Por LEÓN SARCOS

Lo que desearía volver a ver

En el ocaso de la existencia de personajes que han logrado trascender en la historia de la humanidad, quienes escriben sobre su vida suelen indagar sobre pasajes de ella que les gustaría reeditar, porque les hicieron sentir gozo de alma, satisfacción de espíritu, dulce y bella consagración de su posibilidad de ser. Otros espontáneamente los dejan escritos en elaborados poemas o exaltadas epístolas. Algunos de esos episodios con el paso del tiempo se vuelven verdaderos himnos de jubilosa esperanza, que en tiempos felices y de logros íntimos y colectivos recitamos para celebrar y celebrarnos a media voz, tal cual un Padre Nuestro, en la ecuménica noche, antes de ir a dormir. Me sucede con El otro Poema de los Dones, del maestro Borges que declara en sus primeras líneas:

Gracias quiero dar al divino laberinto de los efectos y de las causas/Por la diversidad de las criaturas que forman este singular universo/Por la razón que no cesará de soñar con un plano del laberinto/Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises/ Por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad/Por el firme diamante y el agua suelta/Por el álgebra, palacio de precisos cristales/ Por las místicas monedas de Ángel Silesio/ Por Schopenhauer que acaso descifró el universo…

Esa sensación de asombro antiguo y belleza eterna la trasluce Usted en ese poema que recitó sin proponérselo, a Matthieu Galey, para explicar desde su propia óptica la especial sensación de ida y vuelta del moribundo y la forma en que se agolpan las imágenes de manera indiscriminada en la mente en un momento de tribulación. Confiesa Usted: si es así, a veces será desagradable. Se debería ser más selectivo. En mi caso, querría volver a ver:

Los Jacintos de Mont-Noir o las violetas de Connecticut en primavera/ las naranjas colgadas astutamente por mi padre, en un jardín al mediodía/ un cementerio de suiza, cubierto de rosas/ otro bajo la nieve y los abedules blancos/ y otros más, de los que ni siquiera conozco la ubicación, lo que después de todo, no importa.

Las dunas, tanto en Flandes como más tarde en las islas de Virginia, con el ruido del mar que dura desde el comienzo del mundo/ la humilde cajita de música suiza, que toca pianísimo una pequeña aria de Haydn, y que hice funcionar en la cabecera de Grace, una hora antes de su muerte, cuando las palabras y los contactos ya no la alcanzaban/ las largas corrientes de hielo sobre las rocas  de Monts-Deserts, a lo largo de las cuales, en abril, el agua encuentra su pendiente y surge con un ruido de manantial…

…Olimpia al mediodía, los campesinos en una ruta de Delfos, ofreciendo a la extranjera, por nada, los cencerros de su mula/ la misa de Resurrección en un pueblo de Eubea, después de una travesía nocturna, a pie, por la montaña/ un arribo, de mañana a Segesta, a caballo, por senderos entonces desiertos y pedregosos que olían a tomillo. 

Un paseo por Versalles, en una tarde sin sol, o ese día en Corbridge, en Northumberland, donde acostada en medio de un campo de excavaciones invadida por la hierba, me deje impregnar pasivamente por la lluvia, como los huesos de los muertos romanos.

Gatos recogidos con André Embiricos en una aldea de Anatolia/ el “juego del ángel” en la nieve/ una loca bajada en tobogán desde lo alto de una colina tirolesa, bajo las estrellas llenas de presagios…/un vuelo triangular de cisnes salvajes en ruta hacia el ártico/ el sol naciente de Pascua, visto este año desde un contrafuerte rocoso de Monts-Deserts, con un lago abajo, todavía casi congelado, cuarteado por la cercanía de la primavera.

O nada de todo esto, quizá, solo el gran vacío azul-blanco… Vacío resplandeciente como el cielo de verano que devora las cosas, y a precio de lo cual, el resto no es más que un desfile de sombras.

Epilogo

Querida Mme. Yourcenar, escribo estas palabras finales imitando los movimientos de sus suaves manos en el teclado:

No hay nada más cansador que escribir un ensayo. Hay que hacer una investigación, hay que transformarse en Juez de instrucción, o en juez simplemente. Al mismo tiempo hay algo de descorazonante en este trabajo, uno comprende que jamás llegará a la meta; es algo semejante a una traducción, en la medida que se sabe que no se puede llegar a una exactitud absoluta.

