Carlos Germán Rojas ©ArchivoFotografíaUrbana

Alejandro Sebastiani Verlezza 

Hay en Carlos Germán Rojas una pasión por el registro y la continuidad de ciertas imágenes que se cumple en el retrato, asumido como un género fotográfico, sí, pero también como una sostenida pasión que mucho y bien habla de su interés por los otros en sus lugares y oficios.

Para comprender estas relaciones, por todo lo que hace visible, habría que apuntar el curioso juego de palabras que Trato y retrato  -su más reciente publicación- entraña. Y Douglas Monroy -su editor- sitúa esta antología personal de Rojas como «la cantera de los utópicos inventarios de un territorio». Utópicos, sí, por infinitos, tal vez por su ausencia de lugar, pero solo de modo aparente, pues Rojas retrata sus tratos con una serie de artistas que forman ya parte de la trama cultural venezolana y en un momento particular, cuando tantísimos de sus registros salen a flote, acaso por los sucesivos shocks de las últimas dos décadas. Quiere decir entonces que en Trato y retrato subyace el nada sencillo “problema” de la memoria y la sucesión de torceduras provenientes de una visión oficial que pretende volver a fundar el pasado de la nación y sin discusión previa, por la vía de la imposición propagandística, para acomodarlo a sus intereses. Y digo esto porque, además de la reflexión de Monroy, Trato y retrato viene acompañado por una suerte de segundo prólogo escrito por Antonio López Ortega. Situado justo en la antesala de esta galería afectiva confeccionada por Rojas, valdría la pena detenerse en los detalles referidos por el narrador y por eso me gustaría referir el siguiente pasaje:

Se tiene la sensación de que cada una de estas imágenes construye un territorio, que podría ser anímico, emocional, testimonial, episódico. Hay allí una historia de la plástica nacional –sus protagonistas, sus testigos, sus hacedores–, que termina imponiéndose sobre la otra historia forjada, esa que se afana en afirmar que nunca hubo nada. Muy al contrario, esta es una exacerbación, un conglomerado, un tejido poderoso de señales, avenimientos y propósitos.

En dos trazos y para volver a las necesidades principales que mueven estos tratos de Rojas: que al ver a los otros, a partir de la fotografía, por debajo de ese gesto, también aparece el revelado de los propios intereses y pasiones, vuelvo, siempre dentro de un lugar que suele brindar datos muy precisos sobre el momento de la “toma”: un retrato de Ismael Mundaray, por ejemplo, con las torres de Parque Central al fondo y aún más atrás el ya consabido “cinturón” de pobreza –cada vez más grueso– que habla de una modernidad conflictuada, por no decir que rota, arruinada, pero en algún punto andando. Rojas, me temo, sabe mucho de lo anterior, pero intuitivamente, por eso retrata, o “mapea”, o hace un travelling por una región de la vida venezolana tocada por la inteligencia aliada con la sensibilidad. Cada persona vista por Rojas forma parte de una colección de filiaciones particulares. Y lo inevitable: que en el largo recorrido de estos retratos trazados por su cámara vaya apareciendo por fragmentos la memoria del país, sí, por lo bajo y por debajo de las «épicas» de los que pretenden hacer tabula arrasada, descubrir el agua tibia y «armar» a golpe y porrazo una imaginería venezolana llena de trucajes y torceduras, plana, con poca tierra y mucho marketing. Cuando así pasa se nota y se sale, sobre todo, por la ausencia de imaginación y una excesiva -por escandalosa- dirección ideológica. Pero Rojas, por su cuenta, sin querer, por los bordes, como en su camino habitual de La Ceibita al mundo, se pone a contrapelo de estos usos de la imagen y da su testimonio personal, lleno de plasticidad, pero sin afectaciones, ni grandilocuencias manifiestas, con la pátina del blanco y negro, capaz de sugerir el documental de una época que ya pasó, pero existe a su manera en la vida actual de Rojas y sus re-tratados. Vaya paradojas las que anuncia este libro de imágenes y recuerdos personales. Un álbum de familia, impregnado de oficios, siempre constantes, a la espera de ser revisitados o simplemente descubiertos en medio de la desprevención y la prisa de estos tiempos tan poco dados para los “tratos” más cordiales.

Y para comprender un tanto más las líneas que atraviesan este libro de Rojas, me animé a buscar un principio que unificara sus retratos, o al menos me los hiciera ver con otra elocuencia; como no pude dar con uno solo, me gustaría mostrar las aproximaciones por las que me he paseado últimamente (de más está decir que pueden vincularse entre sí y crear nuevas posibilidades de lectura): 1) el artista en su escena: Rojas plantea un diálogo entre el retratado y su lugar de trabajo (Brito, Cruz-Diez); 2) las visiones compaginadas: estos tratos, al estar presentados en un libro, entablan una relación particular cuando se enfrentan las páginas y en los silencios de los repentinos «blancos» que sugieren un descanso; los retratados, así, van acercándose (Pedro Fermín, Alfredo Ramírez); 3) las afinidades que desbordan –o desembocan– en la imagen: en una variante de la última posibilidad, las fotografías van juntas en el libro y en la vida (Leufert, Gego); 4) el artista con su elemento: las obras aparecen como si se tratara de un personaje más (Otero, Niño, Palacios, Zapata, Pujol); y 5) cierta melancolía gestual, por no decir casi cinematográfica, aquí me gustaría situar a Poleo, Critchley y ¿Von Dangel?.

Desde luego que estas posibilidades de acercamiento al retrato en Rojas son variables, intercambiables, lúdicas, apenas indicativas del terreno fértil que entraña su libro y pueden multiplicarse, según la visión, el punto de vista y la memoria del que entable cierto “trato” con el trabajo de Rojas; por las conversaciones que he sostenido con él, a propósito de su manera de aproximarse a la fotografía, siento que abren una posibilidad de acercarse y mirar las obras ya frecuentadas -y las que están por hacerlo- a los espectadores, los de ahora y los del futuro, los interesados en hurgar en los guijarros de un país absolutamente alterado en su sistema de representaciones, y ante la imagen que de sí mismo pueda tener, al menos eso sentí cuando pude recorrer las imágenes que forman parte de este libro, pero ya en otro formato, el de la exposición, en la Hacienda La Trinidad (2016).