Carlos González Bogen (Venezuela, 1920-1992) no es precisamente un olvidado. La contribución de su obra ha sido subvalorada y poco entendida. En las pocas referencias bibliográficas que localizamos sentimos esa percepción. Es un trabajo que no se ha analizado en profundidad, para comprender la importancia de su aporte e investigación. Debería estar al mismo nivel de Soto, Cruz-Diez, Gego o Alejandro Otero. Quizás su temperamento y sus ideas políticas no ayudaron. Decía Heráclito: el carácter es el destino del hombre. Esperamos que estas breves líneas ayuden a descifrar su tributo. Y su importancia.

Hombre de gran sensibilidad social, su familia se traslada desde Upata a la Isla de Margarita, en 1923. Desde muy joven se dedica a dar clases de alfabetización a campesinos de la Isla. Lo hizo hasta que se va a Caracas, en 1941, a estudiar en la Escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas. Ahí realizaba obra figurativa. Lo que se enseñaba en ese tiempo.

Para 1948 gana el Premio Nacional de Artes Plásticas y se va a París, con su amigo Mateo Manaure. En 1950, ambos se volverán miembros muy activos del Grupo Los Disidentes. Nos contó Soto que ellos sintieron una gran frustración al ver cuán aislados estaban, para ese momento, con respecto a la vanguardia internacional. Soto y González se dedican, en un primer momento, a investigar. Soto se interesa por las progresiones geométricas y la música serial. González en las matemáticas, la arquitectura, la composición y la geometría descriptiva. Y ambos en las nuevas tendencias del arte. Por muchos meses no pintarán. Estaban impregnándose de los nuevos lenguajes. El nivel de indagación de estos venezolanos en París fue algo realmente asombroso. Se inician analizando la obra de Mondrian. Soto se interesará en las vibraciones que producen las intersecciones. Sobre todo en la etapa de los Boogie-woogie, que este realizó, en 1942, en USA. González lo hará en el uso de las líneas –las cuales mueve rítmicamente o en perspectiva. Diez años más tarde Gego abordará el tema, de manera tridimensional. Para ese tiempo González Bogen desarrollará tres etapas: una abstracción figurada, con énfasis en la materia y color. Una segunda, con abstracción puramente geométrica, con profundización en el estudio de las líneas y, finalmente, una abstracción constructivista, con materiales industriales.

Para 1953 regresa a Venezuela e instala –junto con Mateo Manaure–, la Galería Cuatro Muros, en un local en uno de los bloques de El Silencio, que les facilitará Carlos Raúl Villanueva. Ese mismo año presentará dos exhibiciones: una, sobre obra abstracta. Y, posteriormente, una de escultura. González había escudriñado el estudio de la integración de las artes con la arquitectura en París y adelantará cuatro piezas monumentales para la Ciudad Universitaria de Caracas.

Vuelve en 1956 a Europa. Residirá entre París y Berlín. Desde allí recorrerá Europa y África. Hará un vitral para el edificio de la Siemens en Berlín. Regresa a Caracas en 1958 y, como profesor de composición básica en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela, se relaciona con muchos arquitectos, los cuales le encargarán diversos murales y puertas para muchas edificaciones, en todo el país.

En 1966 se va a Ocumare de la Costa, donde proyecta un bohío-taller, que construye con cuatro pescadores locales. Ahí desarrolla una nueva etapa, sobre figuración social. De esa etapa nace el mural “La Victoria” y las rejas del entonces Banco Ítalo-Venezolano, que realiza para denunciar las mentiras del sistema imperante.

A Carlos González Bogen le reconocemos una cualidad atípica. Podía hacer figuración y abstracción, de forma paralela. Y en ambos casos hacerlo de manera magistral. Un caso único en nuestro país. Las puertas de acceso al edificio Seguros Orinoco (Av. Fuerzas Armadas en Caracas), del arquitecto José Miguel Galia, se complementan tan magníficamente a los volúmenes del proyecto que no imaginamos el uno sin el otro. Igualmente ocurre con el edificio sede del BOD, en Caracas. El edificio presentaba una falla estructural. González utiliza la armadura de refuerzo para transformarla en una obra de arte. Lo resuelve “rellenando” los vacíos utilizando tonos dorados, en los que logra tridimensionalidad. Estas hablan de solidez, estabilidad y dinero. Nunca un recálculo de los elementos portantes había sido plásticamente mejor resuelto.

En los murales figurativos, muy picassianos, hay una característica que los hace muy especiales. Son relieves, en hierro tratado o en concreto, en los que logra la tridimensionalidad, con varios planos, lisos o corrugados. Valora al hombre que sabe el orgullo de la fuerza de su trabajo. En la mujer, a la valerosa combatiente, que lucha por la supervivencia, con honestidad. Son seres dignos, superiores. Hay un manejo extraordinario de la composición, el dibujo y el uso correcto de colores y texturas.

Carlos González Bogen llevó la línea a su mayor expresión. El metal lo doblegó, con texturas, para valorarlo. No hay color, sino composición. No se trata, únicamente, de una profundización del manejo de la línea, sino de poesía. Analizando ese trabajo no dudamos en llamarlo el primer minimalista venezolano.

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Ilustraciones

(1) Imagen de Carlos González Bogen

(2) S/T. Etapa de abstracción geométrica con uso de líneas, 1953. Duco sobre cartón piedra, medidas: 60 cm x 59,9 cm. Colección Galería de Arte Nacional, Caracas

(3) S/T. Etapa de abstracción constructivista con materiales industriales, 1954. Seis chapas metalizas cada una de 32,5 cm x 24 cm; firmado al dorso. Colección particular

(4) La negra. Etapa de Ocumare, 1966. Óleo sobre tela, medidas: 72 cm x 55,5 cm; firmado abajo a la derecha. Colección particular


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