Ya cuando se aproxima la hora de finalizar el presente trabajo, escrito en siete cartas, no puedo negar que me siento exhausto, más aproximado a su obra e íntimamente más cercano a la personalidad de la mujer, de la escritora, de la humanista, de la ecologista, pero lejos aún de poder descifrar en toda su dimensión los enigmas de su alma: inmensa, compleja, profunda, sagrada, tan sagrada como la naturaleza, el misterio y la belleza del amor que sintió y vivió por Grace.

Han sido centenares de horas, días intensos, largas semanas, comprometidos meses, leyendo y releyendo sus obras, sus biografías, sus entrevistas, sus ensayos, sus opiniones y opiniones acerca de su vida y su obra. Creo haber seguido sus consejos para rendir cuentas al final de este capítulo y sentirme como un humilde artesano de la escritura para quedar no menos que sorprendido de toda la grandeza que me ha inspirado.

Agotado por la jornada y complacido de las imágenes y reflexiones que inspiran sus obras, sus opiniones, su herencia, sus evocaciones, sus amores, sus gustos y sus disgustos, una noche fui a la cama con muchas incógnitas por descifrar para continuar. Tengo la costumbre de que cuando me acuesto con dudas o confusiones, termino resolviéndolas luego de un largo forcejeo mental con los ojos cerrados en un incierto instante o en mitad de la noche me despiertan otras voces, como si la solución me fuera dictada desde otros ámbitos no terrenales.

Vencido por la disputa entre percepciones y sentires, me quedé dormido y desperté en Boulder, en el estado de Colorado, donde viví y estudié. En el lobby de la universidad, sentí y creí, me esperaba una representación de las autoridades que tenían para mí la misión de conducir al maestro Borges a conocer sus instalaciones, antes de que iniciara una conferencia pautada para la media mañana sobre los sueños.

Imaginé el recorrido, complacido, muy complacido y ensimismado, y a causa de ello me descuidé, y en un sorpresivo instante me encontré perdido, y extraviado mi honorable visitante. Perplejo, iniciaba la búsqueda que me hacía ir y venir desde la partida en la recepción hasta donde me percaté de su ausencia y completé varias veces la inspección de cada uno de los salones y oficinas, pisos y pasadizos de las áreas que me faltaban de manera infructuosa.

Ansioso, entré al recibo del recinto universitario, donde me esperaban varios profesores con nuestro invitado, vestido con flux gris perla y una corbata negra. Me iba a excusar por la demora, pero sin darme tiempo me abordó con su patente acento argentino:

—Me ha recordado Ud. un pasaje de la niñez, con el Laberinto de Creta. Un edificio parecido a una plaza de toros, con unas ventanas muy exiguas, unas hendijas. Yo pensaba que, si examinaba bien ese dibujo, ayudándome con una lupa, podría llegar a ver al Minotauro. Ha estado en recurrentes ocasiones frente a mí. Desorientado, yo sentía su respiración. Parecía olfatearme cuando se detenía y yo sabía que estaba de nuevo muy cerca. Alguien, no recuerdo quien, dijo que el espíritu es un espejo que se pasea por los caminos. Simplemente viajó a la escritura y a la ficción y olvidó al lento anciano de carne y hueso que ahora está aquí, parado frente a usted. Conducirme fue un deseo, al igual que el mío de entrar al laberinto. Nunca hemos abandonado esta enorme sala.

La gente empezaba a aglomerarse a la entrada de un inmenso auditorio: autoridades, profesores estudiantes, periodistas y público en general. Adentro, reflectores, cámaras, equipos de radio y televisión esperaban al conferencista. Al final, dos horas después, en un almuerzo en mano del maestro, la responsabilidad de selección y anuncio del mensaje por twitter de más contenido y alcance sobre la conferencia, para lo cual se habilitaron decenas de teléfonos que servían de recepción de los textos.

Llegado el momento, entre 100 mensajes preseleccionados por un jurado de profesores y estudiantes, Borges se encerró en un pequeño recinto, donde la señora Kodama lo esperaba, y se los fue leyendo pausadamente uno a uno. A la tercera relectura la detuvo en el 73. Detente en ese, repítelo de nuevo. A lo que la señora Kodama asintió:

—Quiera aquel que Es quizás, dilatar el corazón del hombre a la medida de toda la vida.

—Ese es, ese es… Sentenció el maestro con su atiplada y cansada voz ¿De quién se trata? —preguntó.

—De una tal Madame Yourcenar.

El maestro sonrió con cierta picardía. Sé quién es −dijo−; alguna vez me preguntó en Ginebra, poco antes de mi muerte, cuándo saldría del laberinto. Ahora entiendo que solo deseaba entrar a hacerme compañía…