fondo la naturaleza humana, por eso comenta de manera directa, sin ambages: No desprecio a los hombres. Si así fuera no tendría ningún derecho, ninguna razón para tratar de gobernarlos. Los sé vanos, ignorantes, ávidos, inquietos, capaces de cualquier cosa para triunfar, para hacerse valer, incluso ante sus propios ojos o simplemente para evitar sufrir… Me esfuerzo, pues, para que mi actitud esté tan lejos de la fría superioridad del filósofo como de la arrogancia del César. Y continúa: Los hombres más opacos emiten algún resplandor: este asesino toca bien la flauta; este contramaestre que desgarra a latigazos la espalda de los esclavos es quizás un buen hijo; ese idiota compartiría conmigo su ultimo mendrugo. Y pocos hay que no puedan enseñarnos alguna cosa.

Pero igualmente nos hace un llamado de atención: Nuestro gran error está en tratar de obtener de cada uno en particular las virtudes que no posee, descuidando cultivar aquellas que posee.

En la figura de un hombre de poder debe distinguirse como uno de los rasgos esenciales de su personalidad el carácter, entendido este como la fuerza moral que trasluce confianza y fe a sus seguidores que lo hace imaginar invencible; pero por sí solo el carácter no cuenta sino está respaldado por el magnetismo que ejerce el coraje, como ya lo habían confirmado los maestros morales de la antigüedad, aquel rasgo que identifica la valentía, la fuerza, la testosterona del macho, sin la cual no hay garantía de victoria posible en política, tanto en tiempos de paz, para discernir, como en épocas de guerra, para confrontar.

Cierto número de acciones brillantes —nos comenta el emperador a través de Ud.— que quizás no hubieran llamado la atención en un simple soldado me dieron renombre en Roma y una suerte de gloria en el ejército… Pero ese periodo de locuras heroicas me enseñó a distinguir entre los distintos aspectos del coraje. Aquel que me gustaría poseer de continuo es glacial, indiferente, libre de toda excitación física, impasible como la ecuanimidad de un dios. No me jacto de haberlo alcanzado jamás. La falsificación que utilicé más tarde no pasaba de ser, en mis días malos, una cínica despreocupación hacia la vida, y en los días buenos, un sentimiento del deber al cual me aferraba. Pero muy pronto, por poco que durara el peligro, el cinismo o el sentimiento del deber cedían a un delirio de intrepidez, especie de extraño orgasmo del hombre unido a su destino. A la edad que tenía entonces, aquel ebrio coraje persistía sin cesar.

Adriano llegaría a ser el reformador por excelencia de la administración del imperio romano, y, por lo tanto, un destacado conductor de los asuntos públicos, y eficaz hombre de Estado, pues restableció la economía de forma admirable, mejoró la situación de los esclavos sin caer en la demagogia, y provocó transformaciones sustanciales que contribuyeron a la modernización del sistema estatal y a la actualización de las finanzas, la hacienda y los tribunales. Para ello implementó un sistema de selección y reclutamiento de técnicos y especialistas de la orden ecuestre para mejorar el desempeño burocrático, hacía tiempo viciado de corrupción y privilegios por los libertos obedientes de los césares. Quería el poder. Lo quería para imponer mis planes, ensayar mis remedios, restaurar la paz. Lo quería sobre todo para ser yo mismo antes de morir.

De ahí el eco de su voz afirmativa mediante su pluma: Somos funcionarios del Estado, no césares… El gran crimen de Claudio o de Nerón fue el permitir perezosamente que sus libertos se apoderaran de la función de agentes, consejeros y delegados del amo. Parte de mi vida y de mis viajes ha estado dedicada a elegir los jefes de una burocracia nueva, a adiestrarlos, a hacer coincidir lo mejor posible las aptitudes con las funciones, a proporcionar posibilidades de empleo a la clase media de la cual depende el Estado. Veo el peligro de estos ejércitos civiles y puedo resumirlo en una sola palabra: la rutina. Estos engranajes destinados a durar siglos se estropearán si no se tiene cuidado; al amo corresponde regular incesantemente sus movimientos, prever o reparar el desgaste. En tiempos de crisis, la administración bien organizada podrá seguir atendiendo a lo esencial, llenar el intervalo, a veces demasiado largo, entre uno y otro príncipe prudente….

Al hombre lo rescata del caos la ley, y solo ella podrá regular las desproporciones, las desigualdades, los límites de la ambición, las exageraciones de la vanidad y los gusanos de los que se alimenta la envidia. El gran invento del ser humano contra la barbarie fue la ley, la mensuradora del carácter, la consoladora en las disputas, la gran visionaria de las vindicaciones del alma de los humillados y ofendidos, y de los que no también, la otra voz de Dios…desde hace varias generaciones, nuestros mejores juristas trabajan en pro del sentido común. Yo mismo llevé a cabo algunas de esas reformas parciales, las únicas duraderas. Toda ley demasiado transgredida es mala; corresponde abrogarla o cambiarla, a fin de que el desprecio en que ha caído esa ordenanza insensata no se extienda a leyes más justas. Me proponía la eliminación de las leyes superfluas y la firme promulgación de un pequeño cuerpo de decisiones prudentes. Parecía llegado el momento de revaluar todas las antiguas prescripciones en interés de la humanidad. El historiador británico Edward Gibbon admiró “su enorme y activo genio” y “su equidad y moderación en “la época más feliz de la historia de la humanidad.”

Siento, distinguida madame, que solo quien actúa de buena fe y ama el arte y lo cultiva, puede impregnar de belleza el discurso y el quehacer político, trasladar al ejercicio cotidiano, como servidor de otros, la química que traduce la intención de alma para ayudar a los semejantes a que sean más bellos e inteligentes como seres humanos y hacer su vida más confortable, dichosa y trascendente. Adriano poseía una visión de mundo ideal que quiso cumplir hasta donde le permitieron su talento y su vitalidad, como amo y señor del imperio romano, expresado en este sublime pasaje que Ud. narró en inmaculada prosa:

Trabit suaquemque voluptas. A cada uno su senda; y también su meta, su ambición si se quiere, su gusto más secreto y su más claro ideal. El mío estaba encerrado en la palabra belleza, tan difícil de definir a pesar de todas las evidencias de los sentidos y los ojos. Me sentía responsable de toda la belleza del mundo. Quería que las ciudades fueran esplendidas, ventiladas, regadas por aguas límpidas, pobladas por seres humanos cuyo cuerpo no se viera estropeado por las marcas de la miseria o la servidumbre, ni por la hinchazón de una riqueza grosera; quería que los colegiales recitarán con voz justa las lecciones de un buen saber; que las mujeres en sus hogares, se movieran con dignidad maternal, con una calma llena de fuerza; que los jóvenes asistentes a los gimnasios no ignoraran los juegos ni las artes;  que los huertos dieran los más hermosos frutos y los campos las cosechas más ricas. Quería que a todos llegara la inmensa majestad de la paz romana, insensible y presente como la música del cielo en marcha; que el viajero pudiera errar de un país, de un continente a otro, sin formalidades vejatorias, sin peligros, por doquiera seguro de un mínimo de legalidad y de cultura; que nuestros soldados continuaran su eterna danza pírrica en las fronteras; que todo funcionara sin inconvenientes, los talleres y los templos;  que en el mar se trazara la estela de hermosos navíos y que frecuentaran las rutas numerosos vehículos; quería que, en un mundo bien ordenado, los filósofos tuvieran su lugar y también lo tuvieran los bailarines